martes, 19 de marzo de 2013

Tecnófilos

Me subo al autobús algo nervioso, no estoy muy convencido de que me llegue el saldo de la tarjeta. Entro, meto la tarjeta en el dispositivo y miro incómodo al autobusero. El lector pita, pero no por saldo insuficiente, sino que se trata de un error. Vuelvo a meter la tarjeta y salta de nuevo. Me pongo nervioso. Suelo ponerme nervioso con cosas tan insignificantes como esta. Saco la tarjeta, la froto en el pantalón y lo vuelvo a intentar. Ahora sí que la lee, y aún quedaba dinero suficiente para el viaje. Miro el saldo restante: 15 céntimos. Espero acordarme luego de recargarla. Voy hacia el fondo y me siento. Lo bueno de coger el autobús a media mañana y llegar tarde a clase es que te puedes sentar. Dejo la mochila en el suelo, entre mis piernas, y me desabrocho el abrigo. Me llevo la mano al bolsillo de los vaqueros en busca del móvil, pero no lo encuentro. Suelto unas cuantas palabras malsonantes por lo bajo, me lo he debido dejar en casa. Malditos despistes, maldito sueño y malditas prisas. Saco el reproductor de música, me ajusto los cascos y busco algo que hacer con él durante el viaje al instituto. Nada. ¿Por qué demonios no tengo un reproductor de música más sofisticado? No tiene ni juegos. Al final opto por observar a la gente que viaja conmigo en el autobús. A fin de cuentas, no tengo otra cosa que hacer. Todo el mundo va a su aire, totalmente enganchados a sus dispositivos electrónicos. Nadie habla con nadie, no puedo siquiera cotillear conversaciones ajenas. Los móviles parecen ser parte de ellos, reaccionan inmediatamente a cualquier vibración, aunque sea imaginada. ¿Tendrán todavía imaginación? ¿Sabrán entretenerse cuando no tengan sus móviles? ¿Podrán vivir sin ellos? Pero una idea me aterra más que todas esas preguntas, y es que yo soy exactamente igual que ellos.

lunes, 11 de marzo de 2013

Miras las gotas que corren por el cristal
de esa ventana que en realidad odias,
esos coches que se paran en los semáforos
con los motores aún en marcha,
consumiendo ese tiempo que ya no tienen.

Delirios de un domingo por la noche

¿Quién sabe? A lo mejor no es tan fácil desintoxicarse de alguien. Dicen que, cuando te enamoras, es como si aspiraras tan fuerte que parte de esa persona se desliza dentro de ti y se te incrusta en el corazón. No sé si será verdad, pero es una bonita metáfora. Tampoco sé dónde lo leí, o a lo mejor no lo leí en ningún sitio. Puede que me lo acabe de inventar, pero eso es algo que no sabré nunca.