lunes, 30 de abril de 2012

El Ser Humano, ¿un ser superior?

Hoy me apetece reflexionar, intentar haceros ver lo que pienso y por qué pienso eso. Es un poco difícil, porque son ideas un tanto extrañas y no muy corrientes. Pero a lo mejor os interesan, y si no, ya sabéis que me da igual, podéis dejar de leer cuando queráis o cuando creáis que mi forma de pensar se pasa de castaño oscuro, pero yo pienso contároslo, porque es algo importante para mí y porque necesito soltarlo.
Bien, una vez aclarado esto, voy a empezar:

Antes de nada quiero empezar con una canción, una especie de introducción a lo que os voy a contar a continuación:


Si queréis podéis escucharla mientras leéis, que sé que es lo que vais a hacer, aunque la letra es muy interesante y tiene mucha razón.

Quiero que os asoméis a la ventana y que observéis cada farola, cada coche, cada pedazo de piedra colocada de forma artificial, cada semáforo, cada trozo de naturaleza encajonado entre piedras, asfalto o adoquines. Observad cada edificio, cada ladrillo, cada antena, cada trozo de cemento... Observad todos y cada uno de esos detalles que convierte eso en una ciudad.



Ahora buscad en Internet alguna imagen de un trozo de naturaleza que no haya sido alterado por el Ser Humano. Vale cualquier cosa, empezando por una selva tropical y acabando por un desierto de arena, pasando por una barrera de coral. 



Comparad ambas imágenes, la de vuestra ventana y la del ordenador. ¿Qué veis? ¿Acaso se parecen en algo?

No. 

Y sin embargo, ambas imágenes pertenecen al mismo mundo, aunque parezcan sacadas de mundos distintos. ¿Qué es mejor? No sé vosotros, pero yo tengo muy claro lo que prefiero.

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Ahora voy a intentar haceros entender mi forma de pensar:

Si habéis elegido la misma imagen que yo os habréis dado cuenta de que en ella no hay indicios del paso destructor del Ser Humano, nada que pueda relacionar ese paisaje con él, NADA.
¿A qué conclusión podéis llegar?

Bien, ahora quiero que razonéis mientras leéis esto. ¿De verdad el Ser Humano es un ser superior que dispone del resto del planeta? ¿De verdad este planeta es de nuestra posesión?

Sí, pero solo porque nosotros lo creemos así. 

El planeta no es nuestro, aunque nosotros pensemos que así sea. El planeta es de la Naturaleza, de todos los organismos que interaccionan con él sin dañarlo. 

Pero nuestro no.

Los animales no son seres inferiores a nosotros, porque su instinto evita que el planeta sufra. Sé que algunos diréis que sí, que somos seres superiores a ellos porque nosotros evolucionamos, y ellos no. Vale, puede que tengáis razón, que somos mejores porque hemos "evolucionado" más que ellos. Pero, ¿de verdad eso es evolucionar, o es dar un paso hacia el atraso? ¿De verdad cargarnos el planeta es evolucionar?

Yo creo que no.

Según mi punto de vista, esta "evolución" de la que hablamos es lo que nos ha convertido en seres inferiores a los demás, en seres egoístas, posesivos, "racionales", destructivos... 

En definitiva, yo creo que nos confundimos al evolucionar, que tomamos el camino equivocado, que la Naturaleza aún no ha acabado con el error que cometió al crearnos porque nos creemos más fuertes que ella, porque la evitamos, porque intentamos acabar con ella.

Somos un error, y debemos comportarnos como tal, no creernos superiores.

domingo, 29 de abril de 2012

Hacia lo salvaje

Llueve. El pelo negro y rizado le cae mojado y liso por la espalda. Se mueve de forma graciosa, libre. El viento le agita sus harapos hechos jirones. Sus pies descalzos se mueven por el barro encharcado con soltura, como si volase. Sabe moverse por entre los árboles, como si llevase toda su vida caminando entre ellos. La lluvia no le molesta, para ella es como una caricia, una bendición. Ella sabe valorarla, porque sin ella no podría vivir. Se para delante de un árbol y empieza a trepar, colocando pies y manos en lugares estratégicos que solo ella conoce. Cada árbol tiene su manera de treparlo, y ella las conoce todas. Pero ese árbol es su favorito, su pequeña fortaleza. De camino a la copa de ese árbol se cruza con más de un pájaro, pero estos no huyen, la miran con sus ojitos negros, reconociendo a una amiga. Ella pertenece a ese lugar, los animales la consideran una de ellos. 

