viernes, 1 de febrero de 2013

Todo es azul

- Todo es azul - murmuró con los ojos cerrados.
- ¿Qué dices?
- Calla un momento. Cierra los ojos. Deja que las palabras te lleven. Repite: todo es azul.
Ella hizo lo que le indicaba.
- Todo es azul.
Estaban sentadas en una zona poco transitada, frente a frente, cada una en un banco. No sabían quién había colocado los bancos así, pero era cómodo. No habían hablado mucho, tampoco se conocían demasiado. Pero, de repente, al dejarse llevar, sintió como si la conociese de toda la vida. Pero algo fallaba, era demasiado absurdo. ¿Para qué demonios hacían eso?
- No sé qué quieres que pase - se quejó, abriendo los ojos -. No lo entiendo. ¿Para qué quieres que todo sea azul?
La otra chica siguió con los ojos cerrados. Parecía una muñeca de porcelana en esa posición: relajada, sentada delicadamente en un banco y con los ojos cerrados. Disfrutaba mirándola, le parecía el ser más hermoso que había sobre la Tierra. Era rubia, con el pelo liso y muy largo. Lo llevaba suelto, sin adornos. Su tez era blanca, pero con las mejillas sonrosadas por el frío. Tenía los labios finos y rosados, lo que dulcificaba aún más su cara acorazonada. Abrió los ojos, unos ojos grandes de color aguamarina, y alzó una ceja al percatarse de que la miraba fijamente.
- ¿Qué haces?
- Observarte.
- Eso ya lo veo, me refería a por qué me observas.
- Pues entonces en vez de "¿Qué haces?" haber preguntado "¿Por qué me observas?".
- Sigues sin contestar a mi pregunta.
- Tú tampoco has contestado a la mía. ¿Por qué quieres que todo sea azul?
- Porque me parece un color muy bonito. ¿Por qué me observabas?
- Porque me pareces muy guapa.
La chica se quedó sin palabras, como si lo que le acababan de decir no fuera algo obvio.
- ¿Qué pasa? - le preguntó la otra -. No me parece haber dicho nada extraño, seguramente te lo digan a menudo.
- S-s-sí - arrastró la palabra -. Pero suelen ser chicos, chicos sin nada más que hacer que piropear a las chicas que pasan por delante. Nunca me lo había dicho... ya sabes... una chica.
- ¿Una chica no puede fijarse en que otra chica es guapa?
- No me refería a eso, me refería a que lo has dicho como si yo... te gustase - se ruborizó.
- Y eso, ¿qué tiene de malo?
- Nada, pero...
Dejó la palabra en el aire y se recogió sobre el banco. Llevaba una sudadera gris y unos vaqueros decolorados. Era una vestimenta muy sencilla, como si estuviese al tanto de su belleza y no quisiera resaltarla, pero que sólo conseguía hacerla más guapa, al menos a sus ojos. La única nota de color que se había permitido eran unas zapatillas de tela rosa, pero no rosa fucsia, si no un rosa suave, delicado, como ella.
-Pero... ¿Qué?
- Nada, no importa.
-Puede que a ti no te importe, pero a mí sí. Me importa todo lo que tengas que decir porque desde que te conocí todo mi mundo gira a tu alrededor. Todo. Has cambiado mi vida de arriba a abajo, eres en lo primero que pienso al despertarme y lo último en lo que pienso antes de dormirme. Me pongo nerviosa cuando quedamos, me cambio de ropa siete u ocho veces antes de salir contigo, y cuando nos separamos sólo pienso en cuándo te voy a volver a ver. Me importa todo lo que tengas que decir porque, llámame tonta, pero me he enamorado de ti.
Ella había estado atenta a cada una de sus palabras, con los ojos totalmente abiertos, esos ojos color aguamarina tan expresivos que la caracterizaban.
- Así que contéstame. ¿Qué ibas a decir?
La chica negó con la cabeza, estupefacta. La había dejado de nuevo sin palabras, a ella, que siempre sabía qué decir. Le había declarado su amor como si fuera la cosa más sencilla del mundo. Su amor hacia ella. Se levantó, estiró las piernas y le tendió una mano para que la imitara. Una vez que las dos estuvieron de pie, le rodeó la cara con las manos, apoyó la frente contra la suya y, mirándola a los ojos, susurró las palabras más difíciles que jamás había pronunciado:
- Te amo, desde la primera vez que te vi.
Y tras eso, se fundieron en el beso más dulce, tierno y sincero de toda su vida.

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