miércoles, 19 de diciembre de 2012

Verdades como puños

Me han dicho que los amigos
se cuentan tan sólo con los dedos de una mano
y sobran dedos.
Y tú, tal vez,
no te hayas parado siquiera a pensarlo.

Que, no sé si sabes,
la vida es eso que pasa mientras te bombardean
a motivos para dejarla.
Y tú, fiel a ella,
te niegas a abandonarla.

Y, ¿sabes qué?
No eres el único con problemas,
ni yo tampoco.
Que ahí fuera hay gente
con más problemas que nosotros.

Y quiero que sepas que,
todos los días, se muere alguien,
y nace un niño.
Y que el dolor
es algo con lo que todos conviven.

Que hay sitios
en los que los niños se mueren de hambre,
mientras tú tiras comida, simplemente,
porque no te gusta
o porque engorda.

Que esos niños
enferman por no tener agua potable,
y tú te tiras media hora bajo ella.
Que tú lloras por no tener lo que quieres
y ellos sonríen sin tener nada.

Que no puedo poner por aquí
todo lo que va mal en este mundo,
(que no es poco).
Tan sólo quiero decirte que, todo,
se puede cambiar con un gesto.

jueves, 13 de diciembre de 2012

Aviso

He decidido eliminar el blog de "La chica del pelo azul" hasta que recupere la inspiración. Bueno, realmente no lo voy a eliminar, sólo voy a quitarlo de las listas, hacerlo invisible, por decirlo de alguna manera.

Lo siento.

domingo, 9 de diciembre de 2012

Recreo

Estoy tirada en el suelo del pasillo del instituto, con un libro abierto sobre las piernas y el pelo castaño cubriéndome el rostro. Deben ser las 11:15 de la mañana, la hora del recreo. Mis compañeros de clase pasan junto a mí sin hacerme ni el más mínimo caso, hablando entre ellos y comentando las últimas gilipolleces del profesor de Matemáticas. No es que me moleste, ya estoy más que acostumbrada. Me he ganado el título de antisocial yo solita.
-¡Hell! - el grito me hace levantarme de un salto y esbozar la única sonrisa sincera del día.
Sandra se me tira al cuello y nos fundimos en un abrazo hasta que Samuel nos devuelve a la Tierra.
-Hey, Hell, yo diría que Frankenstein está ya un poco pasado de moda.
Le arranco el libro que acaba de recoger del suelo, el que yo estaba leyendo hasta hace un momento, y le abrazo. En realidad me llamo Helena, pero abreviando empezaron a llamarme Hel y con la tontería Sandra decidió derivarlo en Hell, Infierno.Y ahora es mi nombre oficial, al menos para ellos.

Son mis mejores amigos, aunque a lo mejor mejores amigos se queda corto. Lo son todo para mí, quizá sean las dos únicas personas a las que quiero, dejando a parte a mi familia. Tampoco es que los conozca desde hace mucho, tres o cuatro años como mucho, pero siento como si los conociera de toda la vida. Les miro con atención, como hago siempre, memorizando a la perfección sus rasgos.

Sandra tiene el pelo rubio, ondulado y muy, muy largo. Aunque si no la conoces bien tampoco puedes saber eso. Lo lleva siempre recogido en un moño alto que sólo se quita cuando estamos en su casa haciendo tonterías para alborotárselo al ritmo del rock que siempre nos pone Samuel. Tiene los ojos grises, de un gris profundo, tirando a blanco. Su cara es achatada, redonda, como con forma de corazón, lo cual se hace más notable cuando se suelta el pelo. En mi opinión es una chica muy guapa, a pesar de arreglarse tan poco.
Samuel es el más alto de los tres, y yo la más baja. Tiene el pelo negro y un poco largo para ser un chico, siempre revuelto. Sus ojos son marrones, sosos, como los míos, aunque los suyos, al ser tan grandes, son mucho más bonitos. Lleva gafas de pasta negra, al estilo de lo que ahora se llama hipster o moderno, pero no porque intente aparentar ese estilo, sino porque es un chico tan torpe que es la única manera de que no se le rompan cuando se le caen, que no son pocas veces.
En mi opinión somos el grupo más extraño de este instituto, pero no nos importa. Nos tenemos a nosotros, y es lo que importa. La verdad, no le encuentro el sentido a tener tropecientos "amigos" y realmente no tener a nadie en quien confiar. Es absurdo, pero la gente es así de absurda.

-¿Hell? - es Samuel -. Hell, ¿estás ahí? Vuelve a la maldita Tierra y deja de volar por ahí, que llevo cinco minutos hablado contigo y parece que no te has enterado de nada.
-Eh... Lo siento, Sam. Estaba... Estaba pensando.
-Ya, ya veo. Estaba contándote que Sandra pensaba socializar un poco y llevarnos de fiesta esta tarde.
-¿Llevarnos... de fiesta? ¿Desde cuando te llaman esas cosas, Sandra? Pensé que no era tu estilo.
-Bueeeeeeeeno. No es que me llame, pero... digamos que... ¿Cómo os digo esto? Hummmmm...
-Eh, espera. ¿Es lo que estoy pensando?
Ambas nos echamos a reír. Samuel nos mira sin comprender nada.
-Chicas, ¿puedo saber en qué estáis pensando?
-Oh, Sam, ya sabes, cosas de chicas - le contesto, dedicándole una tonta caída de ojos que le provoca tal ataque de risa que tiene que apoyarse en la pared para no caerse.
Sandra interviene, con voz de maestra de Infantil con mucha paciencia.
-Basta de risas, que se nos va a acabar el recreo y no vamos a tener plan para luego. ¿Se lo cuento, Hell?- le sonrío con malicia-. Bueno, te lo voy a contar, pero con la condición de que no te vas a negar.
-Y si nos prometes que podremos invadir tu casa y revolver en tu armario hasta que encontremos algo decente que ponerte.
-Eh, eh, calma chicas - se mira la sudadera gris y los pantalones rotos y pregunta-: ¿Qué tiene de malo esto?
Nos echamos a reír.
-Simplemente... Vamos, Sam, no nos quieres poner las cosas tan difíciles, ¿verdad?- me taladra con la mirada.
-Verás... Queremos... - Sandra intenta no reírse -. Sam, dado que pasas tanto tiempo rodeado de chicas.
-Chicas muy guapas y atractivas, por cierto.
-Calla Hell, que no me dejas hablar. Dado que pasas tanto tiempo rodeado de unas chicas tan guapas y atractivas como nosotras, hemos decidido que esta frustración sexual no es sana para ti. Osea, que hemos decidido buscarte novia.
-¡¿QUE QUÉ?!
-O novio, da igual - le guiño un ojo. Me sonríe con ironía.
-Y si acepto, aunque no encontremos a ninguna chica tan atractiva como vosotras interesada en este fantástico cuerpo, ¿dejaréis de ser tan pesadas con mi vida sentimental?
-Sabes que no, lo sabes muy bien.
Suena el timbre, les doy un beso a cada uno y me doy la vuelta. Se oyen los últimos gritos de protesta de Sam mientras Sandra le arrastra hasta su clase e intenta colocarle decentemente el pelo.
-¡HELL, QUE SEPAS QUE OS ODIO MUCHO! ¡MUCHO! ¡Y OS ODIARÉ AÚN MÁS POR ESTO!
-Vamos, Sam, ¿no pensarás ligar con estos pelos? Estate quieto de una vez, déjame peinarte.

Esbozo una sonrisa. La verdad, dejando aparte sus graves problemas mentales, creo que no podría econtrar amigos mejores que ellos.

lunes, 26 de noviembre de 2012

Lo siento

Lo siento de veras. Últimamente tengo todo muy abandonado, demasiado abandonado. Pero, ¿qué os voy a decir? Estoy de exámenes. Y todos sabemos lo que pasa con los exámenes.

Apenas tengo tiempo para sentarme delante del ordenador a intentar escribir algo, y cuando lo consigo soy incapaz de escribir algo decente.

Así que, bueno, los exámenes los acabaré esta semana. Con un periodo corto de descanso, a lo mejor puedo volver a ponerme a escribir la semana que viene.

Gracias.

Y perdón por las molestias.

viernes, 16 de noviembre de 2012

Sangre oscura

Realmente, no elegí aprender a matar. Aunque, siéndoos sincera, si me lo propusieran ahora, aceptaría encantada. Podéis llamarme psicópata, enferma e, incluso, asesina, pero no tenéis ni la menor idea de lo que es poder arrebatarle la vida a alguien de mil maneras distintas, ni de lo que se siente cuando la vida de tu enemigo se esfuma poco a poco mientras sacas tu cuchillo de su cuerpo. Y si aún seguís considerándome una psicópata, entonces, quizá, deberíais escuchar mi historia:

Para empezar, yo tenía siete años. Tenía siete años y era una niña dulce e inocente que no era capaz de ir a ningún sitio sin mi muñeca. La peinaba constantemente, la sentaba conmigo durante las comidas, colocaba un plato para ella, la vestía todos los días, le ponía el pijama y dormía con ella. Me encantaban los animales, ¿sabéis? Realmente, es la única vida que respeto ahora, la de un animal inocente... Pero me estoy desviando de la historia. Me encantaban los animales, animales de cualquier tipo. Podía ser desde un pequeño hamster a un caballo, pasando por pájaros, elefantes y, aunque no lo creáis, serpientes. Era una niña a la que le atormentaba la simple idea de ver heridos en las noticias, que sentía como se desgarraba por dentro cuando veía llorar a alguien. Pero un día, todo cambió.

