domingo, 29 de abril de 2012

Hacia lo salvaje

Llueve. El pelo negro y rizado le cae mojado y liso por la espalda. Se mueve de forma graciosa, libre. El viento le agita sus harapos hechos jirones. Sus pies descalzos se mueven por el barro encharcado con soltura, como si volase. Sabe moverse por entre los árboles, como si llevase toda su vida caminando entre ellos. La lluvia no le molesta, para ella es como una caricia, una bendición. Ella sabe valorarla, porque sin ella no podría vivir. Se para delante de un árbol y empieza a trepar, colocando pies y manos en lugares estratégicos que solo ella conoce. Cada árbol tiene su manera de treparlo, y ella las conoce todas. Pero ese árbol es su favorito, su pequeña fortaleza. De camino a la copa de ese árbol se cruza con más de un pájaro, pero estos no huyen, la miran con sus ojitos negros, reconociendo a una amiga. Ella pertenece a ese lugar, los animales la consideran una de ellos. 

Ella es tan salvaje como ellos. 

Se alimenta de frutos que encuentra en lo alto de los árboles, aunque a veces también caza, como cualquier depredador. Maneja el cuchillo y siempre lo lanza con certera puntería, justo en el lugar exacto para que el animal muera al instante, sin dolor. No le gusta hacer daño a sus iguales, porque ella es como ellos, y no le gustaría que, cuando alguno de ellos decidiese alimentarse de ella, sufriera. Quiere una muerte rápida, por eso mata de forma rápida. Ella es instintiva, no quiere dejarse llevar por pensamientos racionales, porque si no no sería capaz de matar.
 
Una vez ha llegado hasta arriba se asoma para vislumbrar su refugio, su madriguera, su cueva. Allí duerme, allí lleva sus presas para cocinarlas al fuego, allí guarda sus provisiones para el invierno. Ha dejado dos cubos hechos con troncos viejos para recoger el agua de la lluvia. Se asegura desde esa altura de que sus cubos están recogiendo agua, y de que su cueva queda lo suficientemente escondida para que el resto de los animales no puedan llegar hasta ella. Una vez con la certeza de que todo está en su sitio recoge algunos frutos de ese árbol y salta de rama en rama recogiendo todo lo que sabe que es comestible y guardándolo en otro de sus cubos. Se acerca el invierno y entonces no podrá encontrar alimento en los árboles, ni en el suelo. Entonces solo le quedará matar y alimentarse de carne, pero no puede alimentarse solo de eso, así que siempre tiene una reserva de frutos y raíces.

Sabe orientarse en el bosque, sabe moverse por él, sabe exactamente hacia donde dirigirse para ponerse a cubierto en su cueva. Aunque en realidad esa cueva es solo su refugio, ella se siente más a gusto fuera de ella, corriendo por el bosque...


... su verdadero hogar.




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