domingo, 26 de agosto de 2012

Fix you

Abro la puerta del coche y me siento en el asiendo del copiloto. Mientras mi padre se sienta y se prepara para conducir aprovecho para ponerme el cinturón y sacar el estuche de maquillaje que guardo en la guantera.
- ¿Es que tienes que maquillarte todos los días? - pregunta en tono cansado, aunque los dos sabemos que en realidad no es una pregunta, es un reproche.
Me encojo de hombros y sin contestarle bajo el parasol y abro el espejito que hay en él. Mi padre odia que me maquille en el coche, bueno, realmente odia que me maquille en general, pero él nunca ha intentado comprenderme. Me extiendo la base del maquillaje por la cara bajo la atenta mirada de mi padre, que al final desiste y aparta la vista de mí para arrancar el coche. Una vez en la carretera yo sigo mi rutina de maquillaje, aprovechando un semáforo para pintarme la raya de los ojos y el echarme el rímel en las pestañas. Mi padre ya no dice nada, pero por las miradas que me echa por el rabillo del ojo sé que está molesto, se le nota sobre todo cuando resopla, lo que hace que el flequillo de su abundante pelo blanco se levante hacia arriba. No le gusta que me maquille, pero lo que realmente no soporta son mis "pintas", como él las llama. La verdad, yo no veo que llevar escote y minifalda al instituto sea un delito, pero a él se lo parece, y aprovecha cada oportunidad para reprochármelo, aunque hoy ha preferido dejar pasar el tema. Me echo la última capa de gloss sobre los labios, guardo el tubo en el estuche y vuelvo a dejarlo todo en la guantera. Miro el reloj del salpicadero y, tras una cuenta rápida, decido que todavía me faltan 15 minutos para llegar al instituto, más que de sobra. Me recojo el pelo en una trenza que dejo caer por mi hombro derecho y me pongo los cascos. Después saco el móvil del bolso y busco alguna canción que me entretenga un rato, pero un movimiento brusco del coche hace que pulse sin querer otra canción, una que realmente odio y debería haber borrado hace muchísimo tiempo. Cambio de canción y levanto la vista hacia la carretera. Odio esa forma tan brusca que tiene mi padre de conducir, es como si en cada curva fuéramos a salirnos de la carretera, o como si cada vez que intenta adelantar a un coche fuéramos a golpearnos con él. Es horrible, nunca llegaré a acostumbrarme.
Antes de volver a bajar la vista hacia mi teléfono, veo algo que consigue que se me pare el corazón durante unos segundos. Veo la esquina de un camión casi a la altura del coche, y me vuelvo hacia mi padre para suplicarle que conduzca con más cuidado, pero algo en sus ojos hace que me invada una sensación de auténtico terror. Durante el breve lapso de tiempo que tardo en entender el miedo que siento, el coche sufre una sacudida y siento un dolor horrible en el hombro derecho. No entiendo muy bien lo que está sucediendo, es como si todo a mi alrededor estuviese dando vueltas, o soy yo la que está dando vueltas. Y entonces sé que es así, que lo que gira es el coche, dando vueltas de campana. El cinturón me hace daño en el hombro, pero ese dolor me alivia, porque sé que es lo que me mantiene atada al asiento, con vida. El parabrisas se resquebraja y cierro los ojos instintivamente, los cristales se me empiezan a clavar en los brazos, con lo que me he protegido, aunque no sé cuando los he levantado. Todo es demasiado confuso, me duele todo el cuerpo, como si estuviese rota. Es insoportable. Antes de perder la consciencia por culpa del dolor reparo en que mi padre no se ha movido, ni ha separado las manos del volante. En sus ojos, bajo la gran cantidad  de sangre que se desliza desde su cabeza, sigue ese gesto de horror que me hizo estremecerme hace... no lo sé. No sé cuanto ha pasado, seguramente no haya pasado ni un minuto, pero para mí ha pasado una eternidad. Todo en mi vida ha cambiado, no estoy convencida de que vaya a salir de aquí, al menos como era antes. En lo más profundo de mi ser sé que he perdido algo muy importante para mí, algo irreemplazable. Sigo mirando fijamente la figura de mi padre mientras se me nubla la vista, dejándome tan solo una silueta a la que llorar. Mientras sucede todo esto, la música no ha dejado de sonar por mis auriculares: Fix you, de Colplay. Y justo antes de perderme para siempre en las inmensidades del mundo pienso en que ojalá alguien pudiera repararme en estos instantes.



