viernes, 17 de febrero de 2012

¡Nunca más!

Estás ahí, sentado, mirándote las manos. Las retuerces, juegas con ellas, creas formas y las haces aparecer como sombras sobre la madera del banco. El sol se refleja en tus manos, sacando de ellas un brillo sobrenatural a la vez que hermoso. El pelo negro y revuelto te cae sobre los ojos de esa manera que siempre me ha encantado. Te pasas la lengua por los labios en un tic nervioso, como solías hacer cuando me retrasaba. Tus ojos grises, esos que me encandilaron desde la primera vez que te vi, se mueven lentamente de tus manos al suelo, del suelo al ramo de rosas que hay a tu lado, en el banco. Miras las rosas, esas rosas rojas que todavía no han terminado de abrirse del todo.
Mis preferidas.
Vuelves la vista al reloj de la iglesia que está situada delante de ti: las seis. Bajas la vista hacia el pie de la iglesia, hacia donde yo estoy. Por un momento siento como si me mirases a los ojos, pero enseguida desecho la idea. No puedes verme, ya nunca podrás verme.

¡NUNCA MÁS!

En ese momento un escalofrío me hubiera recorrido la espalda si hubiese tenido la capacidad de sentir algo.
Te levantas y caminas hacia mí. Has venido de nuevo, como siempre, a las cinco y media, esperando la media hora que solía retrasarme. Te paras delante de mí y te agachas. Mi presencia ingrávida te mira desde su posición, a un metro por encima de ti. Dejas las rosas sobre mi lápida y te levantas despacio, con dolor en los ojos.
En este momento...
En este momento desearía poder inhalar el olor de las rosas.
Poder besarte.
Tocarte.
Consolarte.
Decir que no pasa nada, que no tiene sentido entristecerse.
Sentir el calor del sol sobre mi cuerpo mientras me rodeas con tus brazos.
Caminar sobre la hierba de tu mano.
No tener que seguir sintiendo dolor por no estar a tu lado.

- Te quiero - me dices en un susurro.
<< Te quiero >>, pero no me oyes, ni me oirás nunca.

Nunca. Nunca. Nunca. Nunca. Nunca. Nunca. Nunca. Nunca. Nunca. Nunca. Nunca. Nunca. Nunca. Nunca. Nunca. Nunca. Nunca. Nunca. Nunca. Nunca. Nunca. Nunca. Nunca. Nunca. Nunca. Nunca. Nunca. Nunca. Nunca. Nunca. Nunca. Nunca. Nunca. Nunca. Nunca. Nunca. Nunca. Nunca. Nunca.

¡NUNCA MÁS!

Ya han pasado diez años desde mi muerte, pero nunca dejaré de esperarte los viernes a las seis. Y sé que nunca dejarás de venir a visitarme, aunque no seas capaz de verme ni de sentirme.
Deberías olvidarme y buscar la felicidad en otro lado, pero soy demasiado egoísta como para querer eso.


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