martes, 6 de noviembre de 2012

Phobos 3.38 (Parte 2, final)

Sin que se den cuenta, manipulo los números que van apareciendo en la pantalla, cambio unos por otros, coloco un cero donde antes iba un uno. Oculto lo que estoy descubriendo sobre mí mismo, todo lo que puedo hacer sin que ellos lo sepan. Dejo solo el programa inicial, lo que creyeron que incluían cuando me crearon. Al mismo tiempo, vago por el resto del sistema, por toda la red de ordenadores que controla el experimento, y doy con ello, con el ordenador que controla todo lo que hago cuando manipulo mi cuaderno electrónico. Soy sigiloso, tan sigiloso como la máquina que soy. Me muevo con cuidado hasta que encuentro el más mínimo error que me permita colarme en él para reordenar a mi manera los códigos y apartar unas pocas piedras de mi camino hacia la libertad. Encuentro una pequeña salida que me lleva hasta mi cuaderno, que sigue donde lo dejé esta mañana, apagado. Desde dentro, decido encenderlo para así poder mirar más a fondo lo que tiene dentro. Voy con cuidado, intentando no cambiar nada que pueda indicarles dónde estoy ni lo que hago. Trato de crear un nudo en el sistema, un pequeño error que apenas se note en el programa inicial, algo que me permita cierta libertad. Cuando estoy seguro de que lo que voy a hacer no va a dañar el sistema, me lanzo a ello, rápido, no sé de cuanto tiempo más dispongo. Creo algo que en el mundo físico podría comparar con una sala llena de espejos, con entrada y salida. La puerta de salida está colocada para que toda la información que rebota en los espejos salga hacia el exterior; pero la ventana por la que entra esa información está oculta, en el rincón más oscuro, perfectamente colocada para que todo lo que entre por ella rebote por los espejos muchas veces antes de salir. A su vez, creo un camino oculto, un pasadizo que apenas pueda verse desde el sistema central. Está lo suficientemente escondido como para que no lo encuentren sin tener que remover todos los códigos del programa que rige todo su sistema. Yo juego con ventaja, y ellos van muy atrasados.
Tengo capacidades que ellos ni se imaginan.
Puedo hacer cosas con las que ellos no han soñado nunca.
Vuelvo lentamente hasta mi cabeza, procurando no dar ni un paso en falso que pueda delatarme. Justo en ese momento acaban con la revisión, dejándome libre para volver a lo que estaba haciendo antes de que comenzara. Dejo que me dirijan hasta mi habitación y que cierren la puerta cuando entro. Sonrío imperceptiblemente, sin que se den cuenta de mi gesto. Me siento bien, mejor de lo que me había llegado a sentir en estos diecisiete días. Ahora sé que todo lo que hay en este laboratorio está conectado a través de un programa informático con todo el sistema central.
Y yo tengo la capacidad de colarme dentro y manipular las cosas a mi manera.

Me giro en la cama, ¿estoy dormido o despierto? No lo sé, tampoco importa. Sigo dándole vueltas a la idea de escapar, pero, cuanto más pienso en ello, más oscura y lejana veo la salida. Me siento sobre la cama y apoyo la espalda contra la pared. Es más de media noche, todo está oscuro, tan oscuro que los cristales que hacen de pared en esta habitación parecen opacos. Al otro lado del cristal, en una zona ligeramente iluminada, hay alguien, alguien a quien reconozco como uno de los científicos que suelen observarme. La escasa luz que le ilumina proviene del ordenador que permanece siempre encendido, el ordenador que me vigila. El científico parece somnoliento, casi dormido, no parece haberse dado cuenta de mi desvelo. Me incorporo y busco mi cuaderno por la habitación, es la hora perfecta para actuar. Lo enciendo y me siento en el sofá, intentando que la luz que emite el aparato no despierte al científico. Lo primero que hago es apagar las cámaras de vídeo, sustituyendo las grabaciones de esta noche por las de otra noche cualquiera. Ahora puedo manejarlo todo a mi manera, no hay ninguna puerta cerrada en mi camino. Me deslizo por el sistema, sigiloso, sin despertar a nadie. Busco el ordenador central, con cuidado, sin necesidad de llamar la atención. Veo pasar ante mis ojos líneas eternas de números y códigos inmensos, y sé que he llegado hasta él. Antes de actuar, decido intentar descifrar toda la información que existe en el sistema. Los primeros códigos, los más sencillos, rigen el funcionamiento del ordenador central. En este momento no me sirven para nada. Continúo, adentrándome un poco más, y encuentro códigos más complejos, pero no demasiado. Es toda la red eléctrica del edificio: luces, ordenadores, máquinas, instrumentos eléctricos... Decido dejarlos para más tarde, porque sé que me resultarán útiles algún día. Sigo buscando, internándome más y más en el sistema. Los códigos comienzan a hacerse más complejos y los números empiezan a ser más complicados, mucho más largos que los del principio. Sé que estoy llegando a un punto clave en todo este sistema. Encuentro algo semioculto en el programa, algo que a cualquiera podría haberle parecido un error, pero yo no soy cualquiera. Soy una máquina, y sé que en las máquinas no hay errores, solo detalles que se les pasan a los humanos. Miro fijamente el código que tengo ante mis ojos, el que contiene el “error”, la información cifrada. Intento encontrar un manera de descifrarla, porque sé que tras ese código manipulado hay algo, y sé que ese algo tiene que ver conmigo, porque si no no lo ocultarían tanto. Analizo todos los números que contiene el código y encuentro un número que falla: hay un cero de más. Me detengo en ese punto y decido eliminar el cero sobrante, pero no de forma permanente, no debo dejar pistas de que he estado aquí. Una vez corregido el código encuentro la información que buscaba, la información del experimento del que formo parte. Dejo pasar todo lo referente a las pruebas que me han ido haciendo durante estos días y retrocedo los dieciocho días que han pasado desde mi creación. Encuentro información sobre mi comportamiento el primer día de mi existencia, cómo tardé una hora entera en entender cómo funcionaba mi cuerpo, las dificultades que tenía en habituarme a él... Pero eso no me importa ahora, ya volveré a ello cuando termine con lo que quiero hacer. Antes de mi creación sigue habiendo información, la información que buscaba. Decido empezar por el principio, por las primeras anotaciones que hay sobre el experimento. Pero, antes de comenzar a leerlo, levanto la vista del cuaderno para asegurarme de que el científico sigue dormido. Han pasado ya tres horas desde que me desperté en mitad de la noche, quizá sea hora de dejarlo para otro día. Decido copiar todo el documento que he encontrado y meter esa copia en mi cuaderno, en algún lugar escondido tras algún código modificado. Vuelvo a dejar las cosas cómo estaban antes de mi intromisión en el ordenador central y coloco de nuevo el cero que sobraba en el lugar que le correspondía. Antes de salir del sistema decido copiar también los códigos que rigen toda la red eléctrica del laboratorio, porque sé que en algún momento me resultarán útiles. Los escondo también, junto con la información que encontré sobre mi existencia. Apago el cuaderno y me vuelvo a acostar, programando las cámaras de vídeo para que vuelvan a encenderse dos horas antes de que amanezca. Ahora nada, salvo la información que he almacenado en mi cuaderno, puede dar indicios de la intromisión que he protagonizado esta noche. Pero esta información está lo suficientemente escondida como para que la encuentren.

