domingo, 29 de diciembre de 2013

El Guardián

Nadie en todo el reino sabía realmente la razón por la que, de pronto y sin explicación alguna, las palabras empezaron a desaparecer. Al principio era casi insignificante, palabras extremadamente raras que nadie utilizaba a menudo. Y cuando alguien intentaba utilizarlas, no era capaz de recordarlas, pero no le daba la menor importancia. El problema llegó cuando empezaron a desaparecer palabras comunes y los aldeanos fueron incapaces de referirse a objetos tan comunes como mesa, silla o cuchara. Tuvieron que aprender a comunicarse por gestos, pero aún así siguieron siendo capaces de pronunciar la palabra amor.

Nadie en todo el reino sabía de la existencia del Guardián, nadie que no fuera Él mismo. Dedicaba toda su vida a guardar las palabras, y a escribir la historia de todos los que moraban en aquel lugar. Nadie podía pensar que sus propias acciones en realidad no eran decisiones suyas, sino obra del Guardián. A efectos prácticos, era lo que en otros lugares, lugares muy lejanos, llamaban Dios, y, sólo en algunos, conocían como el Universo. Pero Él nunca quiso serlo, nunca quiso ser un Dios, sólo quería ser un escritor más.

Él nunca se preguntó qué pasaría si algún día se quedaba sin palabras, nunca se planteó que eso fuera posible. Hasta que llegó Ella, con su mirada de cielo estrellado y su cabello de hilos de plata. Y Él nunca pensó que, con una sola sonrisa suya, pudiera llegar a enamorarse.

Y hasta ese momento no supo que, cuando un escritor se enamora, se queda sin palabras.