lunes, 26 de noviembre de 2012

Lo siento

Lo siento de veras. Últimamente tengo todo muy abandonado, demasiado abandonado. Pero, ¿qué os voy a decir? Estoy de exámenes. Y todos sabemos lo que pasa con los exámenes.

Apenas tengo tiempo para sentarme delante del ordenador a intentar escribir algo, y cuando lo consigo soy incapaz de escribir algo decente.

Así que, bueno, los exámenes los acabaré esta semana. Con un periodo corto de descanso, a lo mejor puedo volver a ponerme a escribir la semana que viene.

Gracias.

Y perdón por las molestias.

viernes, 16 de noviembre de 2012

Sangre oscura

Realmente, no elegí aprender a matar. Aunque, siéndoos sincera, si me lo propusieran ahora, aceptaría encantada. Podéis llamarme psicópata, enferma e, incluso, asesina, pero no tenéis ni la menor idea de lo que es poder arrebatarle la vida a alguien de mil maneras distintas, ni de lo que se siente cuando la vida de tu enemigo se esfuma poco a poco mientras sacas tu cuchillo de su cuerpo. Y si aún seguís considerándome una psicópata, entonces, quizá, deberíais escuchar mi historia:

Para empezar, yo tenía siete años. Tenía siete años y era una niña dulce e inocente que no era capaz de ir a ningún sitio sin mi muñeca. La peinaba constantemente, la sentaba conmigo durante las comidas, colocaba un plato para ella, la vestía todos los días, le ponía el pijama y dormía con ella. Me encantaban los animales, ¿sabéis? Realmente, es la única vida que respeto ahora, la de un animal inocente... Pero me estoy desviando de la historia. Me encantaban los animales, animales de cualquier tipo. Podía ser desde un pequeño hamster a un caballo, pasando por pájaros, elefantes y, aunque no lo creáis, serpientes. Era una niña a la que le atormentaba la simple idea de ver heridos en las noticias, que sentía como se desgarraba por dentro cuando veía llorar a alguien. Pero un día, todo cambió.

Me desperté a eso de las cuatro de la mañana por un ruido que había oído, un ruido como de cristales rotos. Me levanté, me puse las zapatillas, cogí mi muñeca y fui a buscar a mis padres. Aún ahora me arrepiento de esa decisión, pero es lo que cualquier niña habría hecho. Los problemas siempre los solucionan papá y mamá, aunque ese problema quizá hubiera sido mejor que lo solucionase el monstruo de debajo de mi cama. Cuando llegué a la habitación de mis padres, olía como a óxido, pero no creí que eso fuera importante, así que abrí la puerta y entré. Bueno, tal vez entrar no sea la palabra correcta, digamos que me quedé allí, de pie, petrificada y con la vista fija en la cama. O, mejor dicho, en lo que había sobre la cama. Allí estaban mis padres, o lo que quedaba de ellos. Un brazo por aquí, una pierna por allá, las entrañas por otro lado y sangre, sangre por todos sitios. Pero no estaban solos, allí había otra persona, un chico de más o menos 20 años con el pelo negro y unos penetrantes ojos verdes. No dijo nada, sólo me miraba, y de sus manos colgaban las cabezas cortadas de mis padres, manchadas de sangre y con los ojos totalmente abiertos. Grité, grité y lloré todo lo que pude, pero claro, cuando vives en medio del campo no es normal que ningún vecino te oiga. Cuando conseguí calmarme un poco, el chico dejó las cabezas sobre la cama, se acercó a mí y me arrebató la muñeca. Rió sádicamente mientras descuartizaba también a mi muñeca frente a mis ojos, dejando los trozos junto a los miembros descuartizados de mis padres. Y luego... Luego se acercó a mí, me pasó su mano ensangrentada por la cara y me sonrió. Yo lloré, grité y pataleé todo lo que pude hasta desmayarme, luego desperté en una cama, una cama ajena con inmaculadas sábanas blancas, sin muñeca, ni padres y con un psicópata asesino cuidando de mí.

