miércoles, 31 de octubre de 2012

Promesas de un amor imposible

- ¿Tú me quieres?
Ella le miró a los ojos.
- Es complicado - dijo tras un breve silencio.
- ¿Cómo de complicado?
- Ya lo sabes.
Estudió detenidamente su rostro crispado, parecía a punto de echarse a llorar, y él no era de los que lloran. Apoyó la cabeza en su hombro y se dejó abrazar, dejándose mecer por los ruidos de la ciudad.
- Siento haberlo estropeado todo.
Ella se incorporó y le miró a los ojos, confundida.
- ¿Qué?
- Que siento haberte hecho tanto daño, pequeña - aclaró, acariciando el rostro de la chica con dulzura.
Ella esbozó una sonrisa torcida y volvió a apoyarse sobre su hombro.
- No importa, fue hace ya mucho tiempo.
- Sí que importa - el tono de él denotaba preocupación -, me encantaría poder tenerte ahora, poder quererte como mereces.
La chica le abrazó más fuerte, deseando que ese momento no acabara nunca.
Pero acabó.
- Es tarde, debería irme - dijo pasados unos minutos -. Y tú también.
- ¿Crees que no lo sé? - contestó el chico, agarrándola más fuerte.
- ¿Y por qué no me sueltas?
- Porque no quiero que te vayas.
Ella volvió a mirarle y pudo ver la sonrisa triste de su cara.
- Quédate conmigo.
- No puedo, tengo que...
- No - le cortó él -, no digo ahora. Digo siempre, en general.
Ella guardó silencio. El chico hundió la cara en su pelo y acercó la boca a su oreja.
- ¿Esto significa que lo nuestro no tiene futuro?
Ella le miró, mordiéndose el labio.
- Dame un beso, aunque sea - pidió.
Ella negó con la cabeza.
- ¿Por qué?
«Porque si te beso, no podré parar. Porque me encantaría estar contigo, porque te quiero».
En cambio, volvió a negar con la cabeza.
- ¿No funcionaría, verdad?
- No - contestó ella por fin.
- ¿Y por qué no?
Se alejó de él todo lo que sus brazos le permitieron.
- ¡Porque no! ¡Porque lo nuestro es imposible! ¡Porque nuestra especialidad es hacernos daño el uno al otro! ¡Porque somos estúpidos! - le gritó, llorando -. ¡Porque acabaremos destruyéndonos el uno al otro!
Dicho esto, él la soltó, recogió su mochila del suelo y le susurró al oído:
- Y sin embargo, te amo.
Y desapareció entre la gente.

jueves, 25 de octubre de 2012

Vértigo

Me duele la cabeza, demasiado, es insoportable. Es un dolor paralizante, no puedo moverme, me cuesta hasta pensar. Empieza en la base de la nuca y acaba... no sé dónde acaba, parece que en ningún sitio. Es como si se extendiese por todo el cuerpo, destrozándome por dentro segundo a segundo. Abro los ojos, pero me cuesta incluso levantar los párpados. Es un esfuerzo demasiado grande para mi estado actual. Intento enfocar la vista, pero todo está demasiado oscuro, o tal vez mis ojos no quieran ver. Trato de incorporarme con un esfuerzo casi sobrehumano, pero una fuerza brutal tira de mí contra el suelo. Mi cabeza golpea con violencia la superficie dura sobre la que estoy postrada y un dolor agudo me recorre la columna vertebral desde el cuello hasta casi las piernas, haciendo que me retuerza de dolor. Mi estómago se resiente por el impacto, provocándome náuseas y arcadas, pero no consigo devolver, como si no tuviera nada dentro. Mi cuerpo apenas responde, no puedo ni levantar la mano, la presión a la que estoy sometida me impide moverme.
Me siento como si estuviera dentro de una centrifugadora.

