domingo, 29 de diciembre de 2013

El Guardián

Nadie en todo el reino sabía realmente la razón por la que, de pronto y sin explicación alguna, las palabras empezaron a desaparecer. Al principio era casi insignificante, palabras extremadamente raras que nadie utilizaba a menudo. Y cuando alguien intentaba utilizarlas, no era capaz de recordarlas, pero no le daba la menor importancia. El problema llegó cuando empezaron a desaparecer palabras comunes y los aldeanos fueron incapaces de referirse a objetos tan comunes como mesa, silla o cuchara. Tuvieron que aprender a comunicarse por gestos, pero aún así siguieron siendo capaces de pronunciar la palabra amor.

Nadie en todo el reino sabía de la existencia del Guardián, nadie que no fuera Él mismo. Dedicaba toda su vida a guardar las palabras, y a escribir la historia de todos los que moraban en aquel lugar. Nadie podía pensar que sus propias acciones en realidad no eran decisiones suyas, sino obra del Guardián. A efectos prácticos, era lo que en otros lugares, lugares muy lejanos, llamaban Dios, y, sólo en algunos, conocían como el Universo. Pero Él nunca quiso serlo, nunca quiso ser un Dios, sólo quería ser un escritor más.

Él nunca se preguntó qué pasaría si algún día se quedaba sin palabras, nunca se planteó que eso fuera posible. Hasta que llegó Ella, con su mirada de cielo estrellado y su cabello de hilos de plata. Y Él nunca pensó que, con una sola sonrisa suya, pudiera llegar a enamorarse.

Y hasta ese momento no supo que, cuando un escritor se enamora, se queda sin palabras.

lunes, 25 de noviembre de 2013

Lágrimas para regalar

¿Quieres un tarro de lágrimas?
A mí me sobran
de llorar
las penas
y las tonterías.
Y reírme ya
por no llorar.

Necesito un poco de alegría
o tal vez sólo un abrazo.

¡Despierta!

Para ti, que me has traído de vuelta.

El sol se asoma tras los edificios de piedra gris. Los pequeños ventanucos de las enormes estructuras de hormigón le saben a poco, necesita más. Necesita soltarse un poco, dejar escapar unos rayos más, desmelenarse.
La ciudad empieza a despertar. Se despereza entre el zumbido de las fábricas y los constantes pitidos de los coches. El timbre amortiguado de los colegios es su despertador. Se viste de gris y dorado, punteado de verde. Se acicala con el brillo plateado de un río, no demasiado limpio. Las brillantes luces de los semáforos son su maquillaje, la luz de las farolas su iluminador. Se perfuma con un poco de contaminación y olor a tabaco, con el suave dulzor de la hierba recién cortada. Es muy presumida, quiere estar guapa para el nuevo día.
Como en una triste fotografía vieja, aún se recuerda con melancolía, junto a la estación, el humo de aquellos trenes que, ruidosamente y como cada mañana, acudían puntuales a su cita con la ciudad. Ahora la estación quiere decirte que no ha cambiado tanto, que sigue siendo la misma que antaño, pero un poco más fea. Ha perdido su esplendor, le cambiaron las máquinas de vapor por cableados eléctricos, como a un enfermo al que le ponen un corazón artificial, porque el suyo ha empezado a fallarle. Y ahora, a pesar de no ser tan bella, huele un poco mejor.
Las campanas de una iglesia avisan del nuevo día, como el alegre trino de los gallos. Te dicen: “¡Eh! ¡Despierta! Ya es de día, y hoy promete ser mejor que ayer. ¡Espabila! No amanece a todas horas”. Con un enérgico gorjeo, los semáforos contestan, y te piden que te asomes, y sonrías, porque no hay nada mejor que verte sonreír por las mañanas.

La ciudad despierta, no como tú, que te revuelves perezoso entre las sábanas. No sabes lo bien que te queda el pelo revuelto. ¡Venga! Abre los ojos y sonríeme, que no sabes lo que necesito esa sonrisa. Que tenemos que comernos el mundo, y desde la cama no vamos a lograrlo. ¡Vamos! No perdamos más el tiempo aquí, levántemonos y disfrutemos del nuevo día. Vamos a vivir un poco. Abrázame, que en tus brazos me siento más segura y menos sola. Rodéame con ellos y hazme ser yo, porque sin tu ayuda no puedo lograrlo. Mírame, que me siento un poco más guapa cuando lo haces. Acaríciame, que mi cuerpo no funciona bien hasta que no me tocas. Y sácame una sonrisa, que mi corazón aún está frío. No puedes quedarte en la cama, tienes que ponerme en marcha.
Mira bien, las costuras ya no supuran, empiezan a cicatrizar. Parece que sólo necesitaban unas palabras bonitas susurradas al oído. Cántame algo, que me muero por saber cómo es tu voz. Y toca si quieres toda la noche, que yo voy a estar ahí para escucharte. ¡Vamos! Que tenemos que comernos el mundo, y yo ya no voy a romperme.

martes, 19 de noviembre de 2013

Muñeca de trapo

Esto no es como en las películas americanas. Aquí es más probable que, si chocas con una chica en un pasillo, en vez de caérsele los libros, se rompa ella y caigan al suelo sus pedazos.
Si esto fuera una película americana, te agacharías, recogerías sus libros, rozarías su mano al devolvérselos y, tal vez, le pedirías una cita. Pero aquí... Aquí deberás agacharte, recoger sus pedazos y volver a colocarlos lo mejor que puedas.
Pero no te preocupes, la chica no se ha roto por tu culpa. Sólo se le han soltado las puntadas chapuceras que la mantenían entera.

Verás. Las personas como yo estamos rotas. Hay quien se golpea muy fuerte contra algo y se rompe en pedazos. Pero a estos los podemos reconstruír. Sus trozos, aunque desperdigados, siguen encajando unos con otros.
Pero la gente como yo... ¿Sabes? También hay quien nace roto. Bueno, no exactamente roto. Sus piezas no encajan, simplemente. Están cosidos de forma chapucera, y las aristas de los pedazos no coinciden.

No te preocupes, de verdad. He aprendido a vivir con mis taras. A fin de cuentas, ¿quién tiene la culpa de mis defectos de fábrica?

lunes, 18 de noviembre de 2013

Naúfrago

¿Sabes lo que se siente cuando varas en una costa alejada totalmente de la civilización, completamente solo? Tal vez no, no son cosas que pasen a menudo.
En realidad no sé por qué escribo esto. Sé que no lo vas a recibir, aquí no hay correo. Pero supongo que prefiero malgastar unas pocas hojas de este cuaderno antes de que acabe convertido en pasto de las llamas para proporcionarme calor. No intentes convencerme, sé que no van a encontrarme. Ni siquiera saben que falto. Creemé, nadie notará mi ausencia. ¿Que por qué lo sé? Vamos. Sólo hay una cosa peor que estar solo en una isla desierta escribiéndole a nadie, y es estarlo rodeado de gente. Es el sentirte completamente solo aunque estés con alguien, es sentir que estás en un lugar desierto viviendo en una ciudad. Es la soledad, en su grado más elevado. Porque creas que no, aquí me siento un poco menos solo. Al menos puedo fingir me buscan.

domingo, 17 de noviembre de 2013

La mecánica del corazón

Tengo frío, joder,
y la incertidumbre no ayuda.
¿Cómo estás? ¿Bien?
Porque no lo parece.
Préstame el corazón,
que voy a tratar de arreglártelo.
¿Esta pieza va aquí? No, ¿verdad?
Soy un desastre.
Mi capacidad para arreglar cosas
y la facilidad que tengo para romperlas
tienen una relación proporcional,
pero a la inversa.
Lo siento, yo no he estudiado de esto.

La mecánica del corazón es más difícil de lo que piensas.

¿Quién necesita más?

Gracias
por existir
o por ser, que no sé si es lo mismo.

Gracias
por esas cosas que aún no has hecho
y por esas que has hecho, pero que aún no sabes.

Que todo tiene una explicación
y que hay alguna maldita razón
y una excusa cualquiera
que me ayude a entender esto.

¿Me ayudas?
Porque creo que me he perdido,
pero es que hasta hoy no me había encontrado.

martes, 5 de noviembre de 2013

Que yo te ofrezco la Eternidad, si la ciencia me lo permite.

Déjame versarte,
o escribirte unos versos.
Déjame abstraerme de esta realidad inventada,
y acompáñame si quieres.
Llévame a dar una vuelta
por este sinsentido
al que llamamos mundo,
y huyamos
juntos,
si quieres.
Y vamos a bebernos la Eternidad
en tazas de té,
con un poco de menta.