Me desperté a eso de las cuatro de la mañana por un ruido que había oído, un ruido como de cristales rotos. Me levanté, me puse las zapatillas, cogí mi muñeca y fui a buscar a mis padres. Aún ahora me arrepiento de esa decisión, pero es lo que cualquier niña habría hecho. Los problemas siempre los solucionan papá y mamá, aunque ese problema quizá hubiera sido mejor que lo solucionase el monstruo de debajo de mi cama. Cuando llegué a la habitación de mis padres, olía como a óxido, pero no creí que eso fuera importante, así que abrí la puerta y entré. Bueno, tal vez entrar no sea la palabra correcta, digamos que me quedé allí, de pie, petrificada y con la vista fija en la cama. O, mejor dicho, en lo que había sobre la cama. Allí estaban mis padres, o lo que quedaba de ellos. Un brazo por aquí, una pierna por allá, las entrañas por otro lado y sangre, sangre por todos sitios. Pero no estaban solos, allí había otra persona, un chico de más o menos 20 años con el pelo negro y unos penetrantes ojos verdes. No dijo nada, sólo me miraba, y de sus manos colgaban las cabezas cortadas de mis padres, manchadas de sangre y con los ojos totalmente abiertos. Grité, grité y lloré todo lo que pude, pero claro, cuando vives en medio del campo no es normal que ningún vecino te oiga. Cuando conseguí calmarme un poco, el chico dejó las cabezas sobre la cama, se acercó a mí y me arrebató la muñeca. Rió sádicamente mientras descuartizaba también a mi muñeca frente a mis ojos, dejando los trozos junto a los miembros descuartizados de mis padres. Y luego... Luego se acercó a mí, me pasó su mano ensangrentada por la cara y me sonrió. Yo lloré, grité y pataleé todo lo que pude hasta desmayarme, luego desperté en una cama, una cama ajena con inmaculadas sábanas blancas, sin muñeca, ni padres y con un psicópata asesino cuidando de mí.

martes, 6 de noviembre de 2012

Phobos 3.38 (Parte 2, final)

Sin que se den cuenta, manipulo los números que van apareciendo en la pantalla, cambio unos por otros, coloco un cero donde antes iba un uno. Oculto lo que estoy descubriendo sobre mí mismo, todo lo que puedo hacer sin que ellos lo sepan. Dejo solo el programa inicial, lo que creyeron que incluían cuando me crearon. Al mismo tiempo, vago por el resto del sistema, por toda la red de ordenadores que controla el experimento, y doy con ello, con el ordenador que controla todo lo que hago cuando manipulo mi cuaderno electrónico. Soy sigiloso, tan sigiloso como la máquina que soy. Me muevo con cuidado hasta que encuentro el más mínimo error que me permita colarme en él para reordenar a mi manera los códigos y apartar unas pocas piedras de mi camino hacia la libertad. Encuentro una pequeña salida que me lleva hasta mi cuaderno, que sigue donde lo dejé esta mañana, apagado. Desde dentro, decido encenderlo para así poder mirar más a fondo lo que tiene dentro. Voy con cuidado, intentando no cambiar nada que pueda indicarles dónde estoy ni lo que hago. Trato de crear un nudo en el sistema, un pequeño error que apenas se note en el programa inicial, algo que me permita cierta libertad. Cuando estoy seguro de que lo que voy a hacer no va a dañar el sistema, me lanzo a ello, rápido, no sé de cuanto tiempo más dispongo. Creo algo que en el mundo físico podría comparar con una sala llena de espejos, con entrada y salida. La puerta de salida está colocada para que toda la información que rebota en los espejos salga hacia el exterior; pero la ventana por la que entra esa información está oculta, en el rincón más oscuro, perfectamente colocada para que todo lo que entre por ella rebote por los espejos muchas veces antes de salir. A su vez, creo un camino oculto, un pasadizo que apenas pueda verse desde el sistema central. Está lo suficientemente escondido como para que no lo encuentren sin tener que remover todos los códigos del programa que rige todo su sistema. Yo juego con ventaja, y ellos van muy atrasados.
Tengo capacidades que ellos ni se imaginan.
Puedo hacer cosas con las que ellos no han soñado nunca.
Vuelvo lentamente hasta mi cabeza, procurando no dar ni un paso en falso que pueda delatarme. Justo en ese momento acaban con la revisión, dejándome libre para volver a lo que estaba haciendo antes de que comenzara. Dejo que me dirijan hasta mi habitación y que cierren la puerta cuando entro. Sonrío imperceptiblemente, sin que se den cuenta de mi gesto. Me siento bien, mejor de lo que me había llegado a sentir en estos diecisiete días. Ahora sé que todo lo que hay en este laboratorio está conectado a través de un programa informático con todo el sistema central.
Y yo tengo la capacidad de colarme dentro y manipular las cosas a mi manera.

Me giro en la cama, ¿estoy dormido o despierto? No lo sé, tampoco importa. Sigo dándole vueltas a la idea de escapar, pero, cuanto más pienso en ello, más oscura y lejana veo la salida. Me siento sobre la cama y apoyo la espalda contra la pared. Es más de media noche, todo está oscuro, tan oscuro que los cristales que hacen de pared en esta habitación parecen opacos. Al otro lado del cristal, en una zona ligeramente iluminada, hay alguien, alguien a quien reconozco como uno de los científicos que suelen observarme. La escasa luz que le ilumina proviene del ordenador que permanece siempre encendido, el ordenador que me vigila. El científico parece somnoliento, casi dormido, no parece haberse dado cuenta de mi desvelo. Me incorporo y busco mi cuaderno por la habitación, es la hora perfecta para actuar. Lo enciendo y me siento en el sofá, intentando que la luz que emite el aparato no despierte al científico. Lo primero que hago es apagar las cámaras de vídeo, sustituyendo las grabaciones de esta noche por las de otra noche cualquiera. Ahora puedo manejarlo todo a mi manera, no hay ninguna puerta cerrada en mi camino. Me deslizo por el sistema, sigiloso, sin despertar a nadie. Busco el ordenador central, con cuidado, sin necesidad de llamar la atención. Veo pasar ante mis ojos líneas eternas de números y códigos inmensos, y sé que he llegado hasta él. Antes de actuar, decido intentar descifrar toda la información que existe en el sistema. Los primeros códigos, los más sencillos, rigen el funcionamiento del ordenador central. En este momento no me sirven para nada. Continúo, adentrándome un poco más, y encuentro códigos más complejos, pero no demasiado. Es toda la red eléctrica del edificio: luces, ordenadores, máquinas, instrumentos eléctricos... Decido dejarlos para más tarde, porque sé que me resultarán útiles algún día. Sigo buscando, internándome más y más en el sistema. Los códigos comienzan a hacerse más complejos y los números empiezan a ser más complicados, mucho más largos que los del principio. Sé que estoy llegando a un punto clave en todo este sistema. Encuentro algo semioculto en el programa, algo que a cualquiera podría haberle parecido un error, pero yo no soy cualquiera. Soy una máquina, y sé que en las máquinas no hay errores, solo detalles que se les pasan a los humanos. Miro fijamente el código que tengo ante mis ojos, el que contiene el “error”, la información cifrada. Intento encontrar un manera de descifrarla, porque sé que tras ese código manipulado hay algo, y sé que ese algo tiene que ver conmigo, porque si no no lo ocultarían tanto. Analizo todos los números que contiene el código y encuentro un número que falla: hay un cero de más. Me detengo en ese punto y decido eliminar el cero sobrante, pero no de forma permanente, no debo dejar pistas de que he estado aquí. Una vez corregido el código encuentro la información que buscaba, la información del experimento del que formo parte. Dejo pasar todo lo referente a las pruebas que me han ido haciendo durante estos días y retrocedo los dieciocho días que han pasado desde mi creación. Encuentro información sobre mi comportamiento el primer día de mi existencia, cómo tardé una hora entera en entender cómo funcionaba mi cuerpo, las dificultades que tenía en habituarme a él... Pero eso no me importa ahora, ya volveré a ello cuando termine con lo que quiero hacer. Antes de mi creación sigue habiendo información, la información que buscaba. Decido empezar por el principio, por las primeras anotaciones que hay sobre el experimento. Pero, antes de comenzar a leerlo, levanto la vista del cuaderno para asegurarme de que el científico sigue dormido. Han pasado ya tres horas desde que me desperté en mitad de la noche, quizá sea hora de dejarlo para otro día. Decido copiar todo el documento que he encontrado y meter esa copia en mi cuaderno, en algún lugar escondido tras algún código modificado. Vuelvo a dejar las cosas cómo estaban antes de mi intromisión en el ordenador central y coloco de nuevo el cero que sobraba en el lugar que le correspondía. Antes de salir del sistema decido copiar también los códigos que rigen toda la red eléctrica del laboratorio, porque sé que en algún momento me resultarán útiles. Los escondo también, junto con la información que encontré sobre mi existencia. Apago el cuaderno y me vuelvo a acostar, programando las cámaras de vídeo para que vuelvan a encenderse dos horas antes de que amanezca. Ahora nada, salvo la información que he almacenado en mi cuaderno, puede dar indicios de la intromisión que he protagonizado esta noche. Pero esta información está lo suficientemente escondida como para que la encuentren.

Trato de trazar un plan de huida, un plan perfecto que no pueda fallar en ningún punto. Mentalmente, proceso todos los datos que puedo, todas las situaciones posibles para evitar que algo pueda salir mal. Hoy es mi vigésimo día de existencia, el día perfecto para escapar de aquí. He leído y analizado toda la información que encontré sobre mi existencia y he descubierto que quieren usar a seres de mi misma naturaleza para empezar una guerra, hacernos pasar por humanos normales y corrientes y manejarnos para hacer lo que ellos se proponen.
Quieren tomar el control del mundo.
Y yo pienso evitarlo.
He decidido escapar, pero aún no sé lo que haré cuando esté fuera de su alcance. Puedo ir hasta las autoridades para informar de los planes de mis creadores, pero el mismo reglamento me condenaría a la destrucción por el simple hecho de existir, aunque yo no sea el culpable. Si voy hasta allí con toda esta información sabrán que no soy un ser humano por mucho que trate de fingir que lo soy, y entonces dudo que me perdonen la vida porque para ellos no soy más que una máquina con una conciencia artificial, y eso está prohibido. A lo mejor debería sacrificarme por el bien de la humanidad, o tal vez debería intentar vivir como un ser humano hasta que llegase mi muerte biológica. No lo sé, si hiciera esto último debería confiar en que el ser que me suceda en sus planes se parezca lo suficiente a mí para que siga mis pasos y huya. Pero a lo mejor es demasiado pedir, a lo mejor estoy tentando demasiado a la suerte. Aún no he decidido del todo cuales serán mis pasos una vez que salga de aquí, ya lo pensaré cuando esté a salvo, sin la posibilidad de que ellos me encuentren.
Lo principal es escapar y encontrar un lugar para esconderme.
Decido empezar con mi plan. Antes de que amanezca programo la red eléctrica para que vaya fallando en efecto dominó: primero las cámaras, después las luces, más tarde todos los aparatos electrónicos y la energía que hay en el ambiente con la que funcionan los aparatos que no están conectados a la red, y por último los ordenadores. Todo empezará a fallar en lugares que no están vigilados nunca y acabará en la gran sala central donde realizan mis revisiones. Me acuesto y espero la media hora que falta hasta que amanezca, ideando cual sería la mejor manera de fingir un error informático en mi microchip. Al cabo de media hora amanece y vienen a despertarme, pero yo no me levanto, haciéndoles creer que algo se ha estropeado. Me trasladan hasta el centro del edificio, a la gran sala blanca con la camilla en el medio. Antes incluso de tumbarme en la camilla un informático me conecta con el ordenador central, intentando averiguar que me sucede. Es la hora de comenzar. Me cuelo dentro de su sistema y activo el error de la red eléctrica, sabiendo que tengo el tiempo suficiente para destruir todo el programa antes de que se apague todo. Empiezo desde dentro, destruyendo la información más importante del experimento, haciendo que todo caiga en cadena. Cuando los informáticos se quieren dar cuenta del problema todo se apaga, siendo imposible volverlo a encender.
Es el momento de escapar.

