lunes, 8 de julio de 2013

Color atardecer

La primera persona en utilizar la expresión de «A ella. No sé...» fue Bécquer. No hace falta que investigues mucho, simplemente abres ese libro de poesía que te mandaron leer en el instituto y lo encuentras. Rima XXIII. Una de las declaraciones de amor más bellas que he leído:

[A ella. No sé..]
Por una mirada, un mundo;
por una sonrisa, un cielo;
por un beso... ¡Yo no sé
que te diera por un beso!

No es que quiera decirte nada con ésto. Simplemente... era curiosidad. La curiosidad mató al gato, sí. Pero también descubrió un mundo lo suficientemente bonito como para que mucha gente se deje llevar por ella.

¿Te has fijado alguna vez en el color de las nubes al amanecer? Son de color gris claro, amarillento. Para mí es el color de la esperanza, el color que te hace sentir que hay algo más, que existe un mañana. Creo que es un color muy bonito. ¿Y te has fijado en ese amarillo anaranjado del cielo al atardecer? ¿Te has fijado en ese mar de nubes que se colorea de ese color? Mi padre siempre decía que ése era el mar de Castilla. Y tiene razón. Por si quieres saberlo, me gusta más nuestro mar que el de verdad. Es algo íntimo, privado y familiar. Ese color me hace sentir en casa, aunque esté a kilómetros de distancia. Cuando lo veo, puedo oír a mi padre decir que ese es el mar de Castilla, y que es incluso más bonito que el de verdad. Me veo en la galería del salón, en ese décimo piso (que en realidad era un undécimo), sentada en una silla junto a mi padre y admirando el cielo en vez de mirar la tele.

Color atardecer, lo llamo.

Diecinueve minutos

Diecinueve minutos es el tiempo que tardas en cortar el césped del jardín de delante de tu casa, en teñirte el pelo, en ver un tercio de un partido de hockey sobre hielo. Diecinueve minutos es lo que tardas en hacer unos bollos en el horno, o el tiempo que tarda el dentista en empastarte una muela; o el que tardarías en doblar la ropa de una familia de cinco miembros.
En diecinueve minutos se agotaron las entradas para ver a los Tennesse en los play-off. Es lo que dura un episodio de una comedia televisiva, descontando los anuncios. Es lo que se tarda en ir en coche desde la frontera del Estado de Vermont hasta la ciudad de Sterling, en New Hampshire.
En diecinueve minutos puedes pedir una pizza y que te la traigan. Te da tiempo a leerle un cuento a un niño, o a que te cambien el aceite del coche. Puedes recorrer un kilómetro y medio caminando. O coser un dobladillo.
En diecinueve minutos, puedes hacer que el mundo se detenga, o bajarte de él.
En diecinueve minutos, puedes llevar a cabo tu venganza.


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Espero estar muerto para cuando leas esto.
       No se puede deshacer lo que ya ha sucedido; no se puede retirar una palabra que ya ha sido pronunciada. Pensarás en mí y desearás haber sido capaz de hablar conmigo de esto con calma. Tratarás de imaginar qué podrías haber dicho, qué podrías haber hecho. Supongo que yo te habría tranquilizado: «No te eches la culpa, tú no eres responsable», pero sería mentira. Los dos sabemos que yo nunca habría llegado a esto por mí mismo.
      En mi funeral llorarás. Dirás que esto no tendría que haber pasado. Actuarás como todo el mundo espera que actúes. Pero, ¿me echarás de menos?
      Y, lo que es más importante, ¿te echaré yo de menos a ti?
      ¿Alguno de los dos quiere de verdad escuchar la respuesta a esa pregunta?

      Nadie quiere admitirlo, pero las cosas malas seguirán sucediendo siempre. Quizá sea porque todo es una cadena, y hace mucho tiempo alguien hizo la primera cosa mala, y así sucesivamente. Como en ese juego en el que dices algo al oído de alguien, y esa persona se lo dice a su vez al oído de otra, y al final la frase es un completo disparate.
      Aunque, pensándolo bien, tal vez las cosas malas suceden porque es la única forma de que sigamos recordando cómo deberían ser las buenas.