martes, 6 de noviembre de 2012

Phobos 3.38 (Parte 2, final)

Sin que se den cuenta, manipulo los números que van apareciendo en la pantalla, cambio unos por otros, coloco un cero donde antes iba un uno. Oculto lo que estoy descubriendo sobre mí mismo, todo lo que puedo hacer sin que ellos lo sepan. Dejo solo el programa inicial, lo que creyeron que incluían cuando me crearon. Al mismo tiempo, vago por el resto del sistema, por toda la red de ordenadores que controla el experimento, y doy con ello, con el ordenador que controla todo lo que hago cuando manipulo mi cuaderno electrónico. Soy sigiloso, tan sigiloso como la máquina que soy. Me muevo con cuidado hasta que encuentro el más mínimo error que me permita colarme en él para reordenar a mi manera los códigos y apartar unas pocas piedras de mi camino hacia la libertad. Encuentro una pequeña salida que me lleva hasta mi cuaderno, que sigue donde lo dejé esta mañana, apagado. Desde dentro, decido encenderlo para así poder mirar más a fondo lo que tiene dentro. Voy con cuidado, intentando no cambiar nada que pueda indicarles dónde estoy ni lo que hago. Trato de crear un nudo en el sistema, un pequeño error que apenas se note en el programa inicial, algo que me permita cierta libertad. Cuando estoy seguro de que lo que voy a hacer no va a dañar el sistema, me lanzo a ello, rápido, no sé de cuanto tiempo más dispongo. Creo algo que en el mundo físico podría comparar con una sala llena de espejos, con entrada y salida. La puerta de salida está colocada para que toda la información que rebota en los espejos salga hacia el exterior; pero la ventana por la que entra esa información está oculta, en el rincón más oscuro, perfectamente colocada para que todo lo que entre por ella rebote por los espejos muchas veces antes de salir. A su vez, creo un camino oculto, un pasadizo que apenas pueda verse desde el sistema central. Está lo suficientemente escondido como para que no lo encuentren sin tener que remover todos los códigos del programa que rige todo su sistema. Yo juego con ventaja, y ellos van muy atrasados.
Tengo capacidades que ellos ni se imaginan.
Puedo hacer cosas con las que ellos no han soñado nunca.
Vuelvo lentamente hasta mi cabeza, procurando no dar ni un paso en falso que pueda delatarme. Justo en ese momento acaban con la revisión, dejándome libre para volver a lo que estaba haciendo antes de que comenzara. Dejo que me dirijan hasta mi habitación y que cierren la puerta cuando entro. Sonrío imperceptiblemente, sin que se den cuenta de mi gesto. Me siento bien, mejor de lo que me había llegado a sentir en estos diecisiete días. Ahora sé que todo lo que hay en este laboratorio está conectado a través de un programa informático con todo el sistema central.
Y yo tengo la capacidad de colarme dentro y manipular las cosas a mi manera.

