lunes, 29 de agosto de 2011

Marina

Marina es una historia de Carlos Ruiz Zafón que se desarrolla en una Barcelona del los años 80, una historia de amor que gira alrededor de un misterio más propio de la locura y de la fantasía que de la realidad.
Comienza así:

«Marina me dijo una vez que sólo recordamos lo que nunca sucedió. Pasaría una eternidad antes de que comprendiese aquellas palabras. Pero más vale que empiece por el principio, que en este caso es el final.
En mayo de 1980 desaparecí del mundo durante una semana. Por espacio de siete días y siete noches, nadie supo de mi paradero. Amigos, compañeros, maestros y hasta la policía se lanzaron a la búsqueda de aquel fugitivo al que algunos ya creían muerto o perdido por calles de mala reputación en un rapto de amnesia.
Una semana más tarde, un policía de paisano creyó reconocer a aquel muchacho; la descripción encajaba. El sospechoso vagaba por la estación de Francia como un alma perdida en una catedral forjada de hierro y niebla. El agente se me aproximó con aire de novela negra. Me preguntó si mi nombre era Óscar Drai y si era yo el muchacho que había desaparecido sin dejar rastro del internado donde estudiaba. Asentí sin despegar los labios. Recuerdo el reflejo de la bóveda de la estación sobre el cristal de sus gafas.
Nos sentamos en un banco del andén. El policía encendió un cigarrillo con parsimonia. Lo dejó quemar sin llevárselo a los labios. Me dijo que había un montón de gente esperando hacerme muchas preguntas para las que me convenía tener buenas respuestas. Asentí de nuevo. Me miró a los ojos, estudiándome. "A veces, contar la verdad no es una buena idea, Óscar", dijo. Me tendió unas monedas y me pidió que llamase a mi tutor en el internado. Así lo hice. El policía aguardó a que hubiera hecho la llamada. Luego me dio dinero para un taxi y me deseó suerte. Le pregunté cómo sabía que no iba a volver a desaparecer. Me observó largamente. "Sólo desaparece la gente que tiene algún sitio adonde ir", contestó sin más. Me acompañó hasta la calle y ahí se despidió, sin preguntarme dónde había estado. Le vi alejarse por el Paseo Colón. El humo de su cigarrillo intacto le seguía como un perro fiel.
Aquel día el fantasma de Gaudí esculpía en el cielo de Barcelona nubes imposibles sobre un azul que fundía la mirada. Tomé un taxi hasta el internado, donde supuse que me esperaría el pelotón de fusilamiento.
Durante cuatro semanas, maestros y psicólogos escolares me martillearon para que revelase mi secreto. Mentí y ofrecí a cada cual lo que quería oír o lo que podía aceptar. Con el tiempo, todos se esforzaron en fingir que habían olvidado aquel episodio. Yo seguí su ejemplo. Nunca le expliqué a nadie la verdad de lo que había sucedido.
No sabía entonces que el océano del tiempo tarde o temprano nos devuelve los recuerdos que enterramos en él. Quince años más tarde, la memoria de aquel día ha vuelto a mí. He visto a aquel muchacho vagando entre las brumas de la estación de Francia y el nombre de Marina se ha encendido de nuevo como una herida fresca.
Todos tenemos un secreto encerrado bajo llave en el ático del alma. Éste es el mío».

Una noche, Óscar, atraído por una delicada voz salida de un gramófono, entra en un extraño caserón donde encuentra un viejo reloj de oro. Asustado por la figura de un hombre aunque sin la intención de robar nada, huye en dirección a su internado. Una vez allí se da cuenta de que se llevó el reloj consigo. Días más tarde decide volver a devolverlo y, antes de llegar a entrar en la casa, una chica en bicicleta le corta el camino. Así es como conoce a Marina, protagonista indiscutible de esta historia, y a su padre, Germán, el dueño del reloj. Poco a poco esta extraña familia se va convirtiendo en su familia. 
Un día, Marina le ofrece una excéntrica aventura. Cito de nuevo al libro:

«El cementerio de Sarriá es uno de los rincones más escondidos de Barcelona. Si uno lo busca en los planos, no aparece. Si uno pregunta cómo llegar a él a vecinos o taxistas, lo más seguro es que no lo sepan, aunque todos hayan oído hablar de él. Y si uno, por ventura, se atreve a buscarlo por su cuenta, lo más probable es que se pierda. Los pocos que están en posesión del secreto de su ubicación sospechan que, en realidad, este viejo cementerio no es más que una isla del pasado que aparece y desaparece a su capricho».