Battle Royale

       Las mejillas de Shogo comenzaron a temblar.
- Está usted loco -dijo-. ¡Está desequilibrado! ¿Cómo puede estar a favor de todo eso? -Estaba a punto de sollozar-. Se supone que un Gobierno está para cubrir las necesidades de su pueblo. No debemos ser esclavos de nuestro propio sistema. ¡Si piensa usted que este país es lógico, es que no está en sus cabales!
       Sakamochi lo dejó terminar. Y luego dijo:
- Oye, Kawada. Todavía eres un crío. Creo que tuvisteis algunas conversaciones al respecto, allí, en la isla, pero quiero que lo pienses un poco más. Este es un país maravilloso. Es el país más próspero del mundo. Bueno, puede que no tengáis posibilidad de viajar mucho al extranjero, pero nuestros productos industriales son de lo mejorcito. Los medios de comunicación gubernamentales dicen la verdad cuando aseguran que nuestra renta per cápita es la mayor del mundo. La cosa, sin embargo, es que esta prosperidad solo es el resultado de unificar a la población bajo un poderoso Gobierno central. Siempre es necesario un cierto grado de control. De otro modo, nos convertiríamos en un país tercermundista, como el Imperio americano. ¿Lo sabes, no? Ese país es una turbamulta de problemas de todo tipo, como drogas, violencia y homosexualidad. Están viviendo de sus glorias del pasado, pero solo es cuestión de tiempo que acaben colapsando.
       Shogo permaneció en silencio, apretó los dientes y luego dijo calladamente:
- Déjeme decir una cosa.
       Sakamochi levantó una ceja.
- ¿Qué? ¿Adelante?
- Ustedes pueden llamarlo prosperidad, pero... -la voz de Shogo sonó cansada, pero todavía con una digna firmeza- siempre será una impostura y una farsa. Y eso no cambiará aunque me mate. Está condenado usted a ser un farsante. No lo olvide.



Ahora, y por última vez...

QUEDAN 2 ESTUDIANTES

Pero, naturalmente, ahora forman parte de ti.

miércoles, 30 de octubre de 2013

¿Quieres que te sea sincera?

Te echo de menos,
tanto
-pero tanto tanto-
que me duele.
Que me duele el pecho
cada vez que te leo,
y los ojos se me llenan de lágrimas
cuando oigo tu nombre.

Que yo me lo he buscado,
lo sé.
Pero temo tanto
-pero tanto tanto-
volver,
que no quiero.

                                                           Soy una cobarde,
                                                    pero eso ya lo sabías.
                                                                    ¿O no?

viernes, 25 de octubre de 2013

Y así es como Alerta
se cargó a su musa,
utilizando una g de soga
y un verso de trampilla.
Y tiró de la palanca,
o la t, que es lo mismo.
Y bajó las escaleras
letra a letra
hasta el suelo.
Y caminó hasta el (punto) final,
o la salida,
para volver a empezar
un folio nuevo.
Pero cambiando de color
y de musa.

Perdona, tengo cosas que hacer.

«Que aún me queda media vida
para encontrar la melodía».


Hoy me he levantado
y he mirado al mundo con otros ojos,
o a lo mejor es que me dejé puestas las lentillas.

Yo creo que te equivocaste
al cerrar esa ventana
y al taparla
con esas contraventanas tan feas.

Me cerraste la puerta en las narices
y echaste la llave
y el cerrojo
y el pestillo,
y hasta esa cadena que ya nadie usa.

Y yo me quedé en la puerta
esperando
a que amainase la tormenta,
pero creo que este anticiclón no es pasajero.

Así que me voy, lo siento,
pero existe un límite de tiempo
en el que una persona puede esperar
hasta que encuentra cosas mejores de las que preocuparse
que de una persona que sólo sabe preocuparse por sí misma.

Y que es cierto,
que sólo te interesé
porque estaba prohibida,
y que todo tu universo está debajo de tu ombligo.

Así que adiós,
muy buenas.
Un placer habernos conocido,
o quizá no tanto.

domingo, 13 de octubre de 2013

Devuélveme la vida o déjame morir.

«Acabo de subir a un tren
y queda mi ilusión llorando en un puto andén».

Déjame vivir un día más,
déjame hacer algo
antes de que se me acabe el tiempo.
Deja de arrancarme la vida
y vuelve a dejar mi alma donde estaba,
que tengo un roto ahí dentro
que me duele,
aunque no lo creas.

Que no soy de piedra, vaya.

miércoles, 9 de octubre de 2013

Como las piezas de un puzzle que no se hizo para ser montado.

De esto que yo encajo contigo
y tú encajas conmigo,
pero que ni yo encajo en tu mundo
ni tú encajas en el mío.

Supongo que esa debe ser la razón
de que nos atraigamos
casi tanto como nos repelemos.

domingo, 29 de septiembre de 2013

Y si me quieres dibujar, prefiero el gris.

«Y el propio llanto regará mi corazón».

Me pintas las cosas claras,
pero yo no quiero hablar de cerveza.
Y es que aún me quedan unas cuantas
para llegar hasta ti.

domingo, 22 de septiembre de 2013

Si es que desde Valladolid no se ven las estrellas

Bueno, chicos. Ésto se trata un nuevo proyecto que ha surgido de la idea de un par de amigos, Leitmotiv y ExLibris, y que consiste en un blog conjunto de poesía. Estamos empezando, pero podríais pasaros a ver si el proyecto os atrae.

Gracias.

En Valladolid no se ven estrellas

miércoles, 18 de septiembre de 2013

- ¿Sabes qué es lo que creo? - el chico levantó la vista y la miró a los ojos -. Que esa chica te gusta de verdad.
- ¿Y qué te hace pensar éso?
Su amiga se rió.
- Cada vez estoy más convencida de que los hombres tenéis algo en vuestro cerebro que no funciona - él esbozó una sonrisa irónica -. Vamos a ver. Llevas detrás de ella varios años, éso lo primero. ¿Alguien esperaría tanto tiempo sólo para besar a una chica? No. O sí, pero sólo si se trata de alguien especial - el chico levantó las cejas -. Sé que hablas a menudo con ella.
- Tiene buena conversación. Se puede hablar con ella. Es inteligente y habla con propiedad.
- Todo éso son simples excusas - puso los ojos en blanco -. Y deja de mirarla.
Le dio un puñetazo en el brazo y el chico bajó la vista, avergonzado.
- ¿Tanto se nota?
- Sólo si sabes verlo. Haces un buen trabajo fingiendo que no te importa.
Miró a la chica a los ojos.
- ¿Sabes? Ella se merece algo mejor que lo que yo puedo darle. Merece que la traten bien, que la cuiden y que la quieran.
- Tú la quieres.
- Sí, pero no sé demostrárselo.
- Deberías dejar que ella eligiese, y no imponerle lo que crees que se merece.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

"Guardar genios en botellas de ron"

«Y sentir que no estamos muertos,
aunque sólo sea un momento».

Se acabó ya el arrastrarse,
que yo no estoy hecha para ésto.
He decidido seguir en pie
hasta que me caiga a pedazos.

Y cuando lo haga
recogeré los trozos,
y los pegaré
(espero que en orden).

Llegó el momento de cambiar
y dejar de temer a mis fantasmas.
Ahora toca ser yo,
no la persona que tú quieres que sea.

Porque voy a guardar todos mis genios
en botellas de ron.
Pero antes las vaciaré,
que no quiero que se ahoguen.

viernes, 6 de septiembre de 2013

domingo, 1 de septiembre de 2013

Ex libris

«¿Cuántas veces has sufrido viendo cómo el protagonista de la novela que leías estaba en peligro o siendo víctima de una traición y no has podido hacer nada para evitarlo? ¿Has contado las ocasiones en que te hubiera gustado ir en su ayuda o simplemente ser un personaje más?

... Lara, no todas las historias están escritas... Deberás comprobarlo por tus propios medios...»


Lara es apodada como "La nueva" o "Bicho raro" en todos los institutos en los que se matricula. La principal razón de su marginación es que Lara sólo parece interesada por la literatura y no es nada hábil en las relaciones sociales. Cuando ha conseguido tener alguna amiga, tampoco ha sabido conducir bien esa amistad. Lara vive en París, ciudad a la que sus padres han emigrado dos años antes. Cuando tuvo que mudarse pensó que ese cambio de lugar supondría para ella una oportunidad para recomenzar una vida que no le gustaba. Sin embargo, en su nuevo instituto continúan las risas, los murmullos y la actitud distante de sus compañeros. Agobiada por un suceso con los gamberros de su clase, se va a un parque cerca del cual descubre una extraña librería, la librería Blanchard. Su cartel es un libro abierto con las letras «Ex Libris» y dos interrogantes en él. Aunque la tienda parece muy antigua y cerrada al público, llevada por su incansable curiosidad y para refugiarse de la lluvia, Lara decide entrar.

El librero, un tipo extraño, la cita para días más tarde. A partir de ese momento, Lara comienza el fin de su solitaria existencia e inicia su propia aventura...

martes, 27 de agosto de 2013

Sumergirme en mis versos
para intentar ahogarme
en todas esas palabras que nunca debí decirte
y que sin embargo te escribí.

                                          Lo siento, pero es lo que toca.

Nunca subestimes a una mujer, es probable que pueda matarte

Me dejo caer a su lado con un ruido sordo, saco un cuchillo de mi bota y me acerco a él por detrás. Delicadamente, coloco el filo en su cuello y acerco los labios sensualmente a su oreja.
- Eres bueno - susurro provocativamente -, pero no lo suficiente. Me he entretenido, está bien enfrentarse a un contrincante complicado de vez en cuando.
Me río con coquetería junto a su cuello. Él se queda en el sitio, paralizado. No va a permitir que le provoque, por lo que deduzco que está entrenado.
»Digamos que ahora me apartase y dejase tu cuello intacto (cosa altamente improbable, pero posible). Me atacarías, me tratarías como a un contrincante de tu nivel. No me... - dejo que las palabras se queden un momento en el aire y continúo, saboreando bien la palabra - subestimarías.
»Espero que te hayas dado cuenta ya de tu error. O a lo mejor te sigues preguntando por qué soy yo y no tú el que sujeta el cuchillo junto a mi cuello. Verás, querido. Te lo diré para la próxima (¡Uy, tonta de mí! No habrá próxima vez para ti). Igualmente te lo diré, y dejaré que pienses en ello unos segundos antes de que mi cuchillo atraviese tu yugular.
Acaricio su cuello con la punta del cuchillo y la clavo con delicadeza, dejando caer una gota de sangre desde su cuello hasta su pecho.
»Nunca, y digo nunca, subestimes a una mujer. Porque es probable que esa mujer pueda matarte.