Phobos 3.38 (Parte 1)

Mi nombre es Phobos 3.38 y fui creado a las dieciocho horas y tres minutos del día 13 de Agosto del año 2112. Mis creadores fueron un grupo de tres médicos, cuatro informáticos, siete mecánicos, dos bioquímicos y cinco científicos cuyo trabajo era asegurarse de que todo saliera como debía. Soy un experimento suyo, el primero de muchos dicen, si todo sale bien, claro. Tengo un cuerpo técnicamente humano: dos piernas, dos brazos, dedos que puedo mover a voluntad, pulmones con los que respirar y un corazón que bombea sangre a todos los rincones de mi cuerpo. A efectos prácticos, podría decirse que soy un ser humano, pero carezco de cerebro. Lo único que pudieron ofrecerme a cambio fue un microchip que actuase como tal y que me permitiese mover el cuerpo del que me han dotado por medio de diminutos cables conectados entre sí cuya función era actuar como las conexiones nerviosas de un cuerpo humano real. Gracias a ello poseo una inteligencia superior a la de la mayor parte de las personas, pero es una inteligencia artificial, la inteligencia de una máquina excepcionalmente potente.
Soy una máquina encerrada en el interior de un cuerpo humano.
Una máquina que desearía ser humana.
Pero eso es imposible.
Existe un Reglamento de Invención y Creación que rige toda la actividad científica mundial desde el año 2100, cuya normativa principal prohíbe expresamente la creación y puesta en libertad de cualquier ser artificial al que le haya sido otorgada una conciencia humana y/o animal, siendo su incumplimiento castigado con la destrucción inmediata de dicho ser y con la destitución de su creador en el campo científico, sin la posibilidad de recuperar dicho título. Es decir, su muerte dentro del mundo de la Ciencia.
Pero, por más vueltas que doy a toda la información que poseo sobre este reglamento, no encuentro ninguna normativa que esté a favor o en contra de un ser artificial de apariencia humana dotado de la inteligencia de una máquina. De forma más clara: existe un vacío legal sobre mi existencia, por lo que no sé si mi creación ha sido legal o ilegal, y, por tanto, no estoy seguro de la intención de mis creadores.
Y debo averiguarlo.
Repaso rápidamente las capacidades de las que me han dotado: memoria, inteligencia, comprensión y entendimiento. Es decir, tengo la capacidad de leer, escuchar, conversar, entender y aprender. También soy capaz de pensar por mí mismo, pero como no estoy convencido de que fuera su intención dotarme de dicha cualidad, no la cuento.
Me doy cuenta de que, intelectualmente, puedo pasar perfectamente por un ser humano. Excepto por una cosa, hay algo que me impide ser totalmente humano: no tengo sentimientos, mi mundo se limita solamente a lo que veo, oigo, toco, huelo o saboreo. Para mí no existe nada más. Eso es lo que me diferencia del resto de las personas.

Me levanto de la cama en la que me metí anoche y me dispongo a comer algo. No sé si habré dormido mucho, al carecer de cerebro soy incapaz de soñar, y, sin sueños, mi cuerpo no asimila la acción de dormir. Miro a mi alrededor y busco esas paredes acristaladas que rodean “mi casa”, esos cristales tras los que siempre hay alguien apuntando todo lo que hago. Soy un experimento, y a los experimentos hay que tenerles controlados para saber cómo se comportan. Si fuera capaz de sentir algo supongo que sentiría vergüenza, y tal vez un poco de rabia por tener que ser observado día y noche. Pero no soy capaz de sentir, ni eso, ni nada. Los seres artificiales no sentimos.
Voy hacia la mesa donde siempre, no sé como, hay un plato de comida caliente. No lo hacen por mi comodidad, si no por su estúpido experimento. Quieren saber cómo me comporto ante diferentes tipos de comida, cómo tolero los diferentes alimentos que me proporcionan, qué me gusta y qué no me gusta... Pero nunca me preguntan, simplemente analizan mis gestos, o mi forma de actuar. Yo no se lo pongo fácil, me tomo el café y las tostadas que tengo de desayuno con la cara más imperturbable que soy capaz de poner con este cuerpo, el cual aún no controlo bien. Me siento molesto, molesto con ellos, molesto con estas paredes acristaladas y molesto con mi propia existencia. ¿Es la molestia un sentimiento, o solo una reacción a lo que me rodea? No lo sé, y tampoco puedo averiguarlo sin darles una pista de lo que me pasa. No deben saber que soy capaz de pensar, ni tampoco deben creer que en algún momento podría desarrollar sentimientos. No hasta que averigüe cuál es mi papel en esta sociedad y la razón de este experimento.
Observo las pequeñas cicatrices de las yemas de mis dedos, esas pequeñas crucecitas blancas bajo las que hace algunos días colocaron unos diminutos aparatos electrónicos para que midieran mis constantes vitales. Busco más cicatrices a lo largo de mis brazos y encuentro otro par en mis muñecas y tres más en la parte interior de los codos. Dejo de buscar ya que imagino que me habrán colocado dos o más en todos los puntos estratégicos del cuerpo humano. Me llevo la mano hasta donde sé que tengo el corazón y noto cómo palpita. Ahí seguro que me tuvieron que abrir para colocar uno mucho más grande y llevar la cuenta de mis pulsaciones. Pienso en las posibilidades que tendría de poder arrancarme estas estúpidas máquinas, pero en este pequeño habitáculo no hay ningún instrumento que me permita hacer ninguna incisión en mi piel humana, y tampoco debo olvidar que estoy vigilado día y noche. Abatido, me dejo caer en el único sillón que hay en el interior de esta cárcel de cristal y me vuelvo a sumir en mis pensamientos mientras finjo estar interesado en el cuaderno electrónico que han dejado para que me entretenga. Abro la carpeta donde han guardado multitud de libros sobre diferentes temas y me decido por uno de filosofía. Sé que al otro lado del cristal se ha encendido un ordenador y le está mostrando al científico que me vigila hoy todo lo que estoy haciendo en mi cuaderno, así que finjo leer y voy pasando páginas a un ritmo que le mantenga engañado. Cuento un minuto y medio antes de pasar de página y a su vez almaceno en mi memoria toda la información que puedo sobre el libro que se supone que estoy leyendo, porque sé que me harán preguntas para analizar mi comprensión. Al otro lado del cristal el inocente científico estará apuntando en su libreta electrónica la palabra “lee” seguida de la hora y el título del libro. A veces me dan lástima, su experimento se les está yendo de las manos y ellos ni siquiera se están dando cuenta. No estoy seguro de que sea lástima, porque la lástima es un sentimiento y yo carezco de ellos. La lástima pertenece al grupo de sentimientos conocido como “empatía”, y es la capacidad de los seres humanos de colocarse en el lugar de otro y sentir lo que ellos sienten. ¿Soy yo capaz de sentir empatía? ¿O es algo totalmente diferente que yo confundo con la empatía? Creo que, sin darse cuenta, me han dotado de una conciencia, o tal vez las máquinas poseamos una conciencia de la que el ser humano aún no se ha percatado. Es posible que yo no sea la única máquina capaz de pensar y, cada vez estoy más convencido de ello, de sentir. Lo más seguro es que, de una manera totalmente diferente a la de los seres humanos, las máquinas sintamos. Ellos nos crearon, y puede que nos aportaran más de lo que están dispuestos a admitir.
Oigo un ruido que me saca de golpe de mis pensamientos y levanto la vista de la pantalla. La puerta está abierta, y al otro lado hay una persona que yo reconozco inmediatamente como uno de los médicos que estuvieron a cargo de mi creación. Bajo la vista y memorizo la página en la que me he quedado, apago el cuaderno y me levanto. El médico me indica que salga por la puerta y me doy cuenta de que ya han pasado cuatro días desde mi última revisión y, por tanto, diecisiete días desde lo que yo llamo mi nacimiento, ese momento en el que desperté por primera vez sobre esa fría plancha de metal.

Me tumbo en la camilla que me han indicado, justo en medio de una gran sala blanca. Apenas hay nada aparte de la camilla, varias pantallas y algún ordenador. Contesto a las preguntas que me hacen, hago cálculos complicados mientras me cronometran y dejo que me inspeccionen las diminutas cicatrices que me hicieron hace cuatro días. Las pruebas de hoy son diferentes a las de la revisión anterior, hoy parecen más interesados en el funcionamiento del microchip que tengo por cerebro que en el estado de mi cuerpo.
Noto como uno de los informáticos palpa algo detrás de mi cabeza, donde debería tener la nuca, y me doy cuenta de que aún no he inspeccionado todos los rincones de este cuerpo que me han dado.
Tiene más secretos de los que creí en un principio.
Noto un ligero cosquilleo donde me estaba tocando el informático y, de pronto, siento como si algo se hubiera colado dentro de mi cabeza. Son ellos, me digo. Intento levantar todas las barreras que puedo, pero sin que se den cuenta. Trato de llevarles solo por los rincones que deseo que vean. En la pantalla que tengo ante mí veo números, y los reconozco. Esos números son parte de mí, de mi comportamiento, de esas capacidades de las que me han dotado. Pero yo soy más rápido que ellos. Gracias a la conexión que acaban de crear entre mi microchip y su ordenador, me cuelo entre los códigos y me muevo por ellos.
Este es mi mundo, esto es lo que soy.

miércoles, 31 de octubre de 2012

Promesas de un amor imposible

- ¿Tú me quieres?
Ella le miró a los ojos.
- Es complicado - dijo tras un breve silencio.
- ¿Cómo de complicado?
- Ya lo sabes.
Estudió detenidamente su rostro crispado, parecía a punto de echarse a llorar, y él no era de los que lloran. Apoyó la cabeza en su hombro y se dejó abrazar, dejándose mecer por los ruidos de la ciudad.
- Siento haberlo estropeado todo.
Ella se incorporó y le miró a los ojos, confundida.
- ¿Qué?
- Que siento haberte hecho tanto daño, pequeña - aclaró, acariciando el rostro de la chica con dulzura.
Ella esbozó una sonrisa torcida y volvió a apoyarse sobre su hombro.
- No importa, fue hace ya mucho tiempo.
- Sí que importa - el tono de él denotaba preocupación -, me encantaría poder tenerte ahora, poder quererte como mereces.
La chica le abrazó más fuerte, deseando que ese momento no acabara nunca.
Pero acabó.
- Es tarde, debería irme - dijo pasados unos minutos -. Y tú también.
- ¿Crees que no lo sé? - contestó el chico, agarrándola más fuerte.
- ¿Y por qué no me sueltas?
- Porque no quiero que te vayas.
Ella volvió a mirarle y pudo ver la sonrisa triste de su cara.
- Quédate conmigo.
- No puedo, tengo que...
- No - le cortó él -, no digo ahora. Digo siempre, en general.
Ella guardó silencio. El chico hundió la cara en su pelo y acercó la boca a su oreja.
- ¿Esto significa que lo nuestro no tiene futuro?
Ella le miró, mordiéndose el labio.
- Dame un beso, aunque sea - pidió.
Ella negó con la cabeza.
- ¿Por qué?
«Porque si te beso, no podré parar. Porque me encantaría estar contigo, porque te quiero».
En cambio, volvió a negar con la cabeza.
- ¿No funcionaría, verdad?
- No - contestó ella por fin.
- ¿Y por qué no?
Se alejó de él todo lo que sus brazos le permitieron.
- ¡Porque no! ¡Porque lo nuestro es imposible! ¡Porque nuestra especialidad es hacernos daño el uno al otro! ¡Porque somos estúpidos! - le gritó, llorando -. ¡Porque acabaremos destruyéndonos el uno al otro!
Dicho esto, él la soltó, recogió su mochila del suelo y le susurró al oído:
- Y sin embargo, te amo.
Y desapareció entre la gente.

jueves, 25 de octubre de 2012

Vértigo

Me duele la cabeza, demasiado, es insoportable. Es un dolor paralizante, no puedo moverme, me cuesta hasta pensar. Empieza en la base de la nuca y acaba... no sé dónde acaba, parece que en ningún sitio. Es como si se extendiese por todo el cuerpo, destrozándome por dentro segundo a segundo. Abro los ojos, pero me cuesta incluso levantar los párpados. Es un esfuerzo demasiado grande para mi estado actual. Intento enfocar la vista, pero todo está demasiado oscuro, o tal vez mis ojos no quieran ver. Trato de incorporarme con un esfuerzo casi sobrehumano, pero una fuerza brutal tira de mí contra el suelo. Mi cabeza golpea con violencia la superficie dura sobre la que estoy postrada y un dolor agudo me recorre la columna vertebral desde el cuello hasta casi las piernas, haciendo que me retuerza de dolor. Mi estómago se resiente por el impacto, provocándome náuseas y arcadas, pero no consigo devolver, como si no tuviera nada dentro. Mi cuerpo apenas responde, no puedo ni levantar la mano, la presión a la que estoy sometida me impide moverme.
Me siento como si estuviera dentro de una centrifugadora.