sábado, 25 de agosto de 2012

A lo largo de su vida había visto innumerables fotografías de la Tierra tomadas desde el espacio; pero lo que tenía ante sus ojos no podía compararse con ninguna reproducción. Ahí estaba el universo, negro, hostil y vacío, y, a un lado, flotando como un globo, un maravilloso planeta azul moteado de rizos y remolinos blancos y de pequeñas manchas pardas que indicaban, a pesar de la distancia, la situación de los continentes. ¡Parecía tan pequeño, visto a aquella distancia! Pero era el único hogar de la Humanidad, el hogar de miles de millones de personas que vivían a expensas de su inagotable riqueza, seguras y confiadas... ¿Habrían sentido la misma seguridad de haber podido contemplar lo que él estaba viendo? Así, vista desde lejos, la Tierra parecía tan frágil... ¡Y pensar que el hombre tenía en sus manos el futuro de aquel lugar tan acogedor y perfecto! ¡Y pensar que llevaba siglos deteriorándolo y poniendo en peligro su propia supervivencia! Con un estremecimiento, Martín cerró los ojos y trató de contener las lágrimas. En aquel momento, envidiaba a los hombres primitivos, que veían en la Tierra una diosa eterna e invulnerable, un ser todopoderoso que nada tenía que temer de las torpes acciones de los mortales.
- Es... aterrador - oyó decir a Deimos, sentado detrás de él.

La llave del tiempo
Libro tercero
La ciudad infinita
Ana Alonso y Javier Pelegrín

Miedo

Me viene a la memoria un pasaje de uno de los libros que más me han impactado, que son bastantes, pero bueno. Estoy hablando de Harry Potter y el prisionero de Azkaban, de J.K. Rowling. Dice así:

Algo de los pensamientos de Harry debió de reflejarse en su cara, porque Lupin dijo:
- ¿Estás preocupado por algo, Harry?
- No - mintió Harry. Sorbió un poco de té y vio que el grindylow lo amenazaba con el puño -. Sí - dijo de repente, dejando el té en el escritorio de Lupin -. ¿Recuerda el día que nos enfrentamos al boggart?
- Sí - respondió Lupin.
- ¿Por qué no me dejó enfrentarme a él? - le preguntó.
Lupin alzó las cejas.
- Creí que estaba claro - dijo sorprendido.
Harry, que había imaginado que Lupin lo negaría, se quedó atónito.
- ¿Por qué? - volvió a preguntar.
- Bueno - respondió Lupin frunciendo un poco el entrecejo -, pensé que si el boggart se enfrentaba contigo adoptaría la forma de lord Voldemort.
Harry se le quedó mirando, impresionado. No sólo era aquélla la respuesta que menos esperaba, sino que además Lupin había pronunciado el nombre de Voldemort. La única persona a la que había oído pronunciar ese nombre (aparte de él mismo) era el profesor Dumbledore.
- Es evidente que estaba en un error - añadió Lupin, frunciendo el entrecejo -. Pero no creí que fuera buena idea que Voldemort se materializase en la sala de profesores. Pensé que se aterrorizarían.
- El primero en quien pensé fue Voldemort - dijo Harry con sinceridad -. Pero luego recordé a los dementores.
- Ya veo - dijo Lupin pensativamente -. Bien, bien..., estoy impresionado. - Sonrió ligeramente ante la cara de sorpresa que ponía Harry -. Eso sugiere que lo que más miedo te da es... el propio miedo. Muy sensato, Harry.