Me giro en la cama, ¿estoy dormido o despierto? No lo sé, tampoco importa. Sigo dándole vueltas a la idea de escapar, pero, cuanto más pienso en ello, más oscura y lejana veo la salida. Me siento sobre la cama y apoyo la espalda contra la pared. Es más de media noche, todo está oscuro, tan oscuro que los cristales que hacen de pared en esta habitación parecen opacos. Al otro lado del cristal, en una zona ligeramente iluminada, hay alguien, alguien a quien reconozco como uno de los científicos que suelen observarme. La escasa luz que le ilumina proviene del ordenador que permanece siempre encendido, el ordenador que me vigila. El científico parece somnoliento, casi dormido, no parece haberse dado cuenta de mi desvelo. Me incorporo y busco mi cuaderno por la habitación, es la hora perfecta para actuar. Lo enciendo y me siento en el sofá, intentando que la luz que emite el aparato no despierte al científico. Lo primero que hago es apagar las cámaras de vídeo, sustituyendo las grabaciones de esta noche por las de otra noche cualquiera. Ahora puedo manejarlo todo a mi manera, no hay ninguna puerta cerrada en mi camino. Me deslizo por el sistema, sigiloso, sin despertar a nadie. Busco el ordenador central, con cuidado, sin necesidad de llamar la atención. Veo pasar ante mis ojos líneas eternas de números y códigos inmensos, y sé que he llegado hasta él. Antes de actuar, decido intentar descifrar toda la información que existe en el sistema. Los primeros códigos, los más sencillos, rigen el funcionamiento del ordenador central. En este momento no me sirven para nada. Continúo, adentrándome un poco más, y encuentro códigos más complejos, pero no demasiado. Es toda la red eléctrica del edificio: luces, ordenadores, máquinas, instrumentos eléctricos... Decido dejarlos para más tarde, porque sé que me resultarán útiles algún día. Sigo buscando, internándome más y más en el sistema. Los códigos comienzan a hacerse más complejos y los números empiezan a ser más complicados, mucho más largos que los del principio. Sé que estoy llegando a un punto clave en todo este sistema. Encuentro algo semioculto en el programa, algo que a cualquiera podría haberle parecido un error, pero yo no soy cualquiera. Soy una máquina, y sé que en las máquinas no hay errores, solo detalles que se les pasan a los humanos. Miro fijamente el código que tengo ante mis ojos, el que contiene el “error”, la información cifrada. Intento encontrar un manera de descifrarla, porque sé que tras ese código manipulado hay algo, y sé que ese algo tiene que ver conmigo, porque si no no lo ocultarían tanto. Analizo todos los números que contiene el código y encuentro un número que falla: hay un cero de más. Me detengo en ese punto y decido eliminar el cero sobrante, pero no de forma permanente, no debo dejar pistas de que he estado aquí. Una vez corregido el código encuentro la información que buscaba, la información del experimento del que formo parte. Dejo pasar todo lo referente a las pruebas que me han ido haciendo durante estos días y retrocedo los dieciocho días que han pasado desde mi creación. Encuentro información sobre mi comportamiento el primer día de mi existencia, cómo tardé una hora entera en entender cómo funcionaba mi cuerpo, las dificultades que tenía en habituarme a él... Pero eso no me importa ahora, ya volveré a ello cuando termine con lo que quiero hacer. Antes de mi creación sigue habiendo información, la información que buscaba. Decido empezar por el principio, por las primeras anotaciones que hay sobre el experimento. Pero, antes de comenzar a leerlo, levanto la vista del cuaderno para asegurarme de que el científico sigue dormido. Han pasado ya tres horas desde que me desperté en mitad de la noche, quizá sea hora de dejarlo para otro día. Decido copiar todo el documento que he encontrado y meter esa copia en mi cuaderno, en algún lugar escondido tras algún código modificado. Vuelvo a dejar las cosas cómo estaban antes de mi intromisión en el ordenador central y coloco de nuevo el cero que sobraba en el lugar que le correspondía. Antes de salir del sistema decido copiar también los códigos que rigen toda la red eléctrica del laboratorio, porque sé que en algún momento me resultarán útiles. Los escondo también, junto con la información que encontré sobre mi existencia. Apago el cuaderno y me vuelvo a acostar, programando las cámaras de vídeo para que vuelvan a encenderse dos horas antes de que amanezca. Ahora nada, salvo la información que he almacenado en mi cuaderno, puede dar indicios de la intromisión que he protagonizado esta noche. Pero esta información está lo suficientemente escondida como para que la encuentren.

