martes, 7 de agosto de 2012

Querida Estela:

Sé que cuando leas esto va a ser de noche, no preguntes por qué, simplemente lo sé. Sólo lees cuando es de noche, cuando las estrellas salen de su escondite y deciden pintar el cielo con su presencia, y eso lo adoras. Te gusta leer bajo la luz de una vela blanca, junto a la ventana abierta. Las noches de luna llena prefieres no encender la vela, así que te abandonas a tus pensamientos acompañada de la luna, tu luna. Es preciosa. Sé que cuando leas esto va a ser noche de luna llena, porque cuando tienes correo prefieres dejarlo para cuando haya luna llena y leer la correspondencia bajo su luz. Eres una chica de costumbres, y no puedes negármelo. ¿Que por qué se todas estas cosas?
Porque yo soy tú, o tú eres yo, o las dos somos la misma.

Naciste de noche, con la luna llena como testigo. Y te llamaron Estela por la estrella fugaz que decoró el cielo aquella noche, dejando una estela de luz tras ella. Tú la miraste con tus diminutos ojos grises, y sonreíste, aunque en realidad no podías ver nada. Por eso tu madre decidió ponerte el nombre de Estela, para recordar aquella noche, la noche más feliz de su vida, la noche en que le dio la vida a un pequeño bebé de ojos grises. Un bebé que al crecer se convirtió en una preciosa niña de pelo azabache y tez del color de la leche, la alegría de su madre. Siempre fuiste una niña muy tímida, incluso cuando creciste. Preferías mirar al cielo e imaginar historias de mundos perdidos antes que jugar a las muñecas, o salir a dar un paseo con tus amigas. También fue así cuando conociste a Lucas, un chico muy atento, la verdad. El flechazo fue casi instantáneo, pero tú eres una chica muy tímida y le costó mucho conseguir llevarte al cine. No te gusta el cine, pero aceptaste por él. Fue en el momento en el que te rescató de la butaca engancha-vestidos cuando te diste cuenta de que era el hombre de tu vida, una anécdota graciosa que contarles a vuestros hijos sobre vuestra primera cita. Vuestra boda también fue un acto un tanto accidentado, ¿pero qué no lo fue en vuestra vida? Se te enganchó el ramo en una farola al tirarlo hacia atrás y tuvo que trepar Sergio para cogerlo, destrozando su traje de padrino. Lucas y Sergio estuvieron años riéndose de aquello. Cuando nació la pequeña Amanda decidisteis poner un trocito de tela del traje roto bajo su almohada como un símbolo de eterna protección de su padrino Sergio, un acto muy bonito, pero meramente simbólico. La pequeña Amanda siempre ha sido un calco tuyo, igual lo es Leroy de su padre. Leroy, como el padre de Lucas. Y ahora tus niños tienen su propia vida y una historia que contarles a sus pequeños, como tú les contaste la tuya. Me gusta cuando sonríes así, se ilumina el gris de tus ojos y parece plata.
Te gusta recordar.

Estela, se me acaba el tiempo, tengo que dejar ya de escribirte. Recuerda todo esto, porque va a ser lo único que te quede. Guarda esta carta en lo más profundo de tu corazón y prométeme que nunca vas a olvidar tu historia. Las historias sólo viven si alguien las lleva en el corazón. Como ya decía, se me acaba el tiempo, no puedo escribirte más aunque ganas no me falten. No tengo ya fuerzas, está llegando mi hora. Dejaré esta carta sobre la mesa hasta mañana, en un sobre de esos antiguos que tanto te gustaban, de esos que te regaló la abuela Susana. Lacaré el sobre con ese sello en forma de estrella que te regaló el tío Felipe, ese que guardaste en un cajón bajo llave como un tesoro. Sé que lo leerás algún día, porque he decidido que me entierren con ella cuando me encuentren mañana. La he dejado sobre la mesa junto a una nota en la que expreso mis deseos. No te sorprendas, las cosas son así. La abuela Susana se fue, el tío Felipe también, incluso mamá y Lucas se fueron. Ahora te toca a ti, y a mí.

Un placer, Estela, me alegro de habernos conocido.

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