Ella es tan salvaje como ellos. 

Se alimenta de frutos que encuentra en lo alto de los árboles, aunque a veces también caza, como cualquier depredador. Maneja el cuchillo y siempre lo lanza con certera puntería, justo en el lugar exacto para que el animal muera al instante, sin dolor. No le gusta hacer daño a sus iguales, porque ella es como ellos, y no le gustaría que, cuando alguno de ellos decidiese alimentarse de ella, sufriera. Quiere una muerte rápida, por eso mata de forma rápida. Ella es instintiva, no quiere dejarse llevar por pensamientos racionales, porque si no no sería capaz de matar.
 
Una vez ha llegado hasta arriba se asoma para vislumbrar su refugio, su madriguera, su cueva. Allí duerme, allí lleva sus presas para cocinarlas al fuego, allí guarda sus provisiones para el invierno. Ha dejado dos cubos hechos con troncos viejos para recoger el agua de la lluvia. Se asegura desde esa altura de que sus cubos están recogiendo agua, y de que su cueva queda lo suficientemente escondida para que el resto de los animales no puedan llegar hasta ella. Una vez con la certeza de que todo está en su sitio recoge algunos frutos de ese árbol y salta de rama en rama recogiendo todo lo que sabe que es comestible y guardándolo en otro de sus cubos. Se acerca el invierno y entonces no podrá encontrar alimento en los árboles, ni en el suelo. Entonces solo le quedará matar y alimentarse de carne, pero no puede alimentarse solo de eso, así que siempre tiene una reserva de frutos y raíces.

Sabe orientarse en el bosque, sabe moverse por él, sabe exactamente hacia donde dirigirse para ponerse a cubierto en su cueva. Aunque en realidad esa cueva es solo su refugio, ella se siente más a gusto fuera de ella, corriendo por el bosque...


... su verdadero hogar.




Niebla

¿Dónde demonios estoy? ¿Qué es toda esta niebla? ¡Espera! Se está disipando, haciéndose menos espesa. Ahora puedo ver a través de ella.
Estoy en medio de un pequeño parque, de pie sobre la arena. A mis pies veo un castillo en construcción, junto a dos niños que discuten por su cubo. No parecen muy enfadados, ríen mientras tiran de ambos lados del cubo. Uno tropieza y cae sobre el castillo, deshaciéndolo. El otro corre a ayudarle, tirando el cubo al suelo. Cuando consiguen estabilizarse vuelven a la construcción de un nuevo castillo, dejando de lado el motivo de su pequeña disputa.
Un poco más allá veo un columpio, uno de esos antiguos que tenían una rueda de camión en vez de una tabla de madera. Un grupo de niños de no más de diez años juegan a columpiarse unos a otros, felices, libres de preocupaciones.
En mi reconocimiento del lugar desvío la vista hacia el otro lado y localizo un tobogán viejo de madera roja. Tiene una tabla suelta y parece astillado, no parece muy seguro para estar en un parque infantil. Una niña pequeña sale corriendo hacia él. La observo mientras sube por los desgastados peldaños.
Tiene cerca de seis años y lleva unos pantalones blancos con flores, a juego con su camisa y con la cinta que adorna sus graciosos rizos castaños. Sus labios gruesos y rosados se abren en una sonrisa que se refleja en unos enormes ojos marrones color chocolate, enmarcados por oscuras pestañas. El brillo de sus ojos no tiene nada que envidiar ni a sus blancos dientecitos ni a los destellos que el sol consigue sacarle a sus largos tirabuzones. Tiene algo que me resulta familiar, pero no estoy segura de lo que es. Inconscientemente me acerco hasta ella, avisando de que se va a hacer daño, pero, por más que grito, nadie me oye, ni siquiera yo misma. Comienzo a saltar como loca, haciendo gestos, pero sigue sin verme. Cuando ya no me queda nada para alcanzarla y poder agarrarla para impedir su bajada, mi mano atraviesa su brazo, pasando a través de ella, convirtiéndola en humo.
La niebla vuelve a invadirlo todo al mismo tiempo que una fuerza me aparta bruscamente, lanzándome fuera de todo, del parque, de la niebla, de mí misma.