Hay algo en ese pasaje que me llama mucho la atención, y es la última frase. Tiene mucha razón al afirmar que, el mayor miedo de Harry, es el propio miedo, pero en realidad no se está refiriendo en exclusiva a Harry, si no a todo el mundo. Todos le tememos al miedo, por eso la mayor parte de las películas de terror utilizan el mismo tipo de personajes: fantasmas, monstruos, vampiros, asesinos sádicos, payasos... Figuras creadas exclusivamente para asustar, para dar miedo. Y nosotros tememos al miedo, por eso nos asustan esos personajes. No sé explicarlo bien, es algo demasiado complejo.

Lo que intento explicaros es, simplemente, eso. Todos nuestros temores son infundados, casi exclusivamente, por lo que se supone que debe asustarnos. ¿Y qué nos asusta? Lo que no comprendemos. ¿Y qué no comprendemos? El miedo, todas esas cosas que nos infunden un terror totalmente ajeno a nuestro entendimiento.

Realmente, lo que intento decir con todo este revoltijo de ideas que ni yo misma entiendo, es muy simple. Tan simple como que, nosotros, los humanos, tememos temer.

miércoles, 22 de agosto de 2012

- Veo que aprecia la buena música - observó Detroit complacido.
- Rock... Hacía al menos cincuenta años que no lo oía. Había buenos grupos... Me gustaba su energía y la rebeldía de sus letras. Fue una lástima que todo eso desapareciera.
- Bueno, no desapareció del todo - dijo Detroit mirando fijamente al horizonte sin despegar las manos del volante -. Quedamos nosotros... las tribus. Para nosotros, esa música sigue estando viva.
- Sí, pero no puede compararse con lo que era entonces. Había miles de bandas en todo el mundo, conciertos al aire libre, millones de discos que se vendían por toda la red... Después, poco a poco, todo eso fue muriendo - explicó Herbert, volviéndose a mirar a los chicos -. Supongo que todos tuvimos algo de culpa. Era tan fácil  conseguir grabaciones piratas de nuestros músicos favoritos que todos recurríamos a ellas sin pestañear. No nos dábamos cuenta de que, con eso, estábamos poniendo en peligro la supervivencia de esa música que tanto amábamos. Creíamos que solo estábamos engañando a las grandes empresas discográficas, que se llevaban unos márgenes de beneficio abusivos...
- ¿Y no era así? - preguntó Alejandra.
- Pues no; nos equivocamos - repuso Herbert con tristeza -. Cuando las discográficas empezaron a perder dinero por culpa del pirateo, lo que hicieron fue rescindir sus contratos con los músicos que menos vendían, y apostar únicamente por los productos seguros, cantantes muy comerciales patrocinados por las distintas cadenas televisivas. Así, los mejores músicos se quedaron sin trabajo, y tuvieron que dedicarse a otras cosas para sobrevivir. Pero, en fin, de todo eso hace ya una eternidad... Y supongo que a estas alturas ya no sirve de nada lamentarse.

La llave del tiempo
Libro tercero
La ciudad infinita
Ana Alonso y Javier Pelegrín

miércoles, 15 de agosto de 2012

Color atardecer


Si no despierto

Imagina que solo te queda
un día de vida.
¿Qué harías?
¿A quién besarías?
¿Hasta dónde llegarías
para librarte de morir?



Samantha
está a punto de averiguarlo:
el viernes 12 de febrero
será su último día.
O, mejor dicho,
sus últimos siete días,
porque todo va a repetirse
una y otra vez
hasta que se dé cuenta
de que cambiar las cosas...
está en su mano.



¿Qué decir que no esté escrito ahí? Bueno, digamos que Samantha es la típica chica popular de un instituto de Estados Unidos, así que ya sabemos a qué tipo de personaje nos enfrentamos. Es una persona desagradable, que pasa de todo el mundo y a quien no le gusta estar cerca de los "raros", aunque uno de ellos haya sido su mejor amigo de la infancia. Y todo porque ella era así hasta que Lindsay, su mejor amiga, decidió elegirla a ella, aunque para ser la mejor amiga de una chica popular tendrá que dejar de lado lo que realmente le gustaba y aprender a comportarse como si fuera la dueña del mundo. Pero un día, el 12 de Febrero, Samantha muere en un accidente de coche con sus mejores amigas, Lindsay, Ally y Elody. Cuando cree que todo se ha acabado para ella despierta de nuevo en la mañana del 12 de Febrero, repitiéndose el mismo día durante siete días, hasta que Samantha se da cuenta de que algo falla en ella y decide arreglarlo.