Una vez dicho ésto, dejo que el cuchillo atraviese la carne de su cuello y corte de un tajo la arteria. La sangre empieza a salir a borbotones, pero me aparto antes de que me salpique. Su cuerpo cae al suelo y pronto queda rodeado por un charco de sangre. Limpio el cuchillo y lo guardo de nuevo en la bota, y una vez hecho éso me permito mirar su cuerpo inerte con admiración. No ha dicho una palabra, ni ha suplicado, ni siquiera ha tratado de defenderse. Se ha quedado quieto, esperando. Ha aceptado su error y ha muerto con dignidad. Por éso le he matado con un corte limpio, es un gesto noble entre personas como nosotros. Me hubiera gustado tenerle en mi equipo, era realmente bueno. Pero había sido enviado para acabar conmigo, por lo que no era una buena idea. Me agacho a su lado evitando pisar el charco de sangre y le cierro los ojos con respeto. Me levanto, le doy la espalda y camino hacia la salida del Metro, sin importarme que haya cámaras grabándome: la capucha y el antifaz negro ocultan muy bien mi identidad. No soy ningún secreto, la gente sabe quién soy, y me temen. Pero todo asesino necesita una tapadera, una identidad tras la que ocultarse por el día, una identidad que pague la casa, la luz y el agua y que vaya a comprar. Por éso yo no puedo dejar que me descubran.

lunes, 26 de agosto de 2013

«And a smile that could stop a war»

Ella le mira divertida, sonríe agradeciendo el cumplido y se da la vuelta, dispuesta a seguir caminando. Él se queda mirando cómo se va. Ella no lo entiende, no entiende que pueda eclipsar las miradas de todos con su sola presencia. Le hace gracia cuando las miradas recaen en ella y ríe los cumplidos como si fueran una broma, sin plantearse siquiera que puedan ser reales. No es que sea la chica más impresionante que él haya visto, claro que ha visto chicas realmente impresionantes que sabían que lo eran y se aprovechaban de ello. Pero ella es diferente, tiene algo. Ella no mira por encima de los demás, no se cree superior al resto. No se aprovecha de su belleza, ni siquiera le da importancia. No viste ropa provocativa, simplemente se pone aquello que le resulta más cómodo. Y quizás es eso lo que le hace especial: que no es como el resto, ni quiere serlo.

Y que con una sonrisa, podría parar una guerra.

domingo, 11 de agosto de 2013

«Ha sido divertido, me equivocaría otra vez»

¿Sabes?
Creo que estoy justo donde quería estar.
Voy a empezar a dibujarme
así, aquí y ahora.

Dejaré que me lleve el viento.
¿A dónde? No sé,
tampoco quiero saberlo.
Sólo debe hacerlo él.

Y me da igual que la luna me mire
y me reproche.
Ahora sólo estoy yo,
y éso es lo que importa.

                                                                                               Perdona.

jueves, 8 de agosto de 2013

«¿Dónde se han quedado tus sueños? Tienes el alma desnuda»

O a lo mejor sí, ¿quién sabe?
Las cosas ya no son las que fueron ayer.
Y este alma
ha decidido arreglarse.
                                             Si quieres.

miércoles, 7 de agosto de 2013

«Si no cierras bien los ojos muchas cosas no se ven»

Voy a salir a dar una vuelta,
no me esperes despierto.
No llegaré tarde,
pero a lo mejor no vuelvo.

¿Tú crees que llueve?
No veo las estrellas desde aquí.
Es todo demasiado llano
y tanto campo me impide ver el sol.

Tú duerme, ya volveré.
Supongo.
A lo mejor hace bueno
y me quedo.

Voy a coger el cielo con la manos
y a apartar estas nubes de mi cabeza.
Cerraré bien los ojos,
                           que no veo.

Como desees

Para Emma solo puede haber algo peor que pasar un mes junto a Niko: pasar dos. En apariencia, es el chico que todas las madres querrían para sus hijas -guapo, inteligente, cinéfilo y con sentido del humor -, pero Emma sabe que en realidad es un engreído insoportable. Además, a ella no le vale de novio... Niko es el hijo de la esposa de su padre.
A pesar de todo, este año está dispuesta a esforzarse para que las vacaciones en familia sean tranquilas y agradables: va a ser la hermanastra perfecta. Sin embargo, el pueblo levantino en el que veranean se verá sacudido por una serie de terribles asesinatos... a los que nadie puede escapar.

martes, 6 de agosto de 2013

Llévame contigo al paraíso

- ¿No te cansas, Marco? ¿No te cansas de tirarme los tejos sabiendo que no consigues nada?
- ¿Quieres saber una cosa? - contesta él, con una media sonrisa que era capaz de desarmar a la persona a la que estaba dedicada -. No me cansaría nunca de hacerte sonreír.
Ella sonríe, marcando sin quererlo esos hoyuelos en las mejillas que a él le traían loco. Entonces, llega la camarera con los cafés y rompe el momento. Ella baja la vista hacia su café, echa el azucarillo y remueve. Él simplemente la observa. Con ésta, sólo han quedado dos veces, pero se conocen a la perfección. Intuye que le pasa algo, aunque también influye el hecho de que, el día anterior, ella le mandase un whatsapp pidiéndole por favor que quedase con ella.
- Helena - Marco finge que quiere llamar su atención, aunque en realidad lo que pasa es que le encanta paladear su nombre.
La chica levanta la vista de su café. Nadie la llama así. Bueno, nadie excepto sus padres, sus profesores y Rob, su novio, con el que lleva casi dos años. El resto prefiere llamarla Hell, y hasta su hermana utiliza ese mote. A ella no le importa.
Él se lanza al vacío:
- ¿Qué tal Rob?
Ella le mira a los ojos y susurra:
- Bien.
«Bien». Punto. Nada más.
- ¿Y tú?
Helena se encoge de hombros, como si no importase lo más mínimo su estado de ánimo. Pero eso no era verdad, a él sí que le importaba. Era lo que más le importaba en el mundo.
- Helena, ¿qué pasa?
Ella esboza una sonrisa triste.
- Estoy cansada. Cansada de todo. Cansada de discutir cada dos por tres. Cansada de que cuando quedamos nunca pase nada, y cansada de que cuando llegamos a casa me diga por whatsapp todo lo que está mal. Cansada de que no me diga las cosas a la cara. Cansada de que espere de mí cosas que ya no puedo darle. Cansada de que no me deje evolucionar.
Se produce un pequeño silencio.
- Helena - susurra, mirándola a los ojos - ¿Has probado a decirle todo ésto? - hace una pausa -. Si lo habláis, a lo mejor podéis solucionarlo.
Esa última frase es la que más le cuesta pronunciar. Él no quería que lo arreglase con Rob, él la quería exclusivamente para sí. Pero también quería que fuera feliz, y ahora no lo era. Ni mucho menos.
- Ése es el problema, Marco - deja que su nombre se deslice lentamente por su garganta antes de continuar -. Que no sé si lo vamos a poder solucionar. Principalmente, porque no sé si yo quiero solucionarlo.
Dicho eso, baja la vista y se oculta la cara con el pelo. Él no dice nada. ¿Para qué? Ya lo ha dicho todo ella. Le da un sorbo a su café y decide romper el silencio que se ha formado con esa última confesión.
- Helena. ¿Qué vas a hacer?
Ella se encoge de hombros, y sin levantar la cabeza le contesta:
- No lo sé. Pero a ratos tengo ganas de tirarme desde un tercer piso. A lo mejor dejo de reprimir el impulso.
Él niega con la cabeza. Ya se ha acostumbrado a sus desvaríos.
- Sabes que yo no te lo voy a permitir, así que ve pensando en otra cosa que no incluya el suicidio.
Helena esboza una media sonrisa y decide jugar con él. Es la única persona con la que puede hacerlo.
- Me cambiaré de identidad - dice con una sonrisa coqueta -. Me teñiré el pelo de rubio y me pondré lentillas azules. Ya veré cómo decido llamarme.
Él suelta una carcajada.
- Pues yo me voy contigo. Me teñiré el pelo de negro y me llamaré Leonardo.
Helena se ríe, ladeando la cabeza.
- Lo siento, pero no pienso vivir con una persona que se llame Leonardo.
- Pues me tendré que buscar a otra que quiera - contesta él, fingiendo que se ha ofendido.
- Bueeeeno. Digamos que acepto tu cambio de nombre. ¿A dónde iríamos?
Finge que piensa, niega con la cabeza y se encoge de hombros.
- Lejos.
La chica coloca el codo en la mesa y apoya la barbilla en la palma, mirándole fijamente.
- Muy inteligente, sí señor. No me había planteado que tuviéramos que huir lejos. Pensaba irme a vivir al portal de mi casa.
Él se lleva una mano al corazón.
- Su ironía me duele, bella dama.
Ella le saca la lengua y se bebe todo su café de un trago.
- Podemos irnos juntos al paraíso - comenta él, serio -. Al lugar más alejado, donde nadie nos encuentre jamás.
Ella sonríe, pero no le contesta nada. Las cosas no son tan fáciles, aunque él piense que sí.

