jueves, 25 de octubre de 2012

Vértigo

Me duele la cabeza, demasiado, es insoportable. Es un dolor paralizante, no puedo moverme, me cuesta hasta pensar. Empieza en la base de la nuca y acaba... no sé dónde acaba, parece que en ningún sitio. Es como si se extendiese por todo el cuerpo, destrozándome por dentro segundo a segundo. Abro los ojos, pero me cuesta incluso levantar los párpados. Es un esfuerzo demasiado grande para mi estado actual. Intento enfocar la vista, pero todo está demasiado oscuro, o tal vez mis ojos no quieran ver. Trato de incorporarme con un esfuerzo casi sobrehumano, pero una fuerza brutal tira de mí contra el suelo. Mi cabeza golpea con violencia la superficie dura sobre la que estoy postrada y un dolor agudo me recorre la columna vertebral desde el cuello hasta casi las piernas, haciendo que me retuerza de dolor. Mi estómago se resiente por el impacto, provocándome náuseas y arcadas, pero no consigo devolver, como si no tuviera nada dentro. Mi cuerpo apenas responde, no puedo ni levantar la mano, la presión a la que estoy sometida me impide moverme.
Me siento como si estuviera dentro de una centrifugadora.

Creo que me he dormido, o habré perdido la consciencia, porque no recuerdo haber soñado. No sé qué hora es, a lo mejor ni siquiera ha pasado un minuto, pero el tiempo se alarga tanto que se me hace eterno. No sé dónde estoy, sólo sé que el suelo está duro y frío, y ejerce una fuerza sobrenatural sobre mi cuerpo que me impide moverme. Pero me encuentro algo mejor, al menos ya puedo abrir los ojos sin marearme. Intento enfocar la vista hacia lo que supongo que es el techo, aún no lo tengo muy claro, es todo demasiado confuso. Es una superficie lisa, como el suelo, y parece metálica. No está a demasiada distancia de mí, tal vez a dos metros y medio o tres, o quizá menos, no puedo calcular muy bien la distancia. Tiene forma curva, como de rueda, o al menos esa es la impresión que me dan las paredes que la cierran. Parece que la habitación en la que me encuentro es totalmente circular, sólo que el suelo y el techo no coinciden con las paredes planas, si no con la curva que las rodea. Una idea empieza a abrirse paso desde lo más profundo de mi cerebro hasta la parte racional, y la simple idea me produce tal vértigo que me veo obligada a cerrar los ojos. Estoy girando, la rueda está girando, y yo con ella. Por eso no puedo moverme, por eso siento una fuerza sobrehumana que tira de mí hacia atrás.
Estoy dentro de una centrifugadora gigante.

La rueda comienza a decelerar, o al menos eso parece, porque empiezo a sentirme mucho más ligera. Ya puedo moverme con normalidad, incluso podría incorporarme, pero ahora mismo eso no me parece buena idea. ¿Y si en cuanto la rueda deje de girar salgo despedida hacia adelante? El impacto podría resultar mortal.
Pero eso no sucede, cuanto más disminuye la velocidad de la rueda menos presión siento sobre mi cuerpo, mis pies se levantan del suelo y mi cabeza parece estar flotando. Es una sensación de irrealidad absoluta, como si en cualquier momento pudiese echar a volar. Me levanto y comienzo a andar, a cada paso que doy me quedo suspendida en el aire durante unos segundos. Ya no tengo miedo de estrellarme contra algo en cuanto deje de girar, con esta gravedad tan baja es imposible que me haga ningún daño, o tal vez... No, eso sería completamente absurdo, el simple hecho de pensar en ello provoca náuseas, es totalmente imposible.
Pero no, no lo es. La rueda ha dejado de girar y mis pies se han despegado del suelo, pero no para salir despedida contra el suelo, o el techo, o la pared, aquí es imposible saber qué es qué, si no para dejarme aquí, suspendida en el aire, sin sentirme atraída por ninguna superficie sólida, totalmente aislada.

No siento nada, el aire me rodea completamente y no puedo tocar nada, tan solo mi ropa. Llevo puesta una camiseta muy fina y unos pantalones cortos, como si fuera un pijama, y además estoy descalza, pero no siento frío. Los oídos ya no me duelen por culpa de la presión, pero tampoco oigo nada, tan sólo un silencio abrumador. Mis ojos han recorrido ya cientos de veces la rueda metálica que hace las veces de habitación, he memorizado todas y cada una de las imperfecciones que hay en ella, incluso las que son casi imperceptibles. Hay un olor metálico en el ambiente, pero hay algo mucho más fuerte, como si estuviese respirando aire helado. Creo que es oxígeno, el aire está sobrecargado, nunca en mi vida había sentido este exceso de oxigenación. Me siento mareada, pero no sé si es por esto o por la ingravidez; y además noto la boca tan seca que apenas puedo mover la lengua, como si hiciese casi un día que no bebo nada.
No quiero pensar, no quiero saber cuánto tiempo llevo aquí metida, ni por qué, ni qué es esto, ni qué es lo que quieren de mí... Intento moverme agitando los brazos, fingiendo nadar, tratando de apartar esos pensamientos de mi cabeza. Pero no puedo, pues el exceso de oxígeno y esta ingravidez me asustan más de lo que estoy dispuesta a admitir.
¿Y si la pregunta más importante no fuera “qué hago aquí”, si no “dónde estoy”?