Creo que me he dormido, o habré perdido la consciencia, porque no recuerdo haber soñado. No sé qué hora es, a lo mejor ni siquiera ha pasado un minuto, pero el tiempo se alarga tanto que se me hace eterno. No sé dónde estoy, sólo sé que el suelo está duro y frío, y ejerce una fuerza sobrenatural sobre mi cuerpo que me impide moverme. Pero me encuentro algo mejor, al menos ya puedo abrir los ojos sin marearme. Intento enfocar la vista hacia lo que supongo que es el techo, aún no lo tengo muy claro, es todo demasiado confuso. Es una superficie lisa, como el suelo, y parece metálica. No está a demasiada distancia de mí, tal vez a dos metros y medio o tres, o quizá menos, no puedo calcular muy bien la distancia. Tiene forma curva, como de rueda, o al menos esa es la impresión que me dan las paredes que la cierran. Parece que la habitación en la que me encuentro es totalmente circular, sólo que el suelo y el techo no coinciden con las paredes planas, si no con la curva que las rodea. Una idea empieza a abrirse paso desde lo más profundo de mi cerebro hasta la parte racional, y la simple idea me produce tal vértigo que me veo obligada a cerrar los ojos. Estoy girando, la rueda está girando, y yo con ella. Por eso no puedo moverme, por eso siento una fuerza sobrehumana que tira de mí hacia atrás.
Estoy dentro de una centrifugadora gigante.

La rueda comienza a decelerar, o al menos eso parece, porque empiezo a sentirme mucho más ligera. Ya puedo moverme con normalidad, incluso podría incorporarme, pero ahora mismo eso no me parece buena idea. ¿Y si en cuanto la rueda deje de girar salgo despedida hacia adelante? El impacto podría resultar mortal.
Pero eso no sucede, cuanto más disminuye la velocidad de la rueda menos presión siento sobre mi cuerpo, mis pies se levantan del suelo y mi cabeza parece estar flotando. Es una sensación de irrealidad absoluta, como si en cualquier momento pudiese echar a volar. Me levanto y comienzo a andar, a cada paso que doy me quedo suspendida en el aire durante unos segundos. Ya no tengo miedo de estrellarme contra algo en cuanto deje de girar, con esta gravedad tan baja es imposible que me haga ningún daño, o tal vez... No, eso sería completamente absurdo, el simple hecho de pensar en ello provoca náuseas, es totalmente imposible.
Pero no, no lo es. La rueda ha dejado de girar y mis pies se han despegado del suelo, pero no para salir despedida contra el suelo, o el techo, o la pared, aquí es imposible saber qué es qué, si no para dejarme aquí, suspendida en el aire, sin sentirme atraída por ninguna superficie sólida, totalmente aislada.

No siento nada, el aire me rodea completamente y no puedo tocar nada, tan solo mi ropa. Llevo puesta una camiseta muy fina y unos pantalones cortos, como si fuera un pijama, y además estoy descalza, pero no siento frío. Los oídos ya no me duelen por culpa de la presión, pero tampoco oigo nada, tan sólo un silencio abrumador. Mis ojos han recorrido ya cientos de veces la rueda metálica que hace las veces de habitación, he memorizado todas y cada una de las imperfecciones que hay en ella, incluso las que son casi imperceptibles. Hay un olor metálico en el ambiente, pero hay algo mucho más fuerte, como si estuviese respirando aire helado. Creo que es oxígeno, el aire está sobrecargado, nunca en mi vida había sentido este exceso de oxigenación. Me siento mareada, pero no sé si es por esto o por la ingravidez; y además noto la boca tan seca que apenas puedo mover la lengua, como si hiciese casi un día que no bebo nada.
No quiero pensar, no quiero saber cuánto tiempo llevo aquí metida, ni por qué, ni qué es esto, ni qué es lo que quieren de mí... Intento moverme agitando los brazos, fingiendo nadar, tratando de apartar esos pensamientos de mi cabeza. Pero no puedo, pues el exceso de oxígeno y esta ingravidez me asustan más de lo que estoy dispuesta a admitir.
¿Y si la pregunta más importante no fuera “qué hago aquí”, si no “dónde estoy”?

En el lateral de la rueda, a mi derecha, ha aparecido una puerta de forma circular, justo en el centro del gran círculo metálico que hace de pared. No sé cómo se ha abierto, hace unos segundos no estaba y ahora hay un espacio vacío de casi dos metros de diámetro, como si acabase de surgir de la nada. Trato de acercarme hasta él, pero mis patadas en el aire y los movimientos bruscos de mis brazos apenas me mueven unos centímetros. Cada movimiento que hago me aleja más y más de la puerta, lo que me hace sentir totalmente impotente. Parece que una una fuerza me empuja cada vez que intento acercarme, una fuerza que parece salir del mismo agujero. Cada vez estoy más confusa, nada tiene sentido en este lugar, y además el oxígeno hace que me sienta desorientada. No puedo pensar con claridad, no entiendo por qué alguien se empeñaría en secuestrarme para meterme en una habitación sin gravedad, abrirme una puerta e impedir que me acerque hasta ella. Cuando estoy pensando esto, empieza a suceder algo extraño, como si mi cuerpo dejase de ser tan ligero como el aire y empezase a caer al suelo como una pluma. El vaivén me marea y me produce náuseas de nuevo, así que me veo obligada a cerrar los ojos otra vez y dejarme llevar, ya me da igual lo que pueda suceder. Caigo al suelo, aunque sería más correcto decir que me poso sobre él, pues no he notado ningún golpe, solamente la superficie sólida y metálica del suelo. Me levanto con cuidado, ya que cada movimiento que haga puede hacer que salga volando de nuevo. Siento la cabeza muy ligera, pero los pies se mantienen fijos en el suelo. Camino hacia la puerta con pasitos cortos, evitando levantar los pies demasiado y volver a quedar suspendida en el aire. Voy agarrándome a las paredes hasta llegar hasta el agujero de la pared y esta gravedad tan baja me ayuda a saltar el metro que separa la puerta del suelo con facilidad y salir al exterior de esta cárcel metálica.

Llevo media hora caminando por un pasillo largo y estrecho de forma circular. La luz se refleja en las paredes de color blanco y me hace daño en los ojos, haciendo que este paseo sea mucho más agotador, no solo para mi cuerpo, si no también para mi cabeza. Camino con cuidado, despacio y con pasos cortos, evitando así salir despedida hacia arriba si me impulso con demasiada fuerza. Cuando pienso que no voy a llegar nunca al final de este túnel blanco, una sombra negra se dibuja al fondo. Echo a correr, enviando toda la fuerza posible a mis piernas y flotando durante unos segundos antes de poder dar la siguiente zancada. En alguna ocasión tengo que agarrarme a las paredes para no flotar durante demasiado tiempo y poder seguir con mi carrera. El pasillo se me hace cada vez más interminable, la sombra negra se agranda a una velocidad lastimosa, o a lo mejor es que con tan poca gravedad mis esfuerzos no sirven para nada. Poco a poco me voy aproximando y veo dibujarse los bordes de lo que parece una puerta circular exactamente igual que por la que salí de la rueda. Cuando llego a ella me tengo que agarrar a uno de los bordes con fuerza, la gravedad ha disminuido considerablemente desde que comencé a correr y ahora soy incapaz de estirarme sin empezar a flotar de nuevo. Paso por la puerta, pero lo que encuentro al otro lado es lo último que esperaba encontrarme aquí, lo último que esperaba ver en mi vida.

Es una sala totalmente acristalada, aunque no será cristal, si no una especie de plástico muy duro. Pero lo realmente inquietante no es el cristal del que está construida la habitación, si no lo que hay fuera. Es un vacío inmenso que parece no tener fin, hecho de oscuridad y de pequeños puntitos luminosos y algún que otro cuerpo desconocido. Rezuma hostilidad, una hostilidad abrumadora.
Algo a mi izquierda me llama la atención, una especie de globo azul con pequeños remolinos blancos alrededor y varias manchas alagadas de color marrón oscuro.
Mi mente se ha quedado totalmente en blanco, no puedo pensar nada coherente, estoy completamente paralizada de miedo y ni siquiera puedo gritar. Estoy viendo la Tierra, el enorme planeta en el que me he criado, desde una distancia aterradora. Pero no me siento gigante por verlo tan pequeño, ni afortunada por poder ver la Tierra a esta distancia, ni siquiera diminuta por pertenecer a la Humanidad que habita ese delicado planeta azul ni aterrorizada por estar tan lejos de casa.

