martes, 27 de septiembre de 2011

La música, esa cosa tan compleja, única e irrepetible que nos hace sentir lo que queramos


Bueno, supongo que aquí habrá gente que se estará preguntando que qué música escucho, que es algo importante, que la música es el pilar fundamental de una persona, que somos como somos gracias a la música. No os lo niego, la música es lo más importante que ha creado el Ser Humano, antes incluso de todas las obras de arte y los inventos. La música transmite sentimientos, emociones y pensamientos de una manera que no puede hacerlo cualquier otra representación artística. No sé, tal vez estoy exagerando, pero yo lo veo así:


"Music can change the world because it can change people", o lo que es lo mismo: 
"La música puede cambiar el mundo porque puede cambiar a la gente".

No es una frase mía, como os podéis imaginar, yo no soy capaz de pensar en inglés xD 
Es una frase de Bono, cantante y letrista del famoso grupo U2. Pero él no ha sido el único que ha hablado de la música, ha habido más, muchos más, pero en este momento no sería capaz de enumerar a todas esas personas que hablaron de la música como algo especial, único e irrepetible, (principalmente porque la mayor parte de ellos no están documentados en ningún sitio). Pero algunos sí, y son frases dignas de leer:

"El que escucha música siente que su soledad, de repente, se puebla".
Robert Browning, poeta inglés.

"La música es el arte más directo, entra por el oído y va al corazón". 
Magdalena Martínez, flautista española.

"La música puede dar nombre a lo innombrable y comunicar lo desconocido".
Leonard Bernstein, compositor estadounidense.


"En la música todos los sentimientos vuelven a su estado puro y el mundo no es sino música hecha realidad". 
Arthur Schopenhauer, filósofo alemán.


"La música compone los ánimos descompuestos y alivia los trabajos que nacen del espíritu".
Miguel de Cervantes Saavedra, escritor español.


"El arte de la música es el que más cercano se halla de las lágrimas y los recuerdos".
Oscar Wilde, dramaturgo y novelista irlandés.
"La música empieza donde se acaba el lenguaje".
E.T.A. Hoffmann, escritor, pintor y músico alemán.

"La música es un eco del mundo invisible".
Giuseppe Mazzini, político italiano.

"La música es una cosa amplia, sin límites, sin fronteras, sin banderas".
León Gieco, cantautor argentino.

"No basta con oír la música; además hay que verla".
Igor Stravinski, compositor y director de orquesta ruso.

"La música es el verdadero lenguaje universal".
Carl Maria von Weber, compositor alemán.

"La música es la armonía del cielo y de la tierra".
Yuel-Ji, músico chino.

"Desde que el hombre existe ha habido música. Pero también los animales, los átomos y las estrellas hacen música".
Karlheinz Stockhausen, compositor alemán.

"Si en la otra vida no hubiera música, habría que importarla".
Doménico Cieri Estrada, escritor mexicano.

"La música es el lenguaje que me permite comunicarme con el más allá".
Robert Schumann, compositor alemán.

"La música es un arte que está fuera de los límites de la razón, lo mismo puede decirse que está por debajo como que se encuentra por encima de ella".
Pío Baroja, escritor español.

Pero eso sí, la música, para transmitir emociones y sentimientos, no tiene por qué tener letra, ni batería, ni guitarra, ni voz, ni coros... No, para que algo sea música la única condición que tiene que cumplir es que sea capaz de llegar al corazón... 




Pero, ¿cómo es posible que cuatro minutos de piano sean capaces de calarme tan hondo en el alma?