No estoy segura de que me haya gustado este libro, pero creo que es algo que deberías leer, a lo mejor así nos concienciamos todos de que tenemos la oportunidad de cambiar, y así, seguramente, podamos estar mejor con nosotros mismos y con los demás. Sólo os diré una cosa más:

Nunca es demasiado tarde.

Aniversario

Vaya, qué rápido pasa todo. Hoy hace un añito desde que escribí mi primera entrada en este blog, es increíble todo lo que ha podido cambiar desde entonces. Por aquellos tiempos yo todavía era una chica insegura que no sabía lo que quería, y este blog no era absolutamente nada, si no algo que solo leía yo y algunas pocas personas de mi alrededor. Pero gracias a esto he ido evolucionando, y he hecho que esto evolucione conmigo, como un círculo vicioso. Tal vez sin la ayuda que me ha proporcionado escribir y ser leída no hubiera podido poner mis pensamientos en orden, tal vez no me hubiera planteado que lo mío es escribir, tal vez no me hubiera dado cuenta de que mi sueño es ser escritora, así que supongo que he de agradecer la oportunidad que me habéis dado. Agradezco de corazón todos esos comentarios animándome, diciendo que os gusta algo que he escrito; agradezco a esas personas que no me conocen de nada y aún así han querido dejar un comentario de apoyo; y agradezco a la gente que me ha escrito una "pregunta" en Ask para decirme que les gusta mi blog.

Gracias, sin vosotros no sería nada, en serio.

viernes, 10 de agosto de 2012

Cucarachas

Odio las cucarachas, siempre lo he hecho y siempre lo haré. Me parecen insectos asquerosos y horripilantes, sin contar el hecho de que crujen cuando las pisas y encima siguen moviendo las patas. Me dan asco. Siempre me las he imaginado en mis peores pesadillas como bichos gigantes de un metro de altura, con sus asquerosas patas y sus aterradoras antenas moviéndose, olisqueando el aire en busca de mi situación, buscándome para devorarme viva y hacerme pedazos con sus mandíbulas mientras grito con desesperación y nadie me oye. Me despierto cubierta en sudor frío y me aterra colocar los pies en el suelo, es una sensación de impotencia ante el hecho de que algo aparezca por debajo de tu cama y decida trepar por tu cuerpo, y que luego decidan venir muchas más a recorrer tu cuerpo con sus patas, buscando un lugar húmedo en el que refugiarse y, posiblemente, depositar sus huevos en tu boca. Te las imaginas entrando una a una, deslizándose por tu garganta y dejando sus huevos bajo tu lengua, comiéndote viva de dentro a fuera.