La fuerza ha sido tan brusca que he chocado contra una pared. Me resulta extraño, no he sentido nada material desde que he despertado, no recuerdo cuando.
Me levanto despacio frotándome el brazo dolorido y empiezo a caminar por la habitación. Estoy en un lugar blanco e iluminado, con unos sofás negros junto a las ventanas. Éstas son grandes, sólo de cristal, pero, por mucho que las miro desde todos los ángulos, no veo manera de abrirlas.
En el centro de la habitación, alrededor de algo que parece una cama, veo niebla. No puedo ver a través de ella, parece imposible traspasarla. Empiezo a avanzar hacia allí y veo una serie de cables conectados a la pared, con su origen en el interior de ese humo blanco. Un gotero con suero, situado al lado izquierdo de esa cama fantasmal, produce el único sonido que se escucha dentro de la habitación, un goteo incesante.
Plic, plic, plic.
¿Qué se supone que hago aquí, en una silenciosa habitación de un hospital, sin saber cómo demonios he llegado hasta ella?
La curiosidad me llama, así que continúo avanzando hacia la niebla, hacia esa sombra difuminada con forma de cama. A medida que me acerco, una silueta que parece estar postrada sobre la cama se hace más visible. Pero no puedo seguir acercándome, una fuerte presión me empuja hacia atrás, como si no quisiera que me acercara más, como si no quisiera que viera nada más. Pero, ¿la niebla puede ser capaz de hacer eso? ¿Es posible que algo técnicamente inmaterial pueda ejercer una fuerza superior a la mía?
Mientras estas dudas invaden mi mente la presión comienza a disminuir, pero la niebla sigue siendo igual de espesa. Sigo avanzando, con la esperanza de poder distinguir mejor la figura que está sobre la cama. Pero esta esperanza se frustra enseguida, ya que, cuanto más me acerco, más espesa se vuelve la niebla. En un momento dado dejo de ver, todo se vuelve blanco a mi alrededor, no veo nada, ni siquiera las palmas de mis manos. Cuando la niebla es tan espesa que me siento como una especie de ente sin cuerpo suspendido en alguna parte por encima de las nubes, comienza a disiparse lentamente, dejándome ver solamente retazos de un lugar completamente diferente del que he dejado al otro lado de la niebla.


Miro a mi alrededor y veo coches, muchos coches. Estoy en medio de una carretera, los coches están aparcados a ambos lados de ella. Es invierno, todo está blanco, la escarcha recubre los coches, los árboles desnudos se inclinan bajo el peso de la nieve.
No siento frío, ni calor, pero tampoco siento ropa de abrigo sobre mi cuerpo. Por primera vez desde que he despertado decido mirarme detenidamente. Me acerco a un coche y trato de verme en un retrovisor. Al principio no exactamente lo que veo: me veo a mí misma, pero como si me mirase desde fuera, como si me mirase con los ojos de otro.
Unos ojos apagados que tratan de imitar sin éxito el color del chocolate me miran con tristeza desde el interior del pequeño espejo, unos rizos dorados caen lacios y sin brillo alrededor de ese rostro pálido y demacrado. Decido alejarme para intentar verme entera en la superficie metálica del coche. Éste me devuelve la imagen distorsionada de una chica de unos 15 años cubierta con un camisón blanco que acentúa su extrema delgadez.
Comienzo a toquetear nerviosa la fina tela de la que está hecha el camisón y, al mismo tiempo, paso la otra mano por la nieve que se acomoda sobre el coche. La cojo, juego con ella, hago una bola del tamaño de mi puño y la lanzo al otro lado de la calle.
Nada, no siento nada. Es como si todo fuera ajeno a mí, como si no pudiera sentir nada que no me pertenezca. Me resulta raro, estoy aquí, plantada en medio de una carretera, vestida con un fino camisón en pleno invierno. Lo veo todo, puedo tocarlo todo, manosearlo, saborearlo incluso, pero soy incapaz de sentir nada. Ni el más leve roce, ni el más mísero soplo de viento, ni la más mínima gota de agua, ni siquiera el incómodo frío de los copos de nieve que noto caer sobre mi cara. Es como si yo misma me estuviera convirtiendo en algo inconsistente, como si me estuviera convirtiendo en niebla.
De repente oigo el molesto sonido de un claxon y me giro justo en el momento en el que un camión derrapa sobre en suelo mojado y se lleva por delante a una persona.
Grito. Grito como si me fuera la vida en ello, como si fuera la última vez que pudiera hacerlo. Quiero acercarme al lugar del accidente, pero mi cuerpo no responde. Solo grito, grito y grito. Las lágrimas me resbalan por la cara, las noto, pero no las siento. No sé que me pasa, quiero moverme, acercarme a la chica que yace en el suelo en medio de un charco de sangre, pero soy incapaz.