Una vez en el cementerio Marina le ofrece un misterio: una mujer vestida de negro que acude el último domingo de cada mes a una tumba sin nombre, únicamente marcada con una mariposa negra. 
Persiguiendo ese misterio encuentran un viejo álbum de fotos en el que todas las fotografías son de personas terriblemente deformadas por enfermedades. Siguiendo todas las pistas que van encontrando comienzan a reconstruir la historia de Mijail Kolvenik, un inventor de prótesis que decide jugar a ser Dios tratando de hacer frente a la muerte. 

Aquí os dejo, tentados por la curiosidad y deseando saber más, espero. 
Tratad de leerlo, con paciencia, saboreando bien cada capítulo, cada párrafo, cada línea... Porque encontrareis expresiones que merece la pena recordar, como ésta:

«A veces, las cosas más reales sólo suceden en la imaginación. Sólo recordamos lo que nunca sucedió».

jueves, 25 de agosto de 2011

El amor

El amor. Algo tan absurdo pero con tanta determinación. Se suele acompañar de las palabras alegría, sinceridad, fidelidad, confianza, felicidad... Pero yo prefiero acompañarlo de las palabras dolor, miedo, inseguridad, rechazo... Es tan absurdo que llega sin avisar, incrustándose poco a poco en tu corazón sin que te des cuenta, tan absurdo que nunca sabrás por qué vino o qué es lo que tiene esa persona. Lo que sí que sabes es que, al mirarle, no ves su perfección (nadie es perfecto), ni sus mayores virtudes. No. Ves sus defectos y, paradógicamente, esos defectos le hacen especial, perfectamente imperfecto.
Pero también he dicho que el amor es determinante, tan determinante que es capaz de hacerte luchar para poder ganarte a esa persona, tan determinante que es capaz de romper una amistad o hacerte sufrir hasta que te acostumbras al vacío que sientes sin esa persona. Tan determinante que toma el mando de tu voluntad y de tu subconsciente, permitiéndote soñar.
Tan absurdamente doloroso que, la mayor parte de las veces, es un amor no correspondido.

martes, 23 de agosto de 2011

Historias

"Mi nombre es... ¿Carlos, Adrián, Javier, Guillermo, Juan, o tal vez fuera Daniel? No lo sé, no me acuerdo, me han llamado de tantas formas que ya he olvidado cual era mi nombre real. Pensaron que quitándome el nombre me harían olvidar quién era, que me arrebatarían mi voluntad. Pero no, se les olvidó lo más importante, lo que nadie podrá quitarme nunca: aún me quedan mis recuerdos. Es lo único que tengo, pero es lo que, aún hoy, después de todo el sufrimiento que me han causado durante estos años, hace que me levante cada mañana de la cama y me enfrente a ellos, con la esperanza de poder volver a casa algún día.
Con la esperanza de poder recuperar mi nombre."

