lunes, 29 de abril de 2013

Cuando 3+1 dejan de ser 4, pero 4+3 siguen siendo 7.

Quizá ya va siendo hora,
o quizá no. Pero,
¿qué quieres que te diga?
A mí ya no me salen las cuentas
si no es con calculadora.
Puede que (no quiero decirlo)
se haya quedado sin pilas.
Y es justo en ese momento
      -cuando-
el mundo empieza a desmoronarse.

domingo, 28 de abril de 2013

Cuando sabes que así no llegas a ninguna parte

El amor no es un interruptor que se encienda o se apague a voluntad, pero esto es algo que mucha gente no comprende. Hay quien piensa que dejando de hablar con alguien puedes dejar de quererle. Y hay quien piensa lo contrario. ¿De verdad cortando una relación puedes hacer desaparecer los sentimientos? ¿O es justo lo contrario?

Yo he aprendido que, actuando así, los sentimientos se hacen más intensos. La añoranza los aviva, los hace más fuertes. A veces cambian un poco, pero, curiosamente, siguen estando ahí.

Y lo peor es que duelen.

jueves, 18 de abril de 2013

Tanatorio

Es un lugar siniestro. Todo está perfectamente ordenado, demasiado meticuloso. Colores claros, asientos claros. Todo es de color claro excepto las puertas. Las puertas son de color negro con una chapa plateada.

Tras la primera puerta hay una mujer llorando desconsoladamente mientras mira tras el cristal. Fuera se reúne gente, conocida y desconocida. Comentan que fue un gran hombre, formal y cariñoso con su familia. Estaba jubilado y hacía años que había empezado a perder la cabeza, pero eso la gente no lo comenta. Comentan sólo lo bueno, obvian lo malo. Los mayores cuentan anécdotas de su vida. Y dentro, la mujer sigue llorando mientras mira su cadáver.

Tras la segunda puerta hay cuatro personas sentadas en los asientos, con la mirada perdida. Se preguntan por qué, como todos. Era de mediana edad, padre de familia. No tendría ni 50 años. No lloran, aún no han podido asimilar la situación. Entra y sale gente de la sala. Llega alguien conocido, saluda, da el pésame, se asoma a la vitrina y sale, donde habla con los demás.

Junto a la tercera puerta hay un gran grupo de personas vestidas de traje. El libreto de pésame está casi al completo. Dentro, la familia llora y da las gracias cuando se acerca alguien a decir «Lo siento», como si de verdad lo sintieran.

Y así, puerta tras puerta, se repite la misma situación, las historias confluyen.
Y fuera, el mundo continúa su curso.

martes, 9 de abril de 2013

Despojo humano

No soy nadie. Bueno, al menos no soy quien yo era antes. Me cuesta creer incluso que sea una persona. ¿De verdad puedo seguir fingiendo que sigo manteniendo mi humanidad? Me lo quitaron todo, me dejaron sin absolutamente nada para vivir. Podría haber muerto y a nadie le hubiera importado.
Quizá te preguntes quién me ha hecho esto. O quizá no. Es posible que nadie llegue a leer nunca estas palabras, así que te voy a contestar, aunque sólo sea para desahogarme. Y a lo mejor, sólo a lo mejor, te intereses por mi historia.