Narcisos


"Cuatro de la tarde, la nieve caía como en una bola de cristal recién agitada, arrastrada por el viento, haciendo remolinos en el aire. El interior del bosque estaba oscuro, a pesar de que el sol estaba en lo más alto del cielo. Los animales se escondían a mi paso, sus ojillos se veían a través de los matorrales, vigilantes, preguntándose quién se atrevía a perturbar la paz de su hogar. Sólo se oía el susurro del viento y el sonido de mis propias pisadas. Los árboles se agitaban, provocando sombras propias de una película de terror, aunque menos agresivas. Todo parecía en calma, excepto mi presencia allí. El corazón me latía tan fuerte que parecía tener la intención de salirse del pecho, los dientes me castañeaban, sentía todo el cuerpo congelado, mi respiración entrecortada daba indicios de todo lo que me cruzaba la mente. Caminaba arrastrando los pies, con la certeza de que pronto llegaría a mi destino, al acantilado, y que pronto empezaría a oír el rumor de las olas chocando contra las rocas. El bosque en su conjunto parecía querer decirme algo, aunque yo sólo podía entender como querían echarme de allí: <<Extraño, forastero, ¿qué haces con nosotros? Este no es tu bosque...>>. Aunque en realidad sí lo era, había pasado mi infancia allí, antes de escapar, cuando aún tenía un hogar, una familia, antes de que empezara todo, cuando era una persona totalmente diferente, alegre, sin preocupaciones.
Vivíamos en un pequeño pueblo pesquero, en una acogedora casita que comunicaba con la arena de la playa. Mi padre se dedicaba a la pesca, como era habitual en aquel lugar, en un gran pesquero que significaba el sustento de la familia. Siempre decía que era un trabajo aburrido, pero todos sabíamos que todos los días arriesgaba su vida para poder traer comida a la mesa. Echaba de menos el faro, encender y apagar el foco, ayudar a los demás barcos a llegar sanos y salvos al puerto. Pero tuvo que venderlo, las deudas se acrecentaban y el negocio estaba mal pagado. Encontró un comprador y se deshizo de lo que había sido su ilusión durante los últimos diez años. Entonces encontró un puesto de trabajo en el Barco, como lo llamábamos nosotros, sólo tenía que echar las redes al mar y esperar a que los peces entraran en ellas. Eso, y volver a casa vivo. Mi madre se dedicaba a la casa, cuidaba de mí y de mi hermana pequeña, que en aquellos tiempos sólo tenía dos años. Y yo llevaba una vida de los más normal: iba al instituto, tenía un grupo de amigos, aprobaba, como podía, pero aprobaba. Pero un día todo cambió, mi vida dio un giro de ciento ochenta grados. Esa noche se desató una tormenta que estuvo a punto de hundir el Barco, las olas bamboleaban el viejo pesquero, el viento insistía en volcarlo, el mar lo arrastraba hacia las rocas, quería llevárselo y, con él, la vida de sus tripulantes, la vida de mi padre. El pueblo entero se había reunido junto al acantilado y yo, incapaz de seguir esperando sin saber lo que estaba pasando, me adelanté para asomarme, arriesgándome a ser empujado por el viento y dejar mi vida a manos de las afiladas rocas que aparecían amenazadoras poco más abajo. Ese día noté algo extraño, algo que no encajaba o, mejor dicho, alguien que no pertenecía a aquel lugar. Sentí sus ojos clavados en mi espalda mientras avanzaba hacia las rocas, y me giré. Unos ojos verdes que no había visto nunca se clavaron en los míos, unos ojos verdes que no tenían comparación con nada que hubiese visto en el mundo, más bellos que cualquier obra de arte. Dos esmeraldas, una luz en la oscuridad, un rayo de esperanza en la tormenta que se desataba en mi corazón. Nuestras miradas se encontraron durante un instante, pero aquel pequeño instante bastó para darme cuenta de que mi vida había cambiado de rumbo. Su pelo ondeó en el viento un segundo antes de que desapareciera, un olor a narcisos fue lo único que me quedó de ella. Desde aquel mágico instante el narciso se convirtió en mi flor favorita. Y el Barco, por suerte, venció a la ventisca.
Al día siguiente esperé verla en el instituto, pero no la encontré, se había volatizado o, quizá, me la hubiese imaginado. Pero supe que no, que aquellos ojos verdes no eran fruto de un sueño, y que aquel perfume era real. Ella era real, y debía encontrarla.
A los pocos días la vi por segunda vez, en un tejado. Un destello rojo llamó mi atención, levanté la vista y la vi. Fue un segundo, pero supe que era ella. Una figura no muy alta y esbelta se enfrentaba al viento, de espaldas a mí. Su cabellera roja y rizada ondeaba al aire, el sol sacaba destellos rojos de ella. De pronto se giró y pude ver aquellos ojos de los que me había quedado prendado, aquel verde intenso que había cambiado mi vida. Entonces, sin pensárselo dos veces, saltó. Salí corriendo desesperado hacia la parte de atrás del edificio, donde debía encontrar aquel cuerpo hermoso y sin vida. Cuando llegué no encontré a nadie, ninguna señal de lo que acababa de presenciar. Nada. Sólo un ligero perfume a narcisos. Aquella tarde hubo un accidente, el camión que nos traía el agua potable volcó. El conductor sobrevivió, pero afirmaba que no sabía con qué había chocado. Nadie había visto nada, salvo un destello rojo que, tal vez, se habrían imaginado.