Creo que me he dormido, o habré perdido la consciencia, porque no recuerdo haber soñado. No sé qué hora es, a lo mejor ni siquiera ha pasado un minuto, pero el tiempo se alarga tanto que se me hace eterno. No sé dónde estoy, sólo sé que el suelo está duro y frío, y ejerce una fuerza sobrenatural sobre mi cuerpo que me impide moverme. Pero me encuentro algo mejor, al menos ya puedo abrir los ojos sin marearme. Intento enfocar la vista hacia lo que supongo que es el techo, aún no lo tengo muy claro, es todo demasiado confuso. Es una superficie lisa, como el suelo, y parece metálica. No está a demasiada distancia de mí, tal vez a dos metros y medio o tres, o quizá menos, no puedo calcular muy bien la distancia. Tiene forma curva, como de rueda, o al menos esa es la impresión que me dan las paredes que la cierran. Parece que la habitación en la que me encuentro es totalmente circular, sólo que el suelo y el techo no coinciden con las paredes planas, si no con la curva que las rodea. Una idea empieza a abrirse paso desde lo más profundo de mi cerebro hasta la parte racional, y la simple idea me produce tal vértigo que me veo obligada a cerrar los ojos. Estoy girando, la rueda está girando, y yo con ella. Por eso no puedo moverme, por eso siento una fuerza sobrehumana que tira de mí hacia atrás.
Estoy dentro de una centrifugadora gigante.

La rueda comienza a decelerar, o al menos eso parece, porque empiezo a sentirme mucho más ligera. Ya puedo moverme con normalidad, incluso podría incorporarme, pero ahora mismo eso no me parece buena idea. ¿Y si en cuanto la rueda deje de girar salgo despedida hacia adelante? El impacto podría resultar mortal.
Pero eso no sucede, cuanto más disminuye la velocidad de la rueda menos presión siento sobre mi cuerpo, mis pies se levantan del suelo y mi cabeza parece estar flotando. Es una sensación de irrealidad absoluta, como si en cualquier momento pudiese echar a volar. Me levanto y comienzo a andar, a cada paso que doy me quedo suspendida en el aire durante unos segundos. Ya no tengo miedo de estrellarme contra algo en cuanto deje de girar, con esta gravedad tan baja es imposible que me haga ningún daño, o tal vez... No, eso sería completamente absurdo, el simple hecho de pensar en ello provoca náuseas, es totalmente imposible.
Pero no, no lo es. La rueda ha dejado de girar y mis pies se han despegado del suelo, pero no para salir despedida contra el suelo, o el techo, o la pared, aquí es imposible saber qué es qué, si no para dejarme aquí, suspendida en el aire, sin sentirme atraída por ninguna superficie sólida, totalmente aislada.

No siento nada, el aire me rodea completamente y no puedo tocar nada, tan solo mi ropa. Llevo puesta una camiseta muy fina y unos pantalones cortos, como si fuera un pijama, y además estoy descalza, pero no siento frío. Los oídos ya no me duelen por culpa de la presión, pero tampoco oigo nada, tan sólo un silencio abrumador. Mis ojos han recorrido ya cientos de veces la rueda metálica que hace las veces de habitación, he memorizado todas y cada una de las imperfecciones que hay en ella, incluso las que son casi imperceptibles. Hay un olor metálico en el ambiente, pero hay algo mucho más fuerte, como si estuviese respirando aire helado. Creo que es oxígeno, el aire está sobrecargado, nunca en mi vida había sentido este exceso de oxigenación. Me siento mareada, pero no sé si es por esto o por la ingravidez; y además noto la boca tan seca que apenas puedo mover la lengua, como si hiciese casi un día que no bebo nada.
No quiero pensar, no quiero saber cuánto tiempo llevo aquí metida, ni por qué, ni qué es esto, ni qué es lo que quieren de mí... Intento moverme agitando los brazos, fingiendo nadar, tratando de apartar esos pensamientos de mi cabeza. Pero no puedo, pues el exceso de oxígeno y esta ingravidez me asustan más de lo que estoy dispuesta a admitir.
¿Y si la pregunta más importante no fuera “qué hago aquí”, si no “dónde estoy”?

