miércoles, 4 de julio de 2012

Voluntad

Te arrastras por el suelo hasta que consigues colocarte boca arriba. No te importa mancharte las ropas, tienen tanto barro encima que sería imposible mancharlas más. En tu piel se mezclan la suciedad y el barro con la sangre que ha brotado de los arañazos que te hiciste al arrastrarte por esa inmensidad de piedras afiladas. Tu cara ya apenas se distingue del suelo de roca roja, el barro y la sangre se han apropiado de cada centímetro de esa inmaculada tez blanca. Tienes el pelo enmarañado, apenas se distinguen tus lisos mechones del color del cobre, se ha convertido en una maraña de pelo, barro, sangre y polvo.
Pero esta vez tu aspecto no te importa, en este momento te parece lo de menos, es estúpido pensar en ello.
Abres esos ojos tuyos casi negros, esos ojos enormes que tanto te caracterizan, y los diriges hacia el cielo que se extiende ante ti. Inmenso, negro, como tus ojos. Apenas ves titilar las estrellas, hay algo que te ha llamado tanto la atención que no te deja ver más allá.
Luna llena.
Hoy es noche de luna llena.
La ves allí, tan grande y hermosa, tan llena de vida, que te entran ganas de tocarla, de palpar esos destellos amarillentos que desprende. Pero no tienes fuerza, apenas eres capaz de mover los dedos de tu mano, te ha costado horrores darte la vuelta.
Por un momento tu vista se desvía de la luna y te fijas en lo que hay a tu alrededor.
Por un lado tienes ese inmenso desierto de piedra roja, tu infierno personal.
Pero por el otro...
Por el otro lado te encuentras con una pared, una pared de piedra que asciende hacia el cielo, hacia la luna, tu luna. En cualquier otro momento te hubiera asustado treparla, te hubieras negado siquiera a palparla.
Pero ya no.
Después de haber tenido que arrastrarte por ese desierto rojo durante tanto tiempo se te antoja sencillo, solo un obstáculo que salvar para encontrar la salida.
La salida...
Piensas en lo que supondría para ti encontrar esa salida, salir de ese pozo, huir de tu infierno personal.
Entonces tu voluntad te incita a levantarte, y te levantas, con fuerzas renovadas. Ya no vacilas al colocar un pie sobre un saliente de la pared y, sin darte cuenta, has comenzado a trepar. No has escalado nunca, pero en este momento te parece sencillo.

Y continuas, incansable hasta la salida, decidida a tocar la luna llena con las yemas de tus dedos.

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