jueves, 18 de abril de 2013

Tanatorio

Es un lugar siniestro. Todo está perfectamente ordenado, demasiado meticuloso. Colores claros, asientos claros. Todo es de color claro excepto las puertas. Las puertas son de color negro con una chapa plateada.

Tras la primera puerta hay una mujer llorando desconsoladamente mientras mira tras el cristal. Fuera se reúne gente, conocida y desconocida. Comentan que fue un gran hombre, formal y cariñoso con su familia. Estaba jubilado y hacía años que había empezado a perder la cabeza, pero eso la gente no lo comenta. Comentan sólo lo bueno, obvian lo malo. Los mayores cuentan anécdotas de su vida. Y dentro, la mujer sigue llorando mientras mira su cadáver.

Tras la segunda puerta hay cuatro personas sentadas en los asientos, con la mirada perdida. Se preguntan por qué, como todos. Era de mediana edad, padre de familia. No tendría ni 50 años. No lloran, aún no han podido asimilar la situación. Entra y sale gente de la sala. Llega alguien conocido, saluda, da el pésame, se asoma a la vitrina y sale, donde habla con los demás.

Junto a la tercera puerta hay un gran grupo de personas vestidas de traje. El libreto de pésame está casi al completo. Dentro, la familia llora y da las gracias cuando se acerca alguien a decir «Lo siento», como si de verdad lo sintieran.

Y así, puerta tras puerta, se repite la misma situación, las historias confluyen.
Y fuera, el mundo continúa su curso.

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