En el lateral de la rueda, a mi derecha, ha aparecido una puerta de forma circular, justo en el centro del gran círculo metálico que hace de pared. No sé cómo se ha abierto, hace unos segundos no estaba y ahora hay un espacio vacío de casi dos metros de diámetro, como si acabase de surgir de la nada. Trato de acercarme hasta él, pero mis patadas en el aire y los movimientos bruscos de mis brazos apenas me mueven unos centímetros. Cada movimiento que hago me aleja más y más de la puerta, lo que me hace sentir totalmente impotente. Parece que una una fuerza me empuja cada vez que intento acercarme, una fuerza que parece salir del mismo agujero. Cada vez estoy más confusa, nada tiene sentido en este lugar, y además el oxígeno hace que me sienta desorientada. No puedo pensar con claridad, no entiendo por qué alguien se empeñaría en secuestrarme para meterme en una habitación sin gravedad, abrirme una puerta e impedir que me acerque hasta ella. Cuando estoy pensando esto, empieza a suceder algo extraño, como si mi cuerpo dejase de ser tan ligero como el aire y empezase a caer al suelo como una pluma. El vaivén me marea y me produce náuseas de nuevo, así que me veo obligada a cerrar los ojos otra vez y dejarme llevar, ya me da igual lo que pueda suceder. Caigo al suelo, aunque sería más correcto decir que me poso sobre él, pues no he notado ningún golpe, solamente la superficie sólida y metálica del suelo. Me levanto con cuidado, ya que cada movimiento que haga puede hacer que salga volando de nuevo. Siento la cabeza muy ligera, pero los pies se mantienen fijos en el suelo. Camino hacia la puerta con pasitos cortos, evitando levantar los pies demasiado y volver a quedar suspendida en el aire. Voy agarrándome a las paredes hasta llegar hasta el agujero de la pared y esta gravedad tan baja me ayuda a saltar el metro que separa la puerta del suelo con facilidad y salir al exterior de esta cárcel metálica.

Llevo media hora caminando por un pasillo largo y estrecho de forma circular. La luz se refleja en las paredes de color blanco y me hace daño en los ojos, haciendo que este paseo sea mucho más agotador, no solo para mi cuerpo, si no también para mi cabeza. Camino con cuidado, despacio y con pasos cortos, evitando así salir despedida hacia arriba si me impulso con demasiada fuerza. Cuando pienso que no voy a llegar nunca al final de este túnel blanco, una sombra negra se dibuja al fondo. Echo a correr, enviando toda la fuerza posible a mis piernas y flotando durante unos segundos antes de poder dar la siguiente zancada. En alguna ocasión tengo que agarrarme a las paredes para no flotar durante demasiado tiempo y poder seguir con mi carrera. El pasillo se me hace cada vez más interminable, la sombra negra se agranda a una velocidad lastimosa, o a lo mejor es que con tan poca gravedad mis esfuerzos no sirven para nada. Poco a poco me voy aproximando y veo dibujarse los bordes de lo que parece una puerta circular exactamente igual que por la que salí de la rueda. Cuando llego a ella me tengo que agarrar a uno de los bordes con fuerza, la gravedad ha disminuido considerablemente desde que comencé a correr y ahora soy incapaz de estirarme sin empezar a flotar de nuevo. Paso por la puerta, pero lo que encuentro al otro lado es lo último que esperaba encontrarme aquí, lo último que esperaba ver en mi vida.

Es una sala totalmente acristalada, aunque no será cristal, si no una especie de plástico muy duro. Pero lo realmente inquietante no es el cristal del que está construida la habitación, si no lo que hay fuera. Es un vacío inmenso que parece no tener fin, hecho de oscuridad y de pequeños puntitos luminosos y algún que otro cuerpo desconocido. Rezuma hostilidad, una hostilidad abrumadora.
Algo a mi izquierda me llama la atención, una especie de globo azul con pequeños remolinos blancos alrededor y varias manchas alagadas de color marrón oscuro.
Mi mente se ha quedado totalmente en blanco, no puedo pensar nada coherente, estoy completamente paralizada de miedo y ni siquiera puedo gritar. Estoy viendo la Tierra, el enorme planeta en el que me he criado, desde una distancia aterradora. Pero no me siento gigante por verlo tan pequeño, ni afortunada por poder ver la Tierra a esta distancia, ni siquiera diminuta por pertenecer a la Humanidad que habita ese delicado planeta azul ni aterrorizada por estar tan lejos de casa.

Lo que siento es vértigo, un vértigo paralizante, pero también una terrible soledad.