Alguien ha llamado a una ambulancia. No sé quien, ni cuando. Llevo todo el rato aquí de pie, mirando fijamente la escena, pero no he visto a nadie que lo hiciera. No sé cuánto tiempo ha pasado desde que volcó el camión, siento haber pasado aquí horas y horas, aunque por el charco de sangre que rodea a la chica no parece que haya pasado más de media. Los operarios médicos que acaban de bajarse de la ambulancia comienzan a rodearla. Les oigo gritar, pedir un collarín, suero, gasas, una camilla... Por un momento, esos gritos me tranquilizan, me hacen saber que está viva. Pero, ¿cuánto tiempo puede quedarle de vida?
Noto que las piernas han decidido obedecerme y se han encaminado solas hacia el lugar del accidente. Comienzo a ver la escena más de cerca, veo los rostros preocupados de los sanitarios, y lo entiendo todo. Va a morir. Si no llegamos pronto al hospital, su muerte será inevitable. Pero, aunque consigamos llegar a tiempo, las posibilidades de que sobreviva son mínimas. Me maldigo a mí misma. ¡¿Por qué no he sido capaz de reaccionar antes?! ¡Tal vez podría haberle salvado la vida!
Nadie me ve. Llevo un rato intentando colarme entre las personas que rodean a la chica, pero nadie ha levantado la vista para mirarme. He intentado apartarles, pero mis manos les traspasaban. Me siento extraña, ajena a todo lo que me rodea, pero a la vez siento que tengo que estar aquí, que tengo que acercarme a la pobre chica que yace en el suelo. No sé por qué, pero siento que es lo que tengo que hacer, siento que esa es la única razón por la que estoy aquí, en este lugar y en este momento.
Salto, intento ver por encima de las cabezas. Nada. Intento colarme por debajo del brazo de una de esas personas. Nada. ¿Por qué no puedo pasar? Me necesita, esa chica me necesita. Yo necesito verla.
Uno de los que estaban atendiéndola se levanta corriendo para buscar algo dentro de la ambulancia. No sé lo que busca, pero no desperdicio la ocasión. Me cuelo por el hueco que ha dejado libre y veo a la chica por primera vez desde que estoy aquí.
La niebla comienza a rodearnos, alejando a todas las personas que estaban aquí hace un momento. Intento moverme, pero la impresión me ha dejado clavada al suelo. Mi cuerpo no responde, ni siquiera soy capaz de parpadear. Todo a nuestro alrededor está estático, nada se mueve, no sopla el viento. Mi mente tampoco responde, intento alejarla de este momento, pero me resulta imposible. Sólo soy capaz de centrarme en la chica que tengo ante mí, tirada en el suelo, medio muerta. Y entonces lo comprendo todo.


Esa chica...
… soy yo.

Queridos todos ustedes que estéis leyendo esto:

Justo en este momento estoy recogiendo un premio muy importante para mí (no estoy escribiendo esto mientras, lo he dejado programado xD). ¡PRIMER PREMIO! ¿Quién lo iba a decir? Estoy en una nube, aún no me lo creo, estoy... estoy un poco ausente. Espero no ponerme nerviosa cuando suba al escenario a recogerlo... No, espero que no.

Bueno, esta entrada es corta porque solo era para decíroslo, porque necesito que sepáis algo que es tan importante para mí. Mi sueño no está tan lejos ya, estoy cada vez más cerca de poder lograrlo :D

Venga, va, os quiero, gracias por vuestro apoyo silencioso. Me anima saber que, aunque no os conozco, aunque no digáis nada, aunque ni siquiera sepa de dónde demonios podéis ser ni qué es lo que os ha traído hasta aquí, estáis aquí, leyéndome en este mismo instante, y que sé que os alegráis por mí, aunque sea un poco.

No me demoro más, solo quería deciros que la entrada que voy a publicar a continuación es el relato que ha conseguido ganar ese premio ^^


¿Qué es un blog?