Lo sé, os ha impresionado, ¿verdad? O tal vez no, ¿qué importa? En mi presentación se me olvidó añadir algo importante, algo muy importante, algo que me hace ser como soy y sin lo que ya no sería capaz de vivir: me encanta escribir, es posible que casi más que leer. No sé, es extraño, normalmente es más cómodo leer historias que han escrito otros, que no sabes cómo van a acabar. Pero os lo aseguro, cuando comienzas una historia, un relato corto o incluso un cuento, no sabes cómo va a terminar. Simplemente coges un bolígrafo y una hoja, o, si te parece menos aparatoso, te colocas delante del ordenador con un documento de Word, Open Office o lo que utilices abierto y comienzas a escribir. Escribe lo primero que se te venga a la mente, un empiece que ya hayas visto en algún sitio o algo que hayas estado un tiempo meditando. Pero escribe, sin pensar en lo que estás haciendo, haz volar tu imaginación y que ella haga el resto. Normalmente las buenas historias acaban viniendo con la práctica, pero las primeras historias escritas por alguien son más importantes: te dejan ver en su interior, conocerle de cerca, saber lo que piensa.

Un dicho muy famoso cita que los ojos son la ventana al alma, aunque yo creo que la verdadera ventana al alma es cuando una persona decide dejar volar su imaginación y escribir lo que se le antoje.

martes, 16 de agosto de 2011

Edipo Rey

La historia que quiero contar ahora se desarrolla en la antigua Grecia, donde todo, y digo todo, era posible. Antes de nada quiero que sepáis que no pienso atribuirme el mérito de dicha historia. Sólo quiero contarla, resumir lo que Sófocles escribió en la que, seguramente, fuera su mejor obra. Quiero contaros la historia de Edipo, un héroe trágico.

