sábado, 11 de mayo de 2013

La vida sigue

Está sentada en la mesa más apartada del bar, junto a la ventana. Tiene la Coca-Cola entera, apenas ha tocado el vaso. Las burbujas ya hace tiempo que dejaron de subir a la superficie. De vez en cuando, pasa las hojas del periódico que tiene sobre la mesa. Es atrasado, pero no le importa. Lo hojea sin prestarle atención, leyendo sin leer los titulares de las noticias. El bar está en silencio, no hay bullicio, a pesar de que hay bastante gente dispersa entre las mesas y la barra. Nadie habla, no hay conversación. Todos están solos, sin compañía, totalmente perdidos en sus asuntos. De cuando en cuando, se llevan la taza de café a los labios y sorben una mísera cantidad de esa amarga bebida. A esas horas todo el mundo toma café. Salen de la oficina, dan una vuelta, despejan su mente de papeleos y problemas que realmente no les incumben, encienden un cigarrillo que no desean fumar, le dan un par de caladas, lo dejan quemar, lo tiran sin apenas probarlo y se meten en su cafetería habitual. Menos ella. Ella no toma café, no acaba de salir de la oficina ni ha tirado un cigarrillo a medio fumar a la puerta de esa cafetería. Sólo trata de esconderse, pasar desapercibida, desconectar. Pero no puede, todo acaba volviendo a su mente sin que ella pueda evitarlo. Echa la cabeza hacia atrás e intenta concentrarse en la canción que está sonando: la maravillosa “Rocky mountain high”, de John Denver. Sonríe al descubrir que aún no se ha perdido la buena música. John Denver da paso a U2 y a su fantástica “With or without you”. Le sorprende aún más descubrir que el chico que maneja la música detrás de la barra ronda su edad, parece que la juventud no está del todo perdida. Sigue la letra con los labios, articulando las palabras, pero sin pronunciarlas.

And you give yourself away...

Las lágrimas empiezan a rodar por sus mejillas sin que ella pueda evitarlo. “Es curioso cómo puede cambiar todo de un día para otro – piensa -. Un día eres feliz y al día siguiente tu vida se desmorona y no queda rastro ni de los cimientos. Te despiertas y ya no queda nada, sólo migajas, recuerdos de personas que nunca volverán”.

No ha pasado más de un día, quizá sólo unas horas, no está segura. Hace tan solo unas horas, todo era diferente, nada había pasado, su vida era tal y como había sido durante los últimos años. ¿Y ahora qué? ¿Qué se supone que debe hacer ahora? No puede sentarse a esperar a que todo vuelva a ser lo que era, no puede consumirse mientras se abandona a los recuerdos. Él nunca volvería, pero ella sigue viva. Eso es lo único que importa.
Se incorpora en la silla, dobla el periódico y lo deja sobre la mesa. Coge el vaso de Coca-Cola, se lo lleva a la boca y se lo termina en tres tragos. Va haciéndolo todo de forma mecánica, como un autómata, como si estuviera programada para ello. Deja de nuevo el vaso sobre la mesa, se seca los labios y se levanta. Es fácil hacer las cosas cuando no tiene que pensarlas, es como si se las dictasen: “Ahora coge la cazadora del respaldo. Póntela. Primero un brazo. Después el otro. Súbete la cremallera. Mete la mano en el bolsillo. Saca tres monedas de un euro. Déjalas sobre la barra. Dirígete hacia la puerta. Pon la mano en el pomo. Empuja. Sal. Camina”. No sabe a dónde va, tan solo se deja llevar. Sus pies avanzan sin que ella tenga que pensar hacia dónde dirigirlos. Resulta cómodo. Saca el reproductor de música, se pone los cascos y cierra los ojos. Le gusta la música, le ayuda a desconectar. Un rato después, más o menos tres canciones, decide volver a abrir los ojos. Se encuentra junto al río, en ese parque al que tanto solían ir. Es duro ver todo aquello sin su presencia, el parque parece muerto, casi tanto como ellos. Camina lentamente hacia el columpio, un columpio viejo, con la madera demasiado desgastada y las cadenas oxidadas. Ese columpio le hace retroceder a cuando tenía siete años y una madre sobreprotectora:

Cariño. No te acerques al columpio, está muy viejo, te puedes hacer daño. Tira eso, puedes coger cualquier cosa. No pongas la mano ahí, que está oxidado y puedes pillar el tétanos. Hija, vámonos a casa a merendar, pero te tienes que quitar los zapatos y lavar bien las manos antes de entrar en la cocina”.