Día tras día esperaba verla en el instituto, deseaba encontrarme con ella, hablar con ella, pero nadie conocía a ninguna chica pelirroja de ojos verdes. Era como si no existiera, pero existía. Era tan real como yo, incluso más que cualquier otra persona que hubiera pisado nuestro pequeño pueblo.
Nuestro tercer encuentro fue una semana después de accidente. Estaba paseando como muchos días por el bosque, pensando en ella, cuando la vi. Unos ojos verdes me observaban desde la espesura, una figura pelirroja se agazapaba entre las ramas de un árbol, sin tan siquiera tratar de ocultarse. Empecé a avanzar hacia ella, esperando que desapareciera en cualquier instante, pero no lo hizo. Se sentó en una rama, como invitándome a que subiera. Empecé a correr hacia allí, presa de una sensación indescriptible. Justo en el momento en el que llegué al pie de aquel árbol caí en la cuenta de su tamaño: era inmenso. ¿Cómo se suponía que debía llegar hasta allí, a donde ella se encontraba? Es más, ¿cómo se suponía que había subido ella? En ese momento saltó, vi un destello dorado tras ella, como si hubiese algo que yo no pudiera ver. Cayó al suelo sin problemas y comenzó a correr hacia el interior del bosque, hacia el acantilado. La seguí, intentando alcanzarla. Pero no lo conseguí, poco a poco vi como la iba perdiendo. De pronto dejé de verla y un olor invadió el aire. Narcisos. Supe que la había perdido otra vez, pero había estado tan cerca que no quise aceptarlo. Entonces tropecé y me golpeé en la cabeza, noté como la sangre me brotaba de la herida y me bajaba por el cuello. Mi último pensamiento antes de perder el conocimiento fue para ella: quería volver a verla.
Sentí como una mano fría me sujetaba la cabeza con delicadeza, limpiando la herida con un paño húmedo. Me dejé hacer, no tenía fuerzas ni para sentir dolor. Poco a poco fui recuperando el conocimiento, noté como la mano de antes me recorría la herida con cuidado. Un pinchazo me hizo abrir los ojos de repente, la luz del sol me deslumbró. Y entonces la vi: una figura de graciosos rizos del color del fuego se alejaba deprisa, un destello dorado me cegó y, cuando volví a ver con claridad, había desaparecido. Me llevé una mano a la cabeza y me quedé de piedra al notar que la herida ya no estaba. No notaba nada, ni una marca, ni un dolor. Nada. Sólo el recuerdo de unas manos heladas y unos rizos rojos desapareciendo tras un destello dorado. Me levanté al darme cuenta de que ya no me dolía nada, como si nada hubiera pasado. Pero una mancha roja sobre la hierba indicaba que todo había sido real: su salto desde el árbol, la carrera por el bosque, el golpe, la herida, la sangre, sus manos curándome con delicadeza, el destello dorado. De nuevo, el perfume a narcisos invadió el aire. Aspiré, impregnándome de aquel perfume, de ella. Me di la vuelta, volvía a casa. Ya no tenía sentido seguir buscándola. Simplemente, había desaparecido.
El día siguiente a este no lo recuerdo muy bien, fue todo muy confuso. Un incendio empezó a propagarse desde los campos de trigo, todo el pueblo quedó desolado, mi casa empezó a quemarse segundos antes de que una mano fría y delicada agarrase la mía y tirase de mí, alejándome de mi familia. Corrimos hacia el acantilado. Recuerdo que me hizo saltar y luego, por extraño que parezca, no nos precipitamos al vacío. Unas pequeñas plumas doradas aparecieron tras ella, elevándonos y, luego, haciéndonos desaparecer. Aparecimos en otro lugar, en un lugar extraño, alejado de la costa, de mi casa. Pasó poco tiempo hasta que mi ángel decidiera volver a marcharse, dejándome sólo una pequeña pluma dorada y el recuerdo de nuestro primer encuentro. El perfume volvió a invadir el aire. Decidí marcharme de allí, volver a mi pueblo. Tardé años en llegar aquí, a mi hogar, a mi casa. Estaba vacía, mi familia se había marchado, o quizá murieron en aquel incendio. Corrí hacia el bosque, el que había sido mi refugio durante tantos años, donde la había visto aquella vez cuando saltó del árbol, cuando sus manos me tocaron por primera vez. Sus ojos verdes aún me perseguían en sueños, aquellos rizos rojos se me aparecían en cualquier parte. Pero debía olvidarla, no volvería a encontrarla, nunca. Estuve caminando horas por el bosque hasta que llegué al acantilado, a aquel lugar donde nuestras miradas se encontraron por primera vez. Y entonces la vi, estaba sentada en el borde, observando el mar. Unas alas doradas aleteaban tras ella, su sedoso cabello le caía por la espalda en delicados tirabuzones rojos. Me acerqué hasta allí y me senté junto a ella, nuestras miradas se encontraron. Me volví a perder en aquellas esmeraldas, en aquel verde esperanza. La había echado de menos. Me perdí en ella, en un beso intenso y delicado. Unas flores empezaron a crecer a nuestro alrededor, entre las rocas, sus pétalos amarillos nos embriagaron con su olor. Enredé mis dedos en su pelo y me quedé allí, con ella, para siempre."