"Edipo era el único heredero de los reyes de Tebas, Layo y Yocasta. Antes de su nacimiento se le había impuesto un cruel destino: asesinar a su padre y casarse con su propia madre. Para evitarlo sus padres decidieron deshacerse de él de la forma más cruel que, para mi gusto, existía en aquella época: la exposición. Dicho método consistía en abandonar al recién nacido a su suerte en el monte, donde, a menudo, los niños acababan muriendo de hambre, de frío o devorados por las fieras. Hubo ocasiones en las que estas criaturas conseguían sobrevivir, bien gracias a una hembra animal (como puede ser la loba que salvó a Rómulo y Remo) o porque algún pastor lo encontraba y decidía ocuparse de él. Como os podéis imaginar Edipo fue uno de esos niños salvados, porque sino no tendríamos historia. El pastor al que le encomendaron la tarea se apiadó de la pobre criatura indefensa y decidió entregarlo a un pastor del reino de Corintio. Éste, a su vez, se lo entregó a los reyes de Corinto, que ya eran mayores y no podían tener hijos. Así fue como, haciéndole pasar por hijo suyo, empieza la historia de nuestro héroe.
Cuando Edipo cumplió quince años tuvo dudas sobre la identidad de sus padres, así que decidió ir a consultar al oráculo de Delfos. Allí la pitonisa le reveló su terrible destino: estaba condenado a ser el autor de la muerte de su padre y, algún día, compartiría lecho con su madre. Horrorizado con lo que acababa de descubrir el joven decidió huir de Corinto encaminándose, ironías del destino, hacia el reino de Tebas, la patria de sus verdaderos padres. En un cruce de caminos, al borde de un precipicio, Edipo se encontró de frente con un orgulloso noble que viajaba a Delfos en un carro acompañado de sus esclavos. Como el camino era demasiado estrecho para que pasaran ambos, el arrogante personaje, confundiéndole con un peregrino, le pidió con soberbia que se apartase. Pero Edipo se negó, pues apartarse del camino significaba una muerte segura. El noble lanzó el carro contra Edipo y éste, sin perder un segundo, espantó a los caballos haciendo que el carro cayera por el precipicio y que tanto el noble como sus esclavos murieran.
Al llegar a Tebas se encontró con un terrible panorama: un horrible monstruo, la Esfinge, se había colocado en la única entrada del reino y a cuantos intentaban salir de ella, la Esfinge les planteaba un complicado acertijo y, si no lo resolvían, se los comía. Los habitantes de la ciudad ofrecieron el reino a aquel que fuera capaz de deshacerse del monstruo y Edipo, sin nada que perder, decidió tentar a la suerte. La Esfinge era un monstruo híbrido, con cuerpo y patas de león, alas de águila y torso y cabeza de mujer. Su enigma, aquel por el que se había comido a tantos inocentes, no era más que el famoso acertijo que nos han enseñado a todos de pequeños. Así pues la Esfinge le planteó a Edipo su pregunta: <<¿Cuál es el animal que tiene cuatro patas por la mañana, dos al mediodía y tres al anochecer, y que, cuantas más patas tiene, peor anda?>> Edipo, ni corto ni perezoso, dio con la respuesta acertada: el ser humano, que, en la mañana de su vida, cuando no es más que un bebé, anda a cuatro patas, erguido sobre dos en la madurez y apoyado en un bastón cuando le llega la vejez. Al oír la respuesta la Esfinge no tuvo más que suicidarse, pues, cuando alguien resolviera el acertijo, estaba condenada a morir. Los tebanos cumplieron con su palabra: proclamaron rey al joven desconocido casándole con la reina Yocasta, ya viuda, pues había noticias de que el antiguo rey había muerto. Así fue como, sin saberlo, Edipo se casó con, nada más y nada menos, que su propia madre.
Edipo y Yocasta fueron bastante felices y tuvieron cuatro hijos: dos gemelos, Esteocles y Polinices, y dos hijas, Antígona e Ismene. Desgraciadamente años después llegó una nueva plaga: la peste. Consultando el oráculo por la causa de dicha epidemia éste les respondió que los dioses estaban enojados porque en la ciudad aún vivía el asesino del antiguo rey, cuyo crimen no se llegó a resolver. Nuestro orgulloso protagonista decidió proclamarse de nuevo salvador del reino de Tebas e inició una investigación para descubrir al asesino de Layo, quien de antemano había sido condenado al destierro. Mandaron a confesar al único acompañante de Layo que volvió con vida y éste narró las circunstancias de la muerte del antiguo rey. Edipo descubrió con horror que Layo era aquel orgulloso noble con quien se cruzó de camino a Tebas y, por tanto, él era su asesino y el culpable de la peste. En ese momento llegó un mensajero de Corintio con la noticia de que sus ancianos "padres" habían muerto y que se le proclamaba heredero de la ciudad. Pero el mensajero también le informó que en realidad no eran sus verdaderos padres, pues él era el pastor que hace tantos años había entregado el niño a los reyes de Corinto. Edipo comprendió al fin que el oráculo se había cumplido. En el mismo momento en el que transcurrían los hechos se oyó un terrible grito dentro del palacio: su mujer (y a la vez madre) Yocasta, tras conocer la verdad, se había ahorcado con el cinturón de un lujoso vestido que le había regalado su esposo (e hijo). Destrozado, Edipo cogió los alfileres que sostenían los tirantes del vestido y se los clavó en los ojos, quedándose ciego. Pero además él mismo se había condenado al destierro.
Así fue como nuestro trágico héroe se convirtió en un pobre mendigo ciego como castigo por haber intentado oponerse a su destino."

No sé por qué me gusta tanto esta historia siendo una (o tal vez la más) triste de la literatura griega.
Tal vez sea por su moraleja: <<A menudo se encuentra el destino en los pasos que se dieron para evitarlo.>>
O tal vez por el hecho de que el detective es, a su vez, el propio asesino.
Puede que también sea por el lioso árbol genealógico al que están sometidos los hijos en el que (extrañamente) son, al mismo tiempo, hijos y nietos de su madre, e hijos y hermanos de su propio padre.
Pero creo que lo que más me gusta de la historia es que su trágico final no tiene nada que ver con los finales felices de los cuentos de hadas.

Puntos

Existen muchos tipos de puntos, diferentes maneras de indicar pausas y, tal vez, demasiadas formas de decir adiós. Nunca me había parado a pensarlo, nunca se me había ocurrido buscar parecidos entre la vida y un texto literario. La vida tiene adioses, hasta luegos y demás formas de despedirse; la literatura tiene puntos. Y, en realidad, cada forma de puntuación tiene que ver con diferentes momentos de la vida.

