sábado, 25 de agosto de 2012

A lo largo de su vida había visto innumerables fotografías de la Tierra tomadas desde el espacio; pero lo que tenía ante sus ojos no podía compararse con ninguna reproducción. Ahí estaba el universo, negro, hostil y vacío, y, a un lado, flotando como un globo, un maravilloso planeta azul moteado de rizos y remolinos blancos y de pequeñas manchas pardas que indicaban, a pesar de la distancia, la situación de los continentes. ¡Parecía tan pequeño, visto a aquella distancia! Pero era el único hogar de la Humanidad, el hogar de miles de millones de personas que vivían a expensas de su inagotable riqueza, seguras y confiadas... ¿Habrían sentido la misma seguridad de haber podido contemplar lo que él estaba viendo? Así, vista desde lejos, la Tierra parecía tan frágil... ¡Y pensar que el hombre tenía en sus manos el futuro de aquel lugar tan acogedor y perfecto! ¡Y pensar que llevaba siglos deteriorándolo y poniendo en peligro su propia supervivencia! Con un estremecimiento, Martín cerró los ojos y trató de contener las lágrimas. En aquel momento, envidiaba a los hombres primitivos, que veían en la Tierra una diosa eterna e invulnerable, un ser todopoderoso que nada tenía que temer de las torpes acciones de los mortales.
- Es... aterrador - oyó decir a Deimos, sentado detrás de él.

La llave del tiempo
Libro tercero
La ciudad infinita
Ana Alonso y Javier Pelegrín

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