La palabra blog en español significa "Bitácora". Un blog es un sitio en Internet que alberga información de todo tipo la cual se actualiza por el autor y las personas que colaboran en este. El nombre "Bitácora" está basado en los cuadernos de bitácora, cuadernos de viaje que se utilizaban en los barcos para relatar el desarrollo del viaje y que se guardaban en la bitácora.

Pregunta sencilla, respuesta sencilla. Aunque, a lo mejor, esa pregunta no es tan sencilla como parece y, por tanto, la respuesta tampoco será sencilla. Un blog no es solo eso, no puede ser solo eso. Voy a intentar explicarme.

Levántate del ordenador y ve a tu habitación. Túmbate en la cama, pero no apagues la luz, no busco eso. Quiero que mires el techo, la lámpara, la mesa, el armario, la pared, cada lugar en el que tienes todo desordenado, cada detalle que hace que esa sea tu habitación, y no la de otro cualquiera. ¿Lo sientes ya? ¿Te das cuenta de lo que quiero decir? Esa es tu habitación, tu santuario, el único lugar en el que sientes que puedes ser tú mismo de verdad.
Bien, ahora imagina que tu ventana no da a la calle, si no a un exterior mucho más amplio. Imagina que las personas que pasen por allí pueden asomarse. Mientras estás en tu habitación, bajas la persiana para que la gente no pueda observarte mientras estás allí, pero una vez sales, la dejas abierta, porque quieres que la gente admire tu minúsculo mundo. ¿Sabes a lo que me refiero? Espero que sí.

Ahora vamos a cambiar la dinámica, pero solo puede funcionar si tienes un blog. Quiero que abras esa página que tienes vinculada a la barra de marcadores, o que cambies de pestaña porque, seguramente, ya lo tengas abierto. Quiero que admires cada una de las letras de cada entrada, cada título, cada fecha, cada puntito del fondo, cada detalle que hayas incluido en él de forma personal. ¿No sientes lo mismo? ¿No tienes esa misma sensación de estar en casa? Posiblemente sí que sepas de lo que estoy hablando.

Desde mi punto de vista, un blog no es solamente un sitio en el que se aporta información, si no algo mucho más amplio. Tu blog es tu pequeño mundo, el espejo de tu mente, igual que tu habitación lo es de tu alma. Tanto tu habitación como tu blog son espacios físicos (o virtuales, si hablamos solamente del blog) en los que se reflejan tu mente y tu alma, una forma de abrir tu interior a los demás, aunque sea de forma pobre, sin mucha comparación con lo que tienes dentro.
Espero que entendáis esa idea, porque no sé expresarla de otra manera.

Si habéis cogido bien la idea que intento explicaros habréis llegado a la conclusión de que un blog es en realidad una persona, no solo un lugar virtual que aporta información. Cada palabra escrita en un blog ha salido de la cabeza de una persona, cada entrada es una idea suya que puso por escrito para que nosotros pudiésemos disfrutarlo.

Y ahora os preguntaréis que a qué viene todo esto. Pues bien, dado que hemos llegado a la conclusión de que tras un blog hay una persona, también habremos llegado a la conclusión de que si lees las entradas de un blog estás conociendo a esa persona. Así que, llegados a este punto, quiero que conozcáis a una persona con unas ideas tan claras que a veces puede llegar a abrumarme, quiero que conozcáis a Bizcochitos.

Bienvenidos a Esto es mentira, pero es exactamente como las cosas son.

viernes, 27 de abril de 2012

¿Por qué me gusta bailar?

Eso es algo difícil de explicar.

Recuerdo que empecé a bailar con 5 años, porque la madre de una amiga nos apuntó para que probásemos. Según mi madre, ya desde pequeña decía que "yo no quería hacer gimnasia rítmica, yo lo que quería era bailar". Una vez empecé, no he podido dejarlo.
Por qué me gusta bailar es algo que no sé contestar con exactitud. Es como preguntarle al cielo, una vez cubierto, que si va a llover. Para mí la respuesta es igual de obvia.
Sé que hay algo que me empuja cada día a ir a bailar; sé que cuando voy, lo hago con ganas, por muy cómoda que esté en ese momento; y sé que, cuando salgo, lo hago con las mismas ganas con las que llegué, aunque esté cansada.
Una vez cambiada en la barra, noto que me evado, no exageradamente, pero noto que me evado. Si estoy estresada , me relajo, porque lo único que pienso cuando bailo es en eso: en bailar, en la música y en mi cuerpo.
Creo que ya sé contestar a esa pregunta, creo que ya sé por qué me gusta bailar.