El recuerdo de la voz de su madre le hace sonreír. Hace mucho que no piensa en ella, y hace más que no va a visitar su tumba al cementerio. Han pasado diez años desde que ella había muerto, desde que se había consumido durante meses en esa cama del hospital. “Es lo que tiene el cáncer - se dice -. Te arrebata lentamente todo lo que te importa, mientras tú te martirizas pensando en cómo aliviar su sufrimiento”. Tenía sólo catorce años cuando el cáncer se llevó a su madre, era una niña, apenas entendía lo que era el cáncer. Y ahora, diez años después, el cáncer le arrebata también a su padre. No es justo quedarse huérfana con tan solo veinticuatro años. Es joven, no sabe lo que es vivir, no sabe todo lo que supone salir adelante. Y además, el país está casi hundido, ¿cómo se supone que va a poder continuar con la carrera y sacar a su hermano adelante a la vez? No sabe ser madre, no sabe cómo tiene que actuar delante de un niño huérfano de doce años. ¿Qué hay que decirle? “Mira, sé que es duro. Mamá murió cuando sólo tenías dos años. Ahora a papá se le ha llevado la misma enfermedad. A partir de este momento sólo estamos nosotros, y tenemos que aprender a ser fuertes juntos”. Lleva rumiando ese pequeño discurso desde el momento en el que el pitido de la máquina al que estaba conectado su padre empezó a ser continuo, pero parece sacado de uno de esos libros de autoayuda que su psicólogo le mandó leer cuando murió su madre. También pensó en llamar al colegio, contarle todo lo ocurrido al director y que fuese él quien se lo dijera a su hermano. Es egoísta, pero los educadores han sido preparados para tratar esos asuntos con los niños. Se decide finalmente por esa opción y marca el número del colegio de su hermano. Le explica el asunto al director con frases cortas, evitando que se le quiebre la voz, y le pide que espere unas cuantas horas, que no está preparada para que su hermano vuelva a casa aún. Cuelga el teléfono, se pone en pie y se dirige a la facultad de Medicina para intentar hacer algunos cambios en el horario que le permitan hacerse cargo de su hermano por las tardes. Decidió estudiar Medicina en el momento en que a su madre le diagnosticaron el cáncer, y quiso especializarse en Oncología para intentar evitar casos como el suyo. Y justo por esa tragedia, se había convertido en la mejor alumna de su promoción. Había pasado la Selectividad con un 9'5 y en los años que llevaba en la facultad su nota no había bajado del 8. Se había dado cuenta de que lo que realmente le hacía seguir adelante era convertirse en una buena médico, dedicarse a la Oncología y trabajar en investigaciones contra el cáncer. Y así sería, pero antes debe ocuparse de que su hermano también saliera adelante.

Llega a la facultad, presenta la solicitud de su cambio de horario, llama al colegio y le dice al director que ha cambiado de opinión, que iría ella a encargarse de su hermano. Se pone de nuevo los cascos y se abandona a la música. Cuando llega al colegio, su hermano está esperándola en uno de los sofás que hay en la entrada, mirándola fijamente con ojos interrogantes. Ella le dedica una de sus mejores sonrisas y firma la salida del niño como su tutora legal. A fin de cuentas, es lo que era. Recoge su mochila del suelo, le agarra de la mano y le lleva a su chocolatería favorita. Su hermano no dice nada, pero ella le nota confuso. Una vez que pide los chocolates con churros y se sientan en una mesa, él decide formular la pregunta que ronda por su cabeza desde que le sacaron de clase y le dijeron que su hermana iría a buscarle:

    - ¿Qué ha pasado? ¿Papá está bien?
    - No, cariño. Papá no está bien, se ha ido, ahora está con mamá – dice las palabras con la mayor dulzura que es capaz de transmitir.
    - Papá... ¿se ha ido? ¿Qué quieres decir con eso? - el niño está cada vez más nervioso, a punto de echarse a llorar.
    - Quiero decir que ahora sólo estamos tú y yo. Pero no vamos a llorar, sino que vamos a tomarnos este chocolate con churros y vamos a alegrarnos de que papá haya dejado de sufrir. Buscaremos todas las fotos que tenemos de ellos y escribiremos un libro de recuerdos. A ti se te da bien escribir – sonríe y su hermano la imita.
    - Recuerdo que a papá le gustaba mucho el chocolate.
    - Es una bonita forma de empezar.
    - ¿Y cómo lo llamaremos? - está emocionado con el proyecto que le acaba de proponer su hermana.
    - ¿Qué te parece “La vida sigue”? - él asiente con convicción, contento.

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