      El hecho de creer o no creer en el Destino se reduce a una cosa: a quién echarle la culpa cuando algo va mal. ¿Crees que tú eres responsable, que si lo hubieras hecho mejor o te hubieras esforzado más no habría sucedido? ¿O lo achacas simplemente a las circunstancias?
      Conozco a personas que, al enterarse de la muerte de alguien, dirían que ha sido voluntad de Dios. Conozco a otras personas que dirían que ha sido mala suerte. Y luego está la opción que yo prefiero: que estaba en el lugar equivocado, en el momento inoportuno.
      Pero claro, también podrían decir eso mismo de mí, ¿verdad?

      Cuando no encajas te vuelves sobrehumano. Puedes sentir los ojos de todos los demás clavados en ti, como el Velcro. Eres capaz de oír una murmuración sobre ti a un kilómetro de distancia. Eres capaz de desaparecer, aun cuando parezca que sigues ahí. Eres capaz de gritar, sin que nadie oiga nada.
      Eres el mutante caído en el barril de ácido, el bufón que ya no puede quitarse la máscara, el hombre biónico que ha perdido todos sus miembros y nada de su corazón.
      Eres esa criatura que una vez fue normal, pero que de eso hace tanto tiempo, que ya no recuerdas cómo era.

      Uno nota cuando la gente lo mira. Es como el calor que despide el asfalto en verano, como la punta de un atizador en la espalda. No se necesita oír ni siquiera un solo cuchicheo para saber que la cosa va de ti.
      Antes solía mirarme en el espejo del baño para qué era lo que ellos tanto miraban. Quería saber qué era lo que les hacía volver la cabeza; qué había en mí que fuera tan increíblemente diferente. Al principio no lo entendía. Quiero decir que era yo, y ya está.
      Hasta que un día al verme reflejado lo entendí. Miré mis propios ojos y sentí aversión hacia mí mismo, quizá tanta como la que ellos sentían.
      Aquel día empecé a creer que ellos tenían razón.

      Pregúntale a cualquier chica de hoy al azar si quiere ser popular y les dirá que no. Pero la verdad es que, si estuviera en medio del desierto muriéndose de sed y tuviera que elegir entre un vaso de agua y la popularidad instantánea, probablemente escogería lo segundo. Lo que pasa es que no puedes reconocer que lo deseas, porque eso te hace parecer menos guay, Para ser popular de verdad, ha de parecer que eres así, cuando en realidad es algo por lo que te esfuerzas.
      No sé si hay nadie que ponga tanto esfuerzo por conseguir algo como los jóvenes en ser populares. Quiero decir que hasta los controladores aéreos y el presidente de América se toman vacaciones, pero si echan una ojeada al alumno medio de instituto, verán a alguien que se dedica a buscar la popularidad en cuerpo y alma, las veinticuatro horas al día, durante todo lo que dura el año escolar.
      Entonces, ¿cómo entrar a formar parte de ese sanctasanctórum? Bueno, ésa es la pega: no depende de ti. Lo que cuenta es lo que los demás piensan de tu forma de vestir, de lo que comes para almorzar, de los programas de la tele que grabas, de la música que llevas en el iPod.
      Pero yo siempre me pregunto cosas como: si lo que cuenta es la opinión de los demás, entonces, ¿tú tienes una opinión que sea tuya de verdad?

      Sterling no es un lugar problemático. No encuentras vendedores de crack en la calle principal ni hogares por debajo del nivel de pobreza. El índice de criminalidad es prácticamente nulo.
      Por eso la gente todavía está tan anonadada.
      Preguntan, «¿cómo ha podido ocurrir esto aquí?»
      Bueno. ¿Por qué no podría ocurrir aquí?
      Lo único que hace falta es un chico con problemas con acceso a un arma.
      No necesitas ir a un sitio problemático para encontrar a alguien que satisfaga este requisito. Sólo es preciso abrir los ojos. El siguiente candidato puede estar en el piso de arriba, o tumbado frente a tu televisor en este momento. Pero, eh, tú sigue haciendo como si eso no fuera a pasar aquí. Sigue diciéndote a ti mismo que eres inmune por vivir donde vives o por ser quien eres.
      Es más fácil así, ¿no?