En la literatura existe el punto y seguido, una pausa corta; en la vida está el hasta luego o el hasta mañana. Así, al igual que al leer un punto y seguido no nos damos cuenta apenas de su existencia, un hasta luego no merece la pena ser recordado. No es una despedida seria.

El punto y aparte es diferente. Y es que, del mismo modo que cuando ves a alguien después de mucho tiempo o recuperas una amistad que creías perdida, sí que merece la pena guardarlo en un rinconcito de tu corazón. Lloras cuando llegas a ese punto, pero sonríes al empezar el siguiente párrafo: es la mejor forma de definir la añoranza.

Como he dicho, existen muchos tipos de puntos, muchas maneras de despedirse, demasiados significados de la palabra adiós. Pero sólo uno es definitivo. El final de una historia está indicado por el punto y final y se pronuncia fin, the end, alla fine... Muchas formas de decirlo, pero un único significado. El final de una vida es la muerte, the death, le morte... El adiós definitivo.
A fin de cuentas la vida está llena de adioses de la misma manera que un libro está lleno de puntos. Pero para ambos hay un único final. Ya llegados a este punto no puedo evitar recordar la letra de una canción de LOVG (La Oreja de Van Gogh) que dice así:
Te sigo como le siguen los puntos finales a todas las frases suicidas que buscan su fin...

Y es que un punto y final también puede significar la muerte de un sueño.

lunes, 15 de agosto de 2011

Hora de hablar

Sospecho que, como en cualquier sitio, antes de hablar hay que presentarse y, antes de criticar a cualquiera hay que saber criticarse a uno mismo. Pues bien, es hora de hablar:
Empezaré por confesar que no soy nada del otro mundo: pequeñita, blanca, algo pecosa y, os sorprenderá, pelirroja. Sí, tengo el pelo naranja, pero no del típico naranja chillón, sino un poco más oscuro. También puedo decir que, como cualquier chica de mi edad (aclararé que tengo 15 años), tengo complejos. Así, desde mi punto de vista, soy demasiado bajita, demasiado blanca, demasiado ingenua -sí, mi ingenuidad es mi punto débil, mi talón de Aquiles, dicho con palabras bonitas-, demasiado infantil y demasiado buena.
Dicen que en este mundo no se puede ser buena persona, que enseguida te mangonean y acabas sufriendo, pero no puedo evitarlo. Si eres buena te imaginas que todos lo son, si tratas bien a alguien piensas que todos lo harían, si estás en contra de los racistas y los homofobos crees que no hay nadie capaz de seguir sus ideas. Pero los hay, y vaya que los hay. Estoy cansada de escuchar las palabras bollera y degenerada cuando ven a un par de chicas besándose, estoy cansada de las palabras marica o enfermo cuando un chico confiesa que es gay. Es absurdo. Si quieres a alguien, ¿qué más da que sea de tu sexo, del contrario, si es un perro, una planta o un mineral? ¿Qué importa que, si ese alguien te corresponde, sea un chico, una chica, blanco, negro o asiático?
Bueno, esta entrada iba sobre mí. Añado que soy Tauro, tengo miopía, mi color favorito es el verde y me encanta leer. Adoro a cualquier animal tenga pelo, plumas, escamas, ladre, maúlle, relinche o sisee. Pero, si tengo que elegir, prefiero los felinos, sobre todo los linces albinos, y es que así, blancos, me demuestran que no hay nada de malo en ser diferente.
Me gusta la noche, la luna llena y las estrellas, el mar, la playa y la montaña, las nubes del amanecer, las flores de la primavera y los colores del otoño, las historias de amor y fantasía y, no puedo negarlo, la mitología. Y ya, para ir acabando, tengo que decir que soy especial, diferente, rara, extraña, extravagante, original... Podéis elegir la palabra que más os guste, todas me definen por igual. ¿Que por qué? Eso es algo que iréis averiguando con el tiempo.
Queridos lectores, esto es sólo el principio de mi blog, crítica general y, antes que nada, desahogo personal. Espero que os guste.