domingo, 12 de febrero de 2012

Antártida

Camina lentamente por el suelo helado. El reflejo del sol le hace daño a los ojos, pero no le importa. Cada pocos pasos se deslumbra, tiene que llevarse una mano a los ojos para calmar el dolor que le produce esa luz blanca. Sigue caminando, intenta acelerar el paso, pero no puede, el hielo resbala bajo sus pies. Quiere seguir huyendo, pero lleva tanto tiempo haciéndolo que ya no sabe hacia dónde ir. Cada poco tiempo echa la vista atrás, con miedo. No sabe que es imposible que sus propias paranoias cobren forma y la persigan. Pero no quiere entrar en razón, nunca ha querido. Ella siempre ha creido en todos los cuentos que se inventaba, ella siempre ha creido todas esas historias de terror. Nunca pensó que todo eso pudiera llevarla a tratar de huir de su propia cabeza. En realidad, ella no ha salido nunca de su cabeza, siempre ha vivido una mentira, su propia mentira. Al principio todos pensaban que era normal en los niños, que no podía ser un problema vivir las historias. Hasta que creció. A sus veinte años ya la toman por loca, tratan de hacerla salir de su mundo de fantasía. Pero no pueden, ya es demasiado tarde.
Sigue caminando sobre ese hielo extraño. No desprende frío, no está al aire libre. Ni siquiera puede ver el sol cuando levanta la cabeza. ¿De verdad está caminando sola sobre el hielo de la Antártida? ¿O simplemente está intentando huir de esa estúpida habitación blanca en la que la tienen encerrada y esa extraña luz blanca no es más que el reflejo de los fluorescentes sobre los azulejos blancos del Psiquiátrico?

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