viernes, 16 de septiembre de 2011

El misterio de la rotación de la Tierra

Hoy he hecho un verdadero descubrimiento, un descubrimiento que podría cambiar nuestra forma de vida y todo lo que conocemos. Mejor empiezo por el principio, ¿verdad?

Todos de pequeños hemos aprendido que la Tierra está en constante movimiento, que la Luna gira alrededor de nuestro planeta y que este a su vez gira sobre sí mismo y alrededor del Sol. 
La Tierra tarda un año (es decir, 365 días) en dar la vuelta al Sol, y por ello podemos diferenciar entre Primavera, Verano, Otoño e Invierno; a ese movimiento se le denomina Movimiento de Traslación. 
De la misma manera, tarda 23 horas, 56 minutos y 4 segundos (casi casi 24 horas) en dar un giro sobre sí misma; a ese movimiento se le conoce como la Rotación de la Tierra.
Voy a explicar esto último más detenidamente:

La Tierra no es totalmente esférica, sino que tiene una forma un poco achatada (como una mandarina, sí, os lo estáis imaginando perfectamente). Ahora clavad un palillo en esa mandarina, justo por el medio, de polo a polo, y movedlo todo un pelín hacia la derecha, así:


Haced girar la mandarina por el eje que acabamos de colocar, de izquierda a derecha, de Oeste a Este: ese es exactamente el movimiento que hace la Tierra cuando gira sobre si misma.

Es lo que nos han enseñado siempre en el colegio. Pero pensad una cosa: ¿de verdad es así? ¿Será cierto todo lo que nos han enseñado sobre la Tierra y todos sus movimientos? Aquí entra mi gran descubrimiento.

Imaginad un hamster en una rueda colocado en el centro de la Tierra, cada vez que hace girar su rueda, nuestro mundo gira.





Alucinante, ¿verdad? Es tan simple que nos podemos olvidar de el Este, el Oeste, el Eje de la Tierra y todas esas estupideces. Cada vez que nos pregunten que por qué gira la Tierra sólo tenemos que contestar que es por un hamster, nada más. Adiós a todos los problemas sobre la geología, los movimientos terrestres y etcétera. 

A partir de hoy esta será mi teoría sobre la Tierra:

Si no podéis ver el vídeo pinchad aquí para verlo en youtube :)


Así es la Tierra, no como nos la pintan en los libros de geografía.

domingo, 11 de septiembre de 2011

En un día como hoy, hace diez años...