Nací un día de verano hace ya muchos años, pero no me preguntes cuántos, porque ya no me acuerdo. Me crió mi madre, ya que mi padre dedicaba todo su tiempo a trabajar y, cuando volvía, se sentaba en el sofá a leer el periódico y dejaba que mi madre lo hiciese todo. Por aquel entonces, la sociedad era bastante machista. Fui el mayor de cuatro hermanos, y los crié a todos casi en su totalidad. A pesar de ello, fui a un buen colegio y pasé las pruebas de acceso a la Universidad con buena nota. Iba camino de convertirme en médico, pero en mi casa no había suficiente dinero para pagarme la carrera. Acabé trabajando en un banco, un trabajo que me consiguió mi padre. Allí conocí a mi esposa, una mujer hermosa que murió de cáncer el año pasado. Tuvimos dos hijos, a los que conseguí dar la educación que no me pudieron dar a mí. Se fueron a trabajar al extranjero, y me alegra que no tengan que ver en lo que me he convertido. Cuando mi esposa y yo nos casamos, hicimos lo que hacía todo el mundo. Nos arreglamos, nos dirigimos al banco en el que trabajábamos y pedimos una hipoteca. Con aquella hipoteca compramos una casa preciosa, en la que fuimos felices y criamos a nuestros hijos. Presumíamos de nuestra casa, pero no nos dábamos cuenta de que no era nuestra, si no del banco. Fuimos unos ingenuos. ¿Que si me arrepiento de haber firmado esos papeles? ¡Pues claro! Pero los firmé, sin pensar en las consecuencias, sin pensar en qué podría pasar si algún día dejábamos de poder pagarla. ¡Podrían haber escrito que les vendía mi alma, y aún así hubiera firmado! ¿Quién podría pensar que algún día, por culpa de la crisis, perdería mi trabajo? ¿Que dejaría de llegar dinero a nuestra casa? ¿Que tendría que elegir entre comer o pagar la hipoteca? Cuando mi mujer enfermó, debíamos ya miles de euros al banco, al banco que me había despedido hacía pocos años. Apenas pudieron hacer nada por ella, nuestras condiciones de vida eran bastante pésimas, así que no llegó en buen estado al hospital. Pero aún así... Aún así podrían haberlo intentado. En realidad, la culpa no la tuvieron los médicos, ni las condiciones en las que se encontraba. La culpa fue de la escasez de medios de los que disponía el hospital. La Sanidad degeneró mucho desde que comenzó la crisis, se convirtió en un negocio, servía para ganar dinero, no para ayudar a las personas. Durante el tiempo en el que permanecimos en el hospital, el dinero que le debíamos al banco aumentó sin que nosotros pudiéramos hacer nada. Me llamaron más de una vez para hablar conmigo, para ponerme al día sobre la grave situación de la casa. ¡Grave situación, cómo si la casa fuera más importante que mi mujer! Fui a hablar con ellos, me pusieron encima de la mesa la cifra que les debía y me pidieron que saneara mis cuentas. Yo les expliqué la situación en la que se encontraba mi mujer. Sintieron lástima por mí, pero ellos no podían hacer nada, sólo eran simples peones, como lo fui yo en su época. Meses más tarde me llamaron para comunicarme que ya no podíamos continuar en esa situación. Mi mujer acababa de fallecer hacía unos días, ya no me importaba nada. Pusieron la casa en subasta, pero nadie la compraba. De todas formas, me la quitaron, me desahuciaron y me echaron a la calle. Ahora duermo en un cajero, como lo que me da la poca que gente que siente lástima por mí y voy a visitar a mi mujer al cementerio. Le cuento que estoy vivo, que todo está bien, que no pasa nada. Le digo que la echo de menos, que ojalá siguiese conmigo para poder afrontar la situación juntos, que la gente me da de comer. Me callo que, a pesar de que esté vivo, preferiría estar muerto.

Ahora ya sabes mi historia. Y espero, que como yo, no culpes a nadie. Yo sólo culpo a la sociedad, porque la sociedad me ha convertido en esto. En un asqueroso despojo humano.

miércoles, 3 de abril de 2013

A simple vista puede
que no sea más que una chica mona,
del montón.
Pero, si se lo propone,
puede hacer envidiar a las estrellas.

Se trata de un vacío sin definición donde suenan, tristísimas, las notas del piano doméstico cuyas teclas nadie pulsa ya. Aroma lejano, nunca olvidado, de carne infantil, fiebre maligna enfriándose en el dolor seco de una habitación vacía. Soledad de silencios sin lágrimas, pero que gotean como el tictac cruel de un reloj. Mirada ausente, en suma, de la mujer que ahora vaga por la casa y la vida de Rogelio Tizón como un reproche, un testigo, un fantasma o una sombra.


El asedio
Arturo Pérez-Reverte

Legend

La República, situada en lo que en tiempos fue la costa oeste de los Estados Unidos, está embarcada en una guerra interminable con el país vecino, las Colonias. June y Day, dos ciudadanos de la República, tienen la misma edad -quince años- y viven en la misma ciudad -Los Ángeles-. Sin embargo, habitan en mundos opuestos: mientras que June es una chica privilegiada, destinada a ocupar un lugar en la elite del país por su condición de niña prodigio, Day vive en la clandestinidad y se dedica a sabotear los manejos de un gobierno que considera corrupto y asesino. No hay ninguna razón para que los caminos de June y de Day se crucen... hasta el día en que Metias, el hermano de June, es asesinado, y Day se convierte en el principal sospechoso del crimen. Entonces, June y Day emprenden un mortal juego del ratón y el gato, en el que él lucha por la supervivencia de su familia mientras ella busca vengar la muerte de su hermano.

«Porque cada día tenemos por delante veinticuatro horas más; cada día puede pasar cualquier cosa. Hay que vivir en el momento, porque para morir solo hace falta un instante. Hay que vivir día a día. Y hay que tratar de caminar en la luz».