Me gusta evadirme.


domingo, 22 de abril de 2012

+¿Qué es el horizonte? -Es aquel lugar donde la tierra se funde con el cielo, el fin del mundo.

Miras fijamente por la ventana, intentas encontrarle sentido a la imagen que se define ante tus ojos. Tu cerebro no la procesa bien, no entiendes nada de lo que estás viendo. No sabes qué es lo que sucede, te sientes mareado e, incluso, asustado. Llevas demasiado tiempo sin ver, demasiado tiempo sumido en esa inmensa oscuridad, demasiado... Es una palabra demasiado suave para la realidad de lo que sucede, demasiado... Una palabra demasiado pobre para explicar la palabra nunca.
Nunca... Esa palabra lo define mejor.
Ves árboles, o lo que tú crees que son árboles. El viento mece sus hojas, zarandeándolas. El sol se refleja en ellas, sacándolas reflejos de un color que tú supones que es verde. No lo sabes bien, nunca has visto el color verde, pero te han explicado que las hojas de los árboles son verdes, y que estos se extienden hacia el cielo, como queriendo tocarle con sus ramas, arañar su superficie, abrazarse a él.
El verde sigue reluciendo en tu rostro, brillante, sereno, y comprendes porque la gente consigue relajarse bajo las copas de los árboles. No sabes lo que es el color, pero te cautiva al instante. Han intentado explicarte vagamente porqué se produce ese fenómeno, porqué la luz se refleja en los objetos y hace que  los nervios ópticos capten una sensación a la que denominamos color, pero nunca lo comprendiste, y ahora tampoco, aunque no te importa.
Desvías la vista, no porque te hayas cansado de admirar ese color tan perfecto, si no porque deseas admirar el resto de los colores que rodean esos árboles. Junto a ese color verde de los árboles el cielo luce de color azul brillante, perfecto. Las nubes, que según te contaron eran blancas y esponjosas, flotan en el cielo tal y como tú las imaginaste. En el suelo, justo al pie de los árboles, las flores brillan de un color que no reconoces. Siempre te dijeron que las flores podían ser de cualquier color, así que no puedes ubicarlo en ningún objeto que ves en este momento. Es brillante, como todos. Se parece un poco al verde de las hojas de los árboles, pero se aleja bastante del azul del que está pintado el cielo. Tampoco es violeta, porque sabes que el violeta tiene cierto parecido con el azul. Rosa tampoco es, el rosa es más suave, más cálido, y guarda cierto parecido con el rojo. El rojo es mucho más cálido, más ardiente, como si, en realidad, quemase al tocarlo. Tras descartar todos esos colores llegas a la conclusión de que estás admirando el color amarillo, demasiado brillante como para que los demás pudieran explicártelo, demasiado llamativo, radiante, luminoso. Te encanta, saboreas ese regustillo que están dejando los colores dentro de ti.
Con esa sensación en tu interior intentas comprender el resto de la escena, los árboles empiezan a empequeñecerse a medida que se alejan, todo empieza a juntarse, haciéndose más estrecho, supones que es ese fenómeno a lo que la gente llama perspectiva, un engaño a la vista que produce la lejanía de los objetos.
Mucho más allá, donde todo empieza a desaparecer, lo ves. Eso de lo que siempre te hablaron, aquel punto tan lejano al que nadie podrá llegar jamás, ese lugar que nadie podrá alcanzar nunca.
El horizonte.

domingo, 15 de abril de 2012

Queridos bloggeros:

Sí, lo sé, os tengo un poco abandonados, lo siento. Pero es que he estado un poco falta de inspiración, y la poca que tenía la he utilizado para cosas un poco más consistentes que los relatos que escribo aquí. No, no quiero que os sintáis desplazados, simplemente quiero que os sintáis parte de algo más grande.

Tengo ambiciones, ambiciones a algo que me queda demasiado grande, pero es un sueño que querría cumplir. A mí de pequeña, cuando me preguntaban que quería ser de mayor, siempre contestaba que quería estudiar veterinaria. Y sí, cuando termine de estudiarla me gustaría ejercer, porque adoro los animales, pero también busco algo más.

Quiero ser escritora, quiero que se me publique al menos un libro, quiero que a la gente le suene mi nombre cuando lo oiga. Puede sonar un tanto estúpido e, incluso, infantil. Pero son sueños, y los sueños no pueden cumplirse a no ser que los sigas y creas que son posibles.