Lo que siento es vértigo, un vértigo paralizante, pero también una terrible soledad.

miércoles, 24 de octubre de 2012

Velada romántica

- Bonita velada, ¿no crees?
- Yo no lo diría tan convencido -comentó ella, impasible-, dado que a cada segundo que pasa estás ideando el modo de matarme -añadió, serena.
- Pareces un poco disgustada, ¿debería preocuparme por el rumbo que está tomando mi cita? No imaginé esto cuando ideé una velada romántica con la mujer de mis sueños -se jactó él.
- ¡Oh, no te preocupes por eso! -respondió la muchacha, sarcástica- Estás siendo un Príncipe Azul estupendo. El problema -hizo tintinear las esposas que llevaba en las muñecas y en los tobillos- es que nunca aprendí a comer decentemente atada de pies y manos. Ya sabes, como una señorita.
Él arrugó la nariz.
- Y como comprenderás -continuó ella-, tampoco me siento muy cómoda atada con un cinturón a la silla. Es un poco... ¿cómo decirlo? ¡Ah, sí! Peculiar.
- Pensé que te gustaba lo "peculiar". ¿O no quisiste decir eso cuando me rechazaste diciendo que querías algo distinto, no al típico chico que buscan todas? -comentó con dulzura, llevándose tranquilamente un trozo de ravioli a la boca - Deberías probarlos, están buenísimos.
- Lo haría encantada, incluso en mi situación -movió las esposas de nuevo-. Pero no quiero mancharte de vómito cuando comiences a torturarme. El vómito es complicado de quitar, ya sabes.
El chico de cabellos negros como azabache levantó la vista de su plato y la taladró con los ojos, unos ojos de color azul oscuro impregnados de furia contenida. Era guapo, quizá demasiado, pero ese tinte de locura que manchaba sus ojos y algunos de sus gestos asustaba a la chica más de lo que quería aceptar.
El muchacho respiró, cerró los ojos y, cuando volvió abrirlos, aquella furia había dado paso a una expresión dulce y cariñosa, claramente fingida.
- Si prometes no intentar clavarme el tenedor, te soltaré las manos.
Ella soltó una risotada.
- Claro. Si prometes no matarme, comeré contigo como si de una velada romántica se tratase.
- Tú te lo has buscado -dijo él, con una tranquilidad pasmosa.
Ella volvió a reírse, con menos ganas.
- ¿He de suponer que me merezco todo esto? Una velada romántica, el precioso vestido que me has regalado, el maquillaje que hiciste ponerme, la cadena de oro que me colgaste al cuello, el diamante de mi dedo, una deliciosa cena en la azotea a la luz de la luna... ¿Se me olvida algo? ¡Ah, sí! Una muerte dolorosa a base de torturas.
Él respiró, cerrando esos oscuros ojos azules.
- Lo digo totalmente en serio, quiero soltarte las manos. Pero no permitiré que me ataques, ni que intentes huir.
- No se a dónde, la azotea está cerrada con ventanales y la puerta bloqueada. Lo que sí que haría es clavarte un tenedor, o el cuchillo. Me haría sentir mejor.
- Ya veo. Menosprecias mi generosidad.
- ¡¡ESTÁS PLANEANDO MATARME!!
- Eso es lo de menos, pareces obsesionada con el tema.
Ella soltó un resoplido y se dejó soltar las muñecas.
- Esto es absurdo, incluso para ti.
- Bueno, los enamorados hacen todo tipo de estupideces, y las estupideces son siempre absurdas.
- ¿Siempre tienes que tener la última palabra? -preguntó la chica, poniendo los ojos en blanco.
- Siempre. No lo dudes.
Se volvió a sentar y se acabó el plato de raviolis mientras la chica mordisqueaba uno de los suyos. Se limpió las manos en la servilleta, cogió un cuchillo limpio de la mesa y se acercó hasta ella.
- Bueno, yo ya he terminado. Una cena exquisita, una lástima que no hayas disfrutado de ella -le acercó la punta del cuchillo a la cara. Ella comenzó a hiperventilar-. ¿Por dónde quieres que empiece?
Ella gritó con todas sus fuerzas.
- Oh, veo que no te callas ni estando a punto de morir, creo que haré algo al respecto.
Le agarró la lengua con la mano que tenía libre y, tras un par de intentos, le serró el músculo con el cuchillo.
- Así no podrás hablar.
El grito de ella quedó ahogado por la sangre que brotaba de lo que antes había sido su lengua.

viernes, 19 de octubre de 2012

Tan sólo decir que...

Chicos y chicas, o seres que no sean de este mundo pero se pasen por aquí. Esto es para los que, tal vez, leáis "La chica del pelo azul", o al menos el proyecto de ello.
Quiero que sepáis que no lo he abandonado, pienso seguir con ello. Pero cuesta, cuesta saber qué escribir, cuesta saber cómo, cuesta tener una historia que narrar y cuesta narrarla.
Que eso. Que estoy trabajando en ello, estoy informándome, estoy leyendo para tratar de tener la idea que quiero en la cabeza.

Tan sólo quiero decir que pronto, muy pronto, seguiré con ello.

martes, 16 de octubre de 2012

Una mañana como otra cualquiera

El sonido del despertador me saca bruscamente de ese mundo sin sueños al que viajo cada noche. Me arrastro hasta los pies de la cama y recojo el móvil del suelo, donde suelo dejarlo cada noche mientras carga. Apago la alarma sin mirar directamente a la pantalla para evitar que me deslumbre y me haga daño en los ojos. Me siento en el borde de la cama y busco las zapatillas con los pies mientras espero a que mis ojos se habitúen a la oscuridad. Como no las encuentro, trato de recordar dónde las dejé anoche, pero no lo consigo, mi memoria a estas horas es casi inexistente, un agujero negro. Tanteo la mesilla con la mano en busca del interruptor de la lámpara, lo pulso y me tapo los ojos con la otra mano en un acto reflejo. Odio la intensidad de esta maldita lámpara. Voy retirando los dedos uno a uno mientras me acostumbro a la luz amarillenta que ha invadido mi habitación y empiezo a buscar con la vista las zapatillas rosa chillón que tanto odio. Las veo por fin al otro lado de la habitación, justo en el extremo opuesto a mi cama. ¿Cómo demonios han acabado allí? Me levanto y noto en mis pies descalzos el frío que proviene del suelo, supongo que habré perdido los calcetines entre las sábanas mientras dormía. Noto como el frío entra en mi cuerpo por las plantas de mis pies y me recorre un escalofrío desde la parte baja de la espalda hasta el cuello. ¡Perfecto, ahora también cogeré frío! Meto los pies dentro de las zapatillas y me arrastro hasta el baño. Enciendo la luz, abro el grifo del agua fría y la dejo correr un poco mientras me recojo el pelo en un moño mal hecho. Me lavo la cara con ayuda de las manos y me seco con la toalla que hay al lado del lavabo. Cierro el grifo, me doy la vuelta y apago la luz antes de que acabe levantando la vista al espejo, prefiero no enfrentarme a las ojeras de mi reflejo antes de tomarme un buen café, un buen café bien cargado. Vuelvo a mi habitación y hago la cama con parsimonia, dejando la almohada sobre la mesa. Cojo los pantalones vaqueros de la silla y agarro un juego de ropa interior y una camiseta cualquiera del cajón de la cómoda. Me siento en el borde de la cama y me quito el horrendo pijama rosa con dibujitos infantiles que uso para dormir. Me visto rápido para no coger frío y doblo el pijama antes de colocarlo en el hueco de la almohada. Me agacho y recojo los calcetines que se han caído al suelo mientras hacía la cama, rosas también, por cierto. Es extraño porque odio con todas mis fuerzas ese color, pero toda mi ropa de dormir es rosa. Doblo los calcetines, los dejo junto al pijama y coloco la almohada encima, en su sitio. Recojo mi móvil del suelo, desenchufo el cargador, lo enrollo y lo dejo sobre la mesilla de noche. Apago la luz de la lámpara y enciendo la del techo. Busco la botella de agua en la mochila y la cojo. Me vuelvo a poner las zapatillas y salgo de la habitación, apagando la luz a mi paso. Voy hasta la cocina, enciendo la luz y abro el frigorífico en busca de la jarra de café, pero no la encuentro. ¡Estupendo! Me acerco hasta la cafetera, saco el depósito de agua, lo relleno y vuelvo a colocarlo en su sitio. Abro el armario en busca del café y me pongo de puntillas para cogerlo. Echo seis cucharadas contadas en el filtro, lo cierro, coloco la jarra debajo y enciendo la cafetera. Mientras espero a que salga el café decido prepararme el almuerzo. Saco el pan del congelador, lo meto a descongelar en el microondas y programo medio minuto. Mientras se descongela, relleno la botella con agua del grifo y la cierro con el tapón. Saco el pan del microondas y lo dejo sobre la mesa junto a la botella. Busco en el frigorífico entre los embutidos y saco queso en lonchas. Cojo tres, les quito el plástico y las dejo también sobre la mesa, junto al pan. Con un cuchillo, abro el pan con un corte irregular y coloco el queso dentro. Meto el bocadillo en una bolsa hermética y la vuelvo a meter junto a la botella en otra bolsa más grande. Apago la cafetera, cojo una taza y me echo más de la mitad del café en ella. Saco la leche del frigo y termino de llenar la taza. Abro el frigo de nuevo y la vuelvo a guardar. Deberían demandarme por abrir tantas veces el frigorífico, no debe ser bueno. Cojo la caja de cereales y como unos cuantos mientras miro el Twitter desde el teléfono. Hay que ver la cantidad de tonterías que puede poner la gente a estas horas. Feliz lunes, dicen. ¡Já! Escribo un par de comentarios irónicos y me quejo un rato de todo. Abro la pestaña de "Descubre" y escribo un par de tonterías con algún TT gracioso. Me tomo el café, meto las cosas en el lavaplatos y me voy al baño a lavarme los dientes. Me miro al espejo mientras me meto un chicle en la boca. Yo creo que no debe ser sano comer tanto chicle, aunque lo de mis ojeras tampoco. Me echo un poco de antiojeras que no consigue hacer nada con ellas y me quito el moño. Me desenredo el pelo y me quejo interiormente de lo asquerosamente liso y lacio que es. Y además me hace falta cortarlo un poco y no tengo tiempo de ir a la peluquería. Bien, perfecto, así me gusta, motivándome desde primera hora de la mañana, como debe ser. Miro la hora del móvil y aprovecho los diez minutos que me quedan guardando los libros y el bocadillo en la mochila. Me meto dentro de una sudadera y me pongo el abrigo, subiendo la cremallera hasta arriba del todo. Me ato la bufanda al cuello y busco los guantes en los bolsillos para ponérmelos. Vuelvo a mirar la hora y aprovecho para ver la temperatura de hoy. ¡¿-10ºC?! ¡¿Qué es esto, el Polo Norte?! Enchufo los cascos en el móvil, pongo la música y lo guardo el el bolsillo del abrigo. Me coloco los auriculares en los oídos, me subo la capucha y me cuelgo la mochila al hombro. 08:00 a.m. En media hora entro. ¡Y con Matemáticas a primera! Resoplo, abro la puerta de la calle y grito un "¡Hasta luego!" antes de salir. Todos están dormidos, como debe ser. Decididamente, odio las mañanas.

jueves, 11 de octubre de 2012

Oscuridad

Me deslizo en esa oscuridad tan apacible. No, apacible no. La oscuridad no es buena. Enciendo la luz de la mesilla y me quedo mirando al techo durante un rato. No soy capaz de dormir con la luz encendida, me resulta imposible. De pequeña lo hacía, de pequeña necesitaba tener siempre una luz que espantase a los monstruos. Es raro, porque yo nunca he soñado, y los niños suelen tener miedo a sus propias pesadillas. Supongo que temía a las propias pesadillas que yo me inventaba. Meto la cabeza debajo de la sábana, me molesta este exceso de luz. La apagaría, pero tengo miedo de caerme de nuevo por el precipicio. Al parecer, no me alejo tanto de aquella niña miedosa que temía a su propia imaginación, sólo que ahora no puedo dormir ni con la luz encendida. Me molesta, me molesta demasiado. La apago y vuelvo a colocarme boca arriba, mirando al techo. Intento dejar la mente en blanco, recitar canciones mentalmente, dejar vagar mi imaginación, tejer historias. Pero nada funciona. Comienzo a recitar mi retahíla, las pocas palabras que consiguen mantenerme en pie, erguida:

Puedes con todo. Mentira. Eres fuerte. Mentira. Seguridad. No sé qué significa esa palabra. Confianza. Ni esa. No pueden hacerte daño si tú no te dejas. Mentira.