Era martes, lo recuerdo perfectamente.
Estaba dibujando en la mesa del salón con mi hermana, los pies no me llegaban al suelo.
Mi padre estaba en el sillón, tumbado, prácticamente dormido.
En la tele se veían las noticias. Hablaban de un atentado, de aviones, de dos torres caídas, de muchas víctimas... Yo apenas prestaba atención, no me gustaban las noticias. Siempre los mismos presentadores que nunca se reían ni hacían nada gracioso. Pero ese día estaban tristes, se les notaba en las caras. Una imagen se quedó grabada en mi cerebro y nunca fui capaz de sacarla. Aún hoy, ahí sigue, sin remedio.


Me pareció tan impactante que quise dibujarlo. No sabía bien que estaba pasando, sólo tenía 5 años.
Dos torres marrones, que ni siquiera eran iguales, y unos aviones estrellándose contra ellas.
No sé si aún guardo ese dibujo o lo tiré. Pero lo recuerdo como si lo hubiese dibujado ayer.

Esos son mis recuerdos. Pero hay otros, recuerdos en primera persona de gente que sobrevivió a aquella desgracia, de gente más cercana a ello o incluso de gente más madura que una niña de 5 años.


2983 muertos, más de 6000 heridos, millones de afectados...
Unos pocos supervivientes.




Se secuestraron 4 aviones, todos ellos vuelos comerciales. Poco después esos aviones fueron estrellados contra las torres, sin remedio. Los turistas habrían contratado un vuelo para disfrutar de unas deseadas vacaciones, de un puente, o tal vez quisieran ir a visitar a sus familias, ¿y qué obtuvieron? Muerte, una muerte cruel, aunque al menos fue rápida.
Pero no fue tan rápida para las personas que se encontraban en las torres. Los de los pisos bajos pudieron salvarse, al menos unos pocos. Pero, ¿y los de los pisos altos? Pensad en que esas torres tenían 110 pisos cada una, más o menos una altura de 415 metros. Presas del pánico muchos se tiraron, otros muchos nunca pudieron salir, muy pocos sobrevivieron a aquello. Y apuesto lo que sea a que hubieran preferido morir a tener esos recuerdos atosigándolos constantemente.

Se dice que el atentado estaba "profetizado" por Ibañez, el gran dibujante y creador de Mortadelo y Filemon: ya en 1993 se ve perfectamente en una tira cómica un avión estrellado contra una de las gemelas.


Ese día no solo cayeron las dos torres más famosas de New York, ni muchas familias perdieron a alguien, ni algunas personas tuvieron que acudir al psicólogo por ello...
No, ese día nos arrebataron a todos un trozo de inocencia, de ingenuidad...
Un trozo de infancia.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Esos pequeños detalles que nos hacen como somos

Hay veces en las que sientes la necesidad de hacer algo estúpido, de decir alguna tontería, subirte a un árbol, cantar a voz de grito o bailar en medio de la calle la primera canción que te pongan, aunque no te guste...

Momentos en los que te da exactamente igual el ridículo que hagas sólo para que esa persona se fije en ti, que se de cuenta de que no eres como los demás, que tienes personalidad propia, que vale la pena conocerte un poquito más, que quererte sería una gran aventura en la que ojalá quisiera embarcarse.

Días de tu vida en que la vergüenza pasa al último plano de tus preocupaciones o, simplemente, desaparece; días en los que dejas de intentar aparentar lo que no eres y comienzas a mostrarte a ti mismo; días en que lo único que quieres es sorprenderle, que te vea como eres en realidad y no como los demás quieren que seas.

Ese pequeño instante en el que te das cuenta de que es absurdo dejarse llevar por otros, que quieres ser tú y quieres que la gente te vea como tú te ves a ti mismo.

Aquella milésima de segundo que ya dejaste atrás, junto a esas ropas que no te pertenecían, que te venían pequeñas, esas ropas en las que tu personalidad no entraba. Esa milésima de segundo en la los demás te miran raro o te llaman friki, esa milésima de segundo en la que sientes que no encajas y te paras a pensar:

"¿Y si he hecho algo mal?"

Es justo esa milésima de segundo en la que te sientes afortunado por no seguir un molde, por no estar cortado por el mismo patrón que los demás, por no tener tatuado en un pie un número de serie, por ser diferente o, simplemente, por ser raro.