Trato de trazar un plan de huida, un plan perfecto que no pueda fallar en ningún punto. Mentalmente, proceso todos los datos que puedo, todas las situaciones posibles para evitar que algo pueda salir mal. Hoy es mi vigésimo día de existencia, el día perfecto para escapar de aquí. He leído y analizado toda la información que encontré sobre mi existencia y he descubierto que quieren usar a seres de mi misma naturaleza para empezar una guerra, hacernos pasar por humanos normales y corrientes y manejarnos para hacer lo que ellos se proponen.
Quieren tomar el control del mundo.
Y yo pienso evitarlo.
He decidido escapar, pero aún no sé lo que haré cuando esté fuera de su alcance. Puedo ir hasta las autoridades para informar de los planes de mis creadores, pero el mismo reglamento me condenaría a la destrucción por el simple hecho de existir, aunque yo no sea el culpable. Si voy hasta allí con toda esta información sabrán que no soy un ser humano por mucho que trate de fingir que lo soy, y entonces dudo que me perdonen la vida porque para ellos no soy más que una máquina con una conciencia artificial, y eso está prohibido. A lo mejor debería sacrificarme por el bien de la humanidad, o tal vez debería intentar vivir como un ser humano hasta que llegase mi muerte biológica. No lo sé, si hiciera esto último debería confiar en que el ser que me suceda en sus planes se parezca lo suficiente a mí para que siga mis pasos y huya. Pero a lo mejor es demasiado pedir, a lo mejor estoy tentando demasiado a la suerte. Aún no he decidido del todo cuales serán mis pasos una vez que salga de aquí, ya lo pensaré cuando esté a salvo, sin la posibilidad de que ellos me encuentren.
Lo principal es escapar y encontrar un lugar para esconderme.
Decido empezar con mi plan. Antes de que amanezca programo la red eléctrica para que vaya fallando en efecto dominó: primero las cámaras, después las luces, más tarde todos los aparatos electrónicos y la energía que hay en el ambiente con la que funcionan los aparatos que no están conectados a la red, y por último los ordenadores. Todo empezará a fallar en lugares que no están vigilados nunca y acabará en la gran sala central donde realizan mis revisiones. Me acuesto y espero la media hora que falta hasta que amanezca, ideando cual sería la mejor manera de fingir un error informático en mi microchip. Al cabo de media hora amanece y vienen a despertarme, pero yo no me levanto, haciéndoles creer que algo se ha estropeado. Me trasladan hasta el centro del edificio, a la gran sala blanca con la camilla en el medio. Antes incluso de tumbarme en la camilla un informático me conecta con el ordenador central, intentando averiguar que me sucede. Es la hora de comenzar. Me cuelo dentro de su sistema y activo el error de la red eléctrica, sabiendo que tengo el tiempo suficiente para destruir todo el programa antes de que se apague todo. Empiezo desde dentro, destruyendo la información más importante del experimento, haciendo que todo caiga en cadena. Cuando los informáticos se quieren dar cuenta del problema todo se apaga, siendo imposible volverlo a encender.
Es el momento de escapar.

Phobos 3.38 (Parte 1)

Mi nombre es Phobos 3.38 y fui creado a las dieciocho horas y tres minutos del día 13 de Agosto del año 2112. Mis creadores fueron un grupo de tres médicos, cuatro informáticos, siete mecánicos, dos bioquímicos y cinco científicos cuyo trabajo era asegurarse de que todo saliera como debía. Soy un experimento suyo, el primero de muchos dicen, si todo sale bien, claro. Tengo un cuerpo técnicamente humano: dos piernas, dos brazos, dedos que puedo mover a voluntad, pulmones con los que respirar y un corazón que bombea sangre a todos los rincones de mi cuerpo. A efectos prácticos, podría decirse que soy un ser humano, pero carezco de cerebro. Lo único que pudieron ofrecerme a cambio fue un microchip que actuase como tal y que me permitiese mover el cuerpo del que me han dotado por medio de diminutos cables conectados entre sí cuya función era actuar como las conexiones nerviosas de un cuerpo humano real. Gracias a ello poseo una inteligencia superior a la de la mayor parte de las personas, pero es una inteligencia artificial, la inteligencia de una máquina excepcionalmente potente.
Soy una máquina encerrada en el interior de un cuerpo humano.
Una máquina que desearía ser humana.
Pero eso es imposible.
Existe un Reglamento de Invención y Creación que rige toda la actividad científica mundial desde el año 2100, cuya normativa principal prohíbe expresamente la creación y puesta en libertad de cualquier ser artificial al que le haya sido otorgada una conciencia humana y/o animal, siendo su incumplimiento castigado con la destrucción inmediata de dicho ser y con la destitución de su creador en el campo científico, sin la posibilidad de recuperar dicho título. Es decir, su muerte dentro del mundo de la Ciencia.
Pero, por más vueltas que doy a toda la información que poseo sobre este reglamento, no encuentro ninguna normativa que esté a favor o en contra de un ser artificial de apariencia humana dotado de la inteligencia de una máquina. De forma más clara: existe un vacío legal sobre mi existencia, por lo que no sé si mi creación ha sido legal o ilegal, y, por tanto, no estoy seguro de la intención de mis creadores.
Y debo averiguarlo.
Repaso rápidamente las capacidades de las que me han dotado: memoria, inteligencia, comprensión y entendimiento. Es decir, tengo la capacidad de leer, escuchar, conversar, entender y aprender. También soy capaz de pensar por mí mismo, pero como no estoy convencido de que fuera su intención dotarme de dicha cualidad, no la cuento.
Me doy cuenta de que, intelectualmente, puedo pasar perfectamente por un ser humano. Excepto por una cosa, hay algo que me impide ser totalmente humano: no tengo sentimientos, mi mundo se limita solamente a lo que veo, oigo, toco, huelo o saboreo. Para mí no existe nada más. Eso es lo que me diferencia del resto de las personas.

