martes, 27 de septiembre de 2011

Narcisos


"Cuatro de la tarde, la nieve caía como en una bola de cristal recién agitada, arrastrada por el viento, haciendo remolinos en el aire. El interior del bosque estaba oscuro, a pesar de que el sol estaba en lo más alto del cielo. Los animales se escondían a mi paso, sus ojillos se veían a través de los matorrales, vigilantes, preguntándose quién se atrevía a perturbar la paz de su hogar. Sólo se oía el susurro del viento y el sonido de mis propias pisadas. Los árboles se agitaban, provocando sombras propias de una película de terror, aunque menos agresivas. Todo parecía en calma, excepto mi presencia allí. El corazón me latía tan fuerte que parecía tener la intención de salirse del pecho, los dientes me castañeaban, sentía todo el cuerpo congelado, mi respiración entrecortada daba indicios de todo lo que me cruzaba la mente. Caminaba arrastrando los pies, con la certeza de que pronto llegaría a mi destino, al acantilado, y que pronto empezaría a oír el rumor de las olas chocando contra las rocas. El bosque en su conjunto parecía querer decirme algo, aunque yo sólo podía entender como querían echarme de allí: <<Extraño, forastero, ¿qué haces con nosotros? Este no es tu bosque...>>. Aunque en realidad sí lo era, había pasado mi infancia allí, antes de escapar, cuando aún tenía un hogar, una familia, antes de que empezara todo, cuando era una persona totalmente diferente, alegre, sin preocupaciones.
Vivíamos en un pequeño pueblo pesquero, en una acogedora casita que comunicaba con la arena de la playa. Mi padre se dedicaba a la pesca, como era habitual en aquel lugar, en un gran pesquero que significaba el sustento de la familia. Siempre decía que era un trabajo aburrido, pero todos sabíamos que todos los días arriesgaba su vida para poder traer comida a la mesa. Echaba de menos el faro, encender y apagar el foco, ayudar a los demás barcos a llegar sanos y salvos al puerto. Pero tuvo que venderlo, las deudas se acrecentaban y el negocio estaba mal pagado. Encontró un comprador y se deshizo de lo que había sido su ilusión durante los últimos diez años. Entonces encontró un puesto de trabajo en el Barco, como lo llamábamos nosotros, sólo tenía que echar las redes al mar y esperar a que los peces entraran en ellas. Eso, y volver a casa vivo. Mi madre se dedicaba a la casa, cuidaba de mí y de mi hermana pequeña, que en aquellos tiempos sólo tenía dos años. Y yo llevaba una vida de los más normal: iba al instituto, tenía un grupo de amigos, aprobaba, como podía, pero aprobaba. Pero un día todo cambió, mi vida dio un giro de ciento ochenta grados. Esa noche se desató una tormenta que estuvo a punto de hundir el Barco, las olas bamboleaban el viejo pesquero, el viento insistía en volcarlo, el mar lo arrastraba hacia las rocas, quería llevárselo y, con él, la vida de sus tripulantes, la vida de mi padre. El pueblo entero se había reunido junto al acantilado y yo, incapaz de seguir esperando sin saber lo que estaba pasando, me adelanté para asomarme, arriesgándome a ser empujado por el viento y dejar mi vida a manos de las afiladas rocas que aparecían amenazadoras poco más abajo. Ese día noté algo extraño, algo que no encajaba o, mejor dicho, alguien que no pertenecía a aquel lugar. Sentí sus ojos clavados en mi espalda mientras avanzaba hacia las rocas, y me giré. Unos ojos verdes que no había visto nunca se clavaron en los míos, unos ojos verdes que no tenían comparación con nada que hubiese visto en el mundo, más bellos que cualquier obra de arte. Dos esmeraldas, una luz en la oscuridad, un rayo de esperanza en la tormenta que se desataba en mi corazón. Nuestras miradas se encontraron durante un instante, pero aquel pequeño instante bastó para darme cuenta de que mi vida había cambiado de rumbo. Su pelo ondeó en el viento un segundo antes de que desapareciera, un olor a narcisos fue lo único que me quedó de ella. Desde aquel mágico instante el narciso se convirtió en mi flor favorita. Y el Barco, por suerte, venció a la ventisca.
Al día siguiente esperé verla en el instituto, pero no la encontré, se había volatizado o, quizá, me la hubiese imaginado. Pero supe que no, que aquellos ojos verdes no eran fruto de un sueño, y que aquel perfume era real. Ella era real, y debía encontrarla.
A los pocos días la vi por segunda vez, en un tejado. Un destello rojo llamó mi atención, levanté la vista y la vi. Fue un segundo, pero supe que era ella. Una figura no muy alta y esbelta se enfrentaba al viento, de espaldas a mí. Su cabellera roja y rizada ondeaba al aire, el sol sacaba destellos rojos de ella. De pronto se giró y pude ver aquellos ojos de los que me había quedado prendado, aquel verde intenso que había cambiado mi vida. Entonces, sin pensárselo dos veces, saltó. Salí corriendo desesperado hacia la parte de atrás del edificio, donde debía encontrar aquel cuerpo hermoso y sin vida. Cuando llegué no encontré a nadie, ninguna señal de lo que acababa de presenciar. Nada. Sólo un ligero perfume a narcisos. Aquella tarde hubo un accidente, el camión que nos traía el agua potable volcó. El conductor sobrevivió, pero afirmaba que no sabía con qué había chocado. Nadie había visto nada, salvo un destello rojo que, tal vez, se habrían imaginado.