miércoles, 24 de octubre de 2012

Velada romántica

- Bonita velada, ¿no crees?
- Yo no lo diría tan convencido -comentó ella, impasible-, dado que a cada segundo que pasa estás ideando el modo de matarme -añadió, serena.
- Pareces un poco disgustada, ¿debería preocuparme por el rumbo que está tomando mi cita? No imaginé esto cuando ideé una velada romántica con la mujer de mis sueños -se jactó él.
- ¡Oh, no te preocupes por eso! -respondió la muchacha, sarcástica- Estás siendo un Príncipe Azul estupendo. El problema -hizo tintinear las esposas que llevaba en las muñecas y en los tobillos- es que nunca aprendí a comer decentemente atada de pies y manos. Ya sabes, como una señorita.
Él arrugó la nariz.
- Y como comprenderás -continuó ella-, tampoco me siento muy cómoda atada con un cinturón a la silla. Es un poco... ¿cómo decirlo? ¡Ah, sí! Peculiar.
- Pensé que te gustaba lo "peculiar". ¿O no quisiste decir eso cuando me rechazaste diciendo que querías algo distinto, no al típico chico que buscan todas? -comentó con dulzura, llevándose tranquilamente un trozo de ravioli a la boca - Deberías probarlos, están buenísimos.
- Lo haría encantada, incluso en mi situación -movió las esposas de nuevo-. Pero no quiero mancharte de vómito cuando comiences a torturarme. El vómito es complicado de quitar, ya sabes.
El chico de cabellos negros como azabache levantó la vista de su plato y la taladró con los ojos, unos ojos de color azul oscuro impregnados de furia contenida. Era guapo, quizá demasiado, pero ese tinte de locura que manchaba sus ojos y algunos de sus gestos asustaba a la chica más de lo que quería aceptar.
El muchacho respiró, cerró los ojos y, cuando volvió abrirlos, aquella furia había dado paso a una expresión dulce y cariñosa, claramente fingida.
- Si prometes no intentar clavarme el tenedor, te soltaré las manos.
Ella soltó una risotada.
- Claro. Si prometes no matarme, comeré contigo como si de una velada romántica se tratase.
- Tú te lo has buscado -dijo él, con una tranquilidad pasmosa.
Ella volvió a reírse, con menos ganas.
- ¿He de suponer que me merezco todo esto? Una velada romántica, el precioso vestido que me has regalado, el maquillaje que hiciste ponerme, la cadena de oro que me colgaste al cuello, el diamante de mi dedo, una deliciosa cena en la azotea a la luz de la luna... ¿Se me olvida algo? ¡Ah, sí! Una muerte dolorosa a base de torturas.
Él respiró, cerrando esos oscuros ojos azules.
- Lo digo totalmente en serio, quiero soltarte las manos. Pero no permitiré que me ataques, ni que intentes huir.
- No se a dónde, la azotea está cerrada con ventanales y la puerta bloqueada. Lo que sí que haría es clavarte un tenedor, o el cuchillo. Me haría sentir mejor.
- Ya veo. Menosprecias mi generosidad.
- ¡¡ESTÁS PLANEANDO MATARME!!
- Eso es lo de menos, pareces obsesionada con el tema.
Ella soltó un resoplido y se dejó soltar las muñecas.
- Esto es absurdo, incluso para ti.
- Bueno, los enamorados hacen todo tipo de estupideces, y las estupideces son siempre absurdas.
- ¿Siempre tienes que tener la última palabra? -preguntó la chica, poniendo los ojos en blanco.
- Siempre. No lo dudes.
Se volvió a sentar y se acabó el plato de raviolis mientras la chica mordisqueaba uno de los suyos. Se limpió las manos en la servilleta, cogió un cuchillo limpio de la mesa y se acercó hasta ella.
- Bueno, yo ya he terminado. Una cena exquisita, una lástima que no hayas disfrutado de ella -le acercó la punta del cuchillo a la cara. Ella comenzó a hiperventilar-. ¿Por dónde quieres que empiece?
Ella gritó con todas sus fuerzas.
- Oh, veo que no te callas ni estando a punto de morir, creo que haré algo al respecto.
Le agarró la lengua con la mano que tenía libre y, tras un par de intentos, le serró el músculo con el cuchillo.
- Así no podrás hablar.
El grito de ella quedó ahogado por la sangre que brotaba de lo que antes había sido su lengua.

viernes, 19 de octubre de 2012

Tan sólo decir que...

Chicos y chicas, o seres que no sean de este mundo pero se pasen por aquí. Esto es para los que, tal vez, leáis "La chica del pelo azul", o al menos el proyecto de ello.
Quiero que sepáis que no lo he abandonado, pienso seguir con ello. Pero cuesta, cuesta saber qué escribir, cuesta saber cómo, cuesta tener una historia que narrar y cuesta narrarla.
Que eso. Que estoy trabajando en ello, estoy informándome, estoy leyendo para tratar de tener la idea que quiero en la cabeza.