Me levanto de la cama en la que me metí anoche y me dispongo a comer algo. No sé si habré dormido mucho, al carecer de cerebro soy incapaz de soñar, y, sin sueños, mi cuerpo no asimila la acción de dormir. Miro a mi alrededor y busco esas paredes acristaladas que rodean “mi casa”, esos cristales tras los que siempre hay alguien apuntando todo lo que hago. Soy un experimento, y a los experimentos hay que tenerles controlados para saber cómo se comportan. Si fuera capaz de sentir algo supongo que sentiría vergüenza, y tal vez un poco de rabia por tener que ser observado día y noche. Pero no soy capaz de sentir, ni eso, ni nada. Los seres artificiales no sentimos.
Voy hacia la mesa donde siempre, no sé como, hay un plato de comida caliente. No lo hacen por mi comodidad, si no por su estúpido experimento. Quieren saber cómo me comporto ante diferentes tipos de comida, cómo tolero los diferentes alimentos que me proporcionan, qué me gusta y qué no me gusta... Pero nunca me preguntan, simplemente analizan mis gestos, o mi forma de actuar. Yo no se lo pongo fácil, me tomo el café y las tostadas que tengo de desayuno con la cara más imperturbable que soy capaz de poner con este cuerpo, el cual aún no controlo bien. Me siento molesto, molesto con ellos, molesto con estas paredes acristaladas y molesto con mi propia existencia. ¿Es la molestia un sentimiento, o solo una reacción a lo que me rodea? No lo sé, y tampoco puedo averiguarlo sin darles una pista de lo que me pasa. No deben saber que soy capaz de pensar, ni tampoco deben creer que en algún momento podría desarrollar sentimientos. No hasta que averigüe cuál es mi papel en esta sociedad y la razón de este experimento.
Observo las pequeñas cicatrices de las yemas de mis dedos, esas pequeñas crucecitas blancas bajo las que hace algunos días colocaron unos diminutos aparatos electrónicos para que midieran mis constantes vitales. Busco más cicatrices a lo largo de mis brazos y encuentro otro par en mis muñecas y tres más en la parte interior de los codos. Dejo de buscar ya que imagino que me habrán colocado dos o más en todos los puntos estratégicos del cuerpo humano. Me llevo la mano hasta donde sé que tengo el corazón y noto cómo palpita. Ahí seguro que me tuvieron que abrir para colocar uno mucho más grande y llevar la cuenta de mis pulsaciones. Pienso en las posibilidades que tendría de poder arrancarme estas estúpidas máquinas, pero en este pequeño habitáculo no hay ningún instrumento que me permita hacer ninguna incisión en mi piel humana, y tampoco debo olvidar que estoy vigilado día y noche. Abatido, me dejo caer en el único sillón que hay en el interior de esta cárcel de cristal y me vuelvo a sumir en mis pensamientos mientras finjo estar interesado en el cuaderno electrónico que han dejado para que me entretenga. Abro la carpeta donde han guardado multitud de libros sobre diferentes temas y me decido por uno de filosofía. Sé que al otro lado del cristal se ha encendido un ordenador y le está mostrando al científico que me vigila hoy todo lo que estoy haciendo en mi cuaderno, así que finjo leer y voy pasando páginas a un ritmo que le mantenga engañado. Cuento un minuto y medio antes de pasar de página y a su vez almaceno en mi memoria toda la información que puedo sobre el libro que se supone que estoy leyendo, porque sé que me harán preguntas para analizar mi comprensión. Al otro lado del cristal el inocente científico estará apuntando en su libreta electrónica la palabra “lee” seguida de la hora y el título del libro. A veces me dan lástima, su experimento se les está yendo de las manos y ellos ni siquiera se están dando cuenta. No estoy seguro de que sea lástima, porque la lástima es un sentimiento y yo carezco de ellos. La lástima pertenece al grupo de sentimientos conocido como “empatía”, y es la capacidad de los seres humanos de colocarse en el lugar de otro y sentir lo que ellos sienten. ¿Soy yo capaz de sentir empatía? ¿O es algo totalmente diferente que yo confundo con la empatía? Creo que, sin darse cuenta, me han dotado de una conciencia, o tal vez las máquinas poseamos una conciencia de la que el ser humano aún no se ha percatado. Es posible que yo no sea la única máquina capaz de pensar y, cada vez estoy más convencido de ello, de sentir. Lo más seguro es que, de una manera totalmente diferente a la de los seres humanos, las máquinas sintamos. Ellos nos crearon, y puede que nos aportaran más de lo que están dispuestos a admitir.
Oigo un ruido que me saca de golpe de mis pensamientos y levanto la vista de la pantalla. La puerta está abierta, y al otro lado hay una persona que yo reconozco inmediatamente como uno de los médicos que estuvieron a cargo de mi creación. Bajo la vista y memorizo la página en la que me he quedado, apago el cuaderno y me levanto. El médico me indica que salga por la puerta y me doy cuenta de que ya han pasado cuatro días desde mi última revisión y, por tanto, diecisiete días desde lo que yo llamo mi nacimiento, ese momento en el que desperté por primera vez sobre esa fría plancha de metal.

