domingo, 8 de abril de 2012

Luna llena

Estás sentado en el suelo, en ese puente de madera tan viejo que cruza el río. Te cuelgan las piernas por debajo de la valla que protege a los transeúntes de la corriente de agua que fluye furiosa a menos de cinco metros de tus pies. Te has quitado los zapatos y los has dejado a tu derecha, para proteger esa tabla suelta bajo la que guardas tu tesoro. Miras a tu alrededor para comprobar que nadie te observa, pero es absurdo, sabes perfectamente que por allí nunca pasa nadie. Mueves tus zapatos hacia tu lado izquierdo y fuerzas la tabla con un hierro que siempre dejas clavado al borde del puente, justo delante de tu tabla. Terminas de abrir tu extraño cofre de tesoros, que sólo consiste en una tabla suelta y un trozo de papel. Es una foto, una foto vieja y desgastada por las condiciones atmosféricas de las que su refugio no pude protegerla, pero sigue siendo reconocible. La miras bajo la espeluznante luz de la luna que brilla en el cielo, la misma luna que ves en la fotografía. La observas bien, fijándote en todos los detalles, comprobando que todo sigue en su sitio, que nada ha cambiado durante el tiempo que llevas fuera. El mismo lugar, el mismo río, los mismos árboles, el mismo cielo, la misma luna, el mismo fulgor de la luna en el río.
La misma luna llena.


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