      Cuando era pequeño, solía poner sal en las babosas. Me gustaba observar cómo se disolvían delante de mis ojos. La crueldad es divertida hasta que te das cuenta de que alguien sale herido.
      Ser un perdedor podría ser algo llevadero, si eso sólo significara que nadie te prestaba atención, pero en la escuela significaba que eras buscado activamente. Tú eres la babosa y ellos tienen la sal. Y no han desarrollado una conciencia.
      Hay una palabra que aprendimos en ciencias sociales: schadenfreude. Es cuando disfrutas viendo el sufrimiento de otro. La pregunta es, ¿por qué? Creo que forma parte del instinto de autoconservación: si quieres subir más arriba de la escalera, debes pisar a alguien más. Y en parte eso se debe a que un grupo se siente mucho más grupo cuando se une contra un enemigo. No importa  si ese enemigo nunca ha hecho nada por lastimarte, sólo tienes que hacer como si odiaras a alguien más de lo que te odias a ti mismo.
      ¿Sabes por qué la sal les hace eso a las babosas? Porque se disuelve en el agua que forma parte de la piel de la babosa y el nivel de agua que hay dentro de su cuerpo comienza a descender. La babosa se deshidrata. También funciona con los caracoles. Y con las sanguijuelas. Y con la gente como yo.
      Con cualquier criatura, en realidad, con la piel demasiado delgada como para existir por sí misma.

      Creo que la vida de una persona es como un DVD. Puedes ver la versión que todos ven o puedes elegir la del director: lo que él quiere que veas, antes de que todo lo demás se interponga.
      Hay menús, probablemente para que puedas comenzar en las partes buenas y no tengas que revivir las malas. Puedes medir tu vida por el número de escenas en las que has sobrevivido o los minutos en que has estado allí.
      Sin embargo, la vida es más como uno de esos vídeos tontos de las cintas de vigilancia. Borrosas, por más fijamente que las mires. Y circulares: la misma cosa, una y otra vez.

martes, 2 de julio de 2013

Yinn

«Mi nombre es Akil y soy un yinn, un espíritu del otro lado del tiempo, una criatura de la eternidad. Soy muy poderoso, soy inmortal... y estoy aquí para serviros, mi señor».

Se trata de la nueva trilogía de mis adorados Ana Alonso y Javier Pelegrín. Esta vez, el marco histórico se sitúa en la Península Ibérica del siglo XII, donde las tradiciones cristiana, musulmana y judía se entremezclan. Y de nuevo, los autores se han decantado por la dinámica de varios protagonistas. Éstos son Diego, un noble leonés que ha perdido sus tierras; Sahar, la hija de un célebre médico de Isibiliya (también conocida como Sevilla); Yehudá, un joven judío cabalista de Toledo; y Olaya, la heredera de un conde de Galicia. Pero, por supuesto, hay un personaje que destaca por encima de los demás: Akil, un ser mágico de la mitología musulmana que vuelve al mundo de los hombres en el año 1120 para servir a Diego, que ha perdido sus tierras a manos de su padrastro y está dispuesto a todo por recuperarlas.

Por medio de numerosas aventuras, los caminos de los protagonistas se entrelazan, hasta crear unos lazos impropios de la época entre tres personas de diferentes religiones (Diego, Sahar y Yehudá) y entre Akil, un ser mágico que, poco a poco, se irá volviendo más humano. Y bueno, Olaya es un misterio que no pienso resolveros.


Y otra vez, de nuevo, Ana Alonso y Javier Pelegrín crean una historia para nada previsible, algo que sólo ellos son capaces de crear. Y aunque no tenga comparación con La Llave del Tiempo (al menos desde mi punto de vista), sé que sólo ellos pueden hacerme disfrutar tanto de una historia.

Y por eso les admiro tanto.




Porque tú... tú estás hecha de polvo de luna.

A ella, no sé.

Creo que no lo ves. No te das cuenta, ¿verdad? Aún no has visto que él lo daría todo por ti, sin dudarlo. Que seguirá ahí hasta que tú te des cuenta, hasta que tú te decidas a dar el paso. Que puede que siga ahí eternamente, aunque tú quieras alejarle, o aunque quieras tenerlo cerca. Le da igual. Y eso lo hace más tuyo de lo que puede ser nadie. Te pertenece, pero sólo porque él ha decidido pertenecerte.

Aún no te has dado cuenta del efecto que produces, ¿verdad? No te das cuenta de que todo lo que haces, lo que dices, o incluso tu sola presencia, hace que el mundo se ilumine. Pero tú te niegas a ver esa luz, no quieres ver que tú la desprendes. Quieres creer que esa luz que rebota en los demás la producen ellos, no tú.

Piénsalo.

Tan solo sombras
sobre un papel quemado.
Sombras de un fuego
que tú mismo has propagado.