sábado, 27 de junio de 2015

La ciudad transparente

Hubo un tiempo en el que las vidas no estaban escritas. Cada hombre improvisaba su historia día a día, hora a hora, añadiendo un acto a otro sin tener en cuenta la estructura o el significado del conjunto. Aquellas gentes esclavas del azar malgastaban su tiempo en tareas rutinarias que les consumían el cuerpo y la mente con el único fin de garantizar su sustento, y ni siquiera eran conscientes de su tragedia. Existían sin propósito, y, cuando morían, su hueco era ocupado inmediatamente por otros que vivían  de la misma manera, de forma que cada existencia apenas dejaba huella en unos pocos allegados, familiares o conocidos unidos al difunto por lazos casi siempre fortuitos. Así vivieron mis abuelos, sus padres y los padres de sus padres: vidas absurdas y anónimas, porque entonces los seres humanos apenas se interesaban por sus semejantes.

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Vivimos en un mundo en el que el único fin de nuestra existencia es dejar huella. Abrimos una cuenta en una red social con la intención de que gente que no conocemos de nada sepa quiénes somos, lo que hacemos en cada momento... Subimos imágenes, comentarios, situaciones de nuestra vida privada, sólo por el placer de sentirnos importantes. Vivimos por y para el qué dirán, preocupados únicamente por el número de seguidores que tenemos, la cantidad de "me gusta" que tienen nuestras fotos, o el número de reproducciones que tiene nuestro último vídeo.

Como si nos hubiéramos olvidado de lo que es vivir de verdad.

Salimos a la calle y somos incapaces de acercarnos a alguien para empezar una conversación. Nos aterroriza alejarnos un metro de nuestro teléfono móvil. Grabamos todo lo que sucede a nuestro alrededor con el fin de enseñárselo a nuestros seguidores.

Incapaces de disfrutar del momento.

Estamos perdiendo lo que nos hace humanos, la oportunidad de dirigir nuestra propia vida, el derecho de tropezar cuatro, cinco, seis veces con la misma piedra. Tenemos miedo a equivocarnos y que los demás sean conscientes de ello. Odiamos quedarnos aislados, solos frente a nuestros pensamientos, abandonados en nuestra propia soledad. Y eso es precisamente lo que nos está sumiendo en la peor soledad de todas.

Estamos perdiendo la capacidad de improvisar nuestra propia vida.

Nuestra humanidad.

Y, aunque somos conscientes de ello, ha dejado de importarnos.