Tan sólo quiero decir que pronto, muy pronto, seguiré con ello.

martes, 16 de octubre de 2012

Una mañana como otra cualquiera

El sonido del despertador me saca bruscamente de ese mundo sin sueños al que viajo cada noche. Me arrastro hasta los pies de la cama y recojo el móvil del suelo, donde suelo dejarlo cada noche mientras carga. Apago la alarma sin mirar directamente a la pantalla para evitar que me deslumbre y me haga daño en los ojos. Me siento en el borde de la cama y busco las zapatillas con los pies mientras espero a que mis ojos se habitúen a la oscuridad. Como no las encuentro, trato de recordar dónde las dejé anoche, pero no lo consigo, mi memoria a estas horas es casi inexistente, un agujero negro. Tanteo la mesilla con la mano en busca del interruptor de la lámpara, lo pulso y me tapo los ojos con la otra mano en un acto reflejo. Odio la intensidad de esta maldita lámpara. Voy retirando los dedos uno a uno mientras me acostumbro a la luz amarillenta que ha invadido mi habitación y empiezo a buscar con la vista las zapatillas rosa chillón que tanto odio. Las veo por fin al otro lado de la habitación, justo en el extremo opuesto a mi cama. ¿Cómo demonios han acabado allí? Me levanto y noto en mis pies descalzos el frío que proviene del suelo, supongo que habré perdido los calcetines entre las sábanas mientras dormía. Noto como el frío entra en mi cuerpo por las plantas de mis pies y me recorre un escalofrío desde la parte baja de la espalda hasta el cuello. ¡Perfecto, ahora también cogeré frío! Meto los pies dentro de las zapatillas y me arrastro hasta el baño. Enciendo la luz, abro el grifo del agua fría y la dejo correr un poco mientras me recojo el pelo en un moño mal hecho. Me lavo la cara con ayuda de las manos y me seco con la toalla que hay al lado del lavabo. Cierro el grifo, me doy la vuelta y apago la luz antes de que acabe levantando la vista al espejo, prefiero no enfrentarme a las ojeras de mi reflejo antes de tomarme un buen café, un buen café bien cargado. Vuelvo a mi habitación y hago la cama con parsimonia, dejando la almohada sobre la mesa. Cojo los pantalones vaqueros de la silla y agarro un juego de ropa interior y una camiseta cualquiera del cajón de la cómoda. Me siento en el borde de la cama y me quito el horrendo pijama rosa con dibujitos infantiles que uso para dormir. Me visto rápido para no coger frío y doblo el pijama antes de colocarlo en el hueco de la almohada. Me agacho y recojo los calcetines que se han caído al suelo mientras hacía la cama, rosas también, por cierto. Es extraño porque odio con todas mis fuerzas ese color, pero toda mi ropa de dormir es rosa. Doblo los calcetines, los dejo junto al pijama y coloco la almohada encima, en su sitio. Recojo mi móvil del suelo, desenchufo el cargador, lo enrollo y lo dejo sobre la mesilla de noche. Apago la luz de la lámpara y enciendo la del techo. Busco la botella de agua en la mochila y la cojo. Me vuelvo a poner las zapatillas y salgo de la habitación, apagando la luz a mi paso. Voy hasta la cocina, enciendo la luz y abro el frigorífico en busca de la jarra de café, pero no la encuentro. ¡Estupendo! Me acerco hasta la cafetera, saco el depósito de agua, lo relleno y vuelvo a colocarlo en su sitio. Abro el armario en busca del café y me pongo de puntillas para cogerlo. Echo seis cucharadas contadas en el filtro, lo cierro, coloco la jarra debajo y enciendo la cafetera. Mientras espero a que salga el café decido prepararme el almuerzo. Saco el pan del congelador, lo meto a descongelar en el microondas y programo medio minuto. Mientras se descongela, relleno la botella con agua del grifo y la cierro con el tapón. Saco el pan del microondas y lo dejo sobre la mesa junto a la botella. Busco en el frigorífico entre los embutidos y saco queso en lonchas. Cojo tres, les quito el plástico y las dejo también sobre la mesa, junto al pan. Con un cuchillo, abro el pan con un corte irregular y coloco el queso dentro. Meto el bocadillo en una bolsa hermética y la vuelvo a meter junto a la botella en otra bolsa más grande. Apago la cafetera, cojo una taza y me echo más de la mitad del café en ella. Saco la leche del frigo y termino de llenar la taza. Abro el frigo de nuevo y la vuelvo a guardar. Deberían demandarme por abrir tantas veces el frigorífico, no debe ser bueno. Cojo la caja de cereales y como unos cuantos mientras miro el Twitter desde el teléfono. Hay que ver la cantidad de tonterías que puede poner la gente a estas horas. Feliz lunes, dicen. ¡Já! Escribo un par de comentarios irónicos y me quejo un rato de todo. Abro la pestaña de "Descubre" y escribo un par de tonterías con algún TT gracioso. Me tomo el café, meto las cosas en el lavaplatos y me voy al baño a lavarme los dientes. Me miro al espejo mientras me meto un chicle en la boca. Yo creo que no debe ser sano comer tanto chicle, aunque lo de mis ojeras tampoco. Me echo un poco de antiojeras que no consigue hacer nada con ellas y me quito el moño. Me desenredo el pelo y me quejo interiormente de lo asquerosamente liso y lacio que es. Y además me hace falta cortarlo un poco y no tengo tiempo de ir a la peluquería. Bien, perfecto, así me gusta, motivándome desde primera hora de la mañana, como debe ser. Miro la hora del móvil y aprovecho los diez minutos que me quedan guardando los libros y el bocadillo en la mochila. Me meto dentro de una sudadera y me pongo el abrigo, subiendo la cremallera hasta arriba del todo. Me ato la bufanda al cuello y busco los guantes en los bolsillos para ponérmelos. Vuelvo a mirar la hora y aprovecho para ver la temperatura de hoy. ¡¿-10ºC?! ¡¿Qué es esto, el Polo Norte?! Enchufo los cascos en el móvil, pongo la música y lo guardo el el bolsillo del abrigo. Me coloco los auriculares en los oídos, me subo la capucha y me cuelgo la mochila al hombro. 08:00 a.m. En media hora entro. ¡Y con Matemáticas a primera! Resoplo, abro la puerta de la calle y grito un "¡Hasta luego!" antes de salir. Todos están dormidos, como debe ser. Decididamente, odio las mañanas.

