viernes, 16 de noviembre de 2012

Sangre oscura

Realmente, no elegí aprender a matar. Aunque, siéndoos sincera, si me lo propusieran ahora, aceptaría encantada. Podéis llamarme psicópata, enferma e, incluso, asesina, pero no tenéis ni la menor idea de lo que es poder arrebatarle la vida a alguien de mil maneras distintas, ni de lo que se siente cuando la vida de tu enemigo se esfuma poco a poco mientras sacas tu cuchillo de su cuerpo. Y si aún seguís considerándome una psicópata, entonces, quizá, deberíais escuchar mi historia:

Para empezar, yo tenía siete años. Tenía siete años y era una niña dulce e inocente que no era capaz de ir a ningún sitio sin mi muñeca. La peinaba constantemente, la sentaba conmigo durante las comidas, colocaba un plato para ella, la vestía todos los días, le ponía el pijama y dormía con ella. Me encantaban los animales, ¿sabéis? Realmente, es la única vida que respeto ahora, la de un animal inocente... Pero me estoy desviando de la historia. Me encantaban los animales, animales de cualquier tipo. Podía ser desde un pequeño hamster a un caballo, pasando por pájaros, elefantes y, aunque no lo creáis, serpientes. Era una niña a la que le atormentaba la simple idea de ver heridos en las noticias, que sentía como se desgarraba por dentro cuando veía llorar a alguien. Pero un día, todo cambió.

Me desperté a eso de las cuatro de la mañana por un ruido que había oído, un ruido como de cristales rotos. Me levanté, me puse las zapatillas, cogí mi muñeca y fui a buscar a mis padres. Aún ahora me arrepiento de esa decisión, pero es lo que cualquier niña habría hecho. Los problemas siempre los solucionan papá y mamá, aunque ese problema quizá hubiera sido mejor que lo solucionase el monstruo de debajo de mi cama. Cuando llegué a la habitación de mis padres, olía como a óxido, pero no creí que eso fuera importante, así que abrí la puerta y entré. Bueno, tal vez entrar no sea la palabra correcta, digamos que me quedé allí, de pie, petrificada y con la vista fija en la cama. O, mejor dicho, en lo que había sobre la cama. Allí estaban mis padres, o lo que quedaba de ellos. Un brazo por aquí, una pierna por allá, las entrañas por otro lado y sangre, sangre por todos sitios. Pero no estaban solos, allí había otra persona, un chico de más o menos 20 años con el pelo negro y unos penetrantes ojos verdes. No dijo nada, sólo me miraba, y de sus manos colgaban las cabezas cortadas de mis padres, manchadas de sangre y con los ojos totalmente abiertos. Grité, grité y lloré todo lo que pude, pero claro, cuando vives en medio del campo no es normal que ningún vecino te oiga. Cuando conseguí calmarme un poco, el chico dejó las cabezas sobre la cama, se acercó a mí y me arrebató la muñeca. Rió sádicamente mientras descuartizaba también a mi muñeca frente a mis ojos, dejando los trozos junto a los miembros descuartizados de mis padres. Y luego... Luego se acercó a mí, me pasó su mano ensangrentada por la cara y me sonrió. Yo lloré, grité y pataleé todo lo que pude hasta desmayarme, luego desperté en una cama, una cama ajena con inmaculadas sábanas blancas, sin muñeca, ni padres y con un psicópata asesino cuidando de mí.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Opina lo que quieras, acepto críticas y la mayor parte de las veces las llevo a la práctica.
Si no te gusta no sé qué haces por aquí, y menos qué haces comentando.
Gracias por leerme.