miércoles, 11 de julio de 2012

Instinto

Está ahí, tras la maleza, agazapado entre las sombras. Mira con firmeza y determinación hacia el interior del claro, pero también con deseo en sus enormes ojos. La noche empieza a caer, las sombras se ciernen sobre él, pero no se asusta. Le guía el hambre, o el instinto. Actúa con demasiada astucia como para estar guiado solo por el hambre. Espera, respira lentamente, se asegura de no hacer ruido. Levanta una pata e inspecciona el terreno, con cautela. Paciencia, necesita paciencia. Mueve el rabo con cansancio, se aburre, necesita acabar ya con esto. Pero no puede, aún no, no hasta que su presa no agonice entre sus fauces. Se agacha y comienza a arrastrarse por el suelo, con cuidado, sin hacer ruido. Aprovecha los soplos de viento para amortiguar sus pisadas, el golpeteo de las hojas entre ellas ayuda a ocultar su avance. Está cerca de su presa, a solo un salto, pero ésta echa la orejas hacia atrás y deja de pastar. Se ha quedado sola, su manada se ha ido y ella no se ha dado cuenta. Distracción, imprudencia. Olisquea el aire con su hocico y huele el miedo, el horror del bosque, su propia muerte. Y huye, todo lo rápido que puede. El depredador sale tras ella, sin importarle ya el ruido que hace al correr, ha sido descubierto. Pero no ha sido lo suficientemente rápido, ha dejado pasar unas milésimas de segundo que han resultado ser demasiado valiosas, la diferencia entre la vida y la muerte. Ella está a salvo, de vuelta con su manada. A él le queda el hambre, que le acompañará durante toda la noche.
Otra vez será.

¿De verdad vas a seguir afirmando que somos superiores a ellos?

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Opina lo que quieras, acepto críticas y la mayor parte de las veces las llevo a la práctica.
Si no te gusta no sé qué haces por aquí, y menos qué haces comentando.
Gracias por leerme.