jueves, 11 de octubre de 2012

Oscuridad

Me deslizo en esa oscuridad tan apacible. No, apacible no. La oscuridad no es buena. Enciendo la luz de la mesilla y me quedo mirando al techo durante un rato. No soy capaz de dormir con la luz encendida, me resulta imposible. De pequeña lo hacía, de pequeña necesitaba tener siempre una luz que espantase a los monstruos. Es raro, porque yo nunca he soñado, y los niños suelen tener miedo a sus propias pesadillas. Supongo que temía a las propias pesadillas que yo me inventaba. Meto la cabeza debajo de la sábana, me molesta este exceso de luz. La apagaría, pero tengo miedo de caerme de nuevo por el precipicio. Al parecer, no me alejo tanto de aquella niña miedosa que temía a su propia imaginación, sólo que ahora no puedo dormir ni con la luz encendida. Me molesta, me molesta demasiado. La apago y vuelvo a colocarme boca arriba, mirando al techo. Intento dejar la mente en blanco, recitar canciones mentalmente, dejar vagar mi imaginación, tejer historias. Pero nada funciona. Comienzo a recitar mi retahíla, las pocas palabras que consiguen mantenerme en pie, erguida:

Puedes con todo. Mentira. Eres fuerte. Mentira. Seguridad. No sé qué significa esa palabra. Confianza. Ni esa. No pueden hacerte daño si tú no te dejas. Mentira.

Todo son mentiras. No hay nada que pueda ayudarme, nadie que sepa cómo me siento y me pueda decir cómo debo actuar. Mis fantasmas vuelven, empiezan a colarse por todos los huecos que encuentran en mi cuerpo, la idea de que mi vida comienza a carecer de sentido se abre camino a mi mente.
Retomo mi retahíla, rápido, intentando evitar que mi mente sea capaz de contestarlas:

No estás sola. La gente te quiere. Hay gente a la que le importas. No todo el mundo quiere hacerte daño. Men Nadie quiere hacerte daño. ti Puedes ser feliz. ra. Aún te quedan cosas en la vida. Eres fuerte. Eres muy fuerte. Mentira. Mentira. Mentira. 

¡MENTIRA!

Todo son mentiras.

Los fantasmas vuelven a por mí, me invaden, y me dejo llevar. La oscuridad es cómoda al fin y al cabo, como un mullido, negro y apacible colchón de plumas negras.

miércoles, 10 de octubre de 2012

El reino de lo absurdo


Bienvenido al reino de lo absurdo, reino de la pantomima, donde todos andamos al revés tío, ¿quieres entrar?