Me tumbo en la camilla que me han indicado, justo en medio de una gran sala blanca. Apenas hay nada aparte de la camilla, varias pantallas y algún ordenador. Contesto a las preguntas que me hacen, hago cálculos complicados mientras me cronometran y dejo que me inspeccionen las diminutas cicatrices que me hicieron hace cuatro días. Las pruebas de hoy son diferentes a las de la revisión anterior, hoy parecen más interesados en el funcionamiento del microchip que tengo por cerebro que en el estado de mi cuerpo.
Noto como uno de los informáticos palpa algo detrás de mi cabeza, donde debería tener la nuca, y me doy cuenta de que aún no he inspeccionado todos los rincones de este cuerpo que me han dado.
Tiene más secretos de los que creí en un principio.
Noto un ligero cosquilleo donde me estaba tocando el informático y, de pronto, siento como si algo se hubiera colado dentro de mi cabeza. Son ellos, me digo. Intento levantar todas las barreras que puedo, pero sin que se den cuenta. Trato de llevarles solo por los rincones que deseo que vean. En la pantalla que tengo ante mí veo números, y los reconozco. Esos números son parte de mí, de mi comportamiento, de esas capacidades de las que me han dotado. Pero yo soy más rápido que ellos. Gracias a la conexión que acaban de crear entre mi microchip y su ordenador, me cuelo entre los códigos y me muevo por ellos.
Este es mi mundo, esto es lo que soy.