jueves, 24 de mayo de 2012

La chica de la trenza azul

Está sentada en el suelo, con la espalda apoyada en la pared. Lleva esperando mucho tiempo, pero no ha llegado a dormirse. En estos momentos es incapaz de dormir. Su pie martillea el suelo con parsimonia, está aburrida, y no es bueno que ella se aburra. Podría haber empezado ya, pero si tiene la paciencia suficiente todo será más divertido. Sonríe de forma maliciosa mientras juguetea con su pelo, trenzando pequeños mechones.
Decide levantarse, más por estirar las piernas que por algo en concreto. Su pelo azul eléctrico ondea tras ella durante unos instantes, pero pronto se lo recoge en una larga trenza que anuda con una de las gomas negras que lleva en su muñeca. Se pasea lentamente por la sala, con su trenza azul golpeándole la espalda a cada paso.
Pasa por delante de una mesa y se para a recolocar por millonésima vez los instrumentos que ha dejado sobre ella. Su aburrimiento está llegando a límites que ni siquiera ella conocía.

Decide comenzar.

Un ruido penetrante invade la habitación. A ella no le molesta, es parte de su plan. Es un pitido agudo, constante, sin variar el tono. Sonríe mientras sube la intensidad del pitido con el mando que sujeta en su mano izquierda. Ahora no tiene que pensar, simplemente debe actuar según su plan. Es ordenada, calculadora, ha preparado un guión perfectamente estructurado con su experimento de hoy. Y por el bien de esa chica es mejor que todo salga como lo ha planeado.
Se acerca hasta donde está ella, en el medio de la gran sala blanca. La tiene atada y amordazada en un sillón reclinable, y parece que el pitido la ha despertado. Se retuerce, intentando llevarse las manos a los oídos, como si el sonido le estuviera taladrando el cerebro. Tal vez un pitido penetrante no sea la mejor forma de despertar a nadie, pero es entretenido ver a esa chica indefensa tratando de liberarse desesperadamente de las cadenas que la sujetan. Estudia detenidamente sus reacciones mientras va variando el tono del pitido, y al final lo deja en un tono molesto pero soportable. La chica mantiene un gesto de dolor en la cara, pero ha dejado de retorcerse. Ha llegado a la conclusión de que lo mejor que puede hacer es esperar.
La chica de la trenza azul se coloca delante de ella y, a pesar de su baja estatura, en estos momentos parece realmente poderosa. La tiene ahí, atada y amordazada, a su total disposición. Puede hacer lo que quiera con ella, incluso matarla. Pero ese no es su plan, simplemente quiere... estudiarla. Levanta la barbilla para denotar más su autoridad en esa situación, para darle a entender a su víctima lo que puede pasar si no colabora en su experimento. La chica se retuerce de nuevo, pero no de dolor. Está aterrorizada, el miedo está comiéndosela por dentro.
Es interesante que sea capaz de sentir miedo.
La lleva estudiando desde hace mucho tiempo, pero a distancia. Ha analizado todas y cada una de sus reacciones cuando estaba rodeada de gente, ha estudiado su forma de actuar, sus palabras, sus mentiras y sus medias verdades. Pero no sabía que era capaz de sentir un miedo tan real.
Empieza a caminar alrededor de ella, deleitándose con el miedo profundo que emana de esa chica. Con el mando que sujeta aún en su mano izquierda cambia el pitido por gritos de auténtico terror y, a medida que aumenta la intensidad, el pánico de la chica se va haciendo más y más palpable.

Es hora de comenzar.

Solamente la gente realmente asustada es capaz de dejarse llevar por sus instintos, y solo de esa manera se podrá estudiar el verdadero funcionamiento de su cerebro.

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