¡Escucha!

Vivo en el reino de la confusión, donde la vida es sólo ilusión, aquí las cosas no son lo que son, reino de engaños, mentiras y tracción.
Vivo en el reino de la confusión, donde la vida es sólo ilusión, aquí las cosas no son lo que son, reino de engaños, mentiras y tracción.

En este reino todo tiene un precio, y el lenguaje de palacio aburre al necio que prefiere no pensar y ni se esfuerza. Aquí el que menos sabe es el que grita, ¿quién le quita la razón al que la impone por la fuerza? Si buscas trabajo tendrás tu oportunidad, pero el puesto pa'l sobrino del jefe, ¡vaya casualidad! La habilidad de ser inútil siempre beneficia, el mañoso curra el doble, es un mediocre si la pifia. Y las noticias quieren sólo audiencia, en este reino los niños ni se inmutan cuando ven violencia. Es la televisión y su contradicción, ella te dice "consume" y el Gobierno que aprietes tu cinturón. Misma situación disparatada: aquí la profesión mejor pagada es dar patadas a un balón. Si en este reino roba un pobre, va a prisión, ¡ladrón incómodo! Y si lo hace un rico le llaman cleptómano y se va al psicólogo. Mira alrededor, ¿dónde está el error? ¿Quién es tan tonto de llamar a un negro hombre de color? Es el valor de un reino decadente, donde el país que vela por la Paz Mundial es el que más armas vende. No, nadie lo entiende, pero se resignan. Son presos del sobrepeso y del sabor de un Bic Mac. Me indigna. El paradigma del progreso es un enigma, y Dios es un reloj que nos estresa haciendo tic tac.

Vivo en el reino de la confusión, donde la vida es sólo ilusión, aquí las cosas no son lo que son, reino de engaños, mentiras y tracción.
Vivo en el reino de la confusión, donde la vida es sólo ilusión, aquí las cosas no son lo que son, reino de engaños, mentiras y tracción.

En este reino manda el marketing y vale todo, podrás vender un calcetín a precio de oro si encuentras el modo. Tan sólo muestra tu imagen de ganador, porque aquí importa la fachada, no se mira el interior. Verás un dedo acusador si fumas plantas naturales, y mientras venden droga etílica en todos los bares. Tú sabes que sí, no puedes vivir sin esa dosis de tecnología en estos días de miedo y psicosis. Un mentiroso aquí es famoso por su encanto, un abogado hará que un hijo puta se parezca a un Santo. En este reino el engaño es un gran negocio, ¿y torturar un animal en la plaza motivo de elogio? El ocio un privilegio si eres proletario, pues saca pecho ante el calvario del préstamo hipotecario. Por un techo pasarás tu vida en vilo, y a punto de irte al otro barrio ya eres propietario, respira tranquilo. ¿Crees que es injusto? Dilo. No eres el único. ¿Protestas como un ciudadano o callas como un súbdito? Es típico ver como políticos se insultan, ¿y fabrican bombas nucleares para no usarlas nunca? Yo no les creo, veo reos del desempleo, sufren con razón, la cruel globalización. Y es que quien no tiene enchufe es un bufón en este feudo, donde Dios tiene dos nombres, uno es Dolar y otro es Euro.

No entiendo. No busquéis más.

Vivo en el reino de la confusión, donde la vida es sólo ilusión, aquí las cosas no son lo que son, reino de engaños, mentiras y tracción.
Vivo en el reino de la confusión, donde la vida es sólo ilusión, aquí las cosas no son lo que son, reino de engaños, mentiras y tracción.

No es un cuento, pura realidad, el reino de lo absurdo, de la falsedad.

martes, 9 de octubre de 2012

Los juegos del Hambre

Bien, bien, bien. Allá vamos:


Prefiero éstas portadas.

Como supongo que todos sabéis la historia, al menos de qué va aunque no los hayáis leído, voy a pasar de hacer reseña a dar mi opinión.

En mi opinión, Suzanne Collins ha sabido pintar perfectamente un mundo en ruinas, un pasado problemático, una historia genial y una crítica social perfecta.
Con esto quiero decir:

La gente que no está habituada a escribir puede leer la historia y gustarle, pero la gente que estamos habituados a escribir solemos ir un poco más allá, a cómo la han escrito, al derroche de imaginación que dicha historia nos ofrece.
Al trabajo que ha debido suponer escribirlo.
Los demás podéis idolatrar a los protagonistas, pero yo la idolatro a ella.

