martes, 6 de agosto de 2013

Llévame contigo al paraíso

- ¿No te cansas, Marco? ¿No te cansas de tirarme los tejos sabiendo que no consigues nada?
- ¿Quieres saber una cosa? - contesta él, con una media sonrisa que era capaz de desarmar a la persona a la que estaba dedicada -. No me cansaría nunca de hacerte sonreír.
Ella sonríe, marcando sin quererlo esos hoyuelos en las mejillas que a él le traían loco. Entonces, llega la camarera con los cafés y rompe el momento. Ella baja la vista hacia su café, echa el azucarillo y remueve. Él simplemente la observa. Con ésta, sólo han quedado dos veces, pero se conocen a la perfección. Intuye que le pasa algo, aunque también influye el hecho de que, el día anterior, ella le mandase un whatsapp pidiéndole por favor que quedase con ella.
- Helena - Marco finge que quiere llamar su atención, aunque en realidad lo que pasa es que le encanta paladear su nombre.
La chica levanta la vista de su café. Nadie la llama así. Bueno, nadie excepto sus padres, sus profesores y Rob, su novio, con el que lleva casi dos años. El resto prefiere llamarla Hell, y hasta su hermana utiliza ese mote. A ella no le importa.
Él se lanza al vacío:
- ¿Qué tal Rob?
Ella le mira a los ojos y susurra:
- Bien.
«Bien». Punto. Nada más.
- ¿Y tú?
Helena se encoge de hombros, como si no importase lo más mínimo su estado de ánimo. Pero eso no era verdad, a él sí que le importaba. Era lo que más le importaba en el mundo.
- Helena, ¿qué pasa?
Ella esboza una sonrisa triste.
- Estoy cansada. Cansada de todo. Cansada de discutir cada dos por tres. Cansada de que cuando quedamos nunca pase nada, y cansada de que cuando llegamos a casa me diga por whatsapp todo lo que está mal. Cansada de que no me diga las cosas a la cara. Cansada de que espere de mí cosas que ya no puedo darle. Cansada de que no me deje evolucionar.
Se produce un pequeño silencio.
- Helena - susurra, mirándola a los ojos - ¿Has probado a decirle todo ésto? - hace una pausa -. Si lo habláis, a lo mejor podéis solucionarlo.
Esa última frase es la que más le cuesta pronunciar. Él no quería que lo arreglase con Rob, él la quería exclusivamente para sí. Pero también quería que fuera feliz, y ahora no lo era. Ni mucho menos.
- Ése es el problema, Marco - deja que su nombre se deslice lentamente por su garganta antes de continuar -. Que no sé si lo vamos a poder solucionar. Principalmente, porque no sé si yo quiero solucionarlo.
Dicho eso, baja la vista y se oculta la cara con el pelo. Él no dice nada. ¿Para qué? Ya lo ha dicho todo ella. Le da un sorbo a su café y decide romper el silencio que se ha formado con esa última confesión.
- Helena. ¿Qué vas a hacer?
Ella se encoge de hombros, y sin levantar la cabeza le contesta:
- No lo sé. Pero a ratos tengo ganas de tirarme desde un tercer piso. A lo mejor dejo de reprimir el impulso.
Él niega con la cabeza. Ya se ha acostumbrado a sus desvaríos.
- Sabes que yo no te lo voy a permitir, así que ve pensando en otra cosa que no incluya el suicidio.
Helena esboza una media sonrisa y decide jugar con él. Es la única persona con la que puede hacerlo.
- Me cambiaré de identidad - dice con una sonrisa coqueta -. Me teñiré el pelo de rubio y me pondré lentillas azules. Ya veré cómo decido llamarme.
Él suelta una carcajada.
- Pues yo me voy contigo. Me teñiré el pelo de negro y me llamaré Leonardo.
Helena se ríe, ladeando la cabeza.
- Lo siento, pero no pienso vivir con una persona que se llame Leonardo.
- Pues me tendré que buscar a otra que quiera - contesta él, fingiendo que se ha ofendido.
- Bueeeeno. Digamos que acepto tu cambio de nombre. ¿A dónde iríamos?
Finge que piensa, niega con la cabeza y se encoge de hombros.
- Lejos.
La chica coloca el codo en la mesa y apoya la barbilla en la palma, mirándole fijamente.
- Muy inteligente, sí señor. No me había planteado que tuviéramos que huir lejos. Pensaba irme a vivir al portal de mi casa.
Él se lleva una mano al corazón.
- Su ironía me duele, bella dama.
Ella le saca la lengua y se bebe todo su café de un trago.
- Podemos irnos juntos al paraíso - comenta él, serio -. Al lugar más alejado, donde nadie nos encuentre jamás.
Ella sonríe, pero no le contesta nada. Las cosas no son tan fáciles, aunque él piense que sí.

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