Y quiero que vosotros seáis parte de este sueño por cumplir, porque ha sido por este blog y por vuestras visitas por lo que he empezado a creer que es posible. Esto me ha hecho ver que valgo, que a la gente le gusta lo que escribo y que si quiero puedo encontrar un futuro en lo que más me gusta, y os lo agradezco, porque cada vez estoy más segura de que puedo conseguirlo.

Gracias.

PD: Si en algún momento os abandono durante un periodo de tiempo largo, es que estoy investigando concursos de escritura para poder labrarme mi camino hacia el éxito :)

En el bosque de los corazones dormidos solo cuenta el tiempo en que se ama porque, en realidad, es el único vivido.

   << Hay momentos que justifican una vida.
         Y vidas que duran un suspiro.
         La mía tiene sentido, amor,
         porque te he conocido.
         Recuérdalo: "En el bosque de los corazones dormidos solo
         cuenta el tiempo en que se ama porque, en realidad, es el
         único vivido". >>

<< Hace muchos años, hubo una joven princesa llamada Odelia. Sus padres, que deseaban que algún día se convirtiera en una reina justa, la habían educado con dureza y disciplina. Juegos, risas, besos y caricias eran consideradas distracciones que podían desviarla de su noble destino.
    Un fatal día, los reyes fallecieron y Odelia tomó posesión del reino. Asumió sus obligaciones con entereza sin derramar ni una lágrima, pues no había tiempo que perder. Siguiendo el ejemplo de sus padres, trabajó duro para que aquellas tierras fueran prósperas y sus súbditos cumplieran a rajatabla leyes y normas. La joven reina suponía que eran felices.
    Ella amaba la soledad. Y lo hacía hasta tal punto que, a veces, recelaba de su propia sombra. Cada anochecer, cumplidos todos sus deberes, se retiraba allá donde el silencio se hacía audible.
    Movida por un extraño deseo, un día montó en su caballo y se alejó del reino. Después de horas cabalgando por polvorientos caminos, llegó a un bello y frondoso bosque. De pronto olvidó todas sus obligaciones y sucumbió ante la tentación de descansar en aquel hermoso lugar.
    Estaba sentada sobre una piedra blanca cuando de repente descubrió en ella un corazón esculpido con una inscripción dentro: "María Abad vivió cinco años, cinco meses, una semana y tres días". Se sobrecogió al darse cuenta de que esa piedra era una lápida.
    Odelia era una mujer dura, pero sintió tristeza al pensar que una niña tan pequeña estaba enterrada en aquel lugar.
    Miró a su alrededor y vio otras piedras similares. Todas ellas tenían esculpido un corazón con un texto grabado en su interior.
    "Alfonso Ruiz vivió seis años, nueve meses y dos semanas", leyó en otra de ellas.
    Odelia se sintió conmocionada.
    Aquel hermoso lugar no era más que un cementerio de niños. Todas las lápidas mostraban el nombre y la edad de algún difunto. Le impactó comprobar que el que más había vivido apenas sobrepasaba los diez años.
    Embargada por un dolor terrible, se sentó y se puso a llorar por aquellos pobres niños cuyas vidas habían sido tan breves.
    El cuidador del cementerio, que pasaba por ahí en aquel momento, la escuchó llorar y se acercó a ella. La observó en silencio un rato antes de preguntarle:
    - ¿Lloras por algún familiar?
    - No, no - respondió secándose las lágrimas -. Lloro por estos pobres niños muertos. ¿Qué le pasa a este reino? ¿Qué terrible maldición pesa sobre él que os obliga a construir un cementerio solo para niños?
    El anciano sonrió y dijo:
    - No es una maldición. Se trata de una vieja costumbre.
    - ¿Tenéis acaso por costumbre matar a los niños? - dijo incorporándose y desenvainando la espada.
    - ¡Claro que no! Guarde la espada y le explicaré.
    Odelia obedeció.
    - En este reino, cuando un joven cumple diecisiete años nuestro rey le regala una libreta como esta que tengo aquí - dijo sacando un cuadernito de su bolsillo.
    Ella la tomó con curiosidad y abrió sus páginas.
    - Anotamos en ella cada instante en el que amamos de verdad. Solo cuentan los momentos en los que un amor puro invade nuestro corazón dormido. - El anciano hizo una pausa antes de continuar -. Cada vez que uno disfruta intensamente de un momento así, abre la libreta y lo anota. A la izquierda, describe la situación: un primer beso, una declaración apasionada, el nacimiento de un hijo... Y a la derecha, cuánto duró esa sensación de amor intenso, esa experiencia en la que el corazón parecía a punto de salírsele a uno del pecho. Cuando alguien se muere abrimos su libreta, sumamos lo que ha amado y lo inscribimos sobre su tumba. En el bosque de los corazones dormidos solo cuenta ese tiempo, porque para nosotros es el único vivido.
    Mientras cabalgaba de regreso a su reino, el corazón de Odelia se despidió del bebé que habitaba en su tumba. >>

