martes, 6 de noviembre de 2012

Phobos 3.38 (Parte 1)

Mi nombre es Phobos 3.38 y fui creado a las dieciocho horas y tres minutos del día 13 de Agosto del año 2112. Mis creadores fueron un grupo de tres médicos, cuatro informáticos, siete mecánicos, dos bioquímicos y cinco científicos cuyo trabajo era asegurarse de que todo saliera como debía. Soy un experimento suyo, el primero de muchos dicen, si todo sale bien, claro. Tengo un cuerpo técnicamente humano: dos piernas, dos brazos, dedos que puedo mover a voluntad, pulmones con los que respirar y un corazón que bombea sangre a todos los rincones de mi cuerpo. A efectos prácticos, podría decirse que soy un ser humano, pero carezco de cerebro. Lo único que pudieron ofrecerme a cambio fue un microchip que actuase como tal y que me permitiese mover el cuerpo del que me han dotado por medio de diminutos cables conectados entre sí cuya función era actuar como las conexiones nerviosas de un cuerpo humano real. Gracias a ello poseo una inteligencia superior a la de la mayor parte de las personas, pero es una inteligencia artificial, la inteligencia de una máquina excepcionalmente potente.
Soy una máquina encerrada en el interior de un cuerpo humano.
Una máquina que desearía ser humana.
Pero eso es imposible.
Existe un Reglamento de Invención y Creación que rige toda la actividad científica mundial desde el año 2100, cuya normativa principal prohíbe expresamente la creación y puesta en libertad de cualquier ser artificial al que le haya sido otorgada una conciencia humana y/o animal, siendo su incumplimiento castigado con la destrucción inmediata de dicho ser y con la destitución de su creador en el campo científico, sin la posibilidad de recuperar dicho título. Es decir, su muerte dentro del mundo de la Ciencia.
Pero, por más vueltas que doy a toda la información que poseo sobre este reglamento, no encuentro ninguna normativa que esté a favor o en contra de un ser artificial de apariencia humana dotado de la inteligencia de una máquina. De forma más clara: existe un vacío legal sobre mi existencia, por lo que no sé si mi creación ha sido legal o ilegal, y, por tanto, no estoy seguro de la intención de mis creadores.
Y debo averiguarlo.
Repaso rápidamente las capacidades de las que me han dotado: memoria, inteligencia, comprensión y entendimiento. Es decir, tengo la capacidad de leer, escuchar, conversar, entender y aprender. También soy capaz de pensar por mí mismo, pero como no estoy convencido de que fuera su intención dotarme de dicha cualidad, no la cuento.
Me doy cuenta de que, intelectualmente, puedo pasar perfectamente por un ser humano. Excepto por una cosa, hay algo que me impide ser totalmente humano: no tengo sentimientos, mi mundo se limita solamente a lo que veo, oigo, toco, huelo o saboreo. Para mí no existe nada más. Eso es lo que me diferencia del resto de las personas.