Trato de trazar un plan de huida, un plan perfecto que no pueda fallar en ningún punto. Mentalmente, proceso todos los datos que puedo, todas las situaciones posibles para evitar que algo pueda salir mal. Hoy es mi vigésimo día de existencia, el día perfecto para escapar de aquí. He leído y analizado toda la información que encontré sobre mi existencia y he descubierto que quieren usar a seres de mi misma naturaleza para empezar una guerra, hacernos pasar por humanos normales y corrientes y manejarnos para hacer lo que ellos se proponen.
Quieren tomar el control del mundo.
Y yo pienso evitarlo.
He decidido escapar, pero aún no sé lo que haré cuando esté fuera de su alcance. Puedo ir hasta las autoridades para informar de los planes de mis creadores, pero el mismo reglamento me condenaría a la destrucción por el simple hecho de existir, aunque yo no sea el culpable. Si voy hasta allí con toda esta información sabrán que no soy un ser humano por mucho que trate de fingir que lo soy, y entonces dudo que me perdonen la vida porque para ellos no soy más que una máquina con una conciencia artificial, y eso está prohibido. A lo mejor debería sacrificarme por el bien de la humanidad, o tal vez debería intentar vivir como un ser humano hasta que llegase mi muerte biológica. No lo sé, si hiciera esto último debería confiar en que el ser que me suceda en sus planes se parezca lo suficiente a mí para que siga mis pasos y huya. Pero a lo mejor es demasiado pedir, a lo mejor estoy tentando demasiado a la suerte. Aún no he decidido del todo cuales serán mis pasos una vez que salga de aquí, ya lo pensaré cuando esté a salvo, sin la posibilidad de que ellos me encuentren.
Lo principal es escapar y encontrar un lugar para esconderme.
Decido empezar con mi plan. Antes de que amanezca programo la red eléctrica para que vaya fallando en efecto dominó: primero las cámaras, después las luces, más tarde todos los aparatos electrónicos y la energía que hay en el ambiente con la que funcionan los aparatos que no están conectados a la red, y por último los ordenadores. Todo empezará a fallar en lugares que no están vigilados nunca y acabará en la gran sala central donde realizan mis revisiones. Me acuesto y espero la media hora que falta hasta que amanezca, ideando cual sería la mejor manera de fingir un error informático en mi microchip. Al cabo de media hora amanece y vienen a despertarme, pero yo no me levanto, haciéndoles creer que algo se ha estropeado. Me trasladan hasta el centro del edificio, a la gran sala blanca con la camilla en el medio. Antes incluso de tumbarme en la camilla un informático me conecta con el ordenador central, intentando averiguar que me sucede. Es la hora de comenzar. Me cuelo dentro de su sistema y activo el error de la red eléctrica, sabiendo que tengo el tiempo suficiente para destruir todo el programa antes de que se apague todo. Empiezo desde dentro, destruyendo la información más importante del experimento, haciendo que todo caiga en cadena. Cuando los informáticos se quieren dar cuenta del problema todo se apaga, siendo imposible volverlo a encender.
Es el momento de escapar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Opina lo que quieras, acepto críticas y la mayor parte de las veces las llevo a la práctica.
Si no te gusta no sé qué haces por aquí, y menos qué haces comentando.
Gracias por leerme.