Día tras día esperaba verla en el instituto, deseaba encontrarme con ella, hablar con ella, pero nadie conocía a ninguna chica pelirroja de ojos verdes. Era como si no existiera, pero existía. Era tan real como yo, incluso más que cualquier otra persona que hubiera pisado nuestro pequeño pueblo.
Nuestro tercer encuentro fue una semana después de accidente. Estaba paseando como muchos días por el bosque, pensando en ella, cuando la vi. Unos ojos verdes me observaban desde la espesura, una figura pelirroja se agazapaba entre las ramas de un árbol, sin tan siquiera tratar de ocultarse. Empecé a avanzar hacia ella, esperando que desapareciera en cualquier instante, pero no lo hizo. Se sentó en una rama, como invitándome a que subiera. Empecé a correr hacia allí, presa de una sensación indescriptible. Justo en el momento en el que llegué al pie de aquel árbol caí en la cuenta de su tamaño: era inmenso. ¿Cómo se suponía que debía llegar hasta allí, a donde ella se encontraba? Es más, ¿cómo se suponía que había subido ella? En ese momento saltó, vi un destello dorado tras ella, como si hubiese algo que yo no pudiera ver. Cayó al suelo sin problemas y comenzó a correr hacia el interior del bosque, hacia el acantilado. La seguí, intentando alcanzarla. Pero no lo conseguí, poco a poco vi como la iba perdiendo. De pronto dejé de verla y un olor invadió el aire. Narcisos. Supe que la había perdido otra vez, pero había estado tan cerca que no quise aceptarlo. Entonces tropecé y me golpeé en la cabeza, noté como la sangre me brotaba de la herida y me bajaba por el cuello. Mi último pensamiento antes de perder el conocimiento fue para ella: quería volver a verla.
Sentí como una mano fría me sujetaba la cabeza con delicadeza, limpiando la herida con un paño húmedo. Me dejé hacer, no tenía fuerzas ni para sentir dolor. Poco a poco fui recuperando el conocimiento, noté como la mano de antes me recorría la herida con cuidado. Un pinchazo me hizo abrir los ojos de repente, la luz del sol me deslumbró. Y entonces la vi: una figura de graciosos rizos del color del fuego se alejaba deprisa, un destello dorado me cegó y, cuando volví a ver con claridad, había desaparecido. Me llevé una mano a la cabeza y me quedé de piedra al notar que la herida ya no estaba. No notaba nada, ni una marca, ni un dolor. Nada. Sólo el recuerdo de unas manos heladas y unos rizos rojos desapareciendo tras un destello dorado. Me levanté al darme cuenta de que ya no me dolía nada, como si nada hubiera pasado. Pero una mancha roja sobre la hierba indicaba que todo había sido real: su salto desde el árbol, la carrera por el bosque, el golpe, la herida, la sangre, sus manos curándome con delicadeza, el destello dorado. De nuevo, el perfume a narcisos invadió el aire. Aspiré, impregnándome de aquel perfume, de ella. Me di la vuelta, volvía a casa. Ya no tenía sentido seguir buscándola. Simplemente, había desaparecido.
El día siguiente a este no lo recuerdo muy bien, fue todo muy confuso. Un incendio empezó a propagarse desde los campos de trigo, todo el pueblo quedó desolado, mi casa empezó a quemarse segundos antes de que una mano fría y delicada agarrase la mía y tirase de mí, alejándome de mi familia. Corrimos hacia el acantilado. Recuerdo que me hizo saltar y luego, por extraño que parezca, no nos precipitamos al vacío. Unas pequeñas plumas doradas aparecieron tras ella, elevándonos y, luego, haciéndonos desaparecer. Aparecimos en otro lugar, en un lugar extraño, alejado de la costa, de mi casa. Pasó poco tiempo hasta que mi ángel decidiera volver a marcharse, dejándome sólo una pequeña pluma dorada y el recuerdo de nuestro primer encuentro. El perfume volvió a invadir el aire. Decidí marcharme de allí, volver a mi pueblo. Tardé años en llegar aquí, a mi hogar, a mi casa. Estaba vacía, mi familia se había marchado, o quizá murieron en aquel incendio. Corrí hacia el bosque, el que había sido mi refugio durante tantos años, donde la había visto aquella vez cuando saltó del árbol, cuando sus manos me tocaron por primera vez. Sus ojos verdes aún me perseguían en sueños, aquellos rizos rojos se me aparecían en cualquier parte. Pero debía olvidarla, no volvería a encontrarla, nunca. Estuve caminando horas por el bosque hasta que llegué al acantilado, a aquel lugar donde nuestras miradas se encontraron por primera vez. Y entonces la vi, estaba sentada en el borde, observando el mar. Unas alas doradas aleteaban tras ella, su sedoso cabello le caía por la espalda en delicados tirabuzones rojos. Me acerqué hasta allí y me senté junto a ella, nuestras miradas se encontraron. Me volví a perder en aquellas esmeraldas, en aquel verde esperanza. La había echado de menos. Me perdí en ella, en un beso intenso y delicado. Unas flores empezaron a crecer a nuestro alrededor, entre las rocas, sus pétalos amarillos nos embriagaron con su olor. Enredé mis dedos en su pelo y me quedé allí, con ella, para siempre."

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