domingo, 9 de octubre de 2011

Game over

Sí, he perdido.
Otra vez.
Mi vida consiste en eso, en perder, y perder, y perder...
Contra mí misma.

Hace tiempo me prometí que no volvería a llorar, que se acabó eso de llorar por tonterías, que hay cosas que no merecen la pena. Pero, ¿qué le voy a hacer? El mundo es más fuerte que yo.

Soy débil, me hundo con facilidad, me derrumbo por cualquier cosa. Caigo de repente, y luego soy incapaz de levantarme. Todo pierde sentido, miras al mundo desde detrás de una capa de niebla, un velo de oscuridad, o quizá sean las lágrimas que aún no se han atrevido a salir de tus ojos. ¿Quién sabe? Nadie se para nunca a pensar en cosas triviales cuando se encuentra en ese estado.

Sientes un nudo en la garganta que amenaza con no desaparecer, y que no desaparece. Te tragas las lágrimas, intentas que no escape ninguna, y un dolor amargo baja por la garganta, arañando ese nudo, haciendolo más grande y más doloroso.

Y mientras tanto nadie se da cuenta de esa lucha interior que estás sufriendo.

Los olores se te mezclan. Todo gira alrededor de ellos. Recuerdos lejanos, cercanos... Esos recuerdos que juntos no tienen ningún sentido.
Tu cabeza no descansa, da vueltas, las ideas contradictorias tiran cada una de un lado, piensas, y piensas, y piensas. Y no puedes parar de pensar. Y sigues pensando, y llega una idea absurda a tu cabeza:

"Ojalá algún día consigan inventar un interruptor para apagar los pensamientos."

Piensas que sería lo más fácil, que es muy simple, que quieres desconectar de una vez.
Y piensas que eso es lo que quieres: dejar de pensar.
Y vuelves a pensar que acabas de pensar que no quieres pensar.

Y entonces te das cuenta de que es imposible, que no puedes ganar a tu cabeza, que se ha vuelto contra ti y que nunca podrás contra ella.
Que has perdido la partida.

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