viernes, 15 de junio de 2012

Hora de despertar

Es de noche. Caminas despacio sobre la hierba recién cortada. Con la planta de tus pies notas las afiladas aristas que han quedado en cada hoja de hierba al cortarla. Huele a humedad, a lluvia y a tierra. El olor se desliza por tu garganta, incrustándose en tu interior, dejándote un sabor amargo en la boca que el olor dulzón de la hierba no puede tapar. Los sonidos son apenas perceptibles. Los inaudibles quejidos de la hierba bajo tus pies se entremezclan con las repetitivas melodías que emiten los pájaros. El viento sopla con fuerza, agitando las hojas de los árboles de forma atronadora. El ruido disminuye gradualmente, perdiendo intensidad, dejando escuchar el débil rumor de las olas y los alegres trinos de las gaviotas. El sol te quema la cara, los granos de arena arrastrados desde un desierto cercano te abrasan la piel con su velocidad. El viento te agita el pelo, revolviéndolo. La luz del sol te hace daño en los ojos y te obliga a cerrarlos con fuerza. Notas la arena ardiendo bajo tus pies descalzos y agitas los dedos, buscando arena fría bajo la superficie, pero no la encuentras. Una ola que traía más fuerza que el resto te refresca los pies enseguida. Te pasas la lengua por los labios agrietados y notas el sabor salado de la playa. Tienes sed y lo único que tienes a tu alcance es una superficie infinita de agua salada. Tu sed aumenta y se te seca la boca. Notas la arena que has arrastrado desde tus labios hasta tu boca al hidratarlos. Pero ya no tienes sed, ni arena en la boca, ni calor. Tienes frío, un frío desgarrador. Te encoges sobre ti mismo, abrazándote con fuerza. Te arden los pies, pero no del calor abrasador de la playa, si no de frío, de la helada nieve que hay bajo ellos. Te acurrucas en el suelo, sobre el inmenso manto de nieve. Te fallan las piernas, te cuesta encogerlas para entrar en calor. Te sientes desfallecer, las manos ya no te responden, tienes la cabeza embotada y ya apenas puedes pensar. Solo una palabra se instala en tu cabeza: "frío". Te estás congelando. Pero ya no hace tanto frío, o sí. Es un frío distinto. Empiezas a levantarte, tu cuerpo ya no está entumecido, puedes pensar con claridad. Es como si aquel frío desgarrador no hubiera existido nunca. Comienzas a caminar por un terreno desigual. Notas rocas bajo tus pies, pero también arena y masas informes de una textura extraña. El suelo está húmedo y tus pies se mueven con dificultad sobre la arena mojada. Aún eso, te notas más rápido, más ligero, más libre. En la boca notas un sabor húmedo y salado, como a agua de mar. Seguramente huela a mar, a playa, e intentas absorber ese olor.

Respiras.
Res...pi...ras.
Res......pi......ras.

Te ahogas. 

El agua te inunda los pulmones, dejas de notar el suelo bajo tus pies. Flotas. El agua te arrastra en su vaivén. Tratas de ascender hasta la superficie, pero no tienes fuerzas. Tus latidos se hacen más lentos, el cerebro empieza a fallarte y el cuerpo ha dejado de responderte. Vas a morir allí abajo, bajo la superficie infinita del océano. Respiras de nuevo, más por costumbre que por el oxígeno que sabes que no vas a encontrar. El aire entra en tu cuerpo y te llena los pulmones, ya vacíos de agua. La sangre transporta el oxígeno por tu cuerpo, llevando vida a todas las células. Sigues flotando. Tratas de palpar alguna superficie sólida a tu alrededor, pero no encuentras nada. Caes. Sientes la presión de la caída, el aire te empuja hacia arriba, pero la gravedad tira de ti hacia abajo, y tiene más fuerza. Vas a morir. Te revuelves en la cama, las sábanas se enredan en tus pies y la almohada se te ha caído de la cama. 

Es hora de despertar.


sábado, 2 de junio de 2012

Alerta

Está de espaldas, de pie en medio de un patio de piedra. El sol recorta su figura, haciendo que, a pesar de su pequeña estatura, inspire grandeza y determinación. Es como si algo en el ambiente le diera fuerzas para seguir en pie, para seguir luchando. El viento juega con su pelo, dejando caer ondas azuladas hasta su cintura, dejándolas brillar con destellos eléctricos. Se ha quedado allí de pie, erguida, a pesar de que se muere de ganas por esconderse tras una de esas enormes piedras y echarse a llorar. Pero es fuerte, aunque ella aún no se ha dado cuenta de hasta que punto. Los pantalones cortos y la camiseta de tirantes realzan su cuerpo, haciendo que parezca más alta. El calor del verano ha hecho que deje atrás la ropa ancha tras la que antes se escondía, tras las que trataba de volverse invisible.
Todo por lo que ha pasado ha hecho de ella una chica escurridiza, tímida y miedosa.
Todo ese daño ha convertido su mente en un cúmulo de ideas opuestas.

Muchas veces rehuye el trato con personas por temor a confiar. Otras veces le gusta estar sola, pasar inadvertida, que nadie se fije en ella. 
Pero le tiene miedo a la soledad.

Se pasa el día con un nudo de tristeza en la garganta que amenaza con estallar. 
Aunque odia llorar.

Se ha construido una muralla tras la que trata de esconderse. Intenta parecer alegre, sencilla y transparente, pero su interior es más como una casa antigua y oscura, con ventanas rotas, tablas de madera que crujen al pasar sobre ellas y monstruos horripilantes que esperan a que caiga la noche para salir de sus escondrijos. La muralla la creó por miedo a que la gente la abandonase, pero ya es parte de su personalidad. Ella ya no es solo esa casa oscura y tenebrosa, ni tampoco es esa chica alegre y sencilla tras la que se oculta. Sino que lo es todo a la vez. 
Es simple, pero está llena de misterios. Es alegre, pero la mayor parte del tiempo tiene que convivir con su tristeza.

No le gustan excesivamente las personas, pero dedica su tiempo a estudiarlas. Sabe perfectamente como funciona cada persona que la rodea, aunque algunas la descolocan. A veces juega con ellas, poniéndolas a prueba para ver como reaccionan a distintos problemas.
Ese es su mayor defecto, que a veces trata a las personas como sujetos de estudio. Pero gracias a ello sabe aconsejar, sabe como debe actuar una persona para solucionar su problema.




Sin embargo, en este momento todo eso parece haber pasado a segundo plano, como si ese lugar hubiera hecho de ella la persona alegre y sencilla que siempre quiso ser, pero a la vez algo más. 
Es como si perteneciera a ese lugar, y a la vez fuera algo superior a él. 
Como si en cualquier momento fuese a salir volando, pero a la vez no lo necesitase para sentirse libre.
Como si se estuviera liberando de sí misma, de todo lo que ha sido y de todo lo que es.
Como si estuviera renaciendo, reconstruyéndose a sí misma.

Creo que la llamaré Alerta.