En el lateral de la rueda, a mi derecha, ha aparecido una puerta de forma circular, justo en el centro del gran círculo metálico que hace de pared. No sé cómo se ha abierto, hace unos segundos no estaba y ahora hay un espacio vacío de casi dos metros de diámetro, como si acabase de surgir de la nada. Trato de acercarme hasta él, pero mis patadas en el aire y los movimientos bruscos de mis brazos apenas me mueven unos centímetros. Cada movimiento que hago me aleja más y más de la puerta, lo que me hace sentir totalmente impotente. Parece que una una fuerza me empuja cada vez que intento acercarme, una fuerza que parece salir del mismo agujero. Cada vez estoy más confusa, nada tiene sentido en este lugar, y además el oxígeno hace que me sienta desorientada. No puedo pensar con claridad, no entiendo por qué alguien se empeñaría en secuestrarme para meterme en una habitación sin gravedad, abrirme una puerta e impedir que me acerque hasta ella. Cuando estoy pensando esto, empieza a suceder algo extraño, como si mi cuerpo dejase de ser tan ligero como el aire y empezase a caer al suelo como una pluma. El vaivén me marea y me produce náuseas de nuevo, así que me veo obligada a cerrar los ojos otra vez y dejarme llevar, ya me da igual lo que pueda suceder. Caigo al suelo, aunque sería más correcto decir que me poso sobre él, pues no he notado ningún golpe, solamente la superficie sólida y metálica del suelo. Me levanto con cuidado, ya que cada movimiento que haga puede hacer que salga volando de nuevo. Siento la cabeza muy ligera, pero los pies se mantienen fijos en el suelo. Camino hacia la puerta con pasitos cortos, evitando levantar los pies demasiado y volver a quedar suspendida en el aire. Voy agarrándome a las paredes hasta llegar hasta el agujero de la pared y esta gravedad tan baja me ayuda a saltar el metro que separa la puerta del suelo con facilidad y salir al exterior de esta cárcel metálica.

Llevo media hora caminando por un pasillo largo y estrecho de forma circular. La luz se refleja en las paredes de color blanco y me hace daño en los ojos, haciendo que este paseo sea mucho más agotador, no solo para mi cuerpo, si no también para mi cabeza. Camino con cuidado, despacio y con pasos cortos, evitando así salir despedida hacia arriba si me impulso con demasiada fuerza. Cuando pienso que no voy a llegar nunca al final de este túnel blanco, una sombra negra se dibuja al fondo. Echo a correr, enviando toda la fuerza posible a mis piernas y flotando durante unos segundos antes de poder dar la siguiente zancada. En alguna ocasión tengo que agarrarme a las paredes para no flotar durante demasiado tiempo y poder seguir con mi carrera. El pasillo se me hace cada vez más interminable, la sombra negra se agranda a una velocidad lastimosa, o a lo mejor es que con tan poca gravedad mis esfuerzos no sirven para nada. Poco a poco me voy aproximando y veo dibujarse los bordes de lo que parece una puerta circular exactamente igual que por la que salí de la rueda. Cuando llego a ella me tengo que agarrar a uno de los bordes con fuerza, la gravedad ha disminuido considerablemente desde que comencé a correr y ahora soy incapaz de estirarme sin empezar a flotar de nuevo. Paso por la puerta, pero lo que encuentro al otro lado es lo último que esperaba encontrarme aquí, lo último que esperaba ver en mi vida.

Es una sala totalmente acristalada, aunque no será cristal, si no una especie de plástico muy duro. Pero lo realmente inquietante no es el cristal del que está construida la habitación, si no lo que hay fuera. Es un vacío inmenso que parece no tener fin, hecho de oscuridad y de pequeños puntitos luminosos y algún que otro cuerpo desconocido. Rezuma hostilidad, una hostilidad abrumadora.
Algo a mi izquierda me llama la atención, una especie de globo azul con pequeños remolinos blancos alrededor y varias manchas alagadas de color marrón oscuro.
Mi mente se ha quedado totalmente en blanco, no puedo pensar nada coherente, estoy completamente paralizada de miedo y ni siquiera puedo gritar. Estoy viendo la Tierra, el enorme planeta en el que me he criado, desde una distancia aterradora. Pero no me siento gigante por verlo tan pequeño, ni afortunada por poder ver la Tierra a esta distancia, ni siquiera diminuta por pertenecer a la Humanidad que habita ese delicado planeta azul ni aterrorizada por estar tan lejos de casa.

Lo que siento es vértigo, un vértigo paralizante, pero también una terrible soledad.

2 comentarios:

  1. Creo que por ahí he estado.

    Uff.. buena Andrea. Muy bien escrito y descrito, con todo detalle.

    Un abrazo.

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