miércoles, 8 de agosto de 2012

Juego mortal

Vamos a ver qué tenemos aquí, vamos a ver quienes hay por aquí. ¡Oh, tú! El de los rizos estúpidos y cara de empollón. Sí, tú, venga, acércate, no muerdo, qué va. Venga, anímate, levanta tu sucio culo del suelo y ven aquí, rapidito, que no tengo todo el día. No, no, no, qué va. ¿Ves esta cosa tan bonita que tengo aquí?  Brillante, metálica, la he limpiado esta mañana, la he vestido de gala sólo para esta ocasión. Mira la funda, es nueva, por supuesto que es nueva, la estoy estrenando hoy. Bien, me alegro de que estés aquí, se nota que eres un chico listo y que sabes lo que pasaría si no me hicieras caso. Me alegro por ti, pero eso no es suficiente, no, qué va. Mírate, estás temblando, qué patético. Bien, lo he decidido, tú serás el primero, un ejemplo para tus amiguitos en este juego. Os explicaré el juego, detenidamente, para que no os perdáis. No es difícil, hasta un niño de cinco años sabría jugar. Tú, el imbécil de los rizos, ven aquí, no te alejes o haré que ésta se ocupe de ti. ¿La notas junto a tu cabeza? Pues ya sabes lo que pasará si me desobedeces. Ahora siéntate, siéntate en esta silla, y hazme un favor, no te muevas, no, qué va. Bien, ahora escuchadme. ¡Eh, tú! La niña tonta de las gafas, mírame, es de muy mala educación no mirar a quien te está hablando. De acuerdo, voy a empezar. ¿Veis a mi pequeña? Está cargada, por supuesto, ¿qué tonto haría esto sin balas? Muy bien, escuchadme, tenéis que estar muy atentos a lo que voy a decir a continuación. En el cargador hay cinco huecos, cinco, como los que estamos aquí hoy. Peeeeeero, y siempre hay un pero cuando juego, sólo tengo cuatro balas. Cuatro, ¿lo comprendéis? Uno de nosotros se marcha con vida, es fácil. Cuatro mueren, uno se larga, y ya está. ¿Lo entendéis, verdad? No tengo que repetirlo, no, qué va, sois chicos listos. Ahora cada unos de vosotros hará una pregunta a otro, al que elijo yo, por supuesto. Las preguntas deben ser sobre vosotros, sobre algo íntimo y personal. Si acierta, es su turno, por supuesto. Si no acierta, pum, adiós muy buenas, y sigue jugando el mismo. Está claro, ¿no? Por supuesto que sí, sois chicos listos. A ver... ¿Qué me queda por explicar? Poco, ya queda poco, no quiero aburriros, no, qué va. ¡Eso, ya lo sé, ya me acuerdo! Sí, bala que falta, el comodín. Esa bala puede salvaros la vida, os da la oportunidad de que sea vuestro turno aún habiendo perdido. Pero bueno, dudo que tengáis tanta suerte, sólo yo puedo ganar este juego, sí, por supuesto que sí. ¿Todo claro? ¿Ninguna duda? No, qué va, sois chicos listos. Comencemos. Primera pregunta, y, ¡oh!, ¿qué tenemos aquí? El chico estúpido de los rizos se ha elegido voluntario para ser el primero. Bien, ¿cómo te llamas? No me gusta matar a nadie sin saber su nombre, no, es de muy mala educación. Muy bien, Álex, no tartamudees, queda feo. Primera pregunta, ¿estás preparado? Sí, por supuesto que sí, pareces un chico listo. Muy bien, Álex, dime, ¿cómo me llamo? Venga, tardas mucho en contestar, no es tan difícil. No, ese no es. Error, qué pena, me caías bien. ¡Oh, vaya, qué pena, no era la bala del comodín! Bueno, tendré que limpiarme los zapatos cuando termine, la sangre deja manchas un poco feas, sí, por supuesto. Bien, tú, la chica tonta de las gafas, ¿puedes venir a comprobar que no miento con el cargador? Venga, no seas tímida. ¿Lo ves? Falta una bala, ya lo decía yo, nunca hago trampas. Gracias por presentarte voluntaria... Sofía, gracias por no hacerme preguntar tu nombre, no me gusta repetir las cosas. Bien, Sofía, ¿cómo me llamo? No, error, qué pena, eras mona. ¡Vaya, voy ganando! Pero no me extraña, no, qué va. ¡Eh, tú! La rubia, la que tiene cara de estar a punto de desmayarse... Elena, gracias a ti también. Dime, Elena, ¿cómo me llamo? Mmmmm, no, lo siento, no es ese, error. ¡Vaya, ésta me gustaba! Vale, sólo quedamos tú y yo. No hace falta que te diga nada, ya sabes con quién hablo, ¿o ves a alguien más por aquí? No, qué va. Ahora sólo quedamos tú, yo y mi pequeña. Muy bien, dime, ¿cómo me llamo?

martes, 7 de agosto de 2012

Querida Estela:

Sé que cuando leas esto va a ser de noche, no preguntes por qué, simplemente lo sé. Sólo lees cuando es de noche, cuando las estrellas salen de su escondite y deciden pintar el cielo con su presencia, y eso lo adoras. Te gusta leer bajo la luz de una vela blanca, junto a la ventana abierta. Las noches de luna llena prefieres no encender la vela, así que te abandonas a tus pensamientos acompañada de la luna, tu luna. Es preciosa. Sé que cuando leas esto va a ser noche de luna llena, porque cuando tienes correo prefieres dejarlo para cuando haya luna llena y leer la correspondencia bajo su luz. Eres una chica de costumbres, y no puedes negármelo. ¿Que por qué se todas estas cosas?
Porque yo soy tú, o tú eres yo, o las dos somos la misma.

Naciste de noche, con la luna llena como testigo. Y te llamaron Estela por la estrella fugaz que decoró el cielo aquella noche, dejando una estela de luz tras ella. Tú la miraste con tus diminutos ojos grises, y sonreíste, aunque en realidad no podías ver nada. Por eso tu madre decidió ponerte el nombre de Estela, para recordar aquella noche, la noche más feliz de su vida, la noche en que le dio la vida a un pequeño bebé de ojos grises. Un bebé que al crecer se convirtió en una preciosa niña de pelo azabache y tez del color de la leche, la alegría de su madre. Siempre fuiste una niña muy tímida, incluso cuando creciste. Preferías mirar al cielo e imaginar historias de mundos perdidos antes que jugar a las muñecas, o salir a dar un paseo con tus amigas. También fue así cuando conociste a Lucas, un chico muy atento, la verdad. El flechazo fue casi instantáneo, pero tú eres una chica muy tímida y le costó mucho conseguir llevarte al cine. No te gusta el cine, pero aceptaste por él. Fue en el momento en el que te rescató de la butaca engancha-vestidos cuando te diste cuenta de que era el hombre de tu vida, una anécdota graciosa que contarles a vuestros hijos sobre vuestra primera cita. Vuestra boda también fue un acto un tanto accidentado, ¿pero qué no lo fue en vuestra vida? Se te enganchó el ramo en una farola al tirarlo hacia atrás y tuvo que trepar Sergio para cogerlo, destrozando su traje de padrino. Lucas y Sergio estuvieron años riéndose de aquello. Cuando nació la pequeña Amanda decidisteis poner un trocito de tela del traje roto bajo su almohada como un símbolo de eterna protección de su padrino Sergio, un acto muy bonito, pero meramente simbólico. La pequeña Amanda siempre ha sido un calco tuyo, igual lo es Leroy de su padre. Leroy, como el padre de Lucas. Y ahora tus niños tienen su propia vida y una historia que contarles a sus pequeños, como tú les contaste la tuya. Me gusta cuando sonríes así, se ilumina el gris de tus ojos y parece plata.
Te gusta recordar.

Estela, se me acaba el tiempo, tengo que dejar ya de escribirte. Recuerda todo esto, porque va a ser lo único que te quede. Guarda esta carta en lo más profundo de tu corazón y prométeme que nunca vas a olvidar tu historia. Las historias sólo viven si alguien las lleva en el corazón. Como ya decía, se me acaba el tiempo, no puedo escribirte más aunque ganas no me falten. No tengo ya fuerzas, está llegando mi hora. Dejaré esta carta sobre la mesa hasta mañana, en un sobre de esos antiguos que tanto te gustaban, de esos que te regaló la abuela Susana. Lacaré el sobre con ese sello en forma de estrella que te regaló el tío Felipe, ese que guardaste en un cajón bajo llave como un tesoro. Sé que lo leerás algún día, porque he decidido que me entierren con ella cuando me encuentren mañana. La he dejado sobre la mesa junto a una nota en la que expreso mis deseos. No te sorprendas, las cosas son así. La abuela Susana se fue, el tío Felipe también, incluso mamá y Lucas se fueron. Ahora te toca a ti, y a mí.

Un placer, Estela, me alegro de habernos conocido.