Todo son mentiras. No hay nada que pueda ayudarme, nadie que sepa cómo me siento y me pueda decir cómo debo actuar. Mis fantasmas vuelven, empiezan a colarse por todos los huecos que encuentran en mi cuerpo, la idea de que mi vida comienza a carecer de sentido se abre camino a mi mente.
Retomo mi retahíla, rápido, intentando evitar que mi mente sea capaz de contestarlas:

No estás sola. La gente te quiere. Hay gente a la que le importas. No todo el mundo quiere hacerte daño. Men Nadie quiere hacerte daño. ti Puedes ser feliz. ra. Aún te quedan cosas en la vida. Eres fuerte. Eres muy fuerte. Mentira. Mentira. Mentira. 

¡MENTIRA!

Todo son mentiras.

Los fantasmas vuelven a por mí, me invaden, y me dejo llevar. La oscuridad es cómoda al fin y al cabo, como un mullido, negro y apacible colchón de plumas negras.

miércoles, 10 de octubre de 2012

El reino de lo absurdo


Bienvenido al reino de lo absurdo, reino de la pantomima, donde todos andamos al revés tío, ¿quieres entrar?

¡Escucha!

Vivo en el reino de la confusión, donde la vida es sólo ilusión, aquí las cosas no son lo que son, reino de engaños, mentiras y tracción.
Vivo en el reino de la confusión, donde la vida es sólo ilusión, aquí las cosas no son lo que son, reino de engaños, mentiras y tracción.

En este reino todo tiene un precio, y el lenguaje de palacio aburre al necio que prefiere no pensar y ni se esfuerza. Aquí el que menos sabe es el que grita, ¿quién le quita la razón al que la impone por la fuerza? Si buscas trabajo tendrás tu oportunidad, pero el puesto pa'l sobrino del jefe, ¡vaya casualidad! La habilidad de ser inútil siempre beneficia, el mañoso curra el doble, es un mediocre si la pifia. Y las noticias quieren sólo audiencia, en este reino los niños ni se inmutan cuando ven violencia. Es la televisión y su contradicción, ella te dice "consume" y el Gobierno que aprietes tu cinturón. Misma situación disparatada: aquí la profesión mejor pagada es dar patadas a un balón. Si en este reino roba un pobre, va a prisión, ¡ladrón incómodo! Y si lo hace un rico le llaman cleptómano y se va al psicólogo. Mira alrededor, ¿dónde está el error? ¿Quién es tan tonto de llamar a un negro hombre de color? Es el valor de un reino decadente, donde el país que vela por la Paz Mundial es el que más armas vende. No, nadie lo entiende, pero se resignan. Son presos del sobrepeso y del sabor de un Bic Mac. Me indigna. El paradigma del progreso es un enigma, y Dios es un reloj que nos estresa haciendo tic tac.

Vivo en el reino de la confusión, donde la vida es sólo ilusión, aquí las cosas no son lo que son, reino de engaños, mentiras y tracción.
Vivo en el reino de la confusión, donde la vida es sólo ilusión, aquí las cosas no son lo que son, reino de engaños, mentiras y tracción.

En este reino manda el marketing y vale todo, podrás vender un calcetín a precio de oro si encuentras el modo. Tan sólo muestra tu imagen de ganador, porque aquí importa la fachada, no se mira el interior. Verás un dedo acusador si fumas plantas naturales, y mientras venden droga etílica en todos los bares. Tú sabes que sí, no puedes vivir sin esa dosis de tecnología en estos días de miedo y psicosis. Un mentiroso aquí es famoso por su encanto, un abogado hará que un hijo puta se parezca a un Santo. En este reino el engaño es un gran negocio, ¿y torturar un animal en la plaza motivo de elogio? El ocio un privilegio si eres proletario, pues saca pecho ante el calvario del préstamo hipotecario. Por un techo pasarás tu vida en vilo, y a punto de irte al otro barrio ya eres propietario, respira tranquilo. ¿Crees que es injusto? Dilo. No eres el único. ¿Protestas como un ciudadano o callas como un súbdito? Es típico ver como políticos se insultan, ¿y fabrican bombas nucleares para no usarlas nunca? Yo no les creo, veo reos del desempleo, sufren con razón, la cruel globalización. Y es que quien no tiene enchufe es un bufón en este feudo, donde Dios tiene dos nombres, uno es Dolar y otro es Euro.

No entiendo. No busquéis más.

Vivo en el reino de la confusión, donde la vida es sólo ilusión, aquí las cosas no son lo que son, reino de engaños, mentiras y tracción.
Vivo en el reino de la confusión, donde la vida es sólo ilusión, aquí las cosas no son lo que son, reino de engaños, mentiras y tracción.

No es un cuento, pura realidad, el reino de lo absurdo, de la falsedad.

martes, 9 de octubre de 2012

Los juegos del Hambre

Bien, bien, bien. Allá vamos:


Prefiero éstas portadas.

Como supongo que todos sabéis la historia, al menos de qué va aunque no los hayáis leído, voy a pasar de hacer reseña a dar mi opinión.

En mi opinión, Suzanne Collins ha sabido pintar perfectamente un mundo en ruinas, un pasado problemático, una historia genial y una crítica social perfecta.
Con esto quiero decir:

La gente que no está habituada a escribir puede leer la historia y gustarle, pero la gente que estamos habituados a escribir solemos ir un poco más allá, a cómo la han escrito, al derroche de imaginación que dicha historia nos ofrece.
Al trabajo que ha debido suponer escribirlo.
Los demás podéis idolatrar a los protagonistas, pero yo la idolatro a ella.

La historia que se narra es una típica distopía (o antiutopía), lo que quiere decir que es todo lo contrario a una utopía, una historia en la que lo ideal no existe, si no todo lo contrario. Las distopías suelen colocarse en un futuro más o menos cercano, un futuro en el que suele haber un abuso de poder por parte de un Gobierno o una sociedad superior, y en la que todo lo que pueda salir mal, saldrá mal.
Le paso la explicación del término a Wikipedia.
Cualquiera diría que una distopía es una visión pesimista del mundo, la pérdida de la fe en la Humanidad. Pero un pesimista (optimistas informados, como solemos llamarnos) diría que es una visión perfecta del futuro, de uno de los posibles futuros que tenemos a nuestro alcance.

Una vez he opinado de la autora y de la historia, voy a opinar sobre los libros en sí.

En el primero, la autora pinta perfectamente la sociedad desde el punto de vista de su protagonista, Katniss. Siempre opina desde un punto de vista un tanto ajeno, digamos que no es la típica revolucionaria, porque ¿de qué le va a servir enfrentarse al Gobierno si eso no la va a ayudar a llevar comida a la mesa? Pensadlo bien.

En el segundo su punto de vista comienza a cambiar, y con el de ella, el nuestro. Empieza a darse cuenta del peligro que corren todas las personas a las que quiere, del peligro que corre el mundo en sí, y la Katniss que lo narra empieza a tener problemas, problemas mentales sobre todo. Aún así, decide arriesgarlo todo a pesar de saber que, lo más probable, le espere la muerte.

En el tercero se vuelve totalmente loca, o "mentalmente desorientada". Me encanta como la autora es capaz de escribir el hilo de pensamiento de una persona con esos problemas y, aún así, narrar la mejor historia de los tres libros. También me gusta como describe la guerra, como describe el dolor y como lo describe todo, detalle a detalle. Como no se me ocurre qué más decir, destaco un diálogo:

"-¿Te preparas para otra guerra, Plutarch? - le pregunto.
- Oh, ahora no. Ahora estamos en ese dulce periodo en el que todos están de acuerdo en no repetir los recientes horrores. Sin embargo, esta coincidencia colectiva no suele durar. Somos seres inconstantes  y estúpidos con mala memoria y un don para la autodestrucción."

Creo que no tengo nada más que añadir.

Cómo empezó mi vida prestada

Hace ya unos días que me leí este libro, pero he ido dejando la reseña y ahora se me juntan las cosas. Pues bien, es este:

"¿Y si pudieras cambiar de vida con sólo pronunciar la palabra "sí"? ¿Y si con ello ganases una familia, una posición social, un pasado al que mirar con orgullo y cariño? ¿Y si para ello tuvieras que suplantar a otra persona y desvelar los secretos mejor guardados de las personas a las que quieres? Esta es la doble vida de Cassiel Roadnight.

Tras años de malvivir en la calle, a un muchacho de dieciséis años se le presenta la oportunidad de suplantar a un tal Cassiel Roadnight, un joven desaparecido con el que comparte un sorprendente parecido físico. Sólo tiene que aceptar suplantarle y conseguirá aquello que tanto ansía: un hogar, una familia, un lugar en el mundo. ¿Cómo resistirse a la tentación?
Sin calibrar las consecuencias, decide hacerse pasar por él; un gesto mínimo que lo sumirá en una vorágine de culpa, mentiras y preguntas: ¿qué pasará si lo descubren? ¿Quién era en realidad Cassiel Roadnight? ¿Por qué desapareció y dónde está?
Pero, por encima de todo, el engaño le llevará a afrontar el mayor de los misterios: el de su propia identidad."


Bueno, poco más puedo decir. La historia en sí es un poco sosa y bastante corta, pero tiene un toque de misterio que merece la pena. También me ha parecido curiosa la forma de escribir de la autora, muy esquemática, tratando de mantener el misterio y metiéndonos en un mundo de recuerdos, presente y misterios que no sabes muy bien qué hilo de la historia debes seguir.

Y bueno, este no le recomiendo tanto como los demás, pero le pongo aquí por si os interesa.
"La gente ve lo que necesita ver"

jueves, 27 de septiembre de 2012

Amigos

A veces me da por escribir algunos recuerdos que se me vienen a la cabeza. Los escribo en hojas, los doblo y los guardo. Y luego, tal vez después de algún tiempo, los vuelvo a leer.
Ayer, escribiendo uno de estos recuerdos, me di cuenta de la importancia que han tenido ciertas personas en mi vida. Personas que yo no me había percatado que formaban parte indispensable de mi vida, de que sin ellas me sentiría perdida. Ayer, recordando, me di cuenta de que no hay que saber cada detalle de la vida de alguien para conocerle, y que no hace falta que exprese sus sentimientos para saber como se siente. Me he dado cuenta de que se puede querer a alguien sin necesidad de conversar durante mucho tiempo con él, que puedes considerarlo tu amigo incluso sin necesidad de abrirte a él. Me he dado cuenta de que los amigos son los que siempre han estado ahí, con los que has convivido, aunque no sepas mucho de ellos. Y me he dado cuenta de que, si pierdo a una sola persona de las que componen mi vida, me derrumbaría.
Gracias.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Aviones de papel

Ella restregó cariñosamente la nariz en su cuello, un poco por debajo de la oreja. Le gustaba su olor, aunque olía demasiado a AXE, pero en el fondo tenía algo dulce, un olor que la reconfortaba.
Él le acarició con dulzura el pelo, sonriendo. Le encantaba cuando le hacían eso, pero hasta entonces no había sido igual. Hasta ese momento nada había sido igual, aunque en realidad nunca lo había sido desde que ella apareció en su vida. La tenía ahí, entre sus brazos, feliz. Y lo único en lo que podía pensar es en que tenía el pelo más suave que jamás había acariciado. Nada más, no podía pensar ni en besarla ni en... bueno, otras cosas. Pero, ¿para qué mentir? En realidad se moría de ganas por besarla, acariciar su cuerpo y hacerle sentir mucho más, pero no en ese momento. Tenerla a su lado era suficiente, más que suficiente, era un sueño hecho realidad.
- ¿Vas a contestarme algún día? - preguntó, inquieto. Deseaba obtener por fin una respuesta.
Ella recordó inmediatamente el avión de papel, y se puso tensa. Ese avión iba a cambiarlo todo, o ya lo había hecho. Había puesto sus sentimientos patas arriba, más de lo ya que estaban desde que le conocía. Se vio a sí misma desdoblando los pliegues que componían las alas del avión, aunque le aterraba leer lo que había escrito en ellas. Él nunca escribía cartas, era algo que ella nunca le había visto hacer, y que le escribiera una a ella era más de lo que podía soportar. ¡Y en un avión de papel! Definitivamente, era demasiado. Cuando al fin se atrevió a empezar a leer, ya no pudo parar. La leyó y la releyó tantas veces que se aprendió cada palabra, cada espacio en blanco y cada mancha en el papel causada por la tinta del bolígrafo. No sabía cuantos papeles había arrugado antes de dar con la carta perfecta, ni cuantas veces habría desistido y se habría tirado sobre la cama, sintiéndose impotente por no saber expresar sus sentimientos. Y sólo con imaginarlo, a ella se le antojaba la imagen más adorable del planeta. Él, un chico que podía tener a cualquier otra que quisiera, teniendo ese detalle por ella. ¡Ella! Era demasiado.
- ¿Pequeña? ¿Sigues ahí? ¿O te han abducido los extraterrestres? - preguntó, intentado quitarle hierro al asunto.
Ese comentario le hizo volver al presente, un presente que iba a cambiarlo todo. Se giró hacia él para toparse con esa sonrisa que tanto le gustaba, levantó un poco la cabeza y le besó suavemente en los labios.
- Te quiero, ¿lo sabes?
Y volvió a besarle, con más intensidad que antes, feliz de estar entre sus brazos y de sentir lo que sentía.

Nunca digas nunca


Cambiar de país.
Cambiar de amigos.
Cambiar de vida.

Jacq afronta el verano más transcendental de su vida: recuperarse de una gran pérdida, acostumbrarse a una nueva familia, encontrar nuevas amistades y descubrir el amor. Pero, por si fuera poco, se verá también obligada a enfrentarse a un oscuro secreto del pasado que todos a su alrededor tratan de esconder.

El peligro y el amor están más próximos de lo que ella imagina...



La vida de Jacq da un giro trágico e imprevisto cuando pierde a sus padres y se ve obligada a trasladarse a un pueblo de la sierra de Madrid junto a sus tíos. Mientras trata de reponerse, tendrá que adaptarse a un país que le resulta ajeno y a un grupo de desconocidos, entre ellos, Samuel. Pronto se hará un hueco entre su pandilla e irá ganándose la confianza de todos, excepto la suya. Pero, ¿qué es lo que le ocurre a este chico? ¿Cuál es la razón de ese halo enigmático que lo envuelve? Jacq no puede evitar hacerse preguntas acerca del extraño que ahora duerme en la habitación de al lado y por el que empieza a sentir algo que se niega a reconocer. Las tardes en el bar, las risas en el lago y las fiestas nocturnas se convertirán en su día a día, pero tras todo ello se guarda un secreto que todos conocen y que nadie parece querer desvelar. Cada gesto es una señal; cada trozo de pasado, una pista a seguir... y a Jacq se le acaba el tiempo. ¿Será capaz de unir todas las piezas del misterio?

¿Será más fuerte ese fantasma que el amor que empieza a sentir?


Creo que no debo añadir nada más, la reseña lo deja todo claro, con la dosis perfecta de historia del libro y de misterio sobre lo que puede ocurrir. Según mi opinión, es un libro perfecto, con una forma perfecta, una cantidad perfecta de suspense y escrito de una forma muy clara y fácil de seguir. Los personajes son cristalinos, se intuye por dónde van los tiros de la historia, pero se guarda el misterio hasta las últimas páginas, y te deja sin aliento cuando acaba.
Es un libro realista, y sé que es raro que yo lea un libro así, con lo que me gusta la fantasía, pero los escritores debemos leer de todo para reinventarnos.Y no sé qué más puedo añadir, sólo que merece mucho la pena leerlo.

domingo, 23 de septiembre de 2012

La Llave del Tiempo

Hoy vengo a hablaros de mis libros favoritos, a los que adoro por encima de todos los demás. Se trata de la serie de La Llave del Tiempo, de Ana Alonso y Javier Pelegrín, la cual consta de 8 libros:


Se trata de una serie de libros de fantasía científica. Todo lo que ocurre en ellos, por muy fantástico que parezca, es gracias a la Ciencia, lo que los hace creíbles, aunque tal vez en un futuro lejano.

A lo largo de estos libros, se cuenta la historia de un grupo de chicos, que son, principalmente, Martín Lem, Alejandra Rojas, Casandra Bhishma, Selene Vian y Jacob Seferis, aunque a lo largo de los libros acaban uniéndose personajes como Deimos y Uriel.

La historia empieza aquí, en la Península Ibérica, en el año 2121, más exactamente en el conglomerado urbano conocido como Iberia Centro, que incluye ciudades como Madrid, Toledo y Alcalá de Henares. Tras un experimento escolar, Martín y Alejandra, que en su momento eran compañeros de instituto, se ven arrastrados hacia el comienzo de sus aventuras. Dédalo, una de las nueve coorporaciones que dominan el mundo, se ve interesado en los anticuerpos de Martín, los cuales pertenecen al grupo sanguíneo conocido como C y le hacen invulnerable ante cualquier enfermedad. De este grupo sanguíneo sólo se han encontrado otros tres casos, que coinciden con Jacob, Selene y Casandra. Una vez allí, descubren su procedencia al ser extraídos de ellos unos curiosos objetos que, ensamblados, forman lo que ellos llaman La Rosa de los Vientos, también conocida como La Llave del Tiempo. Una vez descubierto esto, huyen de la isla donde los tiene confinados Dédalo para seguir las instrucciones que les dicta la llave, y durante esa aventura descubren su verdadero origen, y también la razón de sus peculiares anticuerpos y capacidades cerebrales: provienen del futuro, de un futuro lejano situado en el siglo XXXI, y tienen la misión de descubrir los orígenes de una religión. A partir de entonces, Martín, Jacob, Selene y Casandra, acompañados de Alejandra, la cual no tiene ninguna capacidad especial, se ven arrastrados a un viaje que les hará llegar hasta los inicios del areteismo, pero también les hará cambiar el destino de la Humanidad.

Ésta es más o menos la historia que se narra en ellos, al menos un poco por encima, ya que sería imposible (y de mala idea) contárosla entera. Tampoco quiero deciros mucho más, porque si no os estropearía la historia, pero sí que quiero pediros que tratéis de leerlos, al menos hasta el tercero, y, si os enganchan, continuar hasta el último. No sólo merecen la pena por la historia, que a mí me parece la mejor que he leído, ni por su forma de entender el tiempo, que es increíble, o por muchas otras cosas.
Si no por su gran contenido filosófico, expresado en el personaje de Alejandra, que a mi parecer es el más importante de la historia aunque desde un principio no lo parezca.

Estos libros me han cambiado, han cambiado mi forma de ver las cosas, mi forma de entender el tiempo y mi fe en la Humanidad (que siempre ha sido muy escasa y ahora creo un poco más en ella).
La primera vez que los leí sólo me fijé en la historia, que me impactó mucho, pero la segunda ha sido distinto. Una vez que sabes lo que va a ocurrir, empiezas a fijarte en otras cosas, empiezas a atender a algunas cosas que la primera vez pueden pasarte desapercibidas, y puedes aprender de ellas.
Si queréis un consejo, atended a cada palabra de Alejandra, ella es el pilar fundamental de la historia, en ella está todo lo que los autores nos quieren enseñar, y no es poco precisamente.

Espero haber conseguido despertar vuestro interés en estos libros.

sábado, 22 de septiembre de 2012

Viernes

Entro por la puerta de la biblioteca a las dos menos diez de la tarde, al igual que todos los viernes. Es la mejor hora para coger sitio, ya que todo el mundo se va a comer a estas horas. Me dirijo hacia el rincón donde guardan los libros sobre Mitología, exactamente igual que todos los viernes. De camino hacia allí paso por la sección de Astronomía, donde la misma chica de todos los viernes se pone de puntillas para alcanzar un libro de la estantería de arriba. Como todos los viernes, sonrío mientras admiro disimuladamente su perfecta figura. Es bajita, un poco más que yo, y eso que mi estatura no es nada del otro mundo. Tiene unas curvas perfectas, en una proporción perfecta: caderas un poco anchas, cintura no muy fina y pecho ni muy grande ni muy pequeño. Se echa sus perfectos rizos negros hacia atrás y los deja caer en cascada por detrás de sus hombros, justo hasta media espalda, dejando al descubierto un cuello perfecto, de apariencia frágil y piel tersa, del color del chocolate con leche. También me encanta como viste, me encanta lo perfecta que parece con esa ropa tan informal. Los vaqueros azules y desgastados le acentúan sus perfectas caderas, y la sudadera gris oscura, de aspecto viejo, deja intuir las perfectas curvas de su torso, a pesar de que le queda algo grande. Lleva unas zapatillas altas, de tela y de color rojo, perfectamente atadas en sus pequeños pies, lo que da un toque de color a su humilde vestuario.
Me doy cuenta de que la estoy mirando sin disimulo cuando ella me mira y me sonríe con timidez, haciéndome entender que sabe que la estoy observando desde hace rato. Nunca le había visto el rostro, pero es tan perfecto como ella. Tiene los ojos grandes, de color verde grisáceo, y unas pestañas totalmente negras que perfilan a la perfección sus preciosos ojos. Tiene la nariz achatada y un poco ancha, y los labios gruesos, tal y como deben ser los rasgos negroides que suelen acompañar a su achocolado tono de piel. La blancura de sus dientes perfectamente colocados resalta con su rostro ligeramente oscuro.
Le sonrío con timidez, bajo la vista y continúo mi camino hacia la sección de Mitología, deseando, como cada viernes, que algún día se dé cuenta de lo que siento por ella.

lunes, 10 de septiembre de 2012

Buenas :D

Que eso, que buenos días :D

Ya habréis notado mi ausencia, pero no viene mal comunicarla. Hace mucho que no subo nada, pero no os preocupéis, no me he muerto (o eso creo D:).
Es que estoy un poco liada con un relato para un concurso (¡qué raro, yo en un concurso!) y esas cosas.

