sábado, 12 de mayo de 2012

Volver al cielo

El avión empieza a moverse, tiembla. Mi bolígrafo se mueve ávido por el papel, queriéndo plasmarlo todo, tranquilizando mi nerviosismo de la única manera que puedo en este instante.

Es mi primer vuelo.

El avión avanza, gira, cogemos velocidad poco a poco. Nos movemos rápido por la pista, hasta que llegamos al final. El avión frena, va perdiendo velocidad. No entiendo qué pasa hasta que lo noto girar y colocarse en la salida de una pista gigantesca, preparado para la carrera. Cuando ya ha dado media vuelta vuelve a coger velocidad, más que antes. La fuerza producida por la velocidad me empuja hacia atrás, contra el asiento, taponándome los oídos. Pero a pesar de todo esto no aparto la vista de la ventanilla, no quiero perderme nada. Y por fin, justo en el momento en el que menos me lo espero, el avión se eleva y comienza a inclinarse hacia atrás.

Ya no hay vuelta atrás.

Hemos despegado.

La presión me empuja hacia atrás y hacia abajo, todo a la vez. Noto la dureza del asiento en mi espalda, en mi cuello. Sigo con los oídos taponados y por más que abro la boca no consigo recuperar la parte que me falta de mi audición. Empiezo a sentir presión en todos los puntos de mi cabeza, tanto en las sienes como en la frente, sin dejar aparte la nuca. Me pesa más de lo normal, como si la tuviese embotada. Los hombros se me encorban por la presión. No estoy acostumbrada a sentir esta fuerza sobre mi cuerpo, que llega a la vez de todas partes y de ninguna.

Eso que nos convierte en Castilla, esos campos con caminos serpenteantes de tierra entre ellos tan característicos de nuestra zona, se van empequeñeciendo a medida que nos alejamos de allí, a medida que ganamos altitud.
Sigo sin apartar la vista de la ventanilla, no quiero perderme nada.
El avión sigue subiendo, atravesando las nubes sin esfuerzo. Nunca me las había imaginado tan... planas. Es como si hubieran cogido las nubes esponjosas que siempre creí ver y las hubieran aplanado todo lo que hubieran podido. Aún así, me gustan. Me encantaría poder tocarlas, estrujarlas con los dedos y comérmelas como si fueran algodón de azúcar.

Pero no puedo, ni podré.

Están demasiado cerca y demasiado lejos a la vez.

Los montes y los caminos que tanto me gustaron antes comienzan a desdibujarse a través de las nubes. No me da tiempo a escribir todo lo que veo, no soy tan rápida, pero da igual. Supongo que sabréis, u os imaginéis, lo que se siente al darte cuenta de que el lugar del que vienes, ese aereopuerto que te parecía tan grande, esos campos que te parecían inmensos, tu ciudad, tu sitio, tu hogar; es algo tan, tan diminuto visto desde aquí arriba. A esta altura tu vida deja de parecerte importante y empiezas a apreciar todos los detalles que te rodean: el calor del Sol en tu brazo mientras escribes, esa luz que invade la esquinita de tu cuaderno, la cercanía del Sol, las formas de las nubes, el cielo...
Desde aquí arriba todo parece diferente, por fin puedo pensar con claridad. Pero lo único que me viene a la cabeza en este momento es que somos algo ínfimamente diminuto en un planeta demasiado grande.

Al ver una inmensa nube bajo nosotros me doy cuenta de la realidad:

Estoy volando,

surcando las nubes,

por primera vez.

Y me encanta.

A pesar del dolor de mis oídos.


Ese mar de nubes bajo el azul intenso del cielo, un azul tan limpio que tiende a oscurecerse a medida que se aleja de la Tierra, junto al reflejo de la luz del Sol sobre el blanco puro de las nubes...
Es lo más bonito que he visto nunca.

La música que sale por mis cascos me ayuda a relajarme, así que cierro los ojos y me dejo llevar. Dejo sonar esa canción de forma repetida, mientras que esos acordes que conozco tan bien y esa letra que me he aprendido de memoria de tanto escucharla se entrelazan en mi cerebro con esta sensación.
Tejo involuntariamente mis recuerdos con esta nueva experiencia, y con la canción en sí.

Con mi canción.

Con su canción.

Y, mientras sonrío como una tonta, sé que no voy a poder olvidar esta sensación nunca.


Vamos descendiendo, sobrevolando un mar que más que de agua, parece hecho con plastilina plateada. Nos acercamos al aereopuerto, y no puedo evitar admirar la inmensidad de Barcelona desde la altura, porque no sé cuantas veces más podré verla.

En lo único que soy capaz de pensar es en que no quiero aterrizar, quiero quedarme aquí, admirando, observando desde mi diminuta presencia lo grande que es el Mundo.

No quiero aterrizar.

Y sin embargo lo hacemos.

Es como si el bamboleo del avión producido por el golpe del tren de aterrizaje contra el suelo me arrancase bruscamente de esa sensación de paz que he tenido allí arriba.



En el momento en el que salgo del aereopuerto y levanto la vista me doy cuenta de que, a pesar de haber pasado tres horas tediosas en el aereopuerto, a pesar de todos esos controles por los que he pasado antes de embarcar, a pesar de mis nervios, a pesar de no haber estado ni una hora allí arriba, a pesar de que aún no he recuperado del todo mis oídos, a pesar de que no han pasado siquiera veinte minutos...

Echo de menos el cielo.

Sé que siempre he admirado a los pájaros, los he observado desde el suelo, queriendo tocarlos, imitarles, alejarme de todos mis problemas, no volver a tocar el suelo, huir de la realidad convirtiéndome en un gorrión y uniéndome a ellos en su vuelo...

A lo mejor he nacido para volar.

2 comentarios:

Opina lo que quieras, acepto críticas y la mayor parte de las veces las llevo a la práctica.
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Gracias por leerme.