martes, 9 de abril de 2013

Despojo humano

No soy nadie. Bueno, al menos no soy quien yo era antes. Me cuesta creer incluso que sea una persona. ¿De verdad puedo seguir fingiendo que sigo manteniendo mi humanidad? Me lo quitaron todo, me dejaron sin absolutamente nada para vivir. Podría haber muerto y a nadie le hubiera importado.
Quizá te preguntes quién me ha hecho esto. O quizá no. Es posible que nadie llegue a leer nunca estas palabras, así que te voy a contestar, aunque sólo sea para desahogarme. Y a lo mejor, sólo a lo mejor, te intereses por mi historia.

Nací un día de verano hace ya muchos años, pero no me preguntes cuántos, porque ya no me acuerdo. Me crió mi madre, ya que mi padre dedicaba todo su tiempo a trabajar y, cuando volvía, se sentaba en el sofá a leer el periódico y dejaba que mi madre lo hiciese todo. Por aquel entonces, la sociedad era bastante machista. Fui el mayor de cuatro hermanos, y los crié a todos casi en su totalidad. A pesar de ello, fui a un buen colegio y pasé las pruebas de acceso a la Universidad con buena nota. Iba camino de convertirme en médico, pero en mi casa no había suficiente dinero para pagarme la carrera. Acabé trabajando en un banco, un trabajo que me consiguió mi padre. Allí conocí a mi esposa, una mujer hermosa que murió de cáncer el año pasado. Tuvimos dos hijos, a los que conseguí dar la educación que no me pudieron dar a mí. Se fueron a trabajar al extranjero, y me alegra que no tengan que ver en lo que me he convertido. Cuando mi esposa y yo nos casamos, hicimos lo que hacía todo el mundo. Nos arreglamos, nos dirigimos al banco en el que trabajábamos y pedimos una hipoteca. Con aquella hipoteca compramos una casa preciosa, en la que fuimos felices y criamos a nuestros hijos. Presumíamos de nuestra casa, pero no nos dábamos cuenta de que no era nuestra, si no del banco. Fuimos unos ingenuos. ¿Que si me arrepiento de haber firmado esos papeles? ¡Pues claro! Pero los firmé, sin pensar en las consecuencias, sin pensar en qué podría pasar si algún día dejábamos de poder pagarla. ¡Podrían haber escrito que les vendía mi alma, y aún así hubiera firmado! ¿Quién podría pensar que algún día, por culpa de la crisis, perdería mi trabajo? ¿Que dejaría de llegar dinero a nuestra casa? ¿Que tendría que elegir entre comer o pagar la hipoteca? Cuando mi mujer enfermó, debíamos ya miles de euros al banco, al banco que me había despedido hacía pocos años. Apenas pudieron hacer nada por ella, nuestras condiciones de vida eran bastante pésimas, así que no llegó en buen estado al hospital. Pero aún así... Aún así podrían haberlo intentado. En realidad, la culpa no la tuvieron los médicos, ni las condiciones en las que se encontraba. La culpa fue de la escasez de medios de los que disponía el hospital. La Sanidad degeneró mucho desde que comenzó la crisis, se convirtió en un negocio, servía para ganar dinero, no para ayudar a las personas. Durante el tiempo en el que permanecimos en el hospital, el dinero que le debíamos al banco aumentó sin que nosotros pudiéramos hacer nada. Me llamaron más de una vez para hablar conmigo, para ponerme al día sobre la grave situación de la casa. ¡Grave situación, cómo si la casa fuera más importante que mi mujer! Fui a hablar con ellos, me pusieron encima de la mesa la cifra que les debía y me pidieron que saneara mis cuentas. Yo les expliqué la situación en la que se encontraba mi mujer. Sintieron lástima por mí, pero ellos no podían hacer nada, sólo eran simples peones, como lo fui yo en su época. Meses más tarde me llamaron para comunicarme que ya no podíamos continuar en esa situación. Mi mujer acababa de fallecer hacía unos días, ya no me importaba nada. Pusieron la casa en subasta, pero nadie la compraba. De todas formas, me la quitaron, me desahuciaron y me echaron a la calle. Ahora duermo en un cajero, como lo que me da la poca que gente que siente lástima por mí y voy a visitar a mi mujer al cementerio. Le cuento que estoy vivo, que todo está bien, que no pasa nada. Le digo que la echo de menos, que ojalá siguiese conmigo para poder afrontar la situación juntos, que la gente me da de comer. Me callo que, a pesar de que esté vivo, preferiría estar muerto.

Ahora ya sabes mi historia. Y espero, que como yo, no culpes a nadie. Yo sólo culpo a la sociedad, porque la sociedad me ha convertido en esto. En un asqueroso despojo humano.

2 comentarios:

  1. Gracias por haberlo escrito, me he sentido identificado en ciertas partes y tengo que decir que se me han caído las lágrimas.

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Gracias por leerme.