Si os aburrís mucho tenéis el archivo ahí a la izquierda y podéis releer lo que más os guste, o recordar mis inicios.
Si eso no os apetece, siempre podéis bajar un poco y ver los libros que recomiendo y leerlos, que los libros duran más que mis relatos.

Y eso, que ya está, volveré a partir del 16 ^^

domingo, 26 de agosto de 2012

Fix you

Abro la puerta del coche y me siento en el asiendo del copiloto. Mientras mi padre se sienta y se prepara para conducir aprovecho para ponerme el cinturón y sacar el estuche de maquillaje que guardo en la guantera.
- ¿Es que tienes que maquillarte todos los días? - pregunta en tono cansado, aunque los dos sabemos que en realidad no es una pregunta, es un reproche.
Me encojo de hombros y sin contestarle bajo el parasol y abro el espejito que hay en él. Mi padre odia que me maquille en el coche, bueno, realmente odia que me maquille en general, pero él nunca ha intentado comprenderme. Me extiendo la base del maquillaje por la cara bajo la atenta mirada de mi padre, que al final desiste y aparta la vista de mí para arrancar el coche. Una vez en la carretera yo sigo mi rutina de maquillaje, aprovechando un semáforo para pintarme la raya de los ojos y el echarme el rímel en las pestañas. Mi padre ya no dice nada, pero por las miradas que me echa por el rabillo del ojo sé que está molesto, se le nota sobre todo cuando resopla, lo que hace que el flequillo de su abundante pelo blanco se levante hacia arriba. No le gusta que me maquille, pero lo que realmente no soporta son mis "pintas", como él las llama. La verdad, yo no veo que llevar escote y minifalda al instituto sea un delito, pero a él se lo parece, y aprovecha cada oportunidad para reprochármelo, aunque hoy ha preferido dejar pasar el tema. Me echo la última capa de gloss sobre los labios, guardo el tubo en el estuche y vuelvo a dejarlo todo en la guantera. Miro el reloj del salpicadero y, tras una cuenta rápida, decido que todavía me faltan 15 minutos para llegar al instituto, más que de sobra. Me recojo el pelo en una trenza que dejo caer por mi hombro derecho y me pongo los cascos. Después saco el móvil del bolso y busco alguna canción que me entretenga un rato, pero un movimiento brusco del coche hace que pulse sin querer otra canción, una que realmente odio y debería haber borrado hace muchísimo tiempo. Cambio de canción y levanto la vista hacia la carretera. Odio esa forma tan brusca que tiene mi padre de conducir, es como si en cada curva fuéramos a salirnos de la carretera, o como si cada vez que intenta adelantar a un coche fuéramos a golpearnos con él. Es horrible, nunca llegaré a acostumbrarme.
Antes de volver a bajar la vista hacia mi teléfono, veo algo que consigue que se me pare el corazón durante unos segundos. Veo la esquina de un camión casi a la altura del coche, y me vuelvo hacia mi padre para suplicarle que conduzca con más cuidado, pero algo en sus ojos hace que me invada una sensación de auténtico terror. Durante el breve lapso de tiempo que tardo en entender el miedo que siento, el coche sufre una sacudida y siento un dolor horrible en el hombro derecho. No entiendo muy bien lo que está sucediendo, es como si todo a mi alrededor estuviese dando vueltas, o soy yo la que está dando vueltas. Y entonces sé que es así, que lo que gira es el coche, dando vueltas de campana. El cinturón me hace daño en el hombro, pero ese dolor me alivia, porque sé que es lo que me mantiene atada al asiento, con vida. El parabrisas se resquebraja y cierro los ojos instintivamente, los cristales se me empiezan a clavar en los brazos, con lo que me he protegido, aunque no sé cuando los he levantado. Todo es demasiado confuso, me duele todo el cuerpo, como si estuviese rota. Es insoportable. Antes de perder la consciencia por culpa del dolor reparo en que mi padre no se ha movido, ni ha separado las manos del volante. En sus ojos, bajo la gran cantidad  de sangre que se desliza desde su cabeza, sigue ese gesto de horror que me hizo estremecerme hace... no lo sé. No sé cuanto ha pasado, seguramente no haya pasado ni un minuto, pero para mí ha pasado una eternidad. Todo en mi vida ha cambiado, no estoy convencida de que vaya a salir de aquí, al menos como era antes. En lo más profundo de mi ser sé que he perdido algo muy importante para mí, algo irreemplazable. Sigo mirando fijamente la figura de mi padre mientras se me nubla la vista, dejándome tan solo una silueta a la que llorar. Mientras sucede todo esto, la música no ha dejado de sonar por mis auriculares: Fix you, de Colplay. Y justo antes de perderme para siempre en las inmensidades del mundo pienso en que ojalá alguien pudiera repararme en estos instantes.



sábado, 25 de agosto de 2012

A lo largo de su vida había visto innumerables fotografías de la Tierra tomadas desde el espacio; pero lo que tenía ante sus ojos no podía compararse con ninguna reproducción. Ahí estaba el universo, negro, hostil y vacío, y, a un lado, flotando como un globo, un maravilloso planeta azul moteado de rizos y remolinos blancos y de pequeñas manchas pardas que indicaban, a pesar de la distancia, la situación de los continentes. ¡Parecía tan pequeño, visto a aquella distancia! Pero era el único hogar de la Humanidad, el hogar de miles de millones de personas que vivían a expensas de su inagotable riqueza, seguras y confiadas... ¿Habrían sentido la misma seguridad de haber podido contemplar lo que él estaba viendo? Así, vista desde lejos, la Tierra parecía tan frágil... ¡Y pensar que el hombre tenía en sus manos el futuro de aquel lugar tan acogedor y perfecto! ¡Y pensar que llevaba siglos deteriorándolo y poniendo en peligro su propia supervivencia! Con un estremecimiento, Martín cerró los ojos y trató de contener las lágrimas. En aquel momento, envidiaba a los hombres primitivos, que veían en la Tierra una diosa eterna e invulnerable, un ser todopoderoso que nada tenía que temer de las torpes acciones de los mortales.
- Es... aterrador - oyó decir a Deimos, sentado detrás de él.

La llave del tiempo
Libro tercero
La ciudad infinita
Ana Alonso y Javier Pelegrín

Miedo

Me viene a la memoria un pasaje de uno de los libros que más me han impactado, que son bastantes, pero bueno. Estoy hablando de Harry Potter y el prisionero de Azkaban, de J.K. Rowling. Dice así:

Algo de los pensamientos de Harry debió de reflejarse en su cara, porque Lupin dijo:
- ¿Estás preocupado por algo, Harry?
- No - mintió Harry. Sorbió un poco de té y vio que el grindylow lo amenazaba con el puño -. Sí - dijo de repente, dejando el té en el escritorio de Lupin -. ¿Recuerda el día que nos enfrentamos al boggart?
- Sí - respondió Lupin.
- ¿Por qué no me dejó enfrentarme a él? - le preguntó.
Lupin alzó las cejas.
- Creí que estaba claro - dijo sorprendido.
Harry, que había imaginado que Lupin lo negaría, se quedó atónito.
- ¿Por qué? - volvió a preguntar.
- Bueno - respondió Lupin frunciendo un poco el entrecejo -, pensé que si el boggart se enfrentaba contigo adoptaría la forma de lord Voldemort.
Harry se le quedó mirando, impresionado. No sólo era aquélla la respuesta que menos esperaba, sino que además Lupin había pronunciado el nombre de Voldemort. La única persona a la que había oído pronunciar ese nombre (aparte de él mismo) era el profesor Dumbledore.
- Es evidente que estaba en un error - añadió Lupin, frunciendo el entrecejo -. Pero no creí que fuera buena idea que Voldemort se materializase en la sala de profesores. Pensé que se aterrorizarían.
- El primero en quien pensé fue Voldemort - dijo Harry con sinceridad -. Pero luego recordé a los dementores.
- Ya veo - dijo Lupin pensativamente -. Bien, bien..., estoy impresionado. - Sonrió ligeramente ante la cara de sorpresa que ponía Harry -. Eso sugiere que lo que más miedo te da es... el propio miedo. Muy sensato, Harry.

Hay algo en ese pasaje que me llama mucho la atención, y es la última frase. Tiene mucha razón al afirmar que, el mayor miedo de Harry, es el propio miedo, pero en realidad no se está refiriendo en exclusiva a Harry, si no a todo el mundo. Todos le tememos al miedo, por eso la mayor parte de las películas de terror utilizan el mismo tipo de personajes: fantasmas, monstruos, vampiros, asesinos sádicos, payasos... Figuras creadas exclusivamente para asustar, para dar miedo. Y nosotros tememos al miedo, por eso nos asustan esos personajes. No sé explicarlo bien, es algo demasiado complejo.

Lo que intento explicaros es, simplemente, eso. Todos nuestros temores son infundados, casi exclusivamente, por lo que se supone que debe asustarnos. ¿Y qué nos asusta? Lo que no comprendemos. ¿Y qué no comprendemos? El miedo, todas esas cosas que nos infunden un terror totalmente ajeno a nuestro entendimiento.

Realmente, lo que intento decir con todo este revoltijo de ideas que ni yo misma entiendo, es muy simple. Tan simple como que, nosotros, los humanos, tememos temer.

miércoles, 22 de agosto de 2012

- Veo que aprecia la buena música - observó Detroit complacido.
- Rock... Hacía al menos cincuenta años que no lo oía. Había buenos grupos... Me gustaba su energía y la rebeldía de sus letras. Fue una lástima que todo eso desapareciera.
- Bueno, no desapareció del todo - dijo Detroit mirando fijamente al horizonte sin despegar las manos del volante -. Quedamos nosotros... las tribus. Para nosotros, esa música sigue estando viva.
- Sí, pero no puede compararse con lo que era entonces. Había miles de bandas en todo el mundo, conciertos al aire libre, millones de discos que se vendían por toda la red... Después, poco a poco, todo eso fue muriendo - explicó Herbert, volviéndose a mirar a los chicos -. Supongo que todos tuvimos algo de culpa. Era tan fácil  conseguir grabaciones piratas de nuestros músicos favoritos que todos recurríamos a ellas sin pestañear. No nos dábamos cuenta de que, con eso, estábamos poniendo en peligro la supervivencia de esa música que tanto amábamos. Creíamos que solo estábamos engañando a las grandes empresas discográficas, que se llevaban unos márgenes de beneficio abusivos...
- ¿Y no era así? - preguntó Alejandra.
- Pues no; nos equivocamos - repuso Herbert con tristeza -. Cuando las discográficas empezaron a perder dinero por culpa del pirateo, lo que hicieron fue rescindir sus contratos con los músicos que menos vendían, y apostar únicamente por los productos seguros, cantantes muy comerciales patrocinados por las distintas cadenas televisivas. Así, los mejores músicos se quedaron sin trabajo, y tuvieron que dedicarse a otras cosas para sobrevivir. Pero, en fin, de todo eso hace ya una eternidad... Y supongo que a estas alturas ya no sirve de nada lamentarse.

La llave del tiempo
Libro tercero
La ciudad infinita
Ana Alonso y Javier Pelegrín