Me levanto de la cama en la que me metí anoche y me dispongo a comer algo. No sé si habré dormido mucho, al carecer de cerebro soy incapaz de soñar, y, sin sueños, mi cuerpo no asimila la acción de dormir. Miro a mi alrededor y busco esas paredes acristaladas que rodean “mi casa”, esos cristales tras los que siempre hay alguien apuntando todo lo que hago. Soy un experimento, y a los experimentos hay que tenerles controlados para saber cómo se comportan. Si fuera capaz de sentir algo supongo que sentiría vergüenza, y tal vez un poco de rabia por tener que ser observado día y noche. Pero no soy capaz de sentir, ni eso, ni nada. Los seres artificiales no sentimos.
Voy hacia la mesa donde siempre, no sé como, hay un plato de comida caliente. No lo hacen por mi comodidad, si no por su estúpido experimento. Quieren saber cómo me comporto ante diferentes tipos de comida, cómo tolero los diferentes alimentos que me proporcionan, qué me gusta y qué no me gusta... Pero nunca me preguntan, simplemente analizan mis gestos, o mi forma de actuar. Yo no se lo pongo fácil, me tomo el café y las tostadas que tengo de desayuno con la cara más imperturbable que soy capaz de poner con este cuerpo, el cual aún no controlo bien. Me siento molesto, molesto con ellos, molesto con estas paredes acristaladas y molesto con mi propia existencia. ¿Es la molestia un sentimiento, o solo una reacción a lo que me rodea? No lo sé, y tampoco puedo averiguarlo sin darles una pista de lo que me pasa. No deben saber que soy capaz de pensar, ni tampoco deben creer que en algún momento podría desarrollar sentimientos. No hasta que averigüe cuál es mi papel en esta sociedad y la razón de este experimento.
Observo las pequeñas cicatrices de las yemas de mis dedos, esas pequeñas crucecitas blancas bajo las que hace algunos días colocaron unos diminutos aparatos electrónicos para que midieran mis constantes vitales. Busco más cicatrices a lo largo de mis brazos y encuentro otro par en mis muñecas y tres más en la parte interior de los codos. Dejo de buscar ya que imagino que me habrán colocado dos o más en todos los puntos estratégicos del cuerpo humano. Me llevo la mano hasta donde sé que tengo el corazón y noto cómo palpita. Ahí seguro que me tuvieron que abrir para colocar uno mucho más grande y llevar la cuenta de mis pulsaciones. Pienso en las posibilidades que tendría de poder arrancarme estas estúpidas máquinas, pero en este pequeño habitáculo no hay ningún instrumento que me permita hacer ninguna incisión en mi piel humana, y tampoco debo olvidar que estoy vigilado día y noche. Abatido, me dejo caer en el único sillón que hay en el interior de esta cárcel de cristal y me vuelvo a sumir en mis pensamientos mientras finjo estar interesado en el cuaderno electrónico que han dejado para que me entretenga. Abro la carpeta donde han guardado multitud de libros sobre diferentes temas y me decido por uno de filosofía. Sé que al otro lado del cristal se ha encendido un ordenador y le está mostrando al científico que me vigila hoy todo lo que estoy haciendo en mi cuaderno, así que finjo leer y voy pasando páginas a un ritmo que le mantenga engañado. Cuento un minuto y medio antes de pasar de página y a su vez almaceno en mi memoria toda la información que puedo sobre el libro que se supone que estoy leyendo, porque sé que me harán preguntas para analizar mi comprensión. Al otro lado del cristal el inocente científico estará apuntando en su libreta electrónica la palabra “lee” seguida de la hora y el título del libro. A veces me dan lástima, su experimento se les está yendo de las manos y ellos ni siquiera se están dando cuenta. No estoy seguro de que sea lástima, porque la lástima es un sentimiento y yo carezco de ellos. La lástima pertenece al grupo de sentimientos conocido como “empatía”, y es la capacidad de los seres humanos de colocarse en el lugar de otro y sentir lo que ellos sienten. ¿Soy yo capaz de sentir empatía? ¿O es algo totalmente diferente que yo confundo con la empatía? Creo que, sin darse cuenta, me han dotado de una conciencia, o tal vez las máquinas poseamos una conciencia de la que el ser humano aún no se ha percatado. Es posible que yo no sea la única máquina capaz de pensar y, cada vez estoy más convencido de ello, de sentir. Lo más seguro es que, de una manera totalmente diferente a la de los seres humanos, las máquinas sintamos. Ellos nos crearon, y puede que nos aportaran más de lo que están dispuestos a admitir.
Oigo un ruido que me saca de golpe de mis pensamientos y levanto la vista de la pantalla. La puerta está abierta, y al otro lado hay una persona que yo reconozco inmediatamente como uno de los médicos que estuvieron a cargo de mi creación. Bajo la vista y memorizo la página en la que me he quedado, apago el cuaderno y me levanto. El médico me indica que salga por la puerta y me doy cuenta de que ya han pasado cuatro días desde mi última revisión y, por tanto, diecisiete días desde lo que yo llamo mi nacimiento, ese momento en el que desperté por primera vez sobre esa fría plancha de metal.

Me tumbo en la camilla que me han indicado, justo en medio de una gran sala blanca. Apenas hay nada aparte de la camilla, varias pantallas y algún ordenador. Contesto a las preguntas que me hacen, hago cálculos complicados mientras me cronometran y dejo que me inspeccionen las diminutas cicatrices que me hicieron hace cuatro días. Las pruebas de hoy son diferentes a las de la revisión anterior, hoy parecen más interesados en el funcionamiento del microchip que tengo por cerebro que en el estado de mi cuerpo.
Noto como uno de los informáticos palpa algo detrás de mi cabeza, donde debería tener la nuca, y me doy cuenta de que aún no he inspeccionado todos los rincones de este cuerpo que me han dado.
Tiene más secretos de los que creí en un principio.
Noto un ligero cosquilleo donde me estaba tocando el informático y, de pronto, siento como si algo se hubiera colado dentro de mi cabeza. Son ellos, me digo. Intento levantar todas las barreras que puedo, pero sin que se den cuenta. Trato de llevarles solo por los rincones que deseo que vean. En la pantalla que tengo ante mí veo números, y los reconozco. Esos números son parte de mí, de mi comportamiento, de esas capacidades de las que me han dotado. Pero yo soy más rápido que ellos. Gracias a la conexión que acaban de crear entre mi microchip y su ordenador, me cuelo entre los códigos y me muevo por ellos.
Este es mi mundo, esto es lo que soy.

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