El bosque de los corazones dormidos, Esther Sanz -


sábado, 14 de abril de 2012

Milagro

Me arde el cuerpo, como si en vez de sangre tuviera aceite hirviendo circulando por mis venas. Los músculos no me obedecen y, aunque estoy intentando arrastrarme por el suelo, noto que me pesan las piernas. Es una sensación absurda teniendo en cuenta la situación en la que me encuentro. Es como si mi cerebro quisiese, por alguna razón, recordar todas y cada una de las sensaciones de fatiga que he sufrido alguna vez. Tal vez esté intentando hacerse una idea de lo que está ocurriendo, tal vez esa sea su manera de intentar dominar esta situación, de encontrar algún remedio para algo por lo que no ha pasado nunca. O tal vez se haya descontrolado y me haya abandonado a mi suerte con un cuerpo que no me responde.
Quién sabe.
Noto cada fibra de mi ser como si las tuviese al rojo vivo, noto que me queman todas y cada una de las células del cuerpo. Siento que soy capaz de controlarlo todo y, por primera vez en mi vida, soy consciente de cada latido, de la fuerza con la que el corazón envía sangre a las venas, de como esa sangre recorre lugares recónditos de mi cuerpo con el fin de mantenerme con vida. Soy consciente de ese tic nervioso que me obliga a otear las pestañas de mi ojo izquierdo cada tres segundos exactos. Siento hasta ese pequeño trozo de piel que hay junto a la uña del dedo pulgar de mi pie derecho, ese trocito que mira hacia dentro.
Y sin embargo, no puedo hacer nada. Siento cada palpitación de la sangre que llega los dedos de mis manos, pero soy incapaz de levantar un mísero milímetro el meñique. No entiendo nada, no entiendo qué mensaje quiere enviarme mi cerebro. Sé que no estoy muerto porque estoy experimentando la vida en mi interior como si de un milagro se tratase...
A lo mejor es eso.
A lo mejor lo que mi cerebro quiere decirme es que cada milésima de segundo en la que nuestro cuerpo absorbe oxígeno al respirar, cada minúsculo cambio en la estructura de cualquier sustancia que estemos metabolizando, cada movimiento involuntario que hace nuestro cuerpo sin nuestro consentimiento es, simplemente...
Un milagro.

domingo, 8 de abril de 2012

Luna llena

Estás sentado en el suelo, en ese puente de madera tan viejo que cruza el río. Te cuelgan las piernas por debajo de la valla que protege a los transeúntes de la corriente de agua que fluye furiosa a menos de cinco metros de tus pies. Te has quitado los zapatos y los has dejado a tu derecha, para proteger esa tabla suelta bajo la que guardas tu tesoro. Miras a tu alrededor para comprobar que nadie te observa, pero es absurdo, sabes perfectamente que por allí nunca pasa nadie. Mueves tus zapatos hacia tu lado izquierdo y fuerzas la tabla con un hierro que siempre dejas clavado al borde del puente, justo delante de tu tabla. Terminas de abrir tu extraño cofre de tesoros, que sólo consiste en una tabla suelta y un trozo de papel. Es una foto, una foto vieja y desgastada por las condiciones atmosféricas de las que su refugio no pude protegerla, pero sigue siendo reconocible. La miras bajo la espeluznante luz de la luna que brilla en el cielo, la misma luna que ves en la fotografía. La observas bien, fijándote en todos los detalles, comprobando que todo sigue en su sitio, que nada ha cambiado durante el tiempo que llevas fuera. El mismo lugar, el mismo río, los mismos árboles, el mismo cielo, la misma luna, el mismo fulgor de la luna en el río.
La misma luna llena.