La historia que se narra es una típica distopía (o antiutopía), lo que quiere decir que es todo lo contrario a una utopía, una historia en la que lo ideal no existe, si no todo lo contrario. Las distopías suelen colocarse en un futuro más o menos cercano, un futuro en el que suele haber un abuso de poder por parte de un Gobierno o una sociedad superior, y en la que todo lo que pueda salir mal, saldrá mal.
Le paso la explicación del término a Wikipedia.
Cualquiera diría que una distopía es una visión pesimista del mundo, la pérdida de la fe en la Humanidad. Pero un pesimista (optimistas informados, como solemos llamarnos) diría que es una visión perfecta del futuro, de uno de los posibles futuros que tenemos a nuestro alcance.

Una vez he opinado de la autora y de la historia, voy a opinar sobre los libros en sí.

En el primero, la autora pinta perfectamente la sociedad desde el punto de vista de su protagonista, Katniss. Siempre opina desde un punto de vista un tanto ajeno, digamos que no es la típica revolucionaria, porque ¿de qué le va a servir enfrentarse al Gobierno si eso no la va a ayudar a llevar comida a la mesa? Pensadlo bien.

En el segundo su punto de vista comienza a cambiar, y con el de ella, el nuestro. Empieza a darse cuenta del peligro que corren todas las personas a las que quiere, del peligro que corre el mundo en sí, y la Katniss que lo narra empieza a tener problemas, problemas mentales sobre todo. Aún así, decide arriesgarlo todo a pesar de saber que, lo más probable, le espere la muerte.

En el tercero se vuelve totalmente loca, o "mentalmente desorientada". Me encanta como la autora es capaz de escribir el hilo de pensamiento de una persona con esos problemas y, aún así, narrar la mejor historia de los tres libros. También me gusta como describe la guerra, como describe el dolor y como lo describe todo, detalle a detalle. Como no se me ocurre qué más decir, destaco un diálogo:

"-¿Te preparas para otra guerra, Plutarch? - le pregunto.
- Oh, ahora no. Ahora estamos en ese dulce periodo en el que todos están de acuerdo en no repetir los recientes horrores. Sin embargo, esta coincidencia colectiva no suele durar. Somos seres inconstantes  y estúpidos con mala memoria y un don para la autodestrucción."

Creo que no tengo nada más que añadir.

Cómo empezó mi vida prestada

Hace ya unos días que me leí este libro, pero he ido dejando la reseña y ahora se me juntan las cosas. Pues bien, es este:

"¿Y si pudieras cambiar de vida con sólo pronunciar la palabra "sí"? ¿Y si con ello ganases una familia, una posición social, un pasado al que mirar con orgullo y cariño? ¿Y si para ello tuvieras que suplantar a otra persona y desvelar los secretos mejor guardados de las personas a las que quieres? Esta es la doble vida de Cassiel Roadnight.

Tras años de malvivir en la calle, a un muchacho de dieciséis años se le presenta la oportunidad de suplantar a un tal Cassiel Roadnight, un joven desaparecido con el que comparte un sorprendente parecido físico. Sólo tiene que aceptar suplantarle y conseguirá aquello que tanto ansía: un hogar, una familia, un lugar en el mundo. ¿Cómo resistirse a la tentación?
Sin calibrar las consecuencias, decide hacerse pasar por él; un gesto mínimo que lo sumirá en una vorágine de culpa, mentiras y preguntas: ¿qué pasará si lo descubren? ¿Quién era en realidad Cassiel Roadnight? ¿Por qué desapareció y dónde está?
Pero, por encima de todo, el engaño le llevará a afrontar el mayor de los misterios: el de su propia identidad."


Bueno, poco más puedo decir. La historia en sí es un poco sosa y bastante corta, pero tiene un toque de misterio que merece la pena. También me ha parecido curiosa la forma de escribir de la autora, muy esquemática, tratando de mantener el misterio y metiéndonos en un mundo de recuerdos, presente y misterios que no sabes muy bien qué hilo de la historia debes seguir.

Y bueno, este no le recomiendo tanto como los demás, pero le pongo aquí por si os interesa.
"La gente ve lo que necesita ver"