miércoles, 18 de enero de 2012

Nieva

Subo al autobús y, tras pagar mi billete, me acomodo en mi lugar favorito: el asiento del lado de la ventana, a la derecha, antes del dobléz que le da nombre de "gusano". El cristal está empañado así que tengo que pasar la mano para limpiarlo. El contacto me pone la piel de gallina, el frío atraviesa el cristal. Me ajusto los guantes y la bufanda y me acurruco dentro del abrigo. Parece que no voy a poder huir del frío ni escondida en el autobús.
Me asomo por fin al exterior por el hueco que he podido conseguir limpiando el vaho. Todo está helado, como si, literalmente, el invierno hubiera pasado con su manto blanco. Los árboles se doblegan bajo el peso de la nieve sobre sus hojas, las farolas pierden luz bajo la nieve que se acumula sobre ellas, los tejados se pintan de blanco...
Miro el reloj del móvil: llego tarde, muy tarde, pero no me importa. Vuelvo la vista de nuevo hacia la ventana.
Los coches han sufrido un tunning precipitado con pintura blanca, sus capos y sus parabrisas se han convertido en lienzos improvisados en los que niños y jóvenes aprovechan para escribir y dibujar cosas grotescas y malsonantes. Sonrío. Recuerdo que yo de pequeña hacía lo mismo.
Hace un buen rato que dejó de nevar, pero el espíritu de esos pequeños copos blancos aún flota en el ambiente.

2 comentarios:

Opina lo que quieras, acepto críticas y la mayor parte de las veces las llevo a la práctica.
Si no te gusta no sé qué haces por aquí, y menos qué haces comentando.
Gracias por leerme.