«Leo en tus ojos, ésa es mi literatura»

Dame tus estrellas,
que ya las cuido yo.
De todas formas,
no tengo nada mejor que hacer.
                                                    Por ahora.

lunes, 8 de julio de 2013

Color atardecer

La primera persona en utilizar la expresión de «A ella. No sé...» fue Bécquer. No hace falta que investigues mucho, simplemente abres ese libro de poesía que te mandaron leer en el instituto y lo encuentras. Rima XXIII. Una de las declaraciones de amor más bellas que he leído:

[A ella. No sé..]
Por una mirada, un mundo;
por una sonrisa, un cielo;
por un beso... ¡Yo no sé
que te diera por un beso!

No es que quiera decirte nada con ésto. Simplemente... era curiosidad. La curiosidad mató al gato, sí. Pero también descubrió un mundo lo suficientemente bonito como para que mucha gente se deje llevar por ella.

¿Te has fijado alguna vez en el color de las nubes al amanecer? Son de color gris claro, amarillento. Para mí es el color de la esperanza, el color que te hace sentir que hay algo más, que existe un mañana. Creo que es un color muy bonito. ¿Y te has fijado en ese amarillo anaranjado del cielo al atardecer? ¿Te has fijado en ese mar de nubes que se colorea de ese color? Mi padre siempre decía que ése era el mar de Castilla. Y tiene razón. Por si quieres saberlo, me gusta más nuestro mar que el de verdad. Es algo íntimo, privado y familiar. Ese color me hace sentir en casa, aunque esté a kilómetros de distancia. Cuando lo veo, puedo oír a mi padre decir que ese es el mar de Castilla, y que es incluso más bonito que el de verdad. Me veo en la galería del salón, en ese décimo piso (que en realidad era un undécimo), sentada en una silla junto a mi padre y admirando el cielo en vez de mirar la tele.

Color atardecer, lo llamo.

Diecinueve minutos

Diecinueve minutos es el tiempo que tardas en cortar el césped del jardín de delante de tu casa, en teñirte el pelo, en ver un tercio de un partido de hockey sobre hielo. Diecinueve minutos es lo que tardas en hacer unos bollos en el horno, o el tiempo que tarda el dentista en empastarte una muela; o el que tardarías en doblar la ropa de una familia de cinco miembros.
En diecinueve minutos se agotaron las entradas para ver a los Tennesse en los play-off. Es lo que dura un episodio de una comedia televisiva, descontando los anuncios. Es lo que se tarda en ir en coche desde la frontera del Estado de Vermont hasta la ciudad de Sterling, en New Hampshire.
En diecinueve minutos puedes pedir una pizza y que te la traigan. Te da tiempo a leerle un cuento a un niño, o a que te cambien el aceite del coche. Puedes recorrer un kilómetro y medio caminando. O coser un dobladillo.
En diecinueve minutos, puedes hacer que el mundo se detenga, o bajarte de él.
En diecinueve minutos, puedes llevar a cabo tu venganza.


------------------------------------------------------------------

Espero estar muerto para cuando leas esto.
       No se puede deshacer lo que ya ha sucedido; no se puede retirar una palabra que ya ha sido pronunciada. Pensarás en mí y desearás haber sido capaz de hablar conmigo de esto con calma. Tratarás de imaginar qué podrías haber dicho, qué podrías haber hecho. Supongo que yo te habría tranquilizado: «No te eches la culpa, tú no eres responsable», pero sería mentira. Los dos sabemos que yo nunca habría llegado a esto por mí mismo.
      En mi funeral llorarás. Dirás que esto no tendría que haber pasado. Actuarás como todo el mundo espera que actúes. Pero, ¿me echarás de menos?
      Y, lo que es más importante, ¿te echaré yo de menos a ti?
      ¿Alguno de los dos quiere de verdad escuchar la respuesta a esa pregunta?

      Nadie quiere admitirlo, pero las cosas malas seguirán sucediendo siempre. Quizá sea porque todo es una cadena, y hace mucho tiempo alguien hizo la primera cosa mala, y así sucesivamente. Como en ese juego en el que dices algo al oído de alguien, y esa persona se lo dice a su vez al oído de otra, y al final la frase es un completo disparate.
      Aunque, pensándolo bien, tal vez las cosas malas suceden porque es la única forma de que sigamos recordando cómo deberían ser las buenas.

      El hecho de creer o no creer en el Destino se reduce a una cosa: a quién echarle la culpa cuando algo va mal. ¿Crees que tú eres responsable, que si lo hubieras hecho mejor o te hubieras esforzado más no habría sucedido? ¿O lo achacas simplemente a las circunstancias?
      Conozco a personas que, al enterarse de la muerte de alguien, dirían que ha sido voluntad de Dios. Conozco a otras personas que dirían que ha sido mala suerte. Y luego está la opción que yo prefiero: que estaba en el lugar equivocado, en el momento inoportuno.
      Pero claro, también podrían decir eso mismo de mí, ¿verdad?

      Cuando no encajas te vuelves sobrehumano. Puedes sentir los ojos de todos los demás clavados en ti, como el Velcro. Eres capaz de oír una murmuración sobre ti a un kilómetro de distancia. Eres capaz de desaparecer, aun cuando parezca que sigues ahí. Eres capaz de gritar, sin que nadie oiga nada.
      Eres el mutante caído en el barril de ácido, el bufón que ya no puede quitarse la máscara, el hombre biónico que ha perdido todos sus miembros y nada de su corazón.
      Eres esa criatura que una vez fue normal, pero que de eso hace tanto tiempo, que ya no recuerdas cómo era.

      Uno nota cuando la gente lo mira. Es como el calor que despide el asfalto en verano, como la punta de un atizador en la espalda. No se necesita oír ni siquiera un solo cuchicheo para saber que la cosa va de ti.
      Antes solía mirarme en el espejo del baño para qué era lo que ellos tanto miraban. Quería saber qué era lo que les hacía volver la cabeza; qué había en mí que fuera tan increíblemente diferente. Al principio no lo entendía. Quiero decir que era yo, y ya está.
      Hasta que un día al verme reflejado lo entendí. Miré mis propios ojos y sentí aversión hacia mí mismo, quizá tanta como la que ellos sentían.
      Aquel día empecé a creer que ellos tenían razón.

      Pregúntale a cualquier chica de hoy al azar si quiere ser popular y les dirá que no. Pero la verdad es que, si estuviera en medio del desierto muriéndose de sed y tuviera que elegir entre un vaso de agua y la popularidad instantánea, probablemente escogería lo segundo. Lo que pasa es que no puedes reconocer que lo deseas, porque eso te hace parecer menos guay, Para ser popular de verdad, ha de parecer que eres así, cuando en realidad es algo por lo que te esfuerzas.
      No sé si hay nadie que ponga tanto esfuerzo por conseguir algo como los jóvenes en ser populares. Quiero decir que hasta los controladores aéreos y el presidente de América se toman vacaciones, pero si echan una ojeada al alumno medio de instituto, verán a alguien que se dedica a buscar la popularidad en cuerpo y alma, las veinticuatro horas al día, durante todo lo que dura el año escolar.
      Entonces, ¿cómo entrar a formar parte de ese sanctasanctórum? Bueno, ésa es la pega: no depende de ti. Lo que cuenta es lo que los demás piensan de tu forma de vestir, de lo que comes para almorzar, de los programas de la tele que grabas, de la música que llevas en el iPod.
      Pero yo siempre me pregunto cosas como: si lo que cuenta es la opinión de los demás, entonces, ¿tú tienes una opinión que sea tuya de verdad?

      Sterling no es un lugar problemático. No encuentras vendedores de crack en la calle principal ni hogares por debajo del nivel de pobreza. El índice de criminalidad es prácticamente nulo.
      Por eso la gente todavía está tan anonadada.
      Preguntan, «¿cómo ha podido ocurrir esto aquí?»
      Bueno. ¿Por qué no podría ocurrir aquí?
      Lo único que hace falta es un chico con problemas con acceso a un arma.
      No necesitas ir a un sitio problemático para encontrar a alguien que satisfaga este requisito. Sólo es preciso abrir los ojos. El siguiente candidato puede estar en el piso de arriba, o tumbado frente a tu televisor en este momento. Pero, eh, tú sigue haciendo como si eso no fuera a pasar aquí. Sigue diciéndote a ti mismo que eres inmune por vivir donde vives o por ser quien eres.
      Es más fácil así, ¿no?

      Cuando era pequeño, solía poner sal en las babosas. Me gustaba observar cómo se disolvían delante de mis ojos. La crueldad es divertida hasta que te das cuenta de que alguien sale herido.
      Ser un perdedor podría ser algo llevadero, si eso sólo significara que nadie te prestaba atención, pero en la escuela significaba que eras buscado activamente. Tú eres la babosa y ellos tienen la sal. Y no han desarrollado una conciencia.
      Hay una palabra que aprendimos en ciencias sociales: schadenfreude. Es cuando disfrutas viendo el sufrimiento de otro. La pregunta es, ¿por qué? Creo que forma parte del instinto de autoconservación: si quieres subir más arriba de la escalera, debes pisar a alguien más. Y en parte eso se debe a que un grupo se siente mucho más grupo cuando se une contra un enemigo. No importa  si ese enemigo nunca ha hecho nada por lastimarte, sólo tienes que hacer como si odiaras a alguien más de lo que te odias a ti mismo.
      ¿Sabes por qué la sal les hace eso a las babosas? Porque se disuelve en el agua que forma parte de la piel de la babosa y el nivel de agua que hay dentro de su cuerpo comienza a descender. La babosa se deshidrata. También funciona con los caracoles. Y con las sanguijuelas. Y con la gente como yo.
      Con cualquier criatura, en realidad, con la piel demasiado delgada como para existir por sí misma.

      Creo que la vida de una persona es como un DVD. Puedes ver la versión que todos ven o puedes elegir la del director: lo que él quiere que veas, antes de que todo lo demás se interponga.
      Hay menús, probablemente para que puedas comenzar en las partes buenas y no tengas que revivir las malas. Puedes medir tu vida por el número de escenas en las que has sobrevivido o los minutos en que has estado allí.
      Sin embargo, la vida es más como uno de esos vídeos tontos de las cintas de vigilancia. Borrosas, por más fijamente que las mires. Y circulares: la misma cosa, una y otra vez.

martes, 2 de julio de 2013

Yinn

«Mi nombre es Akil y soy un yinn, un espíritu del otro lado del tiempo, una criatura de la eternidad. Soy muy poderoso, soy inmortal... y estoy aquí para serviros, mi señor».

Se trata de la nueva trilogía de mis adorados Ana Alonso y Javier Pelegrín. Esta vez, el marco histórico se sitúa en la Península Ibérica del siglo XII, donde las tradiciones cristiana, musulmana y judía se entremezclan. Y de nuevo, los autores se han decantado por la dinámica de varios protagonistas. Éstos son Diego, un noble leonés que ha perdido sus tierras; Sahar, la hija de un célebre médico de Isibiliya (también conocida como Sevilla); Yehudá, un joven judío cabalista de Toledo; y Olaya, la heredera de un conde de Galicia. Pero, por supuesto, hay un personaje que destaca por encima de los demás: Akil, un ser mágico de la mitología musulmana que vuelve al mundo de los hombres en el año 1120 para servir a Diego, que ha perdido sus tierras a manos de su padrastro y está dispuesto a todo por recuperarlas.

Por medio de numerosas aventuras, los caminos de los protagonistas se entrelazan, hasta crear unos lazos impropios de la época entre tres personas de diferentes religiones (Diego, Sahar y Yehudá) y entre Akil, un ser mágico que, poco a poco, se irá volviendo más humano. Y bueno, Olaya es un misterio que no pienso resolveros.


Y otra vez, de nuevo, Ana Alonso y Javier Pelegrín crean una historia para nada previsible, algo que sólo ellos son capaces de crear. Y aunque no tenga comparación con La Llave del Tiempo (al menos desde mi punto de vista), sé que sólo ellos pueden hacerme disfrutar tanto de una historia.

Y por eso les admiro tanto.




Porque tú... tú estás hecha de polvo de luna.

A ella, no sé.

Creo que no lo ves. No te das cuenta, ¿verdad? Aún no has visto que él lo daría todo por ti, sin dudarlo. Que seguirá ahí hasta que tú te des cuenta, hasta que tú te decidas a dar el paso. Que puede que siga ahí eternamente, aunque tú quieras alejarle, o aunque quieras tenerlo cerca. Le da igual. Y eso lo hace más tuyo de lo que puede ser nadie. Te pertenece, pero sólo porque él ha decidido pertenecerte.

Aún no te has dado cuenta del efecto que produces, ¿verdad? No te das cuenta de que todo lo que haces, lo que dices, o incluso tu sola presencia, hace que el mundo se ilumine. Pero tú te niegas a ver esa luz, no quieres ver que tú la desprendes. Quieres creer que esa luz que rebota en los demás la producen ellos, no tú.

Piénsalo.

Tan solo sombras
sobre un papel quemado.
Sombras de un fuego
que tú mismo has propagado.

miércoles, 12 de junio de 2013

«Somos el Principito que un día se fue de viaje»

Para Ex Libris,
porque es quien mantiene mis volcanes deshollinados.

Yo no sé ya
qué es serpiente y qué es sombrero,
ni el número del asteroide del que procedo
(si es que lo tiene).

Que me perdí entre las estrellas
por pensarte,
pero no encontré ninguna historia educativa.

¡Qué sé yo! Que estas cosas
sólo pasan en los cuentos
y en alguno de los hipotéticos futuros que he pensado para nosotros.
Y mira tú por dónde, ¡no son pocos!

Me he perdido en tus ojos buscando
la razón
por la que el farolero enciende las farolas,
pero no la encuentro.

Son misterios escondidos
en un libro escrito en francés.
¡Y fíjate tú!
Es un idioma que no entiendo.

martes, 11 de junio de 2013

¡Eh! El otro día estabas preciosa
en mis sueños.
Pero te dejaste la sonrisa sobre mi almohada
y debía devolvértela.
No sé,
            creo.

miércoles, 29 de mayo de 2013

Un día tuerces una esquina y te tuerces tú también

A veces,
cuando te echo de menos,
cierro los ojos y te miro a través de los recuerdos.
A fin de cuentas,
es la única forma que tengo de mirarte.

Y entonces
imagino que te deslizas por mis lágrimas
y te pegas a mi piel.
Y que cuando me ducho
te cuelas por el desagüe.

Y es que no es agradable
la sensación
de que la lluvia te empape la cara
y no se lleve las lágrimas,
porque tus ojos se esconden bajo un cristal.

Y entonces, un día tuerzo la esquina,
pero yo ya estaba torcida.
        
          Porque ya sabes:
                    me torciste tú.

martes, 14 de mayo de 2013

Y entonces,
el rumor del viento entre tu pelo se convirtió en polvo.
Y el polvo se consolidó,
formando un verso.
Y guardé ese verso
entre montones de historias sin escribir.
Y coloqué el aleteo de tus pestañas
para que tuviese ritmo.

                             Y en esas estamos.

sábado, 11 de mayo de 2013

La vida sigue

Está sentada en la mesa más apartada del bar, junto a la ventana. Tiene la Coca-Cola entera, apenas ha tocado el vaso. Las burbujas ya hace tiempo que dejaron de subir a la superficie. De vez en cuando, pasa las hojas del periódico que tiene sobre la mesa. Es atrasado, pero no le importa. Lo hojea sin prestarle atención, leyendo sin leer los titulares de las noticias. El bar está en silencio, no hay bullicio, a pesar de que hay bastante gente dispersa entre las mesas y la barra. Nadie habla, no hay conversación. Todos están solos, sin compañía, totalmente perdidos en sus asuntos. De cuando en cuando, se llevan la taza de café a los labios y sorben una mísera cantidad de esa amarga bebida. A esas horas todo el mundo toma café. Salen de la oficina, dan una vuelta, despejan su mente de papeleos y problemas que realmente no les incumben, encienden un cigarrillo que no desean fumar, le dan un par de caladas, lo dejan quemar, lo tiran sin apenas probarlo y se meten en su cafetería habitual. Menos ella. Ella no toma café, no acaba de salir de la oficina ni ha tirado un cigarrillo a medio fumar a la puerta de esa cafetería. Sólo trata de esconderse, pasar desapercibida, desconectar. Pero no puede, todo acaba volviendo a su mente sin que ella pueda evitarlo. Echa la cabeza hacia atrás e intenta concentrarse en la canción que está sonando: la maravillosa “Rocky mountain high”, de John Denver. Sonríe al descubrir que aún no se ha perdido la buena música. John Denver da paso a U2 y a su fantástica “With or without you”. Le sorprende aún más descubrir que el chico que maneja la música detrás de la barra ronda su edad, parece que la juventud no está del todo perdida. Sigue la letra con los labios, articulando las palabras, pero sin pronunciarlas.

And you give yourself away...

Las lágrimas empiezan a rodar por sus mejillas sin que ella pueda evitarlo. “Es curioso cómo puede cambiar todo de un día para otro – piensa -. Un día eres feliz y al día siguiente tu vida se desmorona y no queda rastro ni de los cimientos. Te despiertas y ya no queda nada, sólo migajas, recuerdos de personas que nunca volverán”.

No ha pasado más de un día, quizá sólo unas horas, no está segura. Hace tan solo unas horas, todo era diferente, nada había pasado, su vida era tal y como había sido durante los últimos años. ¿Y ahora qué? ¿Qué se supone que debe hacer ahora? No puede sentarse a esperar a que todo vuelva a ser lo que era, no puede consumirse mientras se abandona a los recuerdos. Él nunca volvería, pero ella sigue viva. Eso es lo único que importa.
Se incorpora en la silla, dobla el periódico y lo deja sobre la mesa. Coge el vaso de Coca-Cola, se lo lleva a la boca y se lo termina en tres tragos. Va haciéndolo todo de forma mecánica, como un autómata, como si estuviera programada para ello. Deja de nuevo el vaso sobre la mesa, se seca los labios y se levanta. Es fácil hacer las cosas cuando no tiene que pensarlas, es como si se las dictasen: “Ahora coge la cazadora del respaldo. Póntela. Primero un brazo. Después el otro. Súbete la cremallera. Mete la mano en el bolsillo. Saca tres monedas de un euro. Déjalas sobre la barra. Dirígete hacia la puerta. Pon la mano en el pomo. Empuja. Sal. Camina”. No sabe a dónde va, tan solo se deja llevar. Sus pies avanzan sin que ella tenga que pensar hacia dónde dirigirlos. Resulta cómodo. Saca el reproductor de música, se pone los cascos y cierra los ojos. Le gusta la música, le ayuda a desconectar. Un rato después, más o menos tres canciones, decide volver a abrir los ojos. Se encuentra junto al río, en ese parque al que tanto solían ir. Es duro ver todo aquello sin su presencia, el parque parece muerto, casi tanto como ellos. Camina lentamente hacia el columpio, un columpio viejo, con la madera demasiado desgastada y las cadenas oxidadas. Ese columpio le hace retroceder a cuando tenía siete años y una madre sobreprotectora:

Cariño. No te acerques al columpio, está muy viejo, te puedes hacer daño. Tira eso, puedes coger cualquier cosa. No pongas la mano ahí, que está oxidado y puedes pillar el tétanos. Hija, vámonos a casa a merendar, pero te tienes que quitar los zapatos y lavar bien las manos antes de entrar en la cocina”.

El recuerdo de la voz de su madre le hace sonreír. Hace mucho que no piensa en ella, y hace más que no va a visitar su tumba al cementerio. Han pasado diez años desde que ella había muerto, desde que se había consumido durante meses en esa cama del hospital. “Es lo que tiene el cáncer - se dice -. Te arrebata lentamente todo lo que te importa, mientras tú te martirizas pensando en cómo aliviar su sufrimiento”. Tenía sólo catorce años cuando el cáncer se llevó a su madre, era una niña, apenas entendía lo que era el cáncer. Y ahora, diez años después, el cáncer le arrebata también a su padre. No es justo quedarse huérfana con tan solo veinticuatro años. Es joven, no sabe lo que es vivir, no sabe todo lo que supone salir adelante. Y además, el país está casi hundido, ¿cómo se supone que va a poder continuar con la carrera y sacar a su hermano adelante a la vez? No sabe ser madre, no sabe cómo tiene que actuar delante de un niño huérfano de doce años. ¿Qué hay que decirle? “Mira, sé que es duro. Mamá murió cuando sólo tenías dos años. Ahora a papá se le ha llevado la misma enfermedad. A partir de este momento sólo estamos nosotros, y tenemos que aprender a ser fuertes juntos”. Lleva rumiando ese pequeño discurso desde el momento en el que el pitido de la máquina al que estaba conectado su padre empezó a ser continuo, pero parece sacado de uno de esos libros de autoayuda que su psicólogo le mandó leer cuando murió su madre. También pensó en llamar al colegio, contarle todo lo ocurrido al director y que fuese él quien se lo dijera a su hermano. Es egoísta, pero los educadores han sido preparados para tratar esos asuntos con los niños. Se decide finalmente por esa opción y marca el número del colegio de su hermano. Le explica el asunto al director con frases cortas, evitando que se le quiebre la voz, y le pide que espere unas cuantas horas, que no está preparada para que su hermano vuelva a casa aún. Cuelga el teléfono, se pone en pie y se dirige a la facultad de Medicina para intentar hacer algunos cambios en el horario que le permitan hacerse cargo de su hermano por las tardes. Decidió estudiar Medicina en el momento en que a su madre le diagnosticaron el cáncer, y quiso especializarse en Oncología para intentar evitar casos como el suyo. Y justo por esa tragedia, se había convertido en la mejor alumna de su promoción. Había pasado la Selectividad con un 9'5 y en los años que llevaba en la facultad su nota no había bajado del 8. Se había dado cuenta de que lo que realmente le hacía seguir adelante era convertirse en una buena médico, dedicarse a la Oncología y trabajar en investigaciones contra el cáncer. Y así sería, pero antes debe ocuparse de que su hermano también saliera adelante.

Llega a la facultad, presenta la solicitud de su cambio de horario, llama al colegio y le dice al director que ha cambiado de opinión, que iría ella a encargarse de su hermano. Se pone de nuevo los cascos y se abandona a la música. Cuando llega al colegio, su hermano está esperándola en uno de los sofás que hay en la entrada, mirándola fijamente con ojos interrogantes. Ella le dedica una de sus mejores sonrisas y firma la salida del niño como su tutora legal. A fin de cuentas, es lo que era. Recoge su mochila del suelo, le agarra de la mano y le lleva a su chocolatería favorita. Su hermano no dice nada, pero ella le nota confuso. Una vez que pide los chocolates con churros y se sientan en una mesa, él decide formular la pregunta que ronda por su cabeza desde que le sacaron de clase y le dijeron que su hermana iría a buscarle:

    - ¿Qué ha pasado? ¿Papá está bien?
    - No, cariño. Papá no está bien, se ha ido, ahora está con mamá – dice las palabras con la mayor dulzura que es capaz de transmitir.
    - Papá... ¿se ha ido? ¿Qué quieres decir con eso? - el niño está cada vez más nervioso, a punto de echarse a llorar.
    - Quiero decir que ahora sólo estamos tú y yo. Pero no vamos a llorar, sino que vamos a tomarnos este chocolate con churros y vamos a alegrarnos de que papá haya dejado de sufrir. Buscaremos todas las fotos que tenemos de ellos y escribiremos un libro de recuerdos. A ti se te da bien escribir – sonríe y su hermano la imita.
    - Recuerdo que a papá le gustaba mucho el chocolate.
    - Es una bonita forma de empezar.
    - ¿Y cómo lo llamaremos? - está emocionado con el proyecto que le acaba de proponer su hermana.
    - ¿Qué te parece “La vida sigue”? - él asiente con convicción, contento.

    Pensar en el futuro parece sencillo, hasta que lo intentas

    Se paró a descansar. Llevaba tanto tiempo andando en círculos que la gente empezaba a observarle, como esperando a que tomara alguna decisión. En ese momento se dio cuenta de que, realmente, las cosas nunca son sencillas. ¿Qué se suponía que debía hacer a continuación? ¿Qué era exactamente lo que quería hacer?

    jueves, 9 de mayo de 2013

    Y pronunciar tu nombre,
    saborear sus letras,
    paladear ese regustillo que tienen.
    Susurrárselo a la oscuridad,
    a los monstruos de debajo de mi cama,
    a ese vacío que nunca llenaste,
    a mi intimidad
    y a esa caja de recuerdos abandonada.
    Susurrármelo a mí,
    y a ti
    si quisieras escucharme.

    sábado, 4 de mayo de 2013

    Arco Iris

    En la estepa se han puesto de moda los cañones al atardecer. Y entre el vodka y el ruido de metralla, surge el llanto de alguna mujer.

    Con la nieve casi enrojecida, derramando lágrimas el Sol, se levantan todas las balalaikas y en el aire dejan su canción.

    Cae la noche sobre los cosacos, y del cielo empiezan a llover mil estrellas de todos los colores, adelantan el amanecer.

    En la estepa sólo queda un grito de esperanza lleno de ansiedad. Turcos, kurdos, chechenos y croatas, bosnios, musulmanes, qué más da.

    De mi barrio salió el Arco Iris, con destino la Luna y el Sol. Y en el cielo borracho de luz y color, descargó una lluvia de ilusión.

    viernes, 3 de mayo de 2013

    Canción de cuna para tiempos de guerra

    Cuando el cielo me llame, ahí arriba arribita por fin subiré para jugar contigo. Como cuando bajamos la primera vez. Y a las cuatro esquinas blancas de mi cama jugando a ser buenos, buenos como el alma. Jugamos al corro y hasta al escondite.

    ¿Qué pasó que la Tierra es negra, a pesar de la luz del Sol? ¿Qué pasó que no estás conmigo? Una bala que se perdió.
    Es verdad que la luna llora, una lágrima por fusil. Si es verdad que la luna llora, una lágrima es para ti.

    Las estrellas te miran, ahí arriba tú brillas como la que más y se duermen contigo. Una cuna te han hecho de luz y cristal, con un sonajero y un cacho de cielo, con un arcoiris que es de terciopelo. Para que mi niño nunca tenga miedo.

    ¿Qué pasó que la Tierra es negra, a pesar de la luz del Sol? ¿Qué pasó que no estás conmigo? Una bala que se perdió.
    Es verdad que la luna llora, una lágrima por fusil. Si es verdad que la luna llora, una lágrima es para ti.

    lunes, 29 de abril de 2013

    Cuando 3+1 dejan de ser 4, pero 4+3 siguen siendo 7.

    Quizá ya va siendo hora,
    o quizá no. Pero,
    ¿qué quieres que te diga?
    A mí ya no me salen las cuentas
    si no es con calculadora.
    Puede que (no quiero decirlo)
    se haya quedado sin pilas.
    Y es justo en ese momento
          -cuando-
    el mundo empieza a desmoronarse.

    domingo, 28 de abril de 2013

    Cuando sabes que así no llegas a ninguna parte

    El amor no es un interruptor que se encienda o se apague a voluntad, pero esto es algo que mucha gente no comprende. Hay quien piensa que dejando de hablar con alguien puedes dejar de quererle. Y hay quien piensa lo contrario. ¿De verdad cortando una relación puedes hacer desaparecer los sentimientos? ¿O es justo lo contrario?

    Yo he aprendido que, actuando así, los sentimientos se hacen más intensos. La añoranza los aviva, los hace más fuertes. A veces cambian un poco, pero, curiosamente, siguen estando ahí.

    Y lo peor es que duelen.

    jueves, 18 de abril de 2013

    Tanatorio

    Es un lugar siniestro. Todo está perfectamente ordenado, demasiado meticuloso. Colores claros, asientos claros. Todo es de color claro excepto las puertas. Las puertas son de color negro con una chapa plateada.

    Tras la primera puerta hay una mujer llorando desconsoladamente mientras mira tras el cristal. Fuera se reúne gente, conocida y desconocida. Comentan que fue un gran hombre, formal y cariñoso con su familia. Estaba jubilado y hacía años que había empezado a perder la cabeza, pero eso la gente no lo comenta. Comentan sólo lo bueno, obvian lo malo. Los mayores cuentan anécdotas de su vida. Y dentro, la mujer sigue llorando mientras mira su cadáver.

    Tras la segunda puerta hay cuatro personas sentadas en los asientos, con la mirada perdida. Se preguntan por qué, como todos. Era de mediana edad, padre de familia. No tendría ni 50 años. No lloran, aún no han podido asimilar la situación. Entra y sale gente de la sala. Llega alguien conocido, saluda, da el pésame, se asoma a la vitrina y sale, donde habla con los demás.

    Junto a la tercera puerta hay un gran grupo de personas vestidas de traje. El libreto de pésame está casi al completo. Dentro, la familia llora y da las gracias cuando se acerca alguien a decir «Lo siento», como si de verdad lo sintieran.

    Y así, puerta tras puerta, se repite la misma situación, las historias confluyen.
    Y fuera, el mundo continúa su curso.

    martes, 9 de abril de 2013

    Despojo humano

    No soy nadie. Bueno, al menos no soy quien yo era antes. Me cuesta creer incluso que sea una persona. ¿De verdad puedo seguir fingiendo que sigo manteniendo mi humanidad? Me lo quitaron todo, me dejaron sin absolutamente nada para vivir. Podría haber muerto y a nadie le hubiera importado.
    Quizá te preguntes quién me ha hecho esto. O quizá no. Es posible que nadie llegue a leer nunca estas palabras, así que te voy a contestar, aunque sólo sea para desahogarme. Y a lo mejor, sólo a lo mejor, te intereses por mi historia.

    Nací un día de verano hace ya muchos años, pero no me preguntes cuántos, porque ya no me acuerdo. Me crió mi madre, ya que mi padre dedicaba todo su tiempo a trabajar y, cuando volvía, se sentaba en el sofá a leer el periódico y dejaba que mi madre lo hiciese todo. Por aquel entonces, la sociedad era bastante machista. Fui el mayor de cuatro hermanos, y los crié a todos casi en su totalidad. A pesar de ello, fui a un buen colegio y pasé las pruebas de acceso a la Universidad con buena nota. Iba camino de convertirme en médico, pero en mi casa no había suficiente dinero para pagarme la carrera. Acabé trabajando en un banco, un trabajo que me consiguió mi padre. Allí conocí a mi esposa, una mujer hermosa que murió de cáncer el año pasado. Tuvimos dos hijos, a los que conseguí dar la educación que no me pudieron dar a mí. Se fueron a trabajar al extranjero, y me alegra que no tengan que ver en lo que me he convertido. Cuando mi esposa y yo nos casamos, hicimos lo que hacía todo el mundo. Nos arreglamos, nos dirigimos al banco en el que trabajábamos y pedimos una hipoteca. Con aquella hipoteca compramos una casa preciosa, en la que fuimos felices y criamos a nuestros hijos. Presumíamos de nuestra casa, pero no nos dábamos cuenta de que no era nuestra, si no del banco. Fuimos unos ingenuos. ¿Que si me arrepiento de haber firmado esos papeles? ¡Pues claro! Pero los firmé, sin pensar en las consecuencias, sin pensar en qué podría pasar si algún día dejábamos de poder pagarla. ¡Podrían haber escrito que les vendía mi alma, y aún así hubiera firmado! ¿Quién podría pensar que algún día, por culpa de la crisis, perdería mi trabajo? ¿Que dejaría de llegar dinero a nuestra casa? ¿Que tendría que elegir entre comer o pagar la hipoteca? Cuando mi mujer enfermó, debíamos ya miles de euros al banco, al banco que me había despedido hacía pocos años. Apenas pudieron hacer nada por ella, nuestras condiciones de vida eran bastante pésimas, así que no llegó en buen estado al hospital. Pero aún así... Aún así podrían haberlo intentado. En realidad, la culpa no la tuvieron los médicos, ni las condiciones en las que se encontraba. La culpa fue de la escasez de medios de los que disponía el hospital. La Sanidad degeneró mucho desde que comenzó la crisis, se convirtió en un negocio, servía para ganar dinero, no para ayudar a las personas. Durante el tiempo en el que permanecimos en el hospital, el dinero que le debíamos al banco aumentó sin que nosotros pudiéramos hacer nada. Me llamaron más de una vez para hablar conmigo, para ponerme al día sobre la grave situación de la casa. ¡Grave situación, cómo si la casa fuera más importante que mi mujer! Fui a hablar con ellos, me pusieron encima de la mesa la cifra que les debía y me pidieron que saneara mis cuentas. Yo les expliqué la situación en la que se encontraba mi mujer. Sintieron lástima por mí, pero ellos no podían hacer nada, sólo eran simples peones, como lo fui yo en su época. Meses más tarde me llamaron para comunicarme que ya no podíamos continuar en esa situación. Mi mujer acababa de fallecer hacía unos días, ya no me importaba nada. Pusieron la casa en subasta, pero nadie la compraba. De todas formas, me la quitaron, me desahuciaron y me echaron a la calle. Ahora duermo en un cajero, como lo que me da la poca que gente que siente lástima por mí y voy a visitar a mi mujer al cementerio. Le cuento que estoy vivo, que todo está bien, que no pasa nada. Le digo que la echo de menos, que ojalá siguiese conmigo para poder afrontar la situación juntos, que la gente me da de comer. Me callo que, a pesar de que esté vivo, preferiría estar muerto.

    Ahora ya sabes mi historia. Y espero, que como yo, no culpes a nadie. Yo sólo culpo a la sociedad, porque la sociedad me ha convertido en esto. En un asqueroso despojo humano.

    miércoles, 3 de abril de 2013

    A simple vista puede
    que no sea más que una chica mona,
    del montón.
    Pero, si se lo propone,
    puede hacer envidiar a las estrellas.

    Se trata de un vacío sin definición donde suenan, tristísimas, las notas del piano doméstico cuyas teclas nadie pulsa ya. Aroma lejano, nunca olvidado, de carne infantil, fiebre maligna enfriándose en el dolor seco de una habitación vacía. Soledad de silencios sin lágrimas, pero que gotean como el tictac cruel de un reloj. Mirada ausente, en suma, de la mujer que ahora vaga por la casa y la vida de Rogelio Tizón como un reproche, un testigo, un fantasma o una sombra.


    El asedio
    Arturo Pérez-Reverte

    Legend

    La República, situada en lo que en tiempos fue la costa oeste de los Estados Unidos, está embarcada en una guerra interminable con el país vecino, las Colonias. June y Day, dos ciudadanos de la República, tienen la misma edad -quince años- y viven en la misma ciudad -Los Ángeles-. Sin embargo, habitan en mundos opuestos: mientras que June es una chica privilegiada, destinada a ocupar un lugar en la elite del país por su condición de niña prodigio, Day vive en la clandestinidad y se dedica a sabotear los manejos de un gobierno que considera corrupto y asesino. No hay ninguna razón para que los caminos de June y de Day se crucen... hasta el día en que Metias, el hermano de June, es asesinado, y Day se convierte en el principal sospechoso del crimen. Entonces, June y Day emprenden un mortal juego del ratón y el gato, en el que él lucha por la supervivencia de su familia mientras ella busca vengar la muerte de su hermano.

    «Porque cada día tenemos por delante veinticuatro horas más; cada día puede pasar cualquier cosa. Hay que vivir en el momento, porque para morir solo hace falta un instante. Hay que vivir día a día. Y hay que tratar de caminar en la luz».

    martes, 19 de marzo de 2013

    Tecnófilos

    Me subo al autobús algo nervioso, no estoy muy convencido de que me llegue el saldo de la tarjeta. Entro, meto la tarjeta en el dispositivo y miro incómodo al autobusero. El lector pita, pero no por saldo insuficiente, sino que se trata de un error. Vuelvo a meter la tarjeta y salta de nuevo. Me pongo nervioso. Suelo ponerme nervioso con cosas tan insignificantes como esta. Saco la tarjeta, la froto en el pantalón y lo vuelvo a intentar. Ahora sí que la lee, y aún quedaba dinero suficiente para el viaje. Miro el saldo restante: 15 céntimos. Espero acordarme luego de recargarla. Voy hacia el fondo y me siento. Lo bueno de coger el autobús a media mañana y llegar tarde a clase es que te puedes sentar. Dejo la mochila en el suelo, entre mis piernas, y me desabrocho el abrigo. Me llevo la mano al bolsillo de los vaqueros en busca del móvil, pero no lo encuentro. Suelto unas cuantas palabras malsonantes por lo bajo, me lo he debido dejar en casa. Malditos despistes, maldito sueño y malditas prisas. Saco el reproductor de música, me ajusto los cascos y busco algo que hacer con él durante el viaje al instituto. Nada. ¿Por qué demonios no tengo un reproductor de música más sofisticado? No tiene ni juegos. Al final opto por observar a la gente que viaja conmigo en el autobús. A fin de cuentas, no tengo otra cosa que hacer. Todo el mundo va a su aire, totalmente enganchados a sus dispositivos electrónicos. Nadie habla con nadie, no puedo siquiera cotillear conversaciones ajenas. Los móviles parecen ser parte de ellos, reaccionan inmediatamente a cualquier vibración, aunque sea imaginada. ¿Tendrán todavía imaginación? ¿Sabrán entretenerse cuando no tengan sus móviles? ¿Podrán vivir sin ellos? Pero una idea me aterra más que todas esas preguntas, y es que yo soy exactamente igual que ellos.

    lunes, 11 de marzo de 2013

    Miras las gotas que corren por el cristal
    de esa ventana que en realidad odias,
    esos coches que se paran en los semáforos
    con los motores aún en marcha,
    consumiendo ese tiempo que ya no tienen.

    Delirios de un domingo por la noche

    ¿Quién sabe? A lo mejor no es tan fácil desintoxicarse de alguien. Dicen que, cuando te enamoras, es como si aspiraras tan fuerte que parte de esa persona se desliza dentro de ti y se te incrusta en el corazón. No sé si será verdad, pero es una bonita metáfora. Tampoco sé dónde lo leí, o a lo mejor no lo leí en ningún sitio. Puede que me lo acabe de inventar, pero eso es algo que no sabré nunca.

    viernes, 22 de febrero de 2013

    Animales racionales


    La racionalidad es esa capacidad humana que permite pensar, evaluar y actuar mediante el uso de la razón. Se supone que esta característica es la que nos diferencia de los animales, pero la realidad que ven mis ojos hace que no pare de hacerme esta misma pregunta una y otra vez: ¿quiénes son los verdaderos animales aquí? ¡Dime!

    ¿No es maltrato animal? Tú pregúntale a un torero, que le parece normal matar a cambio de dinero: dirás que los animales no sufren, ¿verdad? Clávate una espada en la espalda y quizá entonces puedas hablar. Me alegro cuando veo una cornada en toda tu boca, y fusilaba a todo el mundo que apalease a una foca para luego ir a la moda, y ni loca te arrancarías tu piel para vestir ni aunque fueras masoca. Y esto va para la que lanzó cachorrillos al río: ¿serás capaz de hacer lo mismo de mayor, con tus críos? Hoy en día la violencia es diversión. Yo me haría un abrigo de zorra como tú, pero no de bisón. 
    Merece la horca el cazador furtivo, no es por supervivencia, así que somos los seres más primitivos. Y se habla de evolución y cada día veo en las noticias la sangre fría del que no tiene corazón. En España torear es arte, pa' mí una tortura, vaya asco de país que lo consideran cultura. Basado en hechos reales, sólo porque existimos. ¿Animales racionales? Podéis llamarnos asesinos. 

    Cuánto hijo de puta anda suelto, todo el que maltrata un animal merecería estar muerto. O lejos del mundo matándose unos a otros, los más peligrosos de este planeta somos nosotros.
    Cuánto hijo de puta anda suelto, todo el que maltrata un animal merecería estar muerto. O lejos del mundo matándose unos a otros, los más peligrosos de este planeta somos nosotros.

    ¿Quieres un animal de compañía pa' pegarle? Tu complejo de inferioridad es más grande cada día, ellos nunca te lo harían, ¡cobarde! Si lo abandonas porque ya no es un cachorro mono como antes. ¡Argh! Me dáis asco y me da pena ver a tanto ser humano sin sangre en las venas. Pido más condena, el hombre entre jaulas y cadenas, a veces pienso que ojalá nosotros fuéramos su cena. Adiestrados, enjaulados, explotados en los circos, tan fácil de ver como ponerte Telecinco. Para ti entretenimiento y diversión, la tortura, el sufrimiento es morbo y el morbo vende en televisión. Cabezas disecadas son un trofeo en tu salón, pido la salvación pa' las ballenas de Japón. No merecemos perdón, nuestra extinción es mi deseo. ¿Animales racionales? Los humanos no lo creo. 

    Cuánto hijo de puta anda suelto, todo el que maltrata un animal merecería estar muerto. O lejos del mundo matándose unos a otros, los más peligrosos de este planeta somos nosotros.
    Cuánto hijo de puta anda suelto, todo el que maltrata un animal merecería estar muerto. O lejos del mundo matándose unos a otros, los más peligrosos de este planeta somos.

    Estoy harto y manifiesto, sufro al ver un animal que es capaz de hacer todo esto por su propia voluntad. 

    Multinacionales que testean sus productos con animales que no pueden defenderse y no es justo. Informaros bien de lo que compráis, porque la sangre vertida estará en vuestras manos si las apoyáis. Ejecuciones públicas si se escapan del matadero, no hay dardos tranquilizantes, es un gasto innecesario de dinero. Hago un llamamiento para que no pensemos que no somos capaces de hacer nada. Por ese motivo mismo escribo esta canción, quiero hacer reflexionar al animal más cabrón, al que tortura por mera diversión. El ser humano, reflexiona, si estás conmigo sólo alza la mano. 

    Cuánto hijo de puta anda suelto, todo el que maltrata un animal merecería estar muerto. O lejos del mundo matándose unos a otros, los más peligrosos de este planeta somos nosotros.
    Cuánto hijo de puta anda suelto, todo el que maltrata un animal merecería estar muerto. O lejos del mundo matándose unos a otros, los más peligrosos de este planeta somos nosotros.

    jueves, 7 de febrero de 2013

    Los siete pecados capitales de la lectura

    Es la primera vez que hago esto. Veréis, Óscar C., de "Un diario perdido en el viento" me ha nominado a un premio, y bueno, allá voy.
    Primero, debéis de saber que tengo sólo 16 años, he leído mucho, pero no demasiado. Así que espero no defraudaros con esto.



    1. Avaricia: ¿Cuál es tu libro más caro y el más barato?
    La verdad es que no lo sé. Yo he sido siempre de ir a la biblioteca, no solía comprar libros hasta hace poco. Y cuando voy a la librería cojo los libros que me llaman la atención, no suelo fijarme en el precio. Luego ya a la hora de pagar es otra historia, pero bueno. Un libro me parece caro a partir de los 18 euros, pero no es lo máximo que he pagado por un libro, recuerdo haber pagado hasta 20 o más, pero no recuerdo qué libro. El libro más barato que he comprado, eso sí que lo recuerdo, fue "La Mecánica del Corazón", de Mathias Malzieu, por menos de 7 euros.


    2. Ira: ¿Con qué autor tienes una relación de Amor-odio?
    Con Carlos Ruíz Zafón. Sólo he leído dos libros, "El Príncipe de la Niebla" y "Marina", y me encantaron los dos. Pero su problema es que se repite demasiado, las tramas tienen semejanzas, y digamos que cansa un poco que en todos sus libros haya seres de aspecto humano que aterrorizan a los protagonistas, como las estatuas de "El Príncipe de la Niebla" o las marionetas de "Marina".
    Pero es buen autor, yo le recomiendo. Sobre todo "Marina".


    3. Gula: ¿Qué libro te devoras una vez tras otra?
    No suelo releer muchos libros, si no no me daría tiempo a leer otros. Pero hay autores que releo sin parar, como Marianne Curley o Ana Alonso y Javier Pelegrín. De la primera, leo una y otra vez "El Círculo del Fuego". De los segundos, me encanta la serie de "La Llave del Tiempo".


    4. Pereza: ¿Qué libro no has leído por flojera?
    No soy muy perezosa con los libros, cuando me empiezo un libro suelo acabármelo, me cuesta dejarlos a medias, aunque sean aburridos. Pero hay uno con el que no he podido nunca, "El Amuleto de Samarkanda", de Jonathan Stroud.


    5. Orgullo: ¿De qué libro hablas para sonar intelectual?
    No suelo presumir de los libros que he leído, realmente, con la gente de mi edad, si te has leído un libro de "intelectuales" te tachan inmediatamente de raro. Pero eso me importa poco, la verdad.
    Me siento orgullosa de haberme leído "Frankestein" (un libro maravilloso, por cierto), "Cándido" (ése me resultó algo aburrido) y de estar leyéndome en estos momentos "El Quijote" (que me tiene enganchada).


    6. Lujuria: ¿Qué encuentras atractivo en los personajes femeninos o masculinos?
    La riqueza con la que está descrito, tanto su físico como su personalidad. Cuanto más rico es, más me gusta. Pongo un ejemplo, el personaje que más me ha atraído de todos los libros que he leído: Alejandra, de la ya citada "La Llave del Tiempo", de Ana Alonso y Javier Pelegrín. Es un personaje muy bien trabajado, y muy rico filosóficamente hablando.


    7. Envidia: ¿Qué libro te gustaría recibir como regalo?
    "La Princesa Prometida", de William Goldman. Es un libro que me tiene ganada desde siempre, ya que he visto esa película más de veinte veces, y me encanta.


    NORMAS:
    - Nomina a cinco personas.
    - Llévate la foto del premio a tu blog y comenta en esta entrada como que vas a participar (opcional).

    Bueno, pues ya que he llegado al final, voy a nominar a